Lo que no pasa en Venezuela – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

A ver por dónde empezamos. El dólar paralelo sobre los 400 –es decir más de 60 veces la principal tasa oficial—y en una avalancha de ritmo vertiginoso que empujará gravemente la inflación y la escasez. Diversos jefes políticos y militares del régimen, acusados de complicidad con el narcotráfico, cuando no de dirigir carteles,  siendo que parte de esas acusaciones provienen de cercanos colaboradores políticos y militares,  auto-exiliados en diferentes países. El hampa desbordada en todo el territorio nacional, y en algunas regiones y sectores urbanos, además, campeando soberana. Colas interminables para tratar de adquirir alimentos básicos, y también medicinas y otros productos de importancia para la vida cotidiana. Crecientes focos de perturbaciones del orden público, por causas meramente sociales, relacionadas con la escasez y el descalabro de los servicios públicos. Nuevas y ampliadas embestidas en contra de la libertad de expresión y el conjunto de las garantías de los derechos humanos.

Y mientras Venezuela cae por semejante despeñadero, lo que debe ser asimilado a situaciones de crisis humanitaria, Maduro y los suyos andan proclamando las supuestas maravillas de las “cinco revoluciones”, de acuerdo a la costosa y masiva campaña de propaganda.  Pero ésta ya no logra eclipsar la dolorosa realidad de la nación venezolana. Cada vez más destructiva y peligrosa.

En pocas palabras, del deterioro paulatino se ha pasado al deterioro exponencial. Del poco a poco, al cada vez más rápido. Ya la capacidad de acostumbramiento al deterioro está siendo rebasada. El agobio de profundiza y se extiende. Las funciones primarias de la economía se trancan. La crisis política, económica y social se funde en una mega-crisis nacional. Y lo peor de la realidad, no es eso. No. Es que no hay ningún tipo de respuesta creíble a ninguno de esos problemas o dramas. Maduro y sus colaboradores sostienen que Venezuela es la esperanza del mundo, que todo lo malo es culpa de una guerra del imperio, y en esos términos no hay la más mínima posibilidad de que la mega-crisis pueda ser enfrentada con alguna perspectiva alentadora. Estas líneas quizá suenen duras, pero no son exageradas ni mucho menos erradas. Este es el panorama del país, quiérase o no apreciarlo así.

Puede una realidad como la nuestra continuar agravándose de manera indefinida. Esperemos que no. Porque esto nos terminaría de llevar a un sálvese quien pueda, a una anarquía avasallante que generaría una gigantesca espiral de violencia y represión, de consecuencias impredecibles. Nadie con siquiera un barniz de buena voluntad, puede desear que ello termine de ocurrir. Por ese despeñadero, repito, vamos cayendo, y precisamente por ello es que debemos tener conciencia al respecto, y reclamar que de la parálisis del continuismo se pase a una dinámica de esfuerzo para hacerle frente a la mega-crisis e ir superándola, conforme a los lineamientos constitucionales. Pero esto es lo que no pasa en Venezuela. Y es lo que tiene que pasar.

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Cuesta abajo en la rodada – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

El tango de Gardel dice cuesta abajo en mi rodada, pero como estas líneas se refieren a la situación de Venezuela, hay que referirse a la rodada. La rodada del país, del conjunto de los venezolanos, de la nación. Y es que nos precipitamos como en una avalancha de desmanes que son propios de una hegemonía despótica y depredadora que está empeñada en sacrificar a Venezuela con tal de preservar su poder.

Ya el dólar paralelo se acerca a los 350 bolívares. Es decir, 350 mil bolívares de la enumeración anterior. Eso sería 625 veces más de la tasa de cambio libre que existía cuando el predecesor empezó su primer gobierno. Pero la devaluación está adquiriendo un ritmo exponencial, y con ella la dolarización-a-las-patadas que se está llevando a cabo, tanto por acción como por omisión de la “revolución bolivarista”.

Empoderadas figuras de la hegemonía se esmeran en perseguir medios y comunicadores, tratando de intimidar a todo el mundo y haciendo valer con impudicia su carácter de intocables. La persecución interna es consecuencia de las denuncias foráneas que muy contados medios han reproducido, y que ofrecen informaciones diversas sobre el latrocinio rojo. Lo sano sería que los denunciados promovieran una investigación independiente y seria para esclarecer la verdad.

Pero esto que es lo deseable, bien se sabe que no es posible. Mientras tanto, la propaganda oficialista proclama que se avanza en “cinco revoluciones” –no en una sino en cinco, y la realidad se pone terca al reflejar la creciente escasez, la desbocada inflación, las agobiantes penurias, y la renovada explosión de violencia criminal, tanto entre bandas hamponiles, como entre éstas y los cuerpos de seguridad, algunos de ellos entremezclados con la delincuencia. Si eso no es una rodada, nada lo es.

La hegemonía comunicacional consigue eclipsar la realidad, pero no eliminarla. Puede que muchos medios se hagan los locos con los graves problemas, y en cambio maniobren para tratar de que lo malo parezca bueno, pero ello no aliviará la escasez, ni detendrá la inflación, ni reducirá la masiva inseguridad. Un diario caraqueño tenía como lema “Nada convence más que la verdad”, y aunque ya no se interese en ponerlo en práctica, su significación no pierde vigencia.

La rodada de la que se habla aquí, repito, es la rodada de la nación. Y esa rodada es consecuencia principal del régimen político que la está destruyendo. Pero la rodada de la nación no necesariamente implica la rodada de la hegemonía. Una cosa puede conllevar a la otra, pero no es inexorable que así sea. Lo que sí es inexorable, es que la hegemonía despótica y depredadora tenga que ser superada, para que se detenga la rodada de la nación, y para que ésta logre salir de abajo y remontar la cuesta.

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¿Revolución social? En Venezuela no será… – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

En estos días leía un par de artículos de unos españoles que son afectos a la llamada “revolución bolivariana”, y el tema central que destacaban era el de los grandes avances y transformaciones positivas que se habrían producido en la dimensión social, durante estos largos años del siglo XXI. Los textos eran, básicamente, de carácter publicitario y se encontraban repletos de medias verdades y de mentiras completas. Pero lo importante del asunto, es que la masiva propaganda de la hegemonía roja insiste en que en Venezuela se ha dado una revolución social…

A propósito del 1° de Mayo, Día del Trabajador, debería destacarse que en nuestro país se ha destruido la capacidad adquisitiva del salario. Hoy en día, con el salario mínimo se podrían adquirir, si acaso, 20 dólares; y los aumentos que serán anunciados, serán pulverizados por la inflación y la devaluación, ambas desbocadas. En 1999, con el salario mínimo se podían adquirir cerca de 200 dólares. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Los niveles de pobreza en el 2015 son semejantes a los de 1999. Alrededor de 40% la pobreza en general, y de 20% la extrema. Sólo que de aquellos tiempos para acá, ha tenido lugar la bonanza petrolera más prolongada y caudalosa de la historia que, en números redondos, le deparó al Estado el equivalente de 1.500 millardos de dólares. Todo eso no influyó en reducir la pobreza de manera sostenible. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Las condiciones de seguridad de la sociedad venezolana se han deteriorado de forma consecutiva y alarmante en estos tiempos. Es probable que en Caracas ya se cometan tantos homicidios como en toda Venezuela, en 1998. Algo más de 4.500. El total nacional sobrepasa los 20 mil homicidios al año, más que en Colombia, lo que nos transmuta en uno de los países más violentos de todo el mundo. No sólo de la región o del hemisferio, sino del mundo. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

La realidad de la salud y la educación también se ha deteriorado. El rebrote de endemias que se encontraban erradicadas lo refleja, así como también el colapso del sistema público de salud –con la excepción de algunos contados establecimientos que sirven, sobre todo, para la proyección publicitaria. Las Universidades Nacionales se consumen internamente para no cerrar sus puertas, y el control hegemónico de la educación, desde luego, lo que hace es restringirla, encarecerla y debilitarla. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

No hay información confiable sobre el estado de las “misiones sociales”. Recuérdese que en 1999 se empezaron a desmantelar los 14 principales programas sociales del Estado venezolano, casi todos de ejecución descentralizada, y varios años después, en el período 2003-2004, se restablecieron algunos de ellos y se montaron otros, bajo el formato de las misiones y de conducción centralizada. Luego de un lapso de expansión y de sucesivos “relanzamientos”, la impresión de los expertos en que se encuentran, en general, en situación de decaimiento y hasta parálisis. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Al conjunto de los venezolanos no se les ha ampliado sino limitado sus alternativas. Por eso las crecientes colas para conseguir los alimentos básicos, las medicinas básicas, y cualquier tipo de producto básico para el desenvolvimiento corriente de la vida personal, familiar, laboral o socio-económica. La escasez generalizada, las distorsiones generalizadas, la dolarización generalizada de los precios –salvo el salario, la corrupción generalizada, todo ello abaja tan gravemente las condiciones de vida de la población, que ya se entra en escenarios de crisis humanitaria. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Para responder esa repetida pregunta, debe afirmarse con toda responsabilidad que en Venezuela no se encuentra esa revolución social. Aquí no está. En la realidad de los hechos no está. Al revés. La revisión somera de esa realidad nos lleva, inexorablemente, a una mega-crisis que se profundiza y extiende. A una tragedia de vastas proporciones que debe ser superada para que el país tenga un futuro digno y humano en la dimensión social.

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La guerra de las mafias – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

¿Qué pasa cuando el botín que buscan las mafias se reduce, bien por causa de la continuada depredación de las mismas, bien porque su fuente principal se estrecha por razones externas? ¿Qué pasa? Pasa que las mafias entran en guerra, o mejor dicho, escalan la guerra que tiende a ser connatural a las mafias en competencia. Eso es exactamente lo que está pasando en Venezuela en relación con el poder establecido.

El botín, es decir los recursos del país, y especialmente sus divisas, se han reducido agudamente por causa de la depredación de los grupos, clanes, tribus o logias del poder –las mafias, y también porque su fuente principal, los ingresos por exportaciones de petróleo y la capacidad de endeudamiento, se han estrechado considerablemente. ¿Consecuencia? La guerra de las mafias se hace más visible, más ruidosa, más escandalosa.

Porque una cosa está implícita en todo esto: Venezuela tiene una fachada de gobernanza republicana, detrás de la cual operan distintos grupos mafiosos, tanto en su naturaleza como en su proceder. En tiempos del predecesor, esos grupos tenían una cabeza que podía fungir de hegemón o de Don de las mafias, pero con posterioridad éstas se han hecho más autónomas entre sí, y más agresivas en la procura de los recursos nacionales.

Los hermanos Castro Ruz tienen el control de una parte sustancial de las mafias empoderadas de Venezuela. Pero hay otros sectores que también se han enquistado en ámbitos de gran importancia patrimonial, y el precario equilibrio de las mafias contendientes, se ve afectado por la disminución de los recursos disponibles.  Los sottocapos no se conforman con lo que tienen, y no quieren tener menos sino más. El escalamiento de los conflictos se aprecia, sobre todo, en la cantidad de denuncias que tienen origen en sectores del oficialismo.

Ese vendaval de acusaciones y contra-acusaciones que involucra a funcionarios, ex-funcionarios, asociados y familiares, pareciera una violación masiva de la “ley del silencio”, la omertá que tanto caracterizó el desenvolvimiento de estas mafias en otros tiempos. Incluso, algunos de los mafiosos más ostensibles denuncian a otros de su índole, precisamente por eso, por haber declarado delitos y delincuentes, incluso ante autoridades extranjeras, todo lo cual constituye, en la lógica imperante, una traición a la mafia, una traición a la “revolución”.

Las mafias en guerra pueden ser muy diversas, tanto en su composición dirigencial, con elementos políticos y militares; como en su especialidad operativa, que no sólo abarca el torrente de los recursos presupuestarios, sino el narcotráfico y lavado de dinero, así como otras expresiones de la delincuencia organizada. La Venezuela de estos años de mengua se ha convertido en un santuario de lo ilícito nacional y foráneo. Y la coartada es habilidosa, aunque no original: una revolución socialista y anti-imperialista.

Mientras se encarniza la guerra de las mafias, el conjunto del país continua su descenso hacia escenarios de crisis humanitaria. Esta es nuestra realidad y hay que cambiarla a fondo para que la nación venezolana encuentre un camino afirmativo.

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El show, siempre el show – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

La fórmula de la antigüedad era pan y circo. Pero esa fórmula sigue estando vigente para los regímenes despóticos que sólo les interesa el dominio del poder y su connatural depredación. El que viene imperando en Venezuela a lo largo de este siglo no es la excepción. Todo lo contrario. Derrocha su disposición de que todo sea mucho circo y algo de pan, al menos mientras el costo del circo lo permita.

El pan no ha sido poca cosa. Pero no en el sentido de desarrollo, de crecimiento constructivo, de transformación emprendedora y sustentable de la nación. Nada de eso. El pan son los dinerales de la bonanza petrolera más caudalosa y prolongada de la historia. Casi todo se malbarató en corrupción, delirios fallidos, regaladera foránea o tributación colonial, y algo de reparto social con condicionamientos políticos. Se trata del equivalente a mil quinientos millardos de dólares, sin contar la monumental deuda externa.

La crasa y supina irresponsabilidad fiscal hace que la maquinita de imprimir bolívares trabaje sin descanso, y ello facilita que el aumento de la liquidez produzca la ilusión de que las taquillas continúan abiertas. Y ello ya no es pan para hoy y hambre para mañana, porque el hambre ya está radicada a través de la escasez, la carestía, las innumerables penurias de la vida cotidiana, el tránsito de Venezuela hacia la crisis humanitaria.

Sin embargo, lo que no falta sino que más bien se intensifica es el circo. La tramoya política. La maniobra propagandística. El culebrón del poder hegemónico. No, el show no falta, es lo que sobra. El circo o el show son las firmas contra el “decreto de Obama”, las denuncias de golpes de estado imperialistas, lo de los magnicidios, las conspiraciones mediáticas, las guerras económicas, y todo ese largo inventario de maromas políticas y publicitarias. Gran parte de las cuales llevan la marca “made in Cuba”.

Desde que el predecesor llegó a Miraflores, siempre ha sido así. Y desde que los Castro impusieron al sucesor, también. El show puede que tenga sus variaciones estacionales o de temporada, pero en esencia es el mismo show. La defensa de la patria ante las agresiones del imperio… La revolución social ante el capitalismo salvaje…  El pueblo ante la oligarquía…  El pobre ante el rico opresor…  La víctima ante el victimario…

No importa, desde luego, que la realidad de los hechos sea exactamente la contraria. No importa que la hegemonía sea una plutocracia vandálica que utiliza al pueblo pobre como carne de cañón. No importa que la defensa de la patria sea una excusa para el saqueo patrimonial y para el santuario del narcoterrorismo. No importa nada que Venezuela este corroída por la violencia criminal, por la angustia social, por la intimidación política.

Lo único que le importa a la hegemonía es el circo, y mientras haya menos pan, pues habrá más circo. Por eso el show es su signo principal. El show, siempre el show. Y no nos confundamos. Ese show no debe continuar, si es que Venezuela quiere alcanzar un futuro digno.

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El colapso de los derechos humanos – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

El sistema o la estructura de los derechos humanos en Venezuela ha sufrido un colapso, una ruina, una destrucción en estos años de mengua, y en particular en los últimos tiempos. Estos derechos están reconocidos en los textos normativos, comenzando por la Constitución de 1999, que es profusa al respecto, pero no están garantizados ni asegurados, porque si los estuvieran, no serían tan masiva y sistemáticamente violentados por el poder establecido.

Y en ese sentido no se salva ningún género de derecho humano, ni los políticos, ni los civiles, ni los sociales, ni los económicos, ni los culturales, ni ninguno. Protección interna a los derechos humanos, por parte del Estado, no sólo no la hay, sino que ese Estado es el principal violador de todos los derechos humanos. Y lo hace tratando de convertir a las victimas en victimarios y a éstos en aquéllos. Falseando descaradamente la verdad.

Protección externa a los derechos humanos en Venezuela, pues tampoco la hay de manera efectiva, porque la hegemonía se ha salido del marco protector de los derechos humanos a nivel interamericano, y no reconoce la pertinencia de los organismos no gubernamentales que se dedican a la defensa de los derechos humanos a nivel regional, hemisférico o mundial.

Esa realidad es una tragedia, tanto por el desamparo en que se encuentra la nación venezolana frente al poder, como por la impunidad de ese poder en todo tipo de agresiones que perpetra a los derechos humanos. Es trágico, por tanto, que a estas alturas del siglo XXI, Venezuela sea un país de presos políticos, de perseguidos políticos, y de exiliados políticos. Por ello debe recordarse que cuando Chávez llegó al poder, en nuestro país no habían ni presos, ni perseguidos, ni exiliados por razones políticas.

Es cierto que la Constitución de 1999 tiene una cara afirmativa en materia de derechos humanos y que por lo general se la considera como un avance. Razón de más para denunciar el retroceso real del aseguramiento de esos mismos derechos. La represión política, incluyendo el asesinato y la tortura, acaban con los derechos fundamentales. El despotismo y la censura acaban con los derechos políticos y civiles. La gigantesca corrupción y la debacle de la economía, acaban con los derechos sociales y económicos.

Todo se violenta, como vemos, en materia de garantía de derechos humanos. Y las instituciones del Estado encargadas directamente de velar por éstos, tienen una responsabilidad agravada. El fundamento de una democracia está en los derechos humanos. Pero no de palabra o de letra, sino en la vida diaria de las personas, las familias, las comunidades y la sociedad. En Venezuela eso no tiene vigencia práctica, y por allí debe iniciarse el camino de la reconstrucción de la democracia venezolana.

A los derechos humanos hay que rescatarlos de la ruina, de la destrucción, del colapso. Hay que recuperar el sistema y la estructura de los derechos humanos de los venezolanos, para que desde allí se fundamente un futuro democrático.

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Duchos en derogar – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Ahora que el oficialismo anda dedicado en su campaña nacional y foránea para que “Obama derogue el decreto”, o la orden ejecutiva que, hasta el presente, establece sanciones inmigratorias y patrimoniales a 6 funcionarios del gobierno imperante en Venezuela, sería oportuno comentar sobre el tema general de la derogación y de las derogaciones que supone la hegemonía despótica y depredadora que lleva ya tantos años en el poder.

Derogar es abolir o anular algo establecido, usualmente una norma o una costumbre, una institución formal o informal. Y derogar es lo que más sabe hacer, acaso lo único que sabe hacer, la referida hegemonía. Comenzando por la derogación de la democracia por las malas y las peores, siguiendo por la derogación de la economía productiva, y continuando a diestra y siniestra hasta terminar derogando la viabilidad misma de Venezuela como país independiente, y capaz de ofrecer una vida digna y humana a su pueblo.

De manera que en materia de derogaciones, aquí hay una experiencia verdaderamente destructiva. Y por cierto, el oficialismo debería ser consistente y no sólo solicitarle a Obama que deje sin efecto la mencionada orden ejecutiva, sino que también habría de pedirle al Congreso de Estados Unidos, que a su vez deje sin efecto la Ley Pública 113-278, o la llamada “Ley de Defensa de los Derechos Humanos en Venezuela”, aprobada a finales del 2014, y que sirve de sustento normativo de la célebre orden ejecutiva presidencial.

Pero volviendo a las derogatorias venezolanas, ha sido y es notoria la pretensión hegemónica de debilitar para obliterar a cuanta institución sea considerada como un obstáculo para su proyecto de dominación. Sean instituciones públicas como la descentralización política y administrativa del Estado o las Universidades nacionales autónomas, o instituciones pertenecientes al sector privado económico, o al sector social-comunitario, o al sector educativo fundacional.

La exacerbación de la dependencia nacional al Estado dizque revolucionario –Francisco Faraco plantea, atinadamente, que el proyecto “bolivariano” es un proyecto de saqueo–, va en esa dirección. Hacer de Venezuela un país de esclavos, lo que se nunca se cansó de denunciar, desde su honrada ortodoxia comunista, Domingo Alberto Rangel. Y eso es una gran derogatoria de la sociedad civil, del país emprendedor, de la nación pujante que se levantó durante buena parte del siglo XX, de la Venezuela pluralista en los más diversos órdenes de su vida colectiva.

En su delirio derogatorio, la hegemonía se ha empeñado no ya en falsear la historia, sino en abolirla, como bien planteara y evidenciara Manuel Caballero. Destruir la conciencia histórica de los venezolanos para darle cabida a esa caricatura trágica que busca justificar y ensalzar a una supuesta “revolución bolivariana”, que ni es revolución, ni es bolivariana, ni merece otra consideración que la de haber malbaratado –derogado—la oportunidad de desarrollo más promisoria de toda nuestra trayectoria nacional.

Sí, hablemos de derogaciones. Pero empecemos con las nuestras. Porque Venezuela tiene que superar constitucionalmente a la hegemonía derogatoria, para alcanzar un presente y un futuro digno, soberano y democrático.

flegana@gmail.com

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