Navidad en tinieblas – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Por primera vez desde que constituí familia venezolana, en mi casa no ilumina un árbol navideño. Ni cuelgan luces de colores. Ni hay juguetes empaquetados. Ni hallacas en el congelador. Ni perniles en perspectiva. Ni por asomo una botella de cava, así sean las de tercera categoría fabricadas en Chile, en Argentina o en España. Para decirlo sin ambages: son las navidades más tristes que se le vienen encima a una clásica familia de clase media venezolana, con hijos y nietos. La desesperanza.

Y no se trata, conste, de un problema económico. Si bien la misma botella de vino tinto que en la navidad pasada costaba 35 bolívares hoy está a 450 bolívares. Mil quinientas veces su valor de hace doce meses. Si bien nuestros ingresos son los mismos, vale decir: mil quinientas veces menos de su valor de entonces. ¿Celebrar? ¿Qué? ¿Con qué?

Además de evanecerse el valor de nuestra moneda y vernos esquilmados en el valor de nuestro trabajo, se evanecen las perspectivas de mejoramiento. Las navidades pasadas las alimentó el fuego de la esperanza: se moría, pagando con su vida, el responsable de la mayor tragedia política que le haya sucedido al país desde los terroríficos desastres de la guerra federal. Recuerdo haber sentido un estremecimiento inexplicable un mediodía de fines de diciembre del 2011. Hasta el día de hoy sospecho que se trató de una intuición paranormal: Chávez agonizaba o exhalaba su último suspiro en La Habana. Lo cual abría la perspectiva de salir del marasmo al que su incuria, su delirante ambición y su porfía nos empujaba. Y realizadas las primarias, el capricho de las caras nuevas ya había dado con su prospecto. Es decir: pasamos esas fiestas de fin de año con la ilusión de reconquistar el gobierno y proceder al desalojo de la miseria en la figura de un joven venezolano respaldado por las mayorías democráticas.

Se murió, no sin antes proceder a soldar las cadenas que nos atan al siniestro cordón umbilical que une nuestra joven criatura a la placenta de dos tiranos responsables del peor genocidio de nuestro hemisferio. Colgando de su último aliento, designó al funcionario encargado de mantener en vida la satrapía. El mismo con el que en estos días se reunieran nuestros representantes en un esfuerzo borgeano por romper los espejos y hacer como que nada de lo que nos está sucediendo es verdadero y real, sino mero reflejo de nuestras angustias. Vano intento.

De manera que aguardamos unas navidades que marcan el ocaso de muchas esperanzas, la incertidumbre ante un presente cuajado de desastres y un futuro tan en tinieblas, que provoca espanto. Envidio a los esperanzados, a los duros de corazón, a los imprescindibles. Y maldigo a quienes tendrán champaña francesa a su mesa, olor a pino canadiense en sus ambientes, relampagueantes juguetes electrónicos y la certeza de que nada ni nadie los moverá del poder. Y envidio y admiro a quienes no desfallecen, porque en sus manos descansa nuestro destino y el de nuestra descendencia.

Vaya a ellas y ellos, a los que luchan sin denuedo en medio de tantas contrariedades, mi reconocimiento por darnos la única alegría que nos acompañará en estas navidades. La del recuerdo vivo e imperecedero de un hombre pobre y humilde que nació en un pesebre para traerle paz y concordia a la sufriente humanidad.

@sangarccs

Grandes crisis, pequeños liderazgos – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Leo en el periódico madrileño ABC (11/12/2013) una estupenda entrevista al gran historiador inglés Max Hastings con ocasión del lanzamiento en España de su último libro sobre la Primera Guerra Mundial (PGM) «1914, el año de la catástrofe» (Crítica). De la que me interesa resaltar una de sus afirmaciones, que viene a corroborar una sospecha historiográfica de honda significación política sobre la que venimos reflexionando desde los sucesos que dieran al traste con el sistema democrático venezolano y permitieran la irrupción de la barbarie militarista que hoy padecemos: “En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños. Como podemos ver hoy, con la posible excepción de Angela Merkel en Alemania, ninguno de los líderes de Europa son apropiados para bregar con un desastre de esta magnitud.” Dios libre a Europa y al mundo de la reiteración de desastres de esa espantosa magnitud, que costara en su momento la friolera de 15 millones de muertos.

No quisiera ahondar en las causas últimas, indudablemente de naturaleza antropológico cultural, de esta terrible contradicción entre los tamaños de las crisis y la estatura de los liderazgos potencialmente llamados a conjurarlas, si bien es evidente que la brutal masificación, vulgarización y banalización de la política en la era del espectáculo – una inevitable consecuencia de la masificación de las instancias cuantitativo democráticas en la era de la masificación tecnológica – ha llevado a que figuras de incuestionable medianía, pobreza intelectual y carencia de atributos se puedan hacer con el control político de sus países gracias a características que más tienen que ver con el show bussiness que con la gerencia pública de las naciones. Si Max Hastings sólo rescata a la dirigente socialcristiana Angela Merkel del foro de liderazgos presentes en la hora actual europea, en América Latina debemos conformarnos con figuras de segundo y tercer nivel. Y en algunos casos, con parvenues que se sostienen en sus cargos gracias al aterrador y abusivo poder de las fuerzas armadas. E incluso a la injerencia de fuerzas de ocupación extranjera. Pues para la inmensa desgracia de algunos países de la región, como es el caso del nuestro, Venezuela, esa crisis de liderazgo también se hace sentir y de manera particularmente notable en el que debería suponerse el liderazgo en sus fuerzas armadas. Copadas hoy por el oportunismo pandillesco, el arribismo inescrupuloso y la ambición crematística más rampante.

Estas últimas elecciones han vuelto a poner de manifiesto el descomunal esfuerzo en dinero, abusos y manipulación que se hacen necesarios para mantener el tinglado que sostiene a un pobre hombre sin otros atributos que la cerril obediencia a los dictados de la tiranía cubana. Rodeado, como corresponde, de una pandilla de asaltantes de camino que a cambio del disfrute del erario se hacen la vista gorda ante el control extranjero de nuestras riquezas, nuestras instituciones y nuestra soberanía. Abruma al respecto oír a quienes, del lado opositor, insisten en señalar el error que supone “subvalorar” al hombre de La Habana, como “se subvalorara” al teniente coronel Hugo Chávez. Como si la estatura de un hombre público fuera objeto de una suerte de concurso de valoraciones y no la expresión objetiva de valores fácilmente reconocibles en lo que la ciencia política llama “autoritas”. ¿O el más versado de los asesores de imagen puede negar que de esa autoritas, de origen romano, el pobre hombre puesto en Miraflores por la voluntad desquiciada de Hugo Chávez no posee un adarme?

A esa dolorosa constatación de atributos y correspondencias se refiere la vieja conseja de que los pueblos tienen los gobiernos – liderazgos – que se merecen. Y así arriesguemos la absoluta incomprensión de nuestros lectores, ¿alguien negará que ese escandaloso enanismo de los liderazgos nacionales afecta por igual a tirios y troyanos? Así se me acuse de arbitrario, me sobran los dedos de una mano para encontrar a los líderes opositores a la altura de las circunstancias. Por elemental discreción no los menciono, pero ninguno de ellos parece pronto a asumir los destinos e la Nación. No cuentan con el favor de la unanimidad nacional. La farándula, la complacencia, la apatía y la absoluta falta de exigencias de una masa política carente del fuste de las exigencias han puesto en el primer plano del liderazgo a figuras de indudable valía, pero muy alejados de la capacidad de responder a la inmensa gravedad de la crisis que enfrentamos.

Sobre todo si los medimos en relación a circunstancias semejantes vividas en nuestro inmediato pasado. No tememos volver a repetir que la democracia venezolana usufructuó de la obra de la generación del 28 hasta que agotara todos sus cartuchos. Una vez fuera del escenario por el envejecimiento y la muerte, el país se nos derrumbó como un castillo de naipes. La afirmación de Hastings no reviste, por ello, de ninguna sorpresa: pobres aquellos países enfrentados a grandes crisis con liderazgos pequeños. Los espera la ruina.

En eso estamos.

@sangarccs

Los bufones – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Cierto: no existe corte sin bufones. La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? – se preguntaba Rubén Darío, el nicaragūense universal. La solución a la tristeza del poder la tuvieron todos los reyes, sátrapas, emires, caciques y tiranos: un bufón. Enanos, como en la corte de Felipe IV, que pintó Diego de Velázquez alegrándoles la vida a las meninas; albinos y jorobados, como los que pululaban por los tenebrosos pasillos de los palacios ingleses entre asesinos y conspiradores, retratados por Shakespeare; brujos, adivinos y poetas, como los que intentaron quitarle inútilmente la pesadumbre a Moctezuma, cuando sus mercaderes le reportaron la existencia de unas casas flotantes habitadas por unos cuadrúpedos rubicundos y barbudos cuyos brazos escupían fuego; directores de orquesta, como el maestro Herbert Von Karajan, que azuzaba las ansias asesinas de Hitler, enfebrecido adorador de Wagner y su saga de mitos germánicos y delirios expansionistas.

No es imaginable una corte sin bufones. ¿Cómo, si no, pintar esos rostros acromegálicos, esos héroes panzudos, esas batallas carniceras de lanzas, caballerías, sangreros y vísceras despaturradas para gloria eterna de unos pálidos y desangelados hemofílicos? ¿Cómo, si no, lograr que el príncipe o el condestable reconciliaran el sueño al son de unas deslumbrantes variaciones para clavecín, escritas por el genio del coro, interpretado por el pequeño bufón sentado al clavicordio hasta escuchar los primeros ronquidos del plenipotenciario?

Hay bufones pigmeos y deformes, flacos y en los huesos, parcos o bulliciosos, melancólicos o desenfadados, atrevidos o irrespetuosos, pero siempre consentidos del rey y su reina. Sin la sal y la pimienta de pierrots, jokers, colombinas y enanos cojitrancos no hubiera existido la Capilla Sixtina, el Museo del Prado, la Ilíada y la Odisea, la Divina Comedia, el Louvre y el Hermitage, las variaciones Goldberg, El Mesías y las Cuatro Estaciones.

Es el lado positivo. Detrás del cual han florecido los mataderos, las invasiones, los pogromos, los exterminios, el Holocausto. ¿Sabía Wilhelm Furtwängler que mientras dirigía en Bayreuth El anillo de los Nibelungos para el orgásmico placer del Fūhrer, que lo adoraba, sus esbirros cremaban a seis millones de judíos?¿Lo sabía el ambicioso Herbert von Karajan, lo sabía Cósima, la mujer de Wagner, promotora musical de la grandeza alemana nacional socialista?

Si lo sabían, les parecía inmensamente más importante la gloria del arte sinfónico, que popularizaban de la mano dadivosa del caporal austríaco,  que el infinito y cósmico sufrimiento de todo un pueblo. Detrás de todo bufón está la inescrupulosidad del ambicioso, la maldad del indiferente, las ansias de poder del pervertido, la egolatría más desmesurada y atropelladora. Suelen ser tan siniestros y devastadores como el tirano al que sirven. Así disfracen sus miserias con la ferretería de sus condecoraciones, sus reconocimientos internacionales y sus cuentas bancarias.

Auschwitz puede esperar.

@sangarccs

No me defienda compadre – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

El título es plagiado de Cantinflas, naturalmente, pero en este caso y en particular de uno de los Runrunes de Nelson Bocaranda, en el que reseña una entrevista aparecida en la Folha de Sao Paulo con el asesor de la presidencia del Brasil, Marco Aurelio García. A quien nuestro querido Nelson Bocaranda conociera en mi casa inmediatamente después de llegar a Caracas para participar en los trámites de la transmisión de mando posterior a la promulgación de la nueva Constitución, cuando enviado por Lula – todavía aspirante y sólo aspirante a la presidencia – tendría la misión de estrechar lazos con quien terminaría siendo un socio político y comercial de gran importancia para el PT y sus gobiernos: los unía un vínculo indestructible con Fidel Castro, fortalecido en el Foro de Sao Paulo, y ya era de sobra conocida la proverbial y dispendiosa generosidad del teniente coronel con los dineros del fisco venezolano. Que repartía a discreción de la insistencia de sus pedigüeños. Desde entonces tengo la seria sospecha de que Marco Aurelio, a quien conocí y con quien entabláramos amistad en Chile en 1970, con quien trabajamos en la Universidad de Chile, con quien militáramos en el MIR chileno y con quien siguiéramos trabajando para el MIR desde el exilio europeo – por cierto: vinimos juntos a Venezuela desde Paris en junio de 1977 – jugaría el papel del hombre del maletín para la campaña de Lula. De otro modo no se entiende la desfachatez de socio comanditario con que Chávez se aparecía por Plan Alto sin ser previamente invitado. Se sentía copropietario de la casa.

Lo revelador de esta entrevista con quien fuera un factor esencial en la manipulación de los resultados del RR del 2004, a través de su detestable embajador en Caracas y su pérfido enviado en la OEA, quien llegado a Caracas en reemplazo de César Gaviria presionó inmisericordemente sobre el Centro Carter y la OEA para permitir las horrendas vagabunderías que le permitieron a Chávez sortear una derrota cantada y terminar por lanzarnos al abismo,  es la liviandad con que analiza la profunda crisis en que está inmerso el gobierno de Nicolás Maduro. A quien respaldara por orden de Dilma Rousseff y Fidel Castro a la hora de decidir quién sería el heredero de nuestro infeliz y desgraciado moribundo de La Habana, enfrentándose sin tapujos a la opción Cabello.

Como bien lo resalta Nelson, más que una defensa de Maduro, la de Marco Aurelio García es un bíblico lavado de manos. No esgrime argumentos internos que avalen la fortaleza de Maduro en el cargo, ni su legitimidad, ni su credibilidad ni muchísimo menos su capacidad gerencial o, lo que sería de esperar en un trotskista como García, la fortaleza del respaldo popular y de masas del PSUV y el llamado Socialismo del Siglo XXI. Ya suficientemente vapuleados por Heinz Dieterich, seguramente otro de los conocidos de Marco Aurelio. Quien no le da más allá de abril del 2014 para verlo caer en su rodada.

Consciente de la existencial debilidad de Maduro y de la pavorosa incapacidad de su gobierno y la colosal crisis económica que lo asedia, su eventual caída no será evitada, sostiene García, por la fidelidad de las FANB y/o el respaldo del pueblo, sino por “una razón muy simple y es que cualquier intento de golpe en Venezuela marginaría al país del Mercosur y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), como ocurrió con Paraguay después de la destitución del entonces presidente Fernando Lugo”. ¡VAYA AMENAZA!

Sonaría a sarcasmo, si no fuera una cruel Pilatada. MERCOSUR y UNASUR no significan nada en el concierto latinoamericano. Pensar que uno de nuestros países se abstendrá de actuar para evitar un colapso existencial por temor a las represalias de esos agónicos socios de los que no restan más que sus sombreros, es triste muestra de la incapacidad intelectual en que comienzan a resbalar los otrora poderosos pepetistas del Foro. Bien pudiera Maduro reclamar un poco de solidaridad o pedirle a García, en ausencia de todo apoyo: “no me defienda compadre”.

@sangarccs

El poder y la gloria

  Antonio Sánchez García

“Tuyo es el reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos, amén.”

Recién llegado a Venezuela, hace 35 años, León Rozitchner, un notable pensador argentino llegado a estas tierras del Señor escapando de la siniestra dictadura militar del general Jorge Rafael Videla,   me advirtió refiriéndose a las ya por entonces estremecedoras cifras de homicidios y una cierta displicencia con que esas trágicas desapariciones eran asumidas por la sociedad e incluso por sus propios deudos: “los venezolanos no se mueren: se les acaba la vida”. Hondamente influido por el sentido trágico de la vida tan castizo, tan peninsular y al mismo tiempo tan mediterráneo que se ha infiltrado en el corazón de mi país de origen, donde la muerte desata auténticas tragedias y el desgarrador dolor que afecta a los deudos no puede ser acallado ni por obligaciones sociales, no dejó de impresionarme el comprobar que, en efecto, la muerte afecta a los venezolanos si no de forma discreta, como incomodada, por lo menos de manera muy distinta a cómo se la sufre lejos de estos trópicos. Donde se la enfrenta con un desgarramiento metafísico.

Jamás sabré si es por exceso de coraje o por falta de compromiso existencial con el Ser y con el Tiempo: lo cierto es que arrasados por la fuerza arrolladora del momento, de la circunstancia, de la deslumbrante claridad del Caribe, vivimos el día a día, apurando el cáliz del instante, como si fuéramos eternos y jamás tuviéramos que enfrentarnos al momento postrero, aquel en que se agota el privilegio maravilloso de asomarnos al mundo y ser la espléndida, la inigualable manifestación de la existencia de Dios. Una mujer o un hombre, dotados de la capacidad de amar, de sufrir, de llorar, de reír, de sacrificarnos por un ideal, un sueño, una esperanza. Extraviados por la inútil ambición del reino, del poder y la gloria. Dioses mortales poseídos por la aspiración de alcanzar la eternidad.   Para volver a la tierra de la cual viniéramos a la vida. Polvo fuimos y en polvo nos convertiremos.

He pensado en ello desde que tras el desvelamiento del cáncer presidencial, en junio de 2011, algunos de los médicos conocedores de este mal terrible nos hicieran saber que dado el diagnóstico que se diera a conocer, su vida no podría prolongarse más allá del mes de abril de este año 2013. Lo asombroso fue que una predicción de naturaleza estrictamente científica, corroborada de manera trágica esta tarde cuando el reloj de Venezuela indicaba las 16 y 25 minutos de este desde hoy nefando 5 de marzo, pretendió ser silenciada incluso con el destierro del mensajero. Que se le negara toda verosimilitud y se lo considerara parte de una aviesa conspiración de las fuerzas ocultas del mal. Desde luego imperial y de derechas. Y que en lugar de procederse con la sabiduría, la grandeza, el sentido de la responsabilidad ante la inminencia de la muerte del primer magistrado de la República, que exigía abrirle el corazón a la Venezuela entera, para evitarle males mayores que los que ya padece precisamente por culpa de sus desafueros, el cáncer presidencial pasara a ser instrumentalizado como una carta marcada en el odioso tablero del engaño, del poder y la gloria. Llegando tan lejos como para obligarlo, ya desvitalizado, menguado en sus capaces intelectivas, exhausto hasta la desesperación y a meses de su deceso, a competir en un ardoroso proceso electoral que no haría más que precipitar el agotamiento de sus defensas arrastrándolo a la muerte. Confrontando de manera inmoral e inescrupulosa la verdad de su inexorable e inmediato final con la brutal mentira de las ambiciones de sus validos. Y particularmente de quienes, desde La Habana, le chuparan hasta la última gota de sus fuerzas vitales para mantener con vida las suyas, ya desgastadas por el terrorífico ejercicio de una infame y brutal tiranía de 54 largos e interminables años.

Lo que no puedo menos que admirar, es que a pesar de los pesares y sabiéndose cercano al fatal desenlace no titubeó a la hora de hablarnos de la gravedad de su mal: desde la dimensión del tumor que le fuera extirpado – del tamaño de una pelota de beisbol, dijo con ese peculiar orgullo de quienes cuentan de las adversidades que enfrentan – hasta el temple sereno con que enfrentó su viaje hacia la muerte, en esa memorable y conmovedora alocución del 8 de diciembre. Sabiendo que se enfrentaba a su última batalla y perfectamente consciente de que la palabra de Dios – o del destino, como quiera llamársele – era inexorable, una santa palabra, dictó su testamento. Con una entereza verdaderamente admirable. Fue hacia la muerte, que sabía inexorable. Sin titubear un segundo. Así ni siquiera llegara a imaginar que ese testamento sería burlado por las mezquindades asesinas de sus preferidos mientras su corazón todavía palpitaba.

También me admira que haya disputado el Poder sacrificando su propia existencia, preocupado hasta su último aliento por salvar aquello en lo que creyó. Una pulsión vital que le costará a la República sangre, sudor y lágrimas. Una ruindad difícilmente reparable. Y no trepido en repetirlo: un delirio, una locura, una insensatez que no merecía ni el sacrificio de su vida, ni la de cientos de miles de venezolanos, hundidos en la sangre y el dolor por una absoluta ausencia del sentido de la verdadera grandeza. Un mal de la República. Para terminar en brazos de quienes no vieran en él más que la ingenua y generosa fuente de su agostada supervivencia. Hasta reducirlo a despojo de sus insaciables ambiciones. Sin duda, un triste y trágico final.

El 30 de diciembre, a las 4 de la tarde, mientras escribía alguno de mis artículos, afligido por vivir las fiestas de fin de año más tristes de mi vida, ya septuagenaria, sentí un súbito dolor en el pecho, una angustia, una inexplicable sensación de orfandad. Y rompí a llorar.  Supe en ese instante que Chávez se nos moría. Y con él 14 años  de vida, de esfuerzos, de esperanzas, de angustias. De inútiles, fútiles y muy dolorosos enfrentamientos. Entonces comprendí que algo muy atávico, muy profundo, incalculablemente valioso me ata a este pueblo, como a ningún otro. Se moría un adversario, que marcó a sangre y fuego 14 preciosos e irrecuperables años de mi vida. Cuando más hubiera querido la paz y el sosiego del retiro. A pesar de lo cual, su lenta extinción me acongojaba. Porque más allá de tantos sufrimientos y desventuras causados por su delirio, era un venezolano de excepción. Que Dios lo tenga en su gloria. Y que por fin, tras estos años de errores sin fin y extravíos sin rumbo, de esta delirante búsqueda infructuosa, encuentre – y encontremos todos – la paz que todo hijo de Dios se merece.

Que en paz descanse.

La traición de los intelectuales

  Antonio Sánchez García

“El sueño de la razón produce monstruos”. Goya

1

Cuando a fines de enero de 1989 un musicólogo amigo nos pidió firmar un manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, que llegaba a Venezuela invitado por Carlos Andrés Pérez a la asunción de su segunda presidencia, se llevó una amarga sorpresa. Le parecía tan obvio que una artista comprometida desde siempre con las causas populares y un ex militante de la izquierda revolucionaria chilena, exiliado por causa de la dictadura pinochetista, se sumaran al casi millar de personalidades que ya habían comprometido su nombre sumándose a tal homenaje, que nuestro inmediato rechazo lo dejó consternado.

Se fue sorprendido por el razonamiento de nuestra negativa: un tirano que llevaba a esas alturas 30 años gobernando, sin una brizna de oposición, sólido en su tiranía como el malecón de La Habana, invasor de diferentes países de África con cientos de miles de cubanos amaestrados por sus tropas de élite, financiados por la Unión Soviética para que les sacara las castañas del fuego y absolutamente seguro de gobernar hasta el fin de sus días ¿por qué necesitaría del respaldo de unos venezolanos sin poder ninguno? ¿A no ser para pavimentarle el regreso suyo y de los suyos con el avieso propósito de apoderarse de nuestro petróleo? Hasta entonces, una ambición frustrada por los sectores patrióticos de las fuerzas armadas y la clase política venezolanas.

Pues darle la bienvenida a Fidel Castro, recibirlo en gloria y majestad – un error garrafal e incomprensible de quien llegaría a ser su víctima propiciatoria – y pasearlo como una joya imperial no podía servir a otro propósito objetivo y real que darle ánimos a la militancia anti sistema y lanzarle abono a las filas del golpismo agazapado en las fuerzas armadas y en los partidos de la izquierda a los que pertenecía la gran mayoría de los firmantes. Partidos que no tenían el menor interés en fortalecer la democracia modernizadora que tenía en mente Carlos Andrés Pérez, ni ninguna otra, sino en prepararle la celada que terminaría por cortarle el pescuezo a él, a su gente, a su proyecto, a la democracia, a la República y a la soberanía, como ha sido confirmado de manera irrecusable por los hechos veinte y cuatro años después. Con tales aparentemente inconscientes quinta columnas ubicados en universidades, academias, medios y pare Ud. de contar, Castro tenía que estar perfectamente informado de las habas que se cocían en los calderos del golpismo vernáculo. Que por entonces ya hervían la sopa de la traición.

Cinco meses después de esa visita digna de un Papa o de una estrella hollywoodense, luego de arrasar en entrevistas de prensa y reuniones sociales, llevaría en La Habana la batuta del ominoso juicio contra la mayor gloria de su ejército y algunos de sus mejores y más leales espías y agentes: Arnaldo Ochoa Sánchez y los hermanos De La Guardia. Un juicio digno de los proceso del Moscú estalinista de los años 30, que culminó con un engaño pavoroso, una sentencia arbitraria y el fusilamiento sin más trámites de Arnaldo Ochoa, comandante de comandantes, por un solo pecado, según nos lo cuenta Carlos Franqui: haber sido sorprendido por Fidel manteniendo una amena conversación en ruso con Michail Gorbachov. ¿Perestroika en La Habana? Fusilamiento. Y punto.

2

Días después de esa visita, prueba de las profundas contradicciones en que yacía atrapado, Carlos Andrés Pérez recibió el golpe mortal del Caracazo. Del cual no se recuperaría jamás, como tampoco la Venezuela democrática, pues se trató de una fractura verdaderamente telúrica del sistema de consensos que fundaba las estructuras del pacto de Punto Fijo. Un golpe mortal seguramente avalado por la inmensa mayoría de los firmantes en cuestión, que no tenían ninguna razón para ver en los vergonzosos asaltos, saqueos y motines del 27 de febrero la violenta irrupción de la barbarie que ya bullía en las profundidades de la sociedad venezolana, sino una legítima expresión de la lucha de clases, augurio de los cambios revolucionarios que aplaudían en la presencia de Fidel Castro. Y que muy pronto tendrían la gratísima sorpresa de ver asomarse por algunos segundos por cadena nacional en la figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Flanqueado por los generales Ochoa Antich – ministro de defensa – y Santeliz, involucrado hasta el tuétano en la asonada.

No se ha escrito la historia de la participación de periodistas, académicos, guionistas de telenovelas, productores, columnistas, locutores, cineastas, artistas, editores, empresarios de medios impresos, radiales, televisivos y esa fauna genérica de figuras del quehacer artístico e intelectual del país en la conformación de esa poderosa matriz de opinión que elevó al Olimpo de la heroicidad a los comandantes golpistas y en particular a su evidente Primus inter Pares; que hundió en los abismos del desprecio, el odio y el escarnio público a Carlos Andrés Pérez, para terminar cebándose en los partidos tradicionales y en los cuarenta años de vida democrática, incluso al precio de resucitar la figura del dictador Pérez Jiménez y la condena a saco de todo el establecimiento político del país. Tarea en la que no dejaron de participar – justificando la repulsa social que les cayera encima – los propios políticos de la sedicente “Cuarta República”, como pasara a llamarse nuestra democracia, mala palabra pronunciada con un mohín de escarnio y desprecio al único período de nuestra historia del que sentirnos orgullosos. Siniestro golpe de Estado que uno de los fundadores de la agonizante democracia, posiblemente el de mayor estatura intelectual del grupo, en un acto de infamia sin precedentes, saliera a justificar con lágrimas en los ojos, sin que nadie lo hubiera llamado y sobre los cadáveres aún tibios de la asonada, aprestándose a volver de inmediato a la arena política en andas de sus sacudones. Para terminar de armar el caballo de Troya de las tropas del asalto.

Esa matriz de opinión pasó la prueba de la chismografía nacional para convertirse en Hegemonía: ese universo de ideas y creencias que sustenta las opiniones que sirven de plataforma para mantener o tumbar sistemas políticos dominantes. Hasta terminar por fabricar las ideas fuerza con que los sectores más emancipados, cultos y avanzados del país, aliados a la principal benefactora de la democracia – las clases medias – abrieron los portones de la barbarie y permitieron la liquidación de la democracia y el desarrollo de la más grave crisis social y política sufrida por la Venezuela republicana en sus dos siglos de historia. El sueño de la razón había engendrado al monstruo. Es lo que se celebra este 27 de febrero.

3

A pesar de que las promesas de reformar nuestro sistema político, de librar una lucha frontal contra la corrupción y adecentar nuestras instituciones públicas hayan sido cruelmente burladas por el régimen, no sólo agudizando los males, sino estrangulando la naturaleza democrática de dicho sistema político, muchos de los responsables por la matriz de opinión que contribuyera al desmontaje de la democracia y a la aventura totalitaria en la que hemos sido embarcados mantienen su desvalorización de la democracia de Punto Fijo habiéndose distanciado del producto consecuente de su crítica anti sistema. El país se hunde en una crisis existencial cuya solución parece casi inalcanzable. Y en el colmo de la degradación, hemos sido entregados en brazos de la tiranía cubana. Todavía en poder de quien fuera recibido hace 24 años en gloria y majestad por la flor y nata de nuestra Intelligentzia progresista. Que se niega tenaz y porfiadamente a realizar su necesaria autocrítica.

A estas alturas, poco importa la relevancia de esos firmantes o el hecho mismo de que, traicionando el imperativo moral que debe regir el comportamiento de quienes tienen por misión pensar nuestra realidad, advertir de sus fallas y abrir camino a su resolución, hayan servido de tontos útiles a la invasión, conquista y dominio de nuestra soberanía. Parte de una vasta operación de alcances continentales.

Lo que causa preocupación, es que la hegemonía del pensamiento auto mutilador entonces generado mantenga una porfiada vigencia. Que el vocabulario puesto a rodar por la intelectualidad golpista ya en los albores del golpe de Estado y popularizado por los administradores de matrices de opinión sin el más mínimo sentido crítico, continúe siendo usado incluso en la actualidad por periodistas, animadores, académicos, columnistas y políticos. Incluso por nuestro candidato. Sin la más mínima consideración de las falsedades que vehiculiza.

Pero lo que sí angustia, es que los odios y rencores entonces generados mantengan su virulencia y que el desprecio a la política, a los partidos y a cuanto representa los valores de la democracia continúe siendo airado. Pero nada de todo eso es comparable con el rechazo en bloque a los 40 años de democracia, el mayor esfuerzo hecho por la sociedad venezolana por fundar un sistema político de consensos, progresista, liberal, al que le debemos todos los logros sobre los que aún se sostiene nuestra atribulada realidad. Desde los hospitales a las universidades, y desde nuestros focos de desarrollo industrial – hoy en la mayor ruindad – hasta las centrales hidroeléctricas, en el más pavoroso abandono.

Por oportunismo, ignorancia o medianía, se practica una deslealtad con nuestro pasado que no puede dar otros frutos que el fracaso de todo intento verdaderamente emancipador. Por mezquindades y enfrentamientos cainitas con quienes provienen de ese pasado, se ataca a ese pasado mismo. Una ceguera que no puede menos que conducirnos a la auto mutilación que viniera a sembrar hace 24 años el comandante cubano que ocultaba el puñal en la manga de su elegante guerrera.

Es la grave responsabilidad de quienes debieron alertarnos, pues contaban con las luces y el conocimiento, prefiriendo servir de mensajeros de la desgracia. Que contribuyeran a introyectar en la ingenua conciencia política del venezolano. En muy mala hora. Es la tragedia que aún padecemos. Sepa Dios hasta cuándo.

El continente imaginario del señor Insulza

   Eduardo Mackenzie

Yo quería conocer a José Miguel Insulza. La actuación del polémico secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), nombrado a ese cargo en 2005 y reelegido en 2010 con el apoyo de la galaxia chavista, siempre me intrigó.

El hombre está contento en el cargo, viaja mucho, negocia con jefes de Estado, supervisa elecciones, da declaraciones y preside reuniones. Este 22 de febrero él estaba en Francia pues este país es, desde1972, observador permanente de la OEA.  En París, Insulza dictó una conferencia intitulada “Los desafíos de la democracia en América Latina”. Fui a oírlo con la mayor atención. Al cabo de dos horas confirmé lo que pensaba de él.

Insulza describió una América Latina ideal, que evoluciona, según él, hacia la prosperidad y la democracia sin tropiezos. Con muchos “problemas y quejas por la desigualdad y la violencia”, claro está, explicó, pero hacia un futuro luminoso y sin nubes.  El insistió: “En América del Sur reina el optimismo”.

Lo curioso es que ese progreso transcurre dentro de una burbuja. Lo que él llama “la región” avanza dentro de una curiosa autarquía, sin contactos ni relaciones con las economías del norte del continente, y sin vínculos con Europa y el Pacífico. El influjo de esos países, y de la vida política de las grandes democracias, no hace parte de su análisis.

Así, la América Latina de Insulza es una construcción imaginaria, ambigua, tocada por la dudosa gracia de los contactos sur-sur, remolcada por las larguezas de Venezuela, las maniobras antiliberales de Cuba y del Alba y las corridas francamente sediciosas del Foro de Sao Paulo.

Da la impresión de que Insulza ha borrado de su logiciel intelectual a los Estados Unidos y al Canadá. El habla más como un jefe de Unasur, creada en 2008, que como el responsable de un organismo que incluye 35 países, es decir el norte y el sur del continente, no una parte de éste.

En la boca de Insulza, el concepto de democracia se transforma en una noción confusa, en un “proceso lento”, que deja de ser una realidad con rasgos precisos. El estima que “la política no es sólo una cuestión de principios”. Cuba, por ejemplo, es un tema que Insulza jamás aborda pues esa dictadura totalitaria de 53 años sigue siendo, para él, un momento de la “construcción” de la democracia del continente. Ese régimen, aún agonizante, sigue urdiendo operaciones contra las otras democracias, como lo demuestra la expansión de la mano castrista en cinco o seis países latinoamericanos con un trasfondo inusitado de injerencia de poderes nostálgicos del sistema comunista, como el ruso, el bielorruso, el chino y del campeón mundial del antiamericanismo, Irán. Eso tiene sin cuidado a Insulza. Para éste todo va bien, como en el mejor de los mundos.

La OEA, sin embargo, fue creada para defender la democracia en todo el continente. Trasgrediendo ese deber, Insulza se convirtió en el hábil componedor y validador de las aventuras antiliberales y antidemocráticas que sufre el continente. Hace unas semanas, la complicidad del político socialista chileno con el régimen chavista fue confirmada una vez más cuando la OEA declaró que “respetaba cabalmente la decisión tomada por los poderes constitucionales de Venezuela”, con respecto a la pretendida “toma de posesión” de un Hugo Chávez ausente, moribundo o fallecido en Cuba. En París, Insulza reiteró su apoyo al golpe anti constitucional del 10 de enero de 2013 al decir que éste había “evitado un conflicto que no era necesario”. Consoló a sus oyentes asegurando que, de todas formas, ese “tema” será “resuelto la próxima semana”, en Caracas.

La charla de Insulza en París esquivó los problemas reales de América Latina. Pero lo hizo con talento pues su auditorio lo aplaudió al final. Enseguida, las preguntas de los inconformes con esa visión ideológica y relativista fueron evacuadas sin miramientos.

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