¡Cuidado con los espejismos! – Trino Márquez

Trino Márquez

Las denuncias de The Wall Street Journal contra Diosdado Cabello, la aparición del libro Bumerán Chávez, escrito por el periodista español Emili Blasco, las visitas al país de Thomas Shannon, Consejero del Departamento de Estado de EE.UU., y otros misiles atómicos que le han lanzado al gobierno de Nicolás Maduro desde diferentes flancos, han llevado a pensar a algunos analistas nacionales e internacionales que el derrumbe del régimen se encuentra en el horizonte cercano. Se imaginan una guerra fratricida entre Maduro y Cabello y un desenlace en el cual inevitablemente uno hará morder el polvo de la derrota al otro.

No soy tan optimista. Este régimen se mantiene sobre la base de lealtades que pasan por la complicidad y el celestinaje con todas las formas de corrupción aplicadas a lo largo de dieciséis años disfrutando del poder. Aunque sea solo por hipocresía, la respuesta de Maduro frente a las denuncias contra el Presidente de la Asamblea Nacional fue de una solidaridad enfática. “Quien ataca a Diosdado me ataca a mí”, fueron sus palabras. Además, señaló que iniciará –financiará con recursos públicos- una campaña nacional e internacional en defensa  del segundo hombre de abordo. Mario Silva, quien supuestamente es encarnizado adversario de Cabello, salió en defensa de su compañero de tolda. Lo mismo hizo el TSJ por intermedio de su presidenta, Gladys Gutiérrez.

En este momento, cuando deberían aparecer sus hipotéticas fisuras, el régimen se cierra en torno a la defensa del personaje más impopular y rechazado de los rojos. La disputa frontal entre maduristas y diosdadistas no se percibe por ningún lado. Lo que se registra a través de los medios de comunicación es una unidad hermética.

¿Por qué estas expresiones de apoyo con Cabello? Desde luego que no es porque los miembros  de la élite formen una especie de hermandad basada en el afecto y la admiración mutua. En todas partes del mundo, incluso en las democracias más asentadas, quienes se encuentran en la cercanía del poder sienten recelos mutuos. Desconfían unos de otros. La cúpula roja no representa la excepción de la regla. Sin embargo, de los cubanos han aprendido que la única manera de eternizarse en el poder es mostrando una fachada unitaria, no importa cuánto se odien entre sí. Para la nomenclatura cubana el verdadero enemigo no estaba en el territorio de la isla, sino en Florida. Lo peor que podía ocurrirles era caer en manos de unos exiliados que habían abandonado Cuba solo con lo que llevaban encima, dejando atrás familia, amistades y trabajo. El castigo sería bíblico.

Los rojos criollos tienen mucho más que perder que los comunistas cubanos. Al lado de Venezuela, la isla antillana era una nación modesta que no contaba con nada parecido a Pdvsa, a la CVG  o al Bandes. La alta jerarquía del ejército cubano no podía enriquecerse con dólares preferenciales, con el contrabando de extracción o con las millonarias compras de buques o armamento chatarra. En Venezuela la situación es completamente diferente.  Muchas de las fortunas súbitas e inmensas  que se conocen, se han amasado bajo la sombra del Estado chavista. Es sobre esta red de corrupción y privilegios que se mantiene el régimen. Sobre esa inmensa malla se sostienen dirigentes políticos, militares, empresarios, jueces, policías, allegados al régimen. El mérito de los rojos, con la asesoría cubana, fue haber organizado un tinglado tan férreo como las pirámides egipcias.

Este monolitismo no se derrumba con episodios aislados, por graves que sean las conductas de los implicados, sino con un trabajo sostenido en las organizaciones sindicales, gremiales, estudiantiles, empresariales, campesinas, informales, tal como hacen los chavistas con sus organizaciones de base. Ese esfuerzo por abajo es más lento y menos espectacular, pero inevitable, si se busca fundar la alternativa frente al desmadre actual.

Votar en las próximas elecciones parlamentarias y ganarlas será un paso enorme en la dirección de construir la nueva mayoría.

@trinomarquezc

Empresarios: ¡al paredón! – Trino Márquez

Trino Márquez

Ser empresario independiente en la Venezuela roja se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Tiene el mismo peligro que ser reportero de guerra o periodista en una satrapía. El empresario es culpable de antemano de cualquier delito que se le acuse. Ya la expresión “cerdo explotador”, tan socorrida por los marxistas, resulta un insulto infantil. Los cartuchos que se les lanzan son de mayor calibre. El empresario es un vende patria, un conspirador o un agente enemigo que debe ser destruido. Al empresariado se le cobra su participación protagónica en los sucesos de abril de 2002 y en el paro de finales de 2002 y comienzos de 2003. El comandante juró vengarse de ellos e inició una cruzada para destruirlos. Su heredero ha continuado la labor de demolición. Las consecuencias de este derrumbe estamos padeciéndolas. Antes, sus efectos letales podían esconderse con importaciones masivas. Se aniquilaba a los hombres de empresa nacionales, aunque se fortalecía a los foráneos. Al menguar los dólares la ruina no tiene máscara que la recubra.

Entre las razones básicas que han producido la inflación, la escasez y el desabastecimiento, se encuentra el persistente acoso por parte del régimen de la empresa privada desde hace más de una década, así como los rígidos controles de cambio y de precios. En su conjunto estos factores, además de la severa legislación, han conducido al cierre de muchos miles de empresas y al desestimulo de la creación de empleos productivos y la inversión nacional y foránea, al punto de ser Venezuela, junto a Haití, el país que registra la menor inversión del continente.

Los gobiernos de Chávez y Maduro han perseguido y encarcelado a numerosos empresarios, violando el Estado de Derecho. A los dirigentes de Fedecamaras y Conindustria, entre otros gremios, se les amenaza continuamente con expropiaciones y confiscaciones, o se les empuja para que se marchen del país. Contra el eficiente y comprometido grupo de Empresas Polar se ha desatado una campaña de intimidación que lleva a pensar que el Gobierno ha pensado seriamente en su intervención. Los ejemplos de Agroisleña, Lácteos los Andes y Café Fama de América, antes empresas altamente rentables y hoy quebradas, representan una muestra de lo que ocurriría. La toma de Polar sería una catástrofe nacional.

La excusa utilizada en toda esta criminal maniobra es la existencia de una quimérica “guerra económica” cuyas armas serían el sabotaje, el acaparamiento y la especulación, impulsadas por el sector productivo. Esta es una falacia que no resiste el menor análisis. Numerosos bienes que no se consiguen en los anaqueles y cuyos precios se han disparado en los mercados paralelos, debido a su escasez, son producidos por fábricas pertenecientes al Gobierno, ya sea porque las expropió o las confiscó. En manos del sector público esas factorías, antes eficientes, pasaron a arrojar pérdidas y a producir en muy baja escala. Las cabillas y el cemento son dos ejemplos, entre muchos otros, que ilustran el desmadre. La energía eléctrica falla de forma permanente en todo el territorio nacional, a pesar de que su generación, trasmisión y distribución es monopolio del Estado. Los únicos que se han beneficiado de esta prerrogativa son los bolichicos. La Electricidad de Caracas era una empresa privada que funcionaba con eficiencia y transparencia.

Es necesario solidarizarse con los empresarios cuyos derechos han sido amputados por un Gobierno que busca la venganza aunque esta provoque la destrucción nacional. La empresa privada resulta fundamental para reconstruir la economía nacional y generar empleos decentes, estables y bien remunerados. Sin su aporte el país seguirá hundido en la crisis que estamos padeciendo, cuyas peores víctimas son las familias más pobres, obligadas a soportar interminables colas para conseguir bienes de primera necesidad y forzadas a pagar el costo de la inflación incontenible, consecuencia de los controles, la incompetencia, el cerco a la propiedad  privada y la corrupción.

La proclama de guerra a muerte dictada contra los empresarios los está diezmando y, de paso,  arrasa a toda Venezuela.

@trinomarquezc

Los circuitos Frankenstein – Trino Márquez

Trino Márquez

Los números negativos que muestran las encuestas para el oficialismo están llevando al gobierno a apelar a todos los mecanismos disponibles para el chantaje, la intimidación, el desestimulo y la disuasión de los votantes opositores. Los rojos no quieren que los demócratas acudan a las urnas electorales en los futuros –esperemos que sea pronto- comicios para elegir la Asamblea Nacional. El último ardid cosiste en aprovechar la Ley de Procesos Electorales de 2009 y la complicidad del Consejo Nacional Electoral y del Instituto Nacional de Estadísticas, para manipular los circuitos electorales con el fin de elevar hasta el infinito el costo de cada diputado opositor y reducir a migajas el de los parlamentarios oficialistas. Miraflores, CNE e INE se confabularon para poblar de diputados golilla el Hemiciclo.

La estrategia es antigua y ha combinado diversas trampas y métodos represivos. Defenestraron a María Corina Machado, la diputada más votada en las elecciones legislativas de 2010. No se anduvieron con sutilezas. Una integrante del órgano que representa la soberanía popular, según la Constitución y la Ley Orgánica de Procesos Electorales, fue despojada de su investidura sin que se respetara el debido proceso. Previamente habían comprado a su suplente, un joven que pasará a la historia de la infamia en Venezuela. Luego vinieron las agresiones contra Daniel Ceballos y Enzo Scarano, dos de los alcaldes más votados en las elecciones de 2013. Más tarde secuestraron a Antonio Ledezma, la segunda autoridad civil del Distrito Capital y el burgomaestre más votado del país. Incluyo en esta lista a Leopoldo López por su peso electoral, aunque para el momento de su arbitraria detención no ocupaba ningún cargo de elección popular. El propósito de estos abusos consiste en demostrar que el régimen puede desconocer la voluntad popular de los votantes opositores, con la complicidad de las instituciones del Estado y sin ningún costo político.

Al lado de las estrategias de choque se encuentran otras más sutiles, elaboradas por matemáticos y estadísticos. El fin: intervenir los circuitos electorales para adaptarlos a los requerimientos del PSUV y de Maduro. El instrumento en esta ocasión es el Censo 2010. A partir de este estudio nacional se proyectan las cifras de crecimiento demográfico de cada estado y de cada municipio y, a partir de esta plataforma, de cada circuito electoral. Ocurre que, de acuerdo con una maniobra fríamente calculada, los circuitos que tradicionalmente se inclinan por los candidatos opositores tuvieron un crecimiento poblacional menor que aquellos circuitos que se decantan tradicionalmente por los aspirantes oficialistas. La consecuencia es inevitable: se le reducen los diputados a los circuitos donde triunfa la oposición para colocárselos a aquellos donde ganan los rojos; de esta manera se distorsiona la relación entre la base poblacional y el total de los integrantes de la Asamblea. La fórmula para despojar a la oposición y, en general, a los ciudadanos de representantes populares es burda y artera. Solamente se explica por el carácter profundamente antidemocrático y autoritario de los rojos. Así se comportan los regímenes autocráticos. Sienten un olímpico desprecio por la institución del voto y por la opinión de la gente. La soberanía popular solo les sirve para ejercicios demagógicos en los que crean espejismos de participación.

Los circuitos intervenidos –circuitos Frankenstein- buscan reducir el impacto de la derrota electoral. Tratan de controlar los daños, de modo que la inferioridad de votos no se refleje en la composición numérica de la Asamblea Nacional. Una diferencia sustancial en el número de diputados a favor de la oposición daría inicio a un acelerado proceso de transición, aunque el régimen siga controlando el resto de los poderes públicos.

El cálculo de los rojos parte de una proyección lineal de los datos de elecciones pasadas. Ganarán donde tradicionalmente lo han logrado; y perderán donde sistemáticamente lo han hecho. La clave se encuentra en que el país ha cambiado radicalmente en los dos años que Maduro tiene el poder. El caos y la ruina son de tal magnitud que los rojos pueden derrumbarse hasta en los lugares que consideran antisísmicos.

El doctor Frankenstein fue víctima de su propia creación. Tenemos que prepararnos para las elecciones y derrotar las malas mañas.

@trinomarquezc

Demoler la economía – Trino Márquez

Trino Márquez

Durante los últimos días, Nicolás Maduro ha emitido dos declaraciones sorprendentes e insólitas. Ha dicho que va a demoler la economía, debemos imaginarnos que se refiere a la economía privada, y que les dará un “revolcón” a los empresarios que desataron la “guerra económica”. En medio de estas amenazas advirtió que a los hombres de negocio les quedan dos opciones: o se adaptan al cepo que les puso el gobierno o se van del país. Lorenzo Mendoza le respondió con un emotivo mensaje.

El señor Maduro no demuestra ningún propósito de enmienda. La economía no hay que demolerla. Ya ese trabajo sistemático de destrucción viene llevándose a cabo desde hace dieciséis años. El régimen rojo ha disparado proyectiles de todos los calibres contra el aparato productivo nacional y la iniciativa particular. Las expropiaciones y confiscaciones para transferirle al Estado empresas productivas en manos privadas comenzaron hace más de una década. Luego apareció la tesis del socialismo del siglo XXI que le dio un barniz teórico a las exacciones. Al lado de la sovietización de la economía, y para complacer al ala maoísta del oficialismo, surgió la idea del Estado Comunal y la economía popular, con las empresas de producción social, los núcleos de desarrollo endógeno y todos los demás aditamentos que adornan la “economía y la propiedad social”. Con todo este coctel molotov, se minaron las bases económicas de la nación.

La tragedia desatada por Hugo Chávez pudo ser encubierta por los altos precios petroleros que se alcanzaron a partir de mediados de la década pasada. El gobierno pudo inundar de productos los estantes de los mercados populares y los supermercados por la enorme capacidad importadora de los petrodólares. Fue una época de abundancia y derroche. Cualquier baratija que la gente buscase podía conseguirse. El sector importador vivió una época gloriosa. El régimen avanzaba en la aniquilación del sector privado sin que el país lo notara porque el déficit de producción interna era cubierto con importaciones masivas. Sobraron las voces que alertaron acerca de los peligros que se corrían. Dinamitar el aparato productivo nacional mediante controles desmedidos, con el único fin de someter a los empresarios particulares y obligarlos a sujetarse a las normas del gobierno, traería consecuencias fatales para la nación. Chávez no oyó las advertencias. La borrachera petrolera le impedía ver lo que se venía, o simplemente no le importaba.

Su heredero ha continuado por ese camino con los resultados que estamos padeciendo. Chávez navegó en un mar de petrodólares. A Maduro solo le ha quedado un charco en el que chapotea. Los precios del crudo se desplomaron y la capacidad de elevar los ingresos mediante el incremento de la producción  no existe. Pdvsa está destruida y arruinada. Las compañías petroleras piensan mil veces antes de asociarse con la estatal venezolana. Esta es mala paga y está muy mal gerenciada. Quienes la dirigen le rinden cuentas al Psuv, no al país.

Los empresarios no reciben dólares. Las divisas del Cencoex están destinadas casi exclusivamente para organismos oficiales y para los militares. Desde hace meses el Sicad no convoca a ninguna subasta. Los dólares del Simadi cuesta un esfuerzo gigantesco conseguirlos; los particulares no quieren utilizar este mecanismo para vender divisas porque es muy engorroso  y, además, representa una pérdida frente al paralelo. En fin, los dólares oficiales no se consiguen por ningún lado. Los empresarios no quieren acudir al mercado secundario porque la Ley de precios justos les impide recuperar la inversión. Los sindicatos oficialistas completan el cerco.

Maduro en dos años ha devastado lo poco que había dejado su antecesor y padre político. Los empresarios están trabajando con los inventarios. Los costos de reposición no pueden financiarse. Numerosas empresas trabajan por debajo de su capacidad instalada porque no consiguen materia prima, ni insumos, ni repuestos. Artículos tan simples como el papel, los envases de aluminio o de plástico para envolver, escasean.

Las empresas estatizadas son las que peor funcionan. No hay cemento, cabillas, leche y café, todos productos fabricados por empresas rojas. Sin embargo, Maduro va a provocar un revolcón. En sus propios términos: va a radicalizar el proceso para tornarlo más socialista. No le basta con el tsunami que provocó. Quiere más ruina.

Mientras tanto, la Polar sigue produciendo en grandes cantidades.

@trinomarquezc

Miseria del patrioterismo – Trino Márquez

Trino Márquez

Nicolás Maduro ha utilizado la sanción ejecutiva de Barak Obama para ocultar los graves problemas nacionales, la violación de los derechos humanos, los abusos contra los presos políticos, y para tratar de elevar su alicaída imagen nacional e internacional. Hemos visto el patrioterismo y la paranoia gubernamental en sus versiones más grotescas. La proximidad de la Cumbre de las Américas fue el escenario ideal para que el mandatario criollo creara una tormenta en un vaso de agua. La comparsa de socios latinoamericanos comprada con petróleo, subsidios y créditos blandos, le sirvió de caja de resonancia. Los vivos de Correa, Morales y Ortega practican el doble juego. Se solidarizan con el despistado Maduro, por un lado, mientras por el otro, cuidan y estimulan las relaciones con los Estados Unidos. Saben que es un cliente seguro y confiable, que gratifica a los empresarios exitosos. Quien se establece en el norte tiene el futuro asegurado. Solo se le exige constancia.

Las gestiones diplomáticas del gobierno de Panamá para evitar que el impasse entre Caracas y Washington se convirtiera en el eje de la reunión, le quitara protagonismo al país anfitrión y relegara la agenda del encuentro –desarrollo y equidad- a un segundo plano, dieron resultados positivos. La Casa Blanca dio un giro de última hora. Se acercó a Maduro, a través de Thomas Shannon -consejero del Departamento de Estado- para limar asperezas. Esta aproximación de ningún modo puede interpretarse como un triunfo del gobierno rojo, una reafirmación de la soberanía nacional mancillada por el imperio, o el éxito de la jerigonza chauvinista del régimen –que, de paso, en medio de las penurias que viven los venezolanos, costó una inmensa fortuna, útil solo para alimentar el ego insaciable del gobernante venezolano-. Lo que hay de parte de EE.UU. es un cálculo frío. Dejar sin bombona de aire a Maduro. Le quita las anacrónicas banderas de la lucha antiimperialista y lo devuelve a su sitio. Por añadidura, se arrima a las islas del Caribe de las cuales se había distanciado durante un largo período, dejándoles a Hugo Chávez y a su heredero el campo abierto para que ejercieran el subimperialismo petrolero en esos territorios insulares.

Cuando las aguas retornen a su nivel, se pondrán en evidencia toda la desmesura y manipulación que hubo con la campaña orquestada por el poderoso aparato comunicacional del oficialismo. La maquinaria con la cual construyeron la hegemonía comunicacional.   Durante varias semanas el gobierno habrá logrado desplazar el centro de atención informativo de los venezolanos desde la inflación, la escasez, el desabastecimiento y la inseguridad personal, hacia el quimérico peligro de una acción armada de los yanquis. Esta farsa está próxima a esfumarse. La vocinglería nacionalista ya no servirá como cortina de humo. Maduro tendrá que explicar por qué en sus dos años de gobierno el bolívar se licuó en los bolsillos de los trabajadores, por qué en mercados hay cada vez menos productos y en las farmacias menos medicinas. Tendrá que revelar el misterio por el cual el dólar paralelo en vez de acercarse al del SIMAD, es éste el que se aproxima al paralelo. Estará obligado a mostrar por qué el dólar del SICAD y el de CENCOEX desaparecieron, y con ellos los productos de los anaqueles.

El patrioterismo le habrá servido para tomar un breve respiro, pero, como ocurre con estos ardides de baja estofa: no será suficiente para mantener engañado ni siquiera a sus propios seguidores, quienes han demostrado mucho desgano ante los discursos retóricos de su “líder” y están siendo golpeados con furia por la crisis económica nacional. Los sectores populares verán como un triunfo de Maduro el día que puedan comprar lo que les provoque,  tengan la posibilidad de optar entre muchas marcas, el dinero les alcance para comer, resguardar la salud y divertirse, y vuelvan a ser dueños de la calle.

Mientras esas victorias no se obtengan, la lucha antiimperialista y el patrioterismo serán vistos como un ejercicio demagógico que solo sirve para mantener a la gente en la miseria y engañada.

@trinomarquezc

¿Por qué no firmar? – Trino Márquez

Trino Márquez

Denunciar la “agresión” imperialista del presidente Barak Obama se ha convertido en la nueva obsesión del gobierno de Nicolás Maduro. Con ella busca obtener algunos laureles nacionales e internacionales. Aspira a llegar a la Cumbre de Panamá como el nuevo Fidel Castro montado sobre un legajo de firmas recogidas con amenazas y chantajes de los organismos del Estado.

No se trata de una obsesión espontánea, desde luego, sino de una apuesta fríamente calculada. No es el ánimo patriota que animaba a los próceres de la Independencia lo que está detrás de la alharaca patriotera, sino el deseo de darle al alicaído mandatario un barniz de grandeza y dignidad del cual carece. Su lucha antiimperialista representa una tabla de salvación para rescatarlo de la tormenta en la que metió al país producto de su proverbial  ineptitud. Firmar el reclamo contra Obama significa pasar a integrar el combo que teje la cortina para que el gobernante venezolano esconda su incapacidad.

La gestión de Maduro es deslucida. Carece del encanto que tuvo su predecesor y “padre”. Hay que construirle una leyenda y asignarle un  objetivo que le dé trascendencia a tanta mediocridad. El objetivo lo encontró: rescatar la soberanía nacional y reafirmar la independencia nacional frente a los intentos de vasallaje imperial. ¿Es esto verdad? Para nada. Maduro ha aumentado la dependencia comercial con respecto a los Estados Unidos. El único producto importante que el país exporta y el único que genera divisas es el petróleo. El crudo que se vende va en su inmensa mayoría para la nación del norte. Algo más de 900.000 barriles salen diariamente para USA. Maduro se cuida de decir esta verdad. Sus piruetas antinorteamericanas son florales. Firmar contribuye a alimentar el fariseísmo de unos señores que pretenden ganar popularidad interna e internacional cuando en realidad saben que sin los Estados Unidos no pueden mantenerse en el poder, y que ellos necesitan mucho más a los gringos, que estos a los rojos.

El decreto de Obama se dirige específicamente contra unos funcionarios que violaron los derechos humanos durante las protestas de 2014. Esos excesos fueron públicos y notorios. Los medios de comunicación nacionales e internacionales mostraron en numerosas oportunidades cómo los agentes de la Guardia Nacional, de la Policía Nacional y del SEBIN se ensañaban contra jóvenes desarmados, y cómo la Fiscalía justificaba el encarnizamiento. Este aspecto esencial del decreto de Obama ha sido soslayado por el gobierno de Maduro. Ninguno de sus seguidores, incluida la Fiscal General y el Defensor del Pueblo, se han referido a la nuez del asunto. Para ellos, obviamente, no hubo violación de los derechos humanos el año pasado. Todo transcurrió en total normalidad. Algunos de los responsables directos de que los actos de barbarie cometidos ni siquiera deben ser señalados. Sin embargo, los alcaldes Daniel Ceballos y Enzo Scarano fueron destituidos de forma arbitraria y encarcelados, a pesar de que sus esfuerzos se encaminaron a evitar que la violencia se desbordara. Firmar la carta antiimperialista contribuye a ocultar la violación de los derechos humanos por parte del gobierno, darles un voto de confianza a esos funcionarios que aparecen mencionados y justificar los atropellos contra Ceballos y Scarano.

Los problemas reales del país –inflación, desabastecimiento, escasez, inseguridad, deterioro de los servicios públicos, corrupción- no han sido provocados por los Estados Unidos. Todo lo contrario. El mercado seguro que representa este país para nuestro principal producto de exportación, ha contribuido a evitar que la abrupta caída de los precios del crudo durante el último año tenga consecuencias aún más negativas para los venezolanos. Imaginemos por un momento que USA se comportara como República Dominicana u otros países de Petrocaribe, que no pagan la factura petrolera, o lo hacen tardíamente y con enormes descuentos (para no mencionar a Cuba, que es un caso excepcional de zanganería). Venezuela estaría hundida en la peor de las miserias. Las colas que vemos no serían sino pequeños contratiempos frente  al desastre que sufriría el país. Firmar la carta antiimperialista es lo mismo que morder la mano de quien nos da de comer y darle artificios a Maduro para que enmascare los problemas que ha creado, amortiguando las consecuencias de sus graves errores, entre ellos haber destruido a PDVSA.

Piense en Venezuela. Sea un verdadero patriota. ¡No firme!

@trinomarquezc

La opereta antiimperialista – Trino Márquez

Trino Márquez

El decreto del presidente Barak Obama, en el cual sanciona a un grupo de siete violadores de los derechos humanos, ha servido para que la vocación antinorteamericana de la izquierda cavernícola instalada en el gobierno, erupcione con la fuerza de un volcán. En esa eclosión hay mucho de nacionalismo trasnochado y exageración premeditada en busca de ocultar los verdaderos y graves problemas nacionales. Cada oficialista adapta el libreto general a sus propias conveniencias, intentando sacar el mayor provecho individual.

Nadie puede creer que Obama pretenda invadir a Venezuela. ¿Por qué hacerlo si ni siquiera ha querido bombardear con aviones estadounidenses los territorios de Siria e Irak controlados por un grupo de asesinos tan peligroso como el que forman el Estado Islámico? ¿Cómo es eso de que un mandatario que ha retirado las tropas norteamericanas de Afganistán e Irak puede estar pensando en atacar a Venezuela? ¿El mismo Presidente que propició, hasta lograrlo, el diálogo con Cuba, y que presiona a Israel para que modifique sus relaciones y dialogue con los palestinos, va a enemistarse con toda América Latina por asaltar una nación modesta como la nuestra? Todo suena a farsa y exageración. Los rojos crean una tormenta artificial para que cada quien pesque en río revuelto

Nicolás Maduro, acosta de su poderoso enemigo externo, trata recuperar su menguada popularidad y evitar que la inflación, la escasez y el desabastecimiento terminen de sepultarlo. Intenta opacar la importancia de las elecciones legislativas para amortiguar el duro revés que podría sufrir. Diosdado Cabello no quiere dejarle todo el protagonismo a su competidor. En este torneo antinorteamericano no puede quedarse atrás. Utiliza su espacio natural, la Asamblea Nacional, para colocarse entre los más antiimperialistas del régimen. Aprovecha el episodio para amenazar a los diputados opositores. Los llama apátridas y traidores porque sus colegas de la acera del frente no se prestan a servirle de comparsa. El general Vladimir Padrino López muestra su garra antimperialista organizando movilizaciones y simulacros bufos La fiscal Luisa Ortega Díaz se siente en la obligación de evidenciar que es una militante más comprometida con la revolución bolivariana que todos los dirigentes del PSUV juntos. El ministro de Educación, Héctor Rodríguez, también se ve llamado a cumplir con su deber revolucionario obligando a los niños a escribir cartas antiimperialistas.

Mientras todo este teatro del absurdo  transcurre, el país sigue hundiéndose sin que Maduro y sus colaboradores den ninguna señal de estar en capacidad de detener la caída y revertirla. La inflación de los dos primeros meses del año no ha sido anunciada por el BCV, cuando su obligación es informar durante los primeros días de cada mes sobre lo ocurrido en esta materia en el mes anterior. Los economistas que saben de números calculan que los precios escalaron  por lo menos 15% en el bimestre. La Canasta Alimentaria se disparó hasta colocarse en más de Bs. 20.000 al mes, tres salarios mínimos. La crisis de los hospitales y la insuficiencia de medicinas continúan agravándose. La carne de res, que hasta ahora se había encarecido pero no había escaseado, ya no se consigue en los frigoríficos. La inseguridad personal -tan bien documentada por el reportaje de las valientes periodistas y el camarógrafo de Antena 3 que vinieron a Venezuela- sigue causando estragos. Por donde se le mire, la situación del país es caótica y sin que se vislumbren salidas.

En el plano internacional, la estrategia de Maduro ha sido un fiasco. Salvo los camaradas de siempre – los hermanos Castro, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa y Cristina Kirchner- los apoyos han sido de un frío polar. Fuera de este círculo de amigos interesados, al gobierno de Maduro nadie lo toma en serio en el exterior. Nadie muerde el anzuelo, ni deja confundirse por patrañas. Venezuela no colapsará porque los Estados Unidos la invadan, sino porque la incompetencia, el atraso y la corrupción de sus actuales gobernantes la colocaron al borde del abismo. Si la nación sobrevive es porque cuenta con esa fuente de riqueza inagotable llamada petróleo, que sigue proporcionándoles inmensas fortunas a los jerarcas del régimen.

La incorporación de Felipe González a la defensa de los derechos humanos colocará en un nuevo plano la lucha de la oposición. Al Gobierno no le será fácil seguir engañando a quienes todavía creen en el mundo que en Venezuela hay una democracia estable.

@trinomarquezc

Maduro inhabilitado – Trino Márquez

Trino Márquez

Sitiado por los problemas nacionales, Nicolás Maduro optó por recorrer un camino con dos vertientes: una, buscar un enemigo externo, el país más poderoso de la tierra, para que no haya dudas y se sepa que él, el desprestigiado e impopular mandatario venezolano, no anda por la tangente; otra, obligar a sus obsecuentes diputados de la Asamblea Nacional a aprobar la segunda ley habilitante en su breve período que apenas supera los dos años, aunque en realidad parece que hubiese sido de dos décadas, tal es el largo bostezo que provoca su mandato.

La ley habilitante antiimperialista no pretende conferirle a Maduro un conjunto de competencias que refuercen su eficiencia al frente de una situación excepcionalmente crítica para el país. La Constitución de 1999 le confiere al jefe de Estado suficientes atribuciones para enfrentar cualquier conflicto con algún país foráneo, sobre todo cuando se trata de una posibilidad remota. En la Roma clásica, el Senado les confería atribuciones de dictador  a los gobernantes en aquellos casos en los cuales la seguridad de la República estaba amenazada por alguna tribu o ejército extranjero. Estos estados de excepción estaban restringidos a períodos acotados, establecidos previamente por el Senado.

En la situación actual lo que el mandatario venezolano intenta justificar es la disparatada guerra que inventó con Barak Obama, probablemente el Presidente norteamericano más democrático, junto con Jimmy Carter,  que esa nación ha tenido en el último siglo. Sanciona la habilitante con el fin de militarizar más aún el país. Los militares se han ido adueñando del Estado y la sociedad. Ahora tendrán la ruta todavía más despejada. Necesita contar con todos los recursos que consigan evitar que los graves problemas nacionales se conviertan en el foco de atención cotidiano de los venezolanos y eludir las responsabilidades por su ineptitud y la de sus colaboradores, y la gigantesca corrupción que envuelve al Gobierno. La ley habilitante le permitirá a Maduro lanzar fuegos artificiales que distraigan la atención de los venezolanos, mientras el país es devorado por la inflación, el desabastecimiento, la escasez, la inseguridad personal, la destrucción de PDVSA, el colapso de los servicios públicos.

La ley habilitante le proporciona a Maduro un instrumento idóneo para seguir acorralando a la oposición. En la práctica lo que aprobó la bancada oficialista fue un Estado de Excepción que autoriza al gobierno actuar con las manos libres contra la oposición e, incluso, contra la disidencia creciente que existe dentro de las filas del oficialismo. Sin la habilitante ya había secuestrado a Antonio Ledezma. Ahora podrá encarcelar y reprimir a quien exprese su desacuerdo con las trasnochadas políticas del socialismo del siglo XXI o considere que el conflicto con Estados Unidos es un simple artificio concebido para enmascarar los verdaderos y urgentes problemas nacionales, alejados a años luz de los temas que los rojos quieren colocar en el orden del día.

A los venezolanos no les preocupa una hipotética y quimérica invasión de los norteamericanos. Muchos, más bien, harían igual que los italianos durante la Segunda Guerra Mundial: la celebrarían como un acto de liberación de esta pesadilla que se ha prolongado por dieciséis años. Lo que realmente les importa a los venezolanos es que se consigan los productos que desaparecieron de los anaqueles, de las casas de repuestos de vehículos, de los hospitales, de los comercios dedicados a proveer materiales de construcción. La gente quiere que se controle la inflación para que la capacidad adquisitiva aumente y exista la posibilidad de ahorrar. La gente aspira a volver a transitar por unas calles seguras y a adueñarse de nuevo de la ciudad, campo minado que pertenece a las pandillas de delincuentes que azotan los principales centros urbanos del país. Los ciudadanos quieren contar con un empleo estable y bien remunerado, donde labrarse un futuro seguro y digno.

Ninguna de estas sanas ambiciones las ven con Maduro. De allí la reacción tan indiferente del pueblo frente a su discurso antiiperialista.  Las marchas oficialistas han sido raquíticas y desabridas. Ningún fervor patriota las ha animado. La gente muestra  hastío frente a tanta fanfarria inútil. Hay agotamiento porque las aspiraciones apuntan hacia la prosperidad, la modernidad, el confort. Maduro aburre y cansa con su discurso machacoso, paranoide e intrascendente. Contará con la habilitante, pero está inhabilitado para dirigir el país.

@trinomarquezc

Maduro: ¡bájale dos! – Trino Márquez

Trino Márquez

Nicolás Maduro vio en las sanciones aplicadas por Barak Obama un refugio para ocultar el fracaso de su gobierno y proyectar su deteriorada imagen internacional, aunque sea entre los pocos aliados que aún le quedan. Pretende eclipsar la inflación, la escasez, el desabastecimiento, la corrupción, el deterioro de los servicios públicos, la pérdida acelerada de su popularidad interna y la opacidad de su figura en el plano internacional. Buscaba una tregua que lo aliviara, y la encontró.  Apela a la fórmula tradicional de los ineptos: exaltar el patrioterismo, acusar al imperialismo de agresión y descalificar y amenazar a todos los que se niegan a seguirle en sus desmesuras.

Maduro desdibuja la imagen de Obama, la cual conviene recordar. El Presidente norteamericano descongeló las relaciones con el archienemigo de los gringos desde 1979: el gobierno teocrático ultraconservador de los ayatolas iraníes, al punto que discute el programa nuclear con ese incómodo país; reinició la apertura con el gobierno comunista de Cuba, venciendo la poderosa resistencia del lobby cubano de Florida; comenzó el proceso de desmilitarización norteamericana en Irak; ha sido crítico de la actitud belicista de la derecha israelí; ha propiciado las conversaciones de Israel con Palestina; se ha negado a bombardear  a los dementes del Estado Islámico; y ha mantenido una activa y permanente política de defensa de los derechos humanos en todo el mundo. Estos son algunos de los méritos de su política exterior, siempre tendiente al diálogo, a los acuerdos y al fortalecimiento de la democracia. Por ese motivo, la derecha más radical estadounidense lo ha tildado de blandengue frente a los adversarios del Tío Sam.

Con respecto de Venezuela, Obama –y en general los presidentes norteamericanos- han sido pacientes frente al trato hostil, desconsiderado e ingrato de Hugo Chávez, primero, y de Maduro, después. Estados Unidos es el único país que paga de contado y en los plazos convenidos la factura petrolera. Siendo presidente Gorge W. Bush, no hubo calificativo peyorativo que no recibiera de parte del comandante venezolano. Lo llamó desde alcohólico hasta genocida, pasando por un amplio espectro de epítetos. La diplomacia norteamericana, dirigida en aquella oportunidad por los halcones republicanos, reaccionó con cautela y hasta con cortesía. Lo que en otras épocas habría generado conflictos bélicos, los estadounidenses lo convirtieron en tibias quejas diplomáticas. La insolencia del caudillo llegó a tales extremos que en 2008 sacó en volandillas del país al embajador Patrick Duddy.

Maduro, sin ninguna clase de pruebas fehacientes, incrimina a la nación del norte en un fantasmagórico golpe de Estado. Acusa a Obama -quien ha promovido la democracia en Irak y ha sido señalado como pacifista ingenuo por los republicanos porque no encara con violencia las pretensiones expansionistas de Putin (el “hermano mayor” de Hugo Chávez)- de ser conspirador y formar parte de una conjura que amenaza su incapaz gobierno.

Probablemente la decisión de Barak Obama no fue adoptada en el mejor momento de la oposición venezolana. Las fisuras internas y la confusión la erosionan. Hay perplejidad frente a la decisión del gobierno de Norteamérica, que sanciona a un grupo de siete personas del régimen incursas en delitos contra los derechos humanos y decide considerar como un peligro para la seguridad de ese país al gobierno de Venezuela. Pero una nación, y menos una potencia mundial, puede actuar pensando en las conveniencias de un sector particular del país al que le responde, por mucha solidaridad e identificación que exista con ese segmento.

Maduro desde que asumió el poder ha mantenido una conducta áspera con Estados Unidos. En vez de relacionarse con la nación del Norte en términos respetuosos, dignos y amigables -como lo hacen incluso los países de la ALBA, incluyendo Cuba-, apeló a la anacrónica fórmula de la tensión permanente. El mandatario venezolano vive su propia Guerra Fría. Se imagina, lo mismo que su antecesor, epopeyas fantásticas. Su cerebro afiebrado lo llevó a expulsar decenas de diplomáticos norteamericanos de Venezuela. Lo malo de esta aventura irresponsable es que arrastra al país por el despeñadero. Las inversiones que se necesitan para la recuperación económica no aparecerán. Nadie invierte en un país cuyo gobierno parece un carrito chocón, y que además escoge para colisionar a una gandola.

De este sainete a Maduro le quedará una ley habilitante que le servirá para acrecentar su poder, reducir a sus adversarios, derrotar a Diosdado Cabello y mantener a la oposición amenazada. Veremos hasta cuándo puede aprovechar la cosecha de odio.

@trinomarquezc

Chávez. Un héroe efímero – Trino Márquez

Trino Márquez

Están cumpliéndose dos años de la muerte de Hugo Chávez. Ahora se ven los efectos de la destrucción que causó. Sus herederos han continuado demoliendo la democracia y los signos de modernidad que existían cuando el caudillo llegó a Miraflores.

Chávez fue el prototipo del líder mesiánico: megalómano, populista, egocéntrico. Despreciaba las instituciones democráticas y el concepto de República, indisolublemente vinculado al respeto del Estado de Derecho, y a la independencia y equilibrio de los poderes públicos, tanto nacionales como regionales y locales. Su ideal del Estado fue el diseñado por Lenin en El Estado y la revolución. El modelo que buscó imponer fue el Estado revolucionario en el cual se  funden el Estado, el Gobierno y el Partido, en una unidad indisoluble dentro de la cual desparecen todas las fronteras entre un ámbito y otro. Esta concepción leninista pasó a formar parte de la tradición marxista, siendo adoptada por líderes comunistas que alimentaron el culto a la personalidad y contribuyeron a la construcción de su propio mito: Stalin, Mao Zedong, Kim Il Sung y Fidel Castro.

Chávez, sin ser un marxista ortodoxo, incorporó los rasgos autoritarios y megalómanos de los dirigentes comunistas más importantes del siglo XX. El culto a la personalidad y la subordinación incondicional al líder único e imprescindible fueron prácticas que estimuló continuamente. Uno de los instrumentos de los que se valió fue el uso constante de las cadenas de radio y televisión y su programa Aló, Presidente. A través de este mecanismo hegemónico, se hizo omnipresente. En sus comparecencias televisivas opinaba de todo lo humano y lo divino. Se transformó también en omnisciente. Fue el centro del país. El eje alrededor del cual todo giraba. Nada podía decidirse sin que contara con su aprobación. Con él la concentración personal del poder alcanzó niveles nunca antes conocidos.

La presencia nacional le ayudó a proyectarse mundialmente. Los altos precios del petróleo fueron su mejor aliado. Utilizó el crudo para inflar su propio ego. Sus indudables condiciones histriónicas fueron potenciadas por la inmensa masa de petrodólares que ingresaron al país durante su mandato.

Otro instrumento del cual se valió fue la reelección indefinida, propuesta que logró imponer luego de una campaña en la que cometió toda clase de abusos del poder y ventajismos.

Dudo de que el mito de Chávez perdure más allá del tiempo que gobiernen sus sucesores. El país que contribuyó a construir y que dejó como legado está arruinado material y moralmente.  Sospecho que le espera el mismo destino de otros autócratas envanecidos por el poder, de los cuales nadie guarda gratos recuerdos en la actualidad. Pienso en Franco, Caudillo por la Gracia de Dios, en Stalin, en Pol Pot, en Mao.

Ser “héroe” despreciando a la democracia y al Estado de Derecho es fácil cuando se cuenta con una montaña de dólares. Lo difícil y realmente inteligente es ser demócrata y respetuoso de las instituciones republicanas cuando se cuenta, igualmente, con una inmensa cantidad de recursos financieros.

A los herederos de Chávez, especialmente a Nicolás Maduro, no les ha quedado otra alternativa que exaltar la figura del jefe. Los calificativos que utilizan son rimbombantes y ridículos. Los más comunes, Comandante Eterno y Líder Supremo, evocan la vieja jerga comunista. El afán de compararlo con el Libertador es una desmesura que se explica por la falta de carisma, legitimidad y popularidad de quienes lo remplazaron. Mientras más desastrosos son los resultados concretos de la gestión gubernamental y menos gente los respalda, más alaban la figura del comandante desaparecido. Tratan de encubrir sus errores, su impopularidad y la inviabilidad del proyecto chavista –el socialismo del siglo XXI y el Estado Comunal- con la imagen de su creador.

Sin embargo, el culto al “comandante eterno” está reduciéndose a un grupo exiguo de irreductibles, a una secta, que lo idolatra. Las masas que alguna vez se rindieron ante su verbo encendido hoy están mucho más preocupadas por lidiar con la inflación, la escasez, el desabastecimiento, la inseguridad personal, el deterioro de la infraestructura y de los servicios públicos.  Entre los jóvenes, Chávez no es un mito, ni nada que se le parezca. En este segmento tan amplio de la población, los héroes y las preocupaciones son otras. Los jóvenes están impacientes por ver cómo encaran un futuro tan incierto como el que los amenaza.

El esfuerzo de los herederos por mantener viva la llama de Chávez no tendrá éxito. El comandante no fue un estadista de talla continental. No dejó una obra material o intelectual que merezca ser reconocida por las futuras generaciones. Se dedicó a destruir la democracia que surgió después de 1958, y en esta labor fue muy exitoso, pero lo que dejó a cambio fue una nación corroída por la corrupción y empobrecida en el plano material. A los verdaderos mitos se les conoce por lo que construyen, no por lo que destruyen. Chávez está muy lejos de ser Mandela.

@trinomarquezc