100 días o 15 años

 Fernando Luis Egaña

En estos días, el señor Maduro cumple 100 días desde que le ciñeran la banda en la Asamblea Nacional. Y por ello se leen y escuchan los comentarios y valoraciones al respecto. Incluso el oficialismo está “conmemorando” el asunto, tratando de empatarlo con supuestas efemérides de la “revolución”. Pero pasa que 100 días suena a muy poco tiempo, en especial si se le compara con los casi 15 largos años que lleva en el poder el régimen que él representa.

Porque no debemos confundirnos: la hegemonía roja perdió a su hegemón y Maduro no puede ser lo mismo, pero la hegemonía roja no se encuentra en una transición hacia la democracia política sino en un reacomodo de sus formas de control, con algo de pragmatismo y mucho de despotismo habilidoso. Y mucho también de corrupción o depredación.

De allí que no se deba presentar a Maduro como una especie de novedad en lo gubernativo que recién cumple 100 escasos días en las jefaturas del poder. No. Eso hasta podría dejarle ciertos beneficios. La neo-dictadura o dictadura disfrazada de democracia que Chávez y los Castro consiguieron erigir poco a poco en Venezuela, no ha desaparecido ni tampoco tiene la intención de hacerlo.

Otra cosa es que pueda satisfacer su ambición continuista, pero a eso se dedica y las diferencias de estilo y proceder entre el presente y el pasado oficialista no deberían crear la impresión de que ahora experimentamos una transformación democrática del poder establecido.

Algunos sostienen, incluso, que el de Maduro es simplemente un mal gobierno, más o menos de la índole de otros en la historia de, digamos, el último medio siglo. ¡Qué errados están! Semejante valoración lo que refleja es la tragedia político-cultural que atraviesa el país.

Una signada por la persistencia de la incomprensión y hasta por el desprecio de nuestra trayectoria democrática, tal y como lo planteara Luis Castro Leiva con brillo, vehemencia y oportunidad; y así mismo una caracterizada por la distorsión propagandística de la realidad y de los valores propios y necesarios para el renacimiento de la democracia en Venezuela.

No. Lo de Maduro no es un mero gobierno, malo o peor que apenas cumplirá 100 días. Maduro es el sucesor en la co-dirección de un régimen que controla y busca seguir controlando tribalmente los poderes del Estado y de gran parte de la sociedad. Co-dirige junto a los jefes cubanos y ahora también con otros factores de las corrientes internas.

Pero lo que no hace, ni creo que piense hacer, es cambiar de parecer y comenzar a empujar a la “revolución” por el camino de la gobernabilidad democrática y pluralista, de la alternancia en el poder, y del respeto a los derechos y garantías de la Constitución.

Y no se tratar de ignorar o subestimar las diferencias o cambios que haya y pueda haber a partir del encumbramiento oficial de Maduro. Es al revés. Se trata de no ignorar o subestimar los aspectos más de fondo o de estructura que vienen caracterizando a la satrapía roja. No se debe perder la perspectiva ni en uno ni en otro caso.

Por eso, lo que Maduro representa no tiene 100 días sino 15 años.

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Diálogo o gesticulación

 Fernando Luis Egaña

La retórica sobre el diálogo se ha puesto de moda entre diversos factores políticos, económicos y sociales del país, incluyendo a voceros principales del poder establecido. Pero una cosa es el loable concepto del diálogo y otra muy distinta es el diálogo efectivo o el diálogo con resultados concretos y positivos. Del coqueteo con lo primero hay casos sonoros y de lo segundo –como dice la canción: poca cosa, casi nada… En particular en el dominio del desempeño político del Estado.

En una democracia, así tenga los mil y un problemas, el diálogo es el fundamento de la convivencia. Sin diálogo político, por ejemplo, no puede haber equilibrio de poderes o auténtico pluralismo. Pero en una satrapía o despotismo habilidoso, el diálogo entre contrarios no sólo no se favorece desde el poder sino que es despreciado por éste. Y así ha sido, la más de las veces, durante estos largos años del siglo XXI venezolano.

De cuando en vez, el régimen imperante sí puede invocar la idea del diálogo como instrumento de propaganda, y en particular cuando se nublan las perspectivas del continuismo. Pero eso no es diálogo sino simulación o puesta en escena. Cuando las circunstancias aprietan y desafían, entonces se escuchan tributos públicos al diálogo y, también, se montan algunos escenarios para representarlo. Aliviadas un poco las angustias, el “diálogo” va desapareciendo de la agenda oficial.

En el presente tenemos un asomo muy peculiar de “diálogo político”. Una especie de diálogo con garrote… El ministro Rodríguez Torres se reúne con la Conferencia Episcopal, pero al periodista Nelson Bocaranda se le acosa no sólo de manera específica sino para que ello sirva de escarmiento a otros comunicadores. El ministro Villegas declara a favor del diálogo con la oposición, pero la jefatura de la Asamblea Nacional denuncia y condena a voceros reconocidos de la bancada opositora.

Jerarcas del gobierno manifiestan a obispos católicos que tienen la mejor disposición a dialogar, al tiempo que el propio Maduro no economiza insultos en contra de los tres gobernadores independientes. Insultos que no se quedan en la perorata sino que se van transmutando en ahorcamientos presupuestarios, cercos políticos y expedientes judiciales. Sin duda, un diálogo muy prometedor…

Sólo los extremistas patológicos pueden estar en contra del diálogo por supuestas razones de principios. Incluso el diálogo con los que no privilegian el diálogo, es un camino obligante para quienes de verdad creen en los valores democráticos. Y desde luego el diálogo político adquiere su mayor sentido cuando los que dialogan tienen posiciones e intereses distintos y hasta contradictorios.

Pero eso es una cosa y otra es la participación consciente en una tramoya de diálogo o en un mero disimulo sin sustancia. Es el poder establecido quien tiene que demostrar si puede haber diálogo o si sólo hay gesticulación. Y las evidencias demuestran lo segundo.

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Pero tenemos patria

 Fernando Luis Egaña

Los jerarcas del oficialismo tienen su estribillo de temporada: “pero tenemos patria”… En efecto, ante cualquier crítica o denuncia, y sobre todo cuando ésta versa sobre un problema o drama flagrante, la respuesta está siendo la misma: “pero tenemos patria”.

Queriendo significar, desde luego, que sí puede ser verdad tal o cual situación negativa, pero que se trata de una nimiedad en comparación con haber logrado “tener patria” gracias a la “revolución”. Y bueno, de ese estribillo no los saca nadie.

En realidad, tal estratagema publicitaria no empezó ahorita, sino que adquirió cierto relieve en la campaña electoral del 2012. Recordemos que el entonces presidente-candidato Chávez llegó a decir que los apagones, o la escasez o la inseguridad no importaban tanto si se les comparaba con grandes logros como la “independencia o la soberanía o la patria re-conquistada”.

Y bueno, para ser justos, la estratagema tampoco es que fuera original de ese contexto, sino que fue calcada de la retórica castrista. Eso es lo que alegan Fidel y Raúl cuando ponderan a la “revolución cubana”. Ante la miseria antillana del archipiélago, lo que alegan es que “no importan los sacrificios porque tenemos patria libre y soberana”… Lo mismito pues.

Es un patrón que se repite cuando se acaban las excusas. La apelación última al patrioterismo –cosa distinta del patriotismo, es la guarimba final de los que no tienen otra defensa argumental frente a las situaciones deplorables causadas por sus ejecutorias.

Ahora bien, eso de que por fin tenemos patria en Venezuela es una redonda ridiculez. Patria hemos tenido desde 1811, o desde 1821, o desde 1830, según la óptica de los historiadores, y no hemos dejado de tenerla hasta nuestros días. Otro tema es la fortaleza o la debilidad de la patria a lo largo de su historia bicentenaria.

Y en ese sentido, esta época del régimen bolivarista no es precisamente una de fortaleza de la patria venezolana. Y no la es porque la principal conquista política de la patria que es la democracia civil, se encuentra aplastada por una satrapía o despotismo habilidoso, que se disfraza de democracia pero procede como neo-dictadura o dictadura perfumada con ciertas formalidades democráticas.

Y la economía tampoco es una fortaleza presente de la patria. La macroeconomía (crecimiento, inflación, empleo) es un desastre, y la microeconomía también. Producimos mucho menos, importamos mucho más, estamos endeudados hasta la coronilla y hay escasez de todo, incluyendo alimentos y medicinas básicas. ¡Y con el barril de petróleo en 100 dólares!

¿Y qué decir de lo social? El que Venezuela se haya transmutado en uno de los países más violentos del mundo, no es un signo de fortaleza de la patria… Las viejas endemias vencidas en el siglo XX han rebrotado en el XXI. La petrobonanza no alivió la pobreza estructural, y en cambio ha potenciado la cultura populista.

En fin, de tener patria, la tenemos; como la hemos tenido a lo largo de más de dos siglos. Pero de tenerla fuerte o débil, la tenemos muy pero muy debilitada. Y es que el poder establecido, el poder rojo, se ha hecho poderoso a costa de debilitar a la nación venezolana. Y esa nación, nuestra nación, es lo que se llama patria.

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Fusiles o cuardenos

 Fernando Luis Egaña

Los economistas suelen apelar al modelo de “armas o mantequilla” para valorar la manera en qué un Estado y una sociedad invierten con preferencia sus limitados recursos. En el caso de la Venezuela del presente, y aprovechando el tema de la mega-crisis universitaria, bien se podría plantear la interrogante en términos de fusiles o cuadernos, y además ya se sabe cómo ha escogido la llamada “revolución”…

Nuestro país viene subiendo en el lamentable escalafón de los compradores de armas a nivel global. En el Kremlin todavía les cuesta creer la apetencia del gobierno venezolano por la chatarra armamentística de Rusia. En Minsk otro tanto. Y en el menguado Reino de España, los astilleros militares no dejan de agradecer la dadivosidad bolivarista. Tanto es así, que ya se multiplican por allá –claro está—las investigaciones sobre la sucedánea corrupción.

En Teherán, Beijing, Paris o Brasilia, reciben con alborozo a los gestores o traficantes que representan al erario venezolano. Los negocios son fáciles porque carecen de controles oficiales. Las compras se deciden y se concretan sin los contrapesos institucionales de otros clientes estatales.  Y muchas veces la opinión pública venezolana se medio entera de las onerosas adquisiciones porque los vendedores tienen la cortesía de informar algo al respecto.

Mientras tanto, varias de las universidades nacionales autónomas no tienen recursos ni para suministrarle a los estudiantes las hojas de papel para realizar los exámenes. Indigencia universitaria, si cabe la expresión. Y ni hablar de lo necesario para la investigación académica, o para el mejoramiento curricular, o para una remuneración mínimamente decente del profesorado, o para siquiera el mantenimiento básico de la infraestructura.

Y lo más indignante de todo ello, es que los voceros de la satrapía repiten la cartilla de los supuestos “logros históricos de la revolución” en el dominio de la educación superior, y lo que sí “logran” es confundir, manipular y engatusar a mucha pero mucha gente. Con sólo apreciar la crítica precariedad de la joya de la corona o la UBV, ya se puede tener una idea del fraude sustantivo y propagandístico.

¿Fusiles o cuadernos? Esa pregunta se la hacen muy pocos, si acaso, en los cogollos oficialistas. Y es que la prioridad está en el continuismo del poder establecido y todo lo demás es secundario. Por eso casi no hay cuadernos de exámenes pero Venezuela lidera la compra de armas en América Latina.

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Normalización o tremedal

 Fernando Luis Egaña

En los ámbitos del oficialismo y en no pocos sectores de la oposición se suele ponderar la idea de la “normalización política” como un objetivo que merece todos los esfuerzos necesarios. El concepto como tal sería impecable si el régimen imperante lo entendiera y practicara como normalización hacia la democracia equilibrada y pluralista que está consagrada, por ejemplo, en la Constitución.

Lo que pasa es que la acepción roja del asunto es otra: normalización significa la disminución o apaciguamiento de los conflictos políticos y la aceptación del régimen tal como es y que, por ende, lo que queda a la oposición es aprovechar las rendijas electorales para tratar de alcanzar o preservar espacios políticos.

En realidad, eso mucho menos que verdadera y deseable normalidad es el típico tremedal o empantanamiento de estos años de mengua. Como diría un japonés, una especie de danza kabuki o teatro del disimulo, en el que se finge por razones de necesidad o conveniencia.

Y es difícil no pensar en estas cosas, nada gratas por cierto, cuando se aprecia que de la fuerza movilizadora de las denuncias democráticas y de las impugnaciones electorales justo después del 14-A, no va quedando mucho ímpetu y en cambio se regresa al laberinto característico de  las largas antesalas comiciales, cuyos resultados, debe repetirse, no logran producir cambios efectivos a pesar de los caudales de votos.

Y ojo, en estas líneas no se está cuestionando la ruta electoral. No. Al contrario, se plantea que la misma para que sea efectiva debe ir acompañada por la protesta justa y legítima que suscita una satrapía como la bolivarista. Y no se trata de una apelación a la violencia o al golpismo o a nada que también vulnere la fisonomía democrática de la Constitución.

Se trata, eso sí, de mayor presión cívica, de mayor enlace de lo político y lo social, de no bajar guardias sino mantenerlas o aumentarlas, y en todo caso de darle continuidad y fortaleza a la necesidad de una contienda política que vaya al fondo de la situación, tal y como fue debidamente planteado por Capriles y la Mud luego del último episodio electoral.

Pero de entonces para acá, aunque sólo hayan pasado dos meses y tantos, en la dinámica opositora se ha notado un cambio de importancia, y no precisamente para consolidar el terreno de la exigencia beligerante de los derechos. Se puede constatar una descompresión de la contienda, sobre todo por parte de decisivos núcleos de oposición, y una modificación del discurso de conflicto político-democrático hacia la temática de la campaña electoral municipal de diciembre.

Pareciera como si la convocatoria de las municipales decembrinas por parte del CNE, hubiera sido el mecanismo para facilitar la ruta de la referida “normalización”, a pesar, claro está, que el desmadre gubernativo y su arbitrario autoritarismo sigan campantes. E igual debe decirse de su agresividad ante la crítica.

Pareciera, también, que las promesas dolarizadas a los empresarios surten el efecto de animarlos a buscar e incluso presionar por la referida “normalización”, pero en la versión oficialista.

Nada de eso es auspicioso. En medio de una debacle económica y social, Maduro gana tiempo político y con él también obtiene reconocimientos directos e indirectos que le ayudan a sostener una gobernanza despótica y retardataria. Si al menos existiera un verdadero propósito de rectificación, aunque fuera gradual, otras serían las perspectivas. Pero el grueso de los hechos evidencia que la llamada “normalización” apunta al continuismo del presente, es decir, al continuismo del tremedal.

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Operación aislamiento

 Fernando Luis Egaña

El oficialismo rojo será incapaz de todo lo que sea gobernanza afirmativa pero sí es ducho en las maniobras políticas, incluso las de alcance estratégico. Y ahora mismo parece estar en marcha una especie de “operación aislamiento” que tendría por fin el tratar de cercar o incomunicar a la oposición política.

Un tanto a la usanza del nicaragüense Daniel Ortega en su segunda etapa en el poder de ese sufrido país, Maduro y compañía están buscando ententes con el sector empresarial y también con sectores eclesiales, comenzando por la Iglesia Católica. Recordemos que Ortega superó los incordios con su antiguo némesis, el cardenal Obando y Bravo, y ha logrado establecer una relación estrecha con el grueso de los empresarios nicas.

En el caso venezolano, nada de esto responde a un cambio sustantivo de visión sobre las relaciones políticas o sociales, ni mucho menos a una epifanía democrática. Nada que ver. Son virajes que pretenden satisfacer un interés político en tiempos de emergencia, o el despeje de ciertos y agudos conflictos para que se recree la idea de la “normalización”, se consiga bajar el tono y el ímpetu de la oposición democrática, y se gane tiempo para ver si cuaja o consolida la sucesión.

La visita de Maduro al papa Francisco, por ejemplo, se coloca en ese contexto y nuestra “hegemonía comunicacional” hace y deshace para proyectar la percepción de que el oficialismo rojo quiere una relación “fraternal” con la Iglesia. Claro que una cosa es lo que se pretenda y otra lo que se consiga, pero lejos de haber propósito de enmienda por parte de la satrapía, lo que hay es propósito de manipulación.

En cuanto al sector privado, la promesa de dólares baratos tiene un poder persuasivo que no se puede subestimar. Y esta siendo utilizado para que se bajen muchas guardias… Y a esto se suma la adquisición boliburguesa de importantes medios de comunicación, cuya autonomía reconocida se esfuma con el paso del (poco) tiempo. Curioso que hace 10 años, el régimen presionó y chantajeó para neutralizar algunos medios, luego procedió a asaltar y cerrar otros –como RCTV, y ahora la compra es el mecanismo auspiciado.

La gran contra de la “operación aislamiento” es el desastre de la realidad nacional, ahora más agobiante que antes, no tanto porque objetivamente sea así, sino porque la hegemonía se quedó sin su hegemón, y sobre todo sin la habilidad de éste para distorsionar las cosas de forma tan fraudulenta como verosímil.

No obstante, la referida operación luce en marcha como estratagema política y sería un error no hacerle caso o despreciarla, con la excusa de que la crisis es demasiado grande y no hay posibilidad alguna para el continuismo rojo. La verdad de esa apreciación depende de la fuerza con que la oposición democrática impulse la superación de la satrapía.

De allí el esfuerzo oficialista para debilitar esa fuerza. De allí la “operación aislamiento”

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¿Tiempos de cambio?

 Fernando Luis Egaña

En general, la palabra cambio tiene una resonancia positiva. Suena a esperanza, a mejoría, y sobre todo en el dominio de la política o de los asuntos públicos. Ello sin duda ocurre en nuestro país, y no de ahora sino de siempre. Pero la modificación, alteración o transformación de la realidad –eso que debe llamarse cambio—puede ser para bien o para mal.

En lengua oficial, llevamos años inmersos en un “proceso de cambios profundos”, lo que en gran medida es verdad, pero también lo es que la dirección de éstos ha sido y es dramáticamente negativa para la calidad de vida política, económica y social de Venezuela y del conjunto de los venezolanos.

El cambio más notorio que ha tenido lugar en tiempos recientes es el fallecimiento de Chávez –hace apenas 3 meses, y ese hecho está teniendo un impacto considerable porque la hegemonía roja se quedó sin su hegemón. Los resultados, por ejemplo, del 14-A así lo referencian. Y también otros sucesos y tendencias.

Muchos consideran que se está abriendo un tiempo de cambios para nuestro país. Y pienso que esa apreciación es correcta. Lo que es difícil determinar es que si el potencial de cambio positivo se podrá ir actualizando, o si por el contrario las modificaciones de la ya gravosa realidad serán para empeorarla.

Tomemos el caso de los medios de comunicación. Se están produciendo cambios en algunos de los más influyentes. Viejos dueños le venden a dueños nuevos, en un contexto de posicionamiento de la boliburguesía, y no hay que ser “comunicólogo” para sabe que ello no contribuirá ni a la independencia editorial ni a la calidad periodística. Al revés.

Hay un cambio, en efecto; pero no un cambio para bien sino para mal. Así mismo, apreciemos el tema del CNE: luego del 14-A se produjo una intensa movilización política y mediática para cuestionar a fondo los resultados electorales y el proceso comicial que los produjo. De allí surgió la solicitud de auditoria y la impugnación judicial. Muy bien. Soplaban vientos de cambio para luchar por mejoras en el sistema electoral. ¿Y qué ha pasado?

Pues que el CNE anunció la convocatoria de las municipales para dentro de 6 meses, y de nuevo la temática electoral entró en la misma dinámica de estos años de mengua: que se denuncien algunas cosas pero con el cuidado de que no vayan a “desestimular” a los electores. El potencial de cambio favorable no se termina de desarrollar.

En fin, para que las posibilidades de cambio democrático y de cambio productivo se puedan materializar, hace falta que se empuje con mucha fuerza y decisión. No se debe bajar la guardia sino alzarla. Esos cambios no llegarán por inercia o por efecto de una inevitabilidad generacional.

Antes bien debe afirmarse, que si los cambios no toman una dirección democrática y modernizadora, pues puede acontecer que el presente se siga prolongando con su carga de devastación, o que se dé otro tipo de cambios o modificaciones del panorama, que lo hagan aún más dañoso para la nación venezolana.

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