Navidad en tinieblas – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Por primera vez desde que constituí familia venezolana, en mi casa no ilumina un árbol navideño. Ni cuelgan luces de colores. Ni hay juguetes empaquetados. Ni hallacas en el congelador. Ni perniles en perspectiva. Ni por asomo una botella de cava, así sean las de tercera categoría fabricadas en Chile, en Argentina o en España. Para decirlo sin ambages: son las navidades más tristes que se le vienen encima a una clásica familia de clase media venezolana, con hijos y nietos. La desesperanza.

Y no se trata, conste, de un problema económico. Si bien la misma botella de vino tinto que en la navidad pasada costaba 35 bolívares hoy está a 450 bolívares. Mil quinientas veces su valor de hace doce meses. Si bien nuestros ingresos son los mismos, vale decir: mil quinientas veces menos de su valor de entonces. ¿Celebrar? ¿Qué? ¿Con qué?

Además de evanecerse el valor de nuestra moneda y vernos esquilmados en el valor de nuestro trabajo, se evanecen las perspectivas de mejoramiento. Las navidades pasadas las alimentó el fuego de la esperanza: se moría, pagando con su vida, el responsable de la mayor tragedia política que le haya sucedido al país desde los terroríficos desastres de la guerra federal. Recuerdo haber sentido un estremecimiento inexplicable un mediodía de fines de diciembre del 2011. Hasta el día de hoy sospecho que se trató de una intuición paranormal: Chávez agonizaba o exhalaba su último suspiro en La Habana. Lo cual abría la perspectiva de salir del marasmo al que su incuria, su delirante ambición y su porfía nos empujaba. Y realizadas las primarias, el capricho de las caras nuevas ya había dado con su prospecto. Es decir: pasamos esas fiestas de fin de año con la ilusión de reconquistar el gobierno y proceder al desalojo de la miseria en la figura de un joven venezolano respaldado por las mayorías democráticas.

Se murió, no sin antes proceder a soldar las cadenas que nos atan al siniestro cordón umbilical que une nuestra joven criatura a la placenta de dos tiranos responsables del peor genocidio de nuestro hemisferio. Colgando de su último aliento, designó al funcionario encargado de mantener en vida la satrapía. El mismo con el que en estos días se reunieran nuestros representantes en un esfuerzo borgeano por romper los espejos y hacer como que nada de lo que nos está sucediendo es verdadero y real, sino mero reflejo de nuestras angustias. Vano intento.

De manera que aguardamos unas navidades que marcan el ocaso de muchas esperanzas, la incertidumbre ante un presente cuajado de desastres y un futuro tan en tinieblas, que provoca espanto. Envidio a los esperanzados, a los duros de corazón, a los imprescindibles. Y maldigo a quienes tendrán champaña francesa a su mesa, olor a pino canadiense en sus ambientes, relampagueantes juguetes electrónicos y la certeza de que nada ni nadie los moverá del poder. Y envidio y admiro a quienes no desfallecen, porque en sus manos descansa nuestro destino y el de nuestra descendencia.

Vaya a ellas y ellos, a los que luchan sin denuedo en medio de tantas contrariedades, mi reconocimiento por darnos la única alegría que nos acompañará en estas navidades. La del recuerdo vivo e imperecedero de un hombre pobre y humilde que nació en un pesebre para traerle paz y concordia a la sufriente humanidad.

@sangarccs

Grandes crisis, pequeños liderazgos – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Leo en el periódico madrileño ABC (11/12/2013) una estupenda entrevista al gran historiador inglés Max Hastings con ocasión del lanzamiento en España de su último libro sobre la Primera Guerra Mundial (PGM) «1914, el año de la catástrofe» (Crítica). De la que me interesa resaltar una de sus afirmaciones, que viene a corroborar una sospecha historiográfica de honda significación política sobre la que venimos reflexionando desde los sucesos que dieran al traste con el sistema democrático venezolano y permitieran la irrupción de la barbarie militarista que hoy padecemos: “En la historia las naciones se han enfrentado a crisis terribles con dirigentes muy pequeños. Como podemos ver hoy, con la posible excepción de Angela Merkel en Alemania, ninguno de los líderes de Europa son apropiados para bregar con un desastre de esta magnitud.” Dios libre a Europa y al mundo de la reiteración de desastres de esa espantosa magnitud, que costara en su momento la friolera de 15 millones de muertos.

No quisiera ahondar en las causas últimas, indudablemente de naturaleza antropológico cultural, de esta terrible contradicción entre los tamaños de las crisis y la estatura de los liderazgos potencialmente llamados a conjurarlas, si bien es evidente que la brutal masificación, vulgarización y banalización de la política en la era del espectáculo – una inevitable consecuencia de la masificación de las instancias cuantitativo democráticas en la era de la masificación tecnológica – ha llevado a que figuras de incuestionable medianía, pobreza intelectual y carencia de atributos se puedan hacer con el control político de sus países gracias a características que más tienen que ver con el show bussiness que con la gerencia pública de las naciones. Si Max Hastings sólo rescata a la dirigente socialcristiana Angela Merkel del foro de liderazgos presentes en la hora actual europea, en América Latina debemos conformarnos con figuras de segundo y tercer nivel. Y en algunos casos, con parvenues que se sostienen en sus cargos gracias al aterrador y abusivo poder de las fuerzas armadas. E incluso a la injerencia de fuerzas de ocupación extranjera. Pues para la inmensa desgracia de algunos países de la región, como es el caso del nuestro, Venezuela, esa crisis de liderazgo también se hace sentir y de manera particularmente notable en el que debería suponerse el liderazgo en sus fuerzas armadas. Copadas hoy por el oportunismo pandillesco, el arribismo inescrupuloso y la ambición crematística más rampante.

Estas últimas elecciones han vuelto a poner de manifiesto el descomunal esfuerzo en dinero, abusos y manipulación que se hacen necesarios para mantener el tinglado que sostiene a un pobre hombre sin otros atributos que la cerril obediencia a los dictados de la tiranía cubana. Rodeado, como corresponde, de una pandilla de asaltantes de camino que a cambio del disfrute del erario se hacen la vista gorda ante el control extranjero de nuestras riquezas, nuestras instituciones y nuestra soberanía. Abruma al respecto oír a quienes, del lado opositor, insisten en señalar el error que supone “subvalorar” al hombre de La Habana, como “se subvalorara” al teniente coronel Hugo Chávez. Como si la estatura de un hombre público fuera objeto de una suerte de concurso de valoraciones y no la expresión objetiva de valores fácilmente reconocibles en lo que la ciencia política llama “autoritas”. ¿O el más versado de los asesores de imagen puede negar que de esa autoritas, de origen romano, el pobre hombre puesto en Miraflores por la voluntad desquiciada de Hugo Chávez no posee un adarme?

A esa dolorosa constatación de atributos y correspondencias se refiere la vieja conseja de que los pueblos tienen los gobiernos – liderazgos – que se merecen. Y así arriesguemos la absoluta incomprensión de nuestros lectores, ¿alguien negará que ese escandaloso enanismo de los liderazgos nacionales afecta por igual a tirios y troyanos? Así se me acuse de arbitrario, me sobran los dedos de una mano para encontrar a los líderes opositores a la altura de las circunstancias. Por elemental discreción no los menciono, pero ninguno de ellos parece pronto a asumir los destinos e la Nación. No cuentan con el favor de la unanimidad nacional. La farándula, la complacencia, la apatía y la absoluta falta de exigencias de una masa política carente del fuste de las exigencias han puesto en el primer plano del liderazgo a figuras de indudable valía, pero muy alejados de la capacidad de responder a la inmensa gravedad de la crisis que enfrentamos.

Sobre todo si los medimos en relación a circunstancias semejantes vividas en nuestro inmediato pasado. No tememos volver a repetir que la democracia venezolana usufructuó de la obra de la generación del 28 hasta que agotara todos sus cartuchos. Una vez fuera del escenario por el envejecimiento y la muerte, el país se nos derrumbó como un castillo de naipes. La afirmación de Hastings no reviste, por ello, de ninguna sorpresa: pobres aquellos países enfrentados a grandes crisis con liderazgos pequeños. Los espera la ruina.

En eso estamos.

@sangarccs

Los bufones – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Cierto: no existe corte sin bufones. La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? – se preguntaba Rubén Darío, el nicaragūense universal. La solución a la tristeza del poder la tuvieron todos los reyes, sátrapas, emires, caciques y tiranos: un bufón. Enanos, como en la corte de Felipe IV, que pintó Diego de Velázquez alegrándoles la vida a las meninas; albinos y jorobados, como los que pululaban por los tenebrosos pasillos de los palacios ingleses entre asesinos y conspiradores, retratados por Shakespeare; brujos, adivinos y poetas, como los que intentaron quitarle inútilmente la pesadumbre a Moctezuma, cuando sus mercaderes le reportaron la existencia de unas casas flotantes habitadas por unos cuadrúpedos rubicundos y barbudos cuyos brazos escupían fuego; directores de orquesta, como el maestro Herbert Von Karajan, que azuzaba las ansias asesinas de Hitler, enfebrecido adorador de Wagner y su saga de mitos germánicos y delirios expansionistas.

No es imaginable una corte sin bufones. ¿Cómo, si no, pintar esos rostros acromegálicos, esos héroes panzudos, esas batallas carniceras de lanzas, caballerías, sangreros y vísceras despaturradas para gloria eterna de unos pálidos y desangelados hemofílicos? ¿Cómo, si no, lograr que el príncipe o el condestable reconciliaran el sueño al son de unas deslumbrantes variaciones para clavecín, escritas por el genio del coro, interpretado por el pequeño bufón sentado al clavicordio hasta escuchar los primeros ronquidos del plenipotenciario?

Hay bufones pigmeos y deformes, flacos y en los huesos, parcos o bulliciosos, melancólicos o desenfadados, atrevidos o irrespetuosos, pero siempre consentidos del rey y su reina. Sin la sal y la pimienta de pierrots, jokers, colombinas y enanos cojitrancos no hubiera existido la Capilla Sixtina, el Museo del Prado, la Ilíada y la Odisea, la Divina Comedia, el Louvre y el Hermitage, las variaciones Goldberg, El Mesías y las Cuatro Estaciones.

Es el lado positivo. Detrás del cual han florecido los mataderos, las invasiones, los pogromos, los exterminios, el Holocausto. ¿Sabía Wilhelm Furtwängler que mientras dirigía en Bayreuth El anillo de los Nibelungos para el orgásmico placer del Fūhrer, que lo adoraba, sus esbirros cremaban a seis millones de judíos?¿Lo sabía el ambicioso Herbert von Karajan, lo sabía Cósima, la mujer de Wagner, promotora musical de la grandeza alemana nacional socialista?

Si lo sabían, les parecía inmensamente más importante la gloria del arte sinfónico, que popularizaban de la mano dadivosa del caporal austríaco,  que el infinito y cósmico sufrimiento de todo un pueblo. Detrás de todo bufón está la inescrupulosidad del ambicioso, la maldad del indiferente, las ansias de poder del pervertido, la egolatría más desmesurada y atropelladora. Suelen ser tan siniestros y devastadores como el tirano al que sirven. Así disfracen sus miserias con la ferretería de sus condecoraciones, sus reconocimientos internacionales y sus cuentas bancarias.

Auschwitz puede esperar.

@sangarccs

No me defienda compadre – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

El título es plagiado de Cantinflas, naturalmente, pero en este caso y en particular de uno de los Runrunes de Nelson Bocaranda, en el que reseña una entrevista aparecida en la Folha de Sao Paulo con el asesor de la presidencia del Brasil, Marco Aurelio García. A quien nuestro querido Nelson Bocaranda conociera en mi casa inmediatamente después de llegar a Caracas para participar en los trámites de la transmisión de mando posterior a la promulgación de la nueva Constitución, cuando enviado por Lula – todavía aspirante y sólo aspirante a la presidencia – tendría la misión de estrechar lazos con quien terminaría siendo un socio político y comercial de gran importancia para el PT y sus gobiernos: los unía un vínculo indestructible con Fidel Castro, fortalecido en el Foro de Sao Paulo, y ya era de sobra conocida la proverbial y dispendiosa generosidad del teniente coronel con los dineros del fisco venezolano. Que repartía a discreción de la insistencia de sus pedigüeños. Desde entonces tengo la seria sospecha de que Marco Aurelio, a quien conocí y con quien entabláramos amistad en Chile en 1970, con quien trabajamos en la Universidad de Chile, con quien militáramos en el MIR chileno y con quien siguiéramos trabajando para el MIR desde el exilio europeo – por cierto: vinimos juntos a Venezuela desde Paris en junio de 1977 – jugaría el papel del hombre del maletín para la campaña de Lula. De otro modo no se entiende la desfachatez de socio comanditario con que Chávez se aparecía por Plan Alto sin ser previamente invitado. Se sentía copropietario de la casa.

Lo revelador de esta entrevista con quien fuera un factor esencial en la manipulación de los resultados del RR del 2004, a través de su detestable embajador en Caracas y su pérfido enviado en la OEA, quien llegado a Caracas en reemplazo de César Gaviria presionó inmisericordemente sobre el Centro Carter y la OEA para permitir las horrendas vagabunderías que le permitieron a Chávez sortear una derrota cantada y terminar por lanzarnos al abismo,  es la liviandad con que analiza la profunda crisis en que está inmerso el gobierno de Nicolás Maduro. A quien respaldara por orden de Dilma Rousseff y Fidel Castro a la hora de decidir quién sería el heredero de nuestro infeliz y desgraciado moribundo de La Habana, enfrentándose sin tapujos a la opción Cabello.

Como bien lo resalta Nelson, más que una defensa de Maduro, la de Marco Aurelio García es un bíblico lavado de manos. No esgrime argumentos internos que avalen la fortaleza de Maduro en el cargo, ni su legitimidad, ni su credibilidad ni muchísimo menos su capacidad gerencial o, lo que sería de esperar en un trotskista como García, la fortaleza del respaldo popular y de masas del PSUV y el llamado Socialismo del Siglo XXI. Ya suficientemente vapuleados por Heinz Dieterich, seguramente otro de los conocidos de Marco Aurelio. Quien no le da más allá de abril del 2014 para verlo caer en su rodada.

Consciente de la existencial debilidad de Maduro y de la pavorosa incapacidad de su gobierno y la colosal crisis económica que lo asedia, su eventual caída no será evitada, sostiene García, por la fidelidad de las FANB y/o el respaldo del pueblo, sino por “una razón muy simple y es que cualquier intento de golpe en Venezuela marginaría al país del Mercosur y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), como ocurrió con Paraguay después de la destitución del entonces presidente Fernando Lugo”. ¡VAYA AMENAZA!

Sonaría a sarcasmo, si no fuera una cruel Pilatada. MERCOSUR y UNASUR no significan nada en el concierto latinoamericano. Pensar que uno de nuestros países se abstendrá de actuar para evitar un colapso existencial por temor a las represalias de esos agónicos socios de los que no restan más que sus sombreros, es triste muestra de la incapacidad intelectual en que comienzan a resbalar los otrora poderosos pepetistas del Foro. Bien pudiera Maduro reclamar un poco de solidaridad o pedirle a García, en ausencia de todo apoyo: “no me defienda compadre”.

@sangarccs

El poder y la gloria

  Antonio Sánchez García

“Tuyo es el reino, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos, amén.”

Recién llegado a Venezuela, hace 35 años, León Rozitchner, un notable pensador argentino llegado a estas tierras del Señor escapando de la siniestra dictadura militar del general Jorge Rafael Videla,   me advirtió refiriéndose a las ya por entonces estremecedoras cifras de homicidios y una cierta displicencia con que esas trágicas desapariciones eran asumidas por la sociedad e incluso por sus propios deudos: “los venezolanos no se mueren: se les acaba la vida”. Hondamente influido por el sentido trágico de la vida tan castizo, tan peninsular y al mismo tiempo tan mediterráneo que se ha infiltrado en el corazón de mi país de origen, donde la muerte desata auténticas tragedias y el desgarrador dolor que afecta a los deudos no puede ser acallado ni por obligaciones sociales, no dejó de impresionarme el comprobar que, en efecto, la muerte afecta a los venezolanos si no de forma discreta, como incomodada, por lo menos de manera muy distinta a cómo se la sufre lejos de estos trópicos. Donde se la enfrenta con un desgarramiento metafísico.

Jamás sabré si es por exceso de coraje o por falta de compromiso existencial con el Ser y con el Tiempo: lo cierto es que arrasados por la fuerza arrolladora del momento, de la circunstancia, de la deslumbrante claridad del Caribe, vivimos el día a día, apurando el cáliz del instante, como si fuéramos eternos y jamás tuviéramos que enfrentarnos al momento postrero, aquel en que se agota el privilegio maravilloso de asomarnos al mundo y ser la espléndida, la inigualable manifestación de la existencia de Dios. Una mujer o un hombre, dotados de la capacidad de amar, de sufrir, de llorar, de reír, de sacrificarnos por un ideal, un sueño, una esperanza. Extraviados por la inútil ambición del reino, del poder y la gloria. Dioses mortales poseídos por la aspiración de alcanzar la eternidad.   Para volver a la tierra de la cual viniéramos a la vida. Polvo fuimos y en polvo nos convertiremos.

He pensado en ello desde que tras el desvelamiento del cáncer presidencial, en junio de 2011, algunos de los médicos conocedores de este mal terrible nos hicieran saber que dado el diagnóstico que se diera a conocer, su vida no podría prolongarse más allá del mes de abril de este año 2013. Lo asombroso fue que una predicción de naturaleza estrictamente científica, corroborada de manera trágica esta tarde cuando el reloj de Venezuela indicaba las 16 y 25 minutos de este desde hoy nefando 5 de marzo, pretendió ser silenciada incluso con el destierro del mensajero. Que se le negara toda verosimilitud y se lo considerara parte de una aviesa conspiración de las fuerzas ocultas del mal. Desde luego imperial y de derechas. Y que en lugar de procederse con la sabiduría, la grandeza, el sentido de la responsabilidad ante la inminencia de la muerte del primer magistrado de la República, que exigía abrirle el corazón a la Venezuela entera, para evitarle males mayores que los que ya padece precisamente por culpa de sus desafueros, el cáncer presidencial pasara a ser instrumentalizado como una carta marcada en el odioso tablero del engaño, del poder y la gloria. Llegando tan lejos como para obligarlo, ya desvitalizado, menguado en sus capaces intelectivas, exhausto hasta la desesperación y a meses de su deceso, a competir en un ardoroso proceso electoral que no haría más que precipitar el agotamiento de sus defensas arrastrándolo a la muerte. Confrontando de manera inmoral e inescrupulosa la verdad de su inexorable e inmediato final con la brutal mentira de las ambiciones de sus validos. Y particularmente de quienes, desde La Habana, le chuparan hasta la última gota de sus fuerzas vitales para mantener con vida las suyas, ya desgastadas por el terrorífico ejercicio de una infame y brutal tiranía de 54 largos e interminables años.

Lo que no puedo menos que admirar, es que a pesar de los pesares y sabiéndose cercano al fatal desenlace no titubeó a la hora de hablarnos de la gravedad de su mal: desde la dimensión del tumor que le fuera extirpado – del tamaño de una pelota de beisbol, dijo con ese peculiar orgullo de quienes cuentan de las adversidades que enfrentan – hasta el temple sereno con que enfrentó su viaje hacia la muerte, en esa memorable y conmovedora alocución del 8 de diciembre. Sabiendo que se enfrentaba a su última batalla y perfectamente consciente de que la palabra de Dios – o del destino, como quiera llamársele – era inexorable, una santa palabra, dictó su testamento. Con una entereza verdaderamente admirable. Fue hacia la muerte, que sabía inexorable. Sin titubear un segundo. Así ni siquiera llegara a imaginar que ese testamento sería burlado por las mezquindades asesinas de sus preferidos mientras su corazón todavía palpitaba.

También me admira que haya disputado el Poder sacrificando su propia existencia, preocupado hasta su último aliento por salvar aquello en lo que creyó. Una pulsión vital que le costará a la República sangre, sudor y lágrimas. Una ruindad difícilmente reparable. Y no trepido en repetirlo: un delirio, una locura, una insensatez que no merecía ni el sacrificio de su vida, ni la de cientos de miles de venezolanos, hundidos en la sangre y el dolor por una absoluta ausencia del sentido de la verdadera grandeza. Un mal de la República. Para terminar en brazos de quienes no vieran en él más que la ingenua y generosa fuente de su agostada supervivencia. Hasta reducirlo a despojo de sus insaciables ambiciones. Sin duda, un triste y trágico final.

El 30 de diciembre, a las 4 de la tarde, mientras escribía alguno de mis artículos, afligido por vivir las fiestas de fin de año más tristes de mi vida, ya septuagenaria, sentí un súbito dolor en el pecho, una angustia, una inexplicable sensación de orfandad. Y rompí a llorar.  Supe en ese instante que Chávez se nos moría. Y con él 14 años  de vida, de esfuerzos, de esperanzas, de angustias. De inútiles, fútiles y muy dolorosos enfrentamientos. Entonces comprendí que algo muy atávico, muy profundo, incalculablemente valioso me ata a este pueblo, como a ningún otro. Se moría un adversario, que marcó a sangre y fuego 14 preciosos e irrecuperables años de mi vida. Cuando más hubiera querido la paz y el sosiego del retiro. A pesar de lo cual, su lenta extinción me acongojaba. Porque más allá de tantos sufrimientos y desventuras causados por su delirio, era un venezolano de excepción. Que Dios lo tenga en su gloria. Y que por fin, tras estos años de errores sin fin y extravíos sin rumbo, de esta delirante búsqueda infructuosa, encuentre – y encontremos todos – la paz que todo hijo de Dios se merece.

Que en paz descanse.

La traición de los intelectuales

  Antonio Sánchez García

“El sueño de la razón produce monstruos”. Goya

1

Cuando a fines de enero de 1989 un musicólogo amigo nos pidió firmar un manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, que llegaba a Venezuela invitado por Carlos Andrés Pérez a la asunción de su segunda presidencia, se llevó una amarga sorpresa. Le parecía tan obvio que una artista comprometida desde siempre con las causas populares y un ex militante de la izquierda revolucionaria chilena, exiliado por causa de la dictadura pinochetista, se sumaran al casi millar de personalidades que ya habían comprometido su nombre sumándose a tal homenaje, que nuestro inmediato rechazo lo dejó consternado.

Se fue sorprendido por el razonamiento de nuestra negativa: un tirano que llevaba a esas alturas 30 años gobernando, sin una brizna de oposición, sólido en su tiranía como el malecón de La Habana, invasor de diferentes países de África con cientos de miles de cubanos amaestrados por sus tropas de élite, financiados por la Unión Soviética para que les sacara las castañas del fuego y absolutamente seguro de gobernar hasta el fin de sus días ¿por qué necesitaría del respaldo de unos venezolanos sin poder ninguno? ¿A no ser para pavimentarle el regreso suyo y de los suyos con el avieso propósito de apoderarse de nuestro petróleo? Hasta entonces, una ambición frustrada por los sectores patrióticos de las fuerzas armadas y la clase política venezolanas.

Pues darle la bienvenida a Fidel Castro, recibirlo en gloria y majestad – un error garrafal e incomprensible de quien llegaría a ser su víctima propiciatoria – y pasearlo como una joya imperial no podía servir a otro propósito objetivo y real que darle ánimos a la militancia anti sistema y lanzarle abono a las filas del golpismo agazapado en las fuerzas armadas y en los partidos de la izquierda a los que pertenecía la gran mayoría de los firmantes. Partidos que no tenían el menor interés en fortalecer la democracia modernizadora que tenía en mente Carlos Andrés Pérez, ni ninguna otra, sino en prepararle la celada que terminaría por cortarle el pescuezo a él, a su gente, a su proyecto, a la democracia, a la República y a la soberanía, como ha sido confirmado de manera irrecusable por los hechos veinte y cuatro años después. Con tales aparentemente inconscientes quinta columnas ubicados en universidades, academias, medios y pare Ud. de contar, Castro tenía que estar perfectamente informado de las habas que se cocían en los calderos del golpismo vernáculo. Que por entonces ya hervían la sopa de la traición.

Cinco meses después de esa visita digna de un Papa o de una estrella hollywoodense, luego de arrasar en entrevistas de prensa y reuniones sociales, llevaría en La Habana la batuta del ominoso juicio contra la mayor gloria de su ejército y algunos de sus mejores y más leales espías y agentes: Arnaldo Ochoa Sánchez y los hermanos De La Guardia. Un juicio digno de los proceso del Moscú estalinista de los años 30, que culminó con un engaño pavoroso, una sentencia arbitraria y el fusilamiento sin más trámites de Arnaldo Ochoa, comandante de comandantes, por un solo pecado, según nos lo cuenta Carlos Franqui: haber sido sorprendido por Fidel manteniendo una amena conversación en ruso con Michail Gorbachov. ¿Perestroika en La Habana? Fusilamiento. Y punto.

2

Días después de esa visita, prueba de las profundas contradicciones en que yacía atrapado, Carlos Andrés Pérez recibió el golpe mortal del Caracazo. Del cual no se recuperaría jamás, como tampoco la Venezuela democrática, pues se trató de una fractura verdaderamente telúrica del sistema de consensos que fundaba las estructuras del pacto de Punto Fijo. Un golpe mortal seguramente avalado por la inmensa mayoría de los firmantes en cuestión, que no tenían ninguna razón para ver en los vergonzosos asaltos, saqueos y motines del 27 de febrero la violenta irrupción de la barbarie que ya bullía en las profundidades de la sociedad venezolana, sino una legítima expresión de la lucha de clases, augurio de los cambios revolucionarios que aplaudían en la presencia de Fidel Castro. Y que muy pronto tendrían la gratísima sorpresa de ver asomarse por algunos segundos por cadena nacional en la figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Flanqueado por los generales Ochoa Antich – ministro de defensa – y Santeliz, involucrado hasta el tuétano en la asonada.

No se ha escrito la historia de la participación de periodistas, académicos, guionistas de telenovelas, productores, columnistas, locutores, cineastas, artistas, editores, empresarios de medios impresos, radiales, televisivos y esa fauna genérica de figuras del quehacer artístico e intelectual del país en la conformación de esa poderosa matriz de opinión que elevó al Olimpo de la heroicidad a los comandantes golpistas y en particular a su evidente Primus inter Pares; que hundió en los abismos del desprecio, el odio y el escarnio público a Carlos Andrés Pérez, para terminar cebándose en los partidos tradicionales y en los cuarenta años de vida democrática, incluso al precio de resucitar la figura del dictador Pérez Jiménez y la condena a saco de todo el establecimiento político del país. Tarea en la que no dejaron de participar – justificando la repulsa social que les cayera encima – los propios políticos de la sedicente “Cuarta República”, como pasara a llamarse nuestra democracia, mala palabra pronunciada con un mohín de escarnio y desprecio al único período de nuestra historia del que sentirnos orgullosos. Siniestro golpe de Estado que uno de los fundadores de la agonizante democracia, posiblemente el de mayor estatura intelectual del grupo, en un acto de infamia sin precedentes, saliera a justificar con lágrimas en los ojos, sin que nadie lo hubiera llamado y sobre los cadáveres aún tibios de la asonada, aprestándose a volver de inmediato a la arena política en andas de sus sacudones. Para terminar de armar el caballo de Troya de las tropas del asalto.

Esa matriz de opinión pasó la prueba de la chismografía nacional para convertirse en Hegemonía: ese universo de ideas y creencias que sustenta las opiniones que sirven de plataforma para mantener o tumbar sistemas políticos dominantes. Hasta terminar por fabricar las ideas fuerza con que los sectores más emancipados, cultos y avanzados del país, aliados a la principal benefactora de la democracia – las clases medias – abrieron los portones de la barbarie y permitieron la liquidación de la democracia y el desarrollo de la más grave crisis social y política sufrida por la Venezuela republicana en sus dos siglos de historia. El sueño de la razón había engendrado al monstruo. Es lo que se celebra este 27 de febrero.

3

A pesar de que las promesas de reformar nuestro sistema político, de librar una lucha frontal contra la corrupción y adecentar nuestras instituciones públicas hayan sido cruelmente burladas por el régimen, no sólo agudizando los males, sino estrangulando la naturaleza democrática de dicho sistema político, muchos de los responsables por la matriz de opinión que contribuyera al desmontaje de la democracia y a la aventura totalitaria en la que hemos sido embarcados mantienen su desvalorización de la democracia de Punto Fijo habiéndose distanciado del producto consecuente de su crítica anti sistema. El país se hunde en una crisis existencial cuya solución parece casi inalcanzable. Y en el colmo de la degradación, hemos sido entregados en brazos de la tiranía cubana. Todavía en poder de quien fuera recibido hace 24 años en gloria y majestad por la flor y nata de nuestra Intelligentzia progresista. Que se niega tenaz y porfiadamente a realizar su necesaria autocrítica.

A estas alturas, poco importa la relevancia de esos firmantes o el hecho mismo de que, traicionando el imperativo moral que debe regir el comportamiento de quienes tienen por misión pensar nuestra realidad, advertir de sus fallas y abrir camino a su resolución, hayan servido de tontos útiles a la invasión, conquista y dominio de nuestra soberanía. Parte de una vasta operación de alcances continentales.

Lo que causa preocupación, es que la hegemonía del pensamiento auto mutilador entonces generado mantenga una porfiada vigencia. Que el vocabulario puesto a rodar por la intelectualidad golpista ya en los albores del golpe de Estado y popularizado por los administradores de matrices de opinión sin el más mínimo sentido crítico, continúe siendo usado incluso en la actualidad por periodistas, animadores, académicos, columnistas y políticos. Incluso por nuestro candidato. Sin la más mínima consideración de las falsedades que vehiculiza.

Pero lo que sí angustia, es que los odios y rencores entonces generados mantengan su virulencia y que el desprecio a la política, a los partidos y a cuanto representa los valores de la democracia continúe siendo airado. Pero nada de todo eso es comparable con el rechazo en bloque a los 40 años de democracia, el mayor esfuerzo hecho por la sociedad venezolana por fundar un sistema político de consensos, progresista, liberal, al que le debemos todos los logros sobre los que aún se sostiene nuestra atribulada realidad. Desde los hospitales a las universidades, y desde nuestros focos de desarrollo industrial – hoy en la mayor ruindad – hasta las centrales hidroeléctricas, en el más pavoroso abandono.

Por oportunismo, ignorancia o medianía, se practica una deslealtad con nuestro pasado que no puede dar otros frutos que el fracaso de todo intento verdaderamente emancipador. Por mezquindades y enfrentamientos cainitas con quienes provienen de ese pasado, se ataca a ese pasado mismo. Una ceguera que no puede menos que conducirnos a la auto mutilación que viniera a sembrar hace 24 años el comandante cubano que ocultaba el puñal en la manga de su elegante guerrera.

Es la grave responsabilidad de quienes debieron alertarnos, pues contaban con las luces y el conocimiento, prefiriendo servir de mensajeros de la desgracia. Que contribuyeran a introyectar en la ingenua conciencia política del venezolano. En muy mala hora. Es la tragedia que aún padecemos. Sepa Dios hasta cuándo.

El continente imaginario del señor Insulza

   Eduardo Mackenzie

Yo quería conocer a José Miguel Insulza. La actuación del polémico secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), nombrado a ese cargo en 2005 y reelegido en 2010 con el apoyo de la galaxia chavista, siempre me intrigó.

El hombre está contento en el cargo, viaja mucho, negocia con jefes de Estado, supervisa elecciones, da declaraciones y preside reuniones. Este 22 de febrero él estaba en Francia pues este país es, desde1972, observador permanente de la OEA.  En París, Insulza dictó una conferencia intitulada “Los desafíos de la democracia en América Latina”. Fui a oírlo con la mayor atención. Al cabo de dos horas confirmé lo que pensaba de él.

Insulza describió una América Latina ideal, que evoluciona, según él, hacia la prosperidad y la democracia sin tropiezos. Con muchos “problemas y quejas por la desigualdad y la violencia”, claro está, explicó, pero hacia un futuro luminoso y sin nubes.  El insistió: “En América del Sur reina el optimismo”.

Lo curioso es que ese progreso transcurre dentro de una burbuja. Lo que él llama “la región” avanza dentro de una curiosa autarquía, sin contactos ni relaciones con las economías del norte del continente, y sin vínculos con Europa y el Pacífico. El influjo de esos países, y de la vida política de las grandes democracias, no hace parte de su análisis.

Así, la América Latina de Insulza es una construcción imaginaria, ambigua, tocada por la dudosa gracia de los contactos sur-sur, remolcada por las larguezas de Venezuela, las maniobras antiliberales de Cuba y del Alba y las corridas francamente sediciosas del Foro de Sao Paulo.

Da la impresión de que Insulza ha borrado de su logiciel intelectual a los Estados Unidos y al Canadá. El habla más como un jefe de Unasur, creada en 2008, que como el responsable de un organismo que incluye 35 países, es decir el norte y el sur del continente, no una parte de éste.

En la boca de Insulza, el concepto de democracia se transforma en una noción confusa, en un “proceso lento”, que deja de ser una realidad con rasgos precisos. El estima que “la política no es sólo una cuestión de principios”. Cuba, por ejemplo, es un tema que Insulza jamás aborda pues esa dictadura totalitaria de 53 años sigue siendo, para él, un momento de la “construcción” de la democracia del continente. Ese régimen, aún agonizante, sigue urdiendo operaciones contra las otras democracias, como lo demuestra la expansión de la mano castrista en cinco o seis países latinoamericanos con un trasfondo inusitado de injerencia de poderes nostálgicos del sistema comunista, como el ruso, el bielorruso, el chino y del campeón mundial del antiamericanismo, Irán. Eso tiene sin cuidado a Insulza. Para éste todo va bien, como en el mejor de los mundos.

La OEA, sin embargo, fue creada para defender la democracia en todo el continente. Trasgrediendo ese deber, Insulza se convirtió en el hábil componedor y validador de las aventuras antiliberales y antidemocráticas que sufre el continente. Hace unas semanas, la complicidad del político socialista chileno con el régimen chavista fue confirmada una vez más cuando la OEA declaró que “respetaba cabalmente la decisión tomada por los poderes constitucionales de Venezuela”, con respecto a la pretendida “toma de posesión” de un Hugo Chávez ausente, moribundo o fallecido en Cuba. En París, Insulza reiteró su apoyo al golpe anti constitucional del 10 de enero de 2013 al decir que éste había “evitado un conflicto que no era necesario”. Consoló a sus oyentes asegurando que, de todas formas, ese “tema” será “resuelto la próxima semana”, en Caracas.

La charla de Insulza en París esquivó los problemas reales de América Latina. Pero lo hizo con talento pues su auditorio lo aplaudió al final. Enseguida, las preguntas de los inconformes con esa visión ideológica y relativista fueron evacuadas sin miramientos.

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El imperativo categórico

  Antonio Sánchez García

 

1

 

Consciente de la gravedad terminal de la crisis que vivimos – una crisis de excepción que ha puesto en juego la existencia misma de la República e incluso la pérdida de nuestra soberanía – he creído que de ella sólo un milagro nos permitiría salir sin atravesar por una profunda conmoción social, como la vivida el 23 de enero, incluso con el riesgo de dolorosas pérdidas en vidas humanas, tal como sucediera el 11 de abril de 2002. Una oportunidad tan excepcional de resolverla a fondo, pues conjugó a la sociedad civil con el universo uniformado – tal como sucediera en los idus que acabaron con la dictadura perezjimenista –  y que no fuéramos capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias por debilidades humanas, políticas e institucionales inherentes a la crisis misma.

 

He insistido en clarificar el significado y la dimensión histórica de la crisis, teniendo especial cuidado en advertir que no estamos ante un problema de buen o mal gobierno sino ante una apuesta de vida o muerte por la existencia de la democracia misma, pues implica la mortal confrontación de dos sistemas de vida radicalmente antagónicos: democracia liberal o dictadura totalitaria. Hondamente preocupado por la incomprensión con que la sociedad en su conjunto había hecho el balance de los sucesos de abril y atribulado por las consecuencias políticas de tal incomprensión, al extremo de encontrar fuertes y ardorosos contradictores entre las propias fuerzas opositoras, escribí un libro, DICTADURA O DEMOCRACIA, VENEZUELA EN LA ENCRUCIJADA, que publiqué a poco tiempo de dichos sucesos.

 

Para hacer más comprensible la naturaleza de la crisis, escribí luego un ensayo CRISIS Y ESTADO DE EXCEPCIÓN EN LA VENEZUELA ACTUAL, sirviéndome al efecto del aporte esencial de un gran constitucionalista alemán, Carl Schmitt, acerca del Estado moderno y sus crisis de excepción. Independientemente del servicio que ese gran pensador le brindara en sus comienzos al nacionalsocialismo, no he encontrado otros estudios más profundos que los suyos para explicarme las causas y orígenes de las crisis terminales en estados modernos, que dieran paso a la revolución bolchevique y a la nacionalsocialista. Y desde los cuales se transparentan los graves y definitorios cambios que han dado lugar a nuevos sistemas de dominación en sociedades enfermas y desestabilizadas. Para lo cual, la lectura del pensamiento político contemporáneo, como los de Walter Benjamin, Karl Löwith, Leo Strauss, Giorgio Agamben, Jacob Taubes y otros pensadores contemporáneos es de uso obligado.

 

Finalmente, y sobre la base de ese diagnóstico, he considerado que agotado el ciclo modernizador abierto el 23 de enero de 1958, la sociedad venezolana se ha visto enfrentada a dar un salto hacia el futuro, la modernidad y lo que, en términos genéricos aunque insuficientes, se ha dado en llamar globalización, lo que sólo hubiera sido posible mediante una profunda reforma de nuestro sistema democrático mediante el consenso de todas las fuerzas vivas de la Nación. O a sufrir una regresión a etapas ultrapasadas de nuestro decurso histórico, esa falsa forma de superación del presente en que suelen incurrir los pueblos enfermos de infantilismo político.

 

2

 

Es el confuso, perturbador y angustioso proceso en el que vivimos desde fines de los 80, cuando Carlos Andrés Pérez intentara echar a andar ese necesario proceso de modernización en solitario, carente de todo respaldo por parte de la élite política, y ante el rechazo colectivo de un pueblo amaestrado por el Ogro Filantrópico del estatismo populista.  Y que encontrara la respuesta en Hugo Chávez Frías, comprometido con la reacción conservadora y las fuerzas disolventes del castrismo, que echara a andar el proceso involutivo. Enfrentada a esa disyuntiva entre modernidad o involución, una sociedad carente de plena identidad consigo misma y sufriendo de lo que Mario Briceño-Yragorri llamara “crisis de pueblo”, optó por lanzarse en brazos de la regresión. La mesa estaba servida para el más insólito proceso de auto amputación sufrido por sociedad alguna en América Latina.

 

A partir de entonces, el desarrollo de la crisis ha ido consolidando sus claves idiosincráticas. La grave derrota de la sociedad civil, portadora de los impulsos modernizadores, dio paso a la confluencia de los dos factores que se harían con el poder y terminarían por agudizar las contradicciones hasta el punto de la aparente anomia que hoy sufrimos: el generalato de las FANB y el gobierno castrista. Quienes escudan su dominio de facto usando los sectores de la izquierda radical que ofrecen su máscara civil y administran el manejo y manipulación de las masas de respaldo. 12 años después de esa trágica derrota, y ante la práctica desaparición del Deus ex Machina de este insólito proceso involutivo, el poder queda al desnudo: lo detenta Ramiro Valdés, encargado por Raúl Castro de la gobernación de la Venezuela supuestamente chavista, y le da visos de legalidad un fantoche de la absoluta confianza de la tiranía cubana llamado Nicolás Maduro. Tal cual lo conocemos de los fantoches usados por la Unión Soviética para dominar en Polonia, en Checoslovaquia, en Rumania y los otros países del bloque soviético.

 

Luego de la estratégica derrota de la sociedad civil del 11 de abril se sucedió la otra gran derrota que terminara por fracturar a la oposición venezolana: el fraude consumado el 15 de agosto de 2004  tras un proceso manejado todavía a distancia por el gobierno cubano. Si el principal responsable de la primera derrota se llama Raúl Isaías Baduel, con la colaboración del chavismo civil e incluso de algunas personalidades de la llamada oposición democrática, el de la segunda fue Fidel Castro Ruz. Todavía hay quienes no se explican la retención arbitraria y contra todo derecho del comisario Iván Simonovis: quienes conocemos la historia de la tiranía cubana no albergamos la menor duda. Había que demonizar de una vez y para siempre a quien pudiera representar las ansias libertarias que en manos de la movilización popular sacara del poder a Hugo Chávez, el hombre de Fidel en Caracas. Y maniatar para siempre a esa alebrestada sociedad civil, que recurría a la experiencia de la rebelión popular del 23 de enero que diera al traste con la tiranía perezjimenista. Pues de la combinación de la acción popular y el respaldo de los sectores constitucionalistas de las fuerzas armadas se derivará la derrota de todo intento dictatorial y totalitario en la Venezuela contemporánea. Desde entonces, toda acción opositora sería encarrilada a través de la vía electoral bajo el control del CNE, convertido desde su manejo por Jorge Rodríguez – con la anuencia opositora – en ministerio electoral del régimen.

 

Luego de la ominosa derrota del 11 de abril y la estafa del 15 de agosto, las cartas estaban definidas para siempre: el llamado proceso revolucionario venezolano se establecería mediante al amancebamiento del chavismo con la tiranía cubana, la alianza estratégica entre las FANB y el Ejercito Revolucionario Cubano y la creación de una masa de respaldo popular mediante la utilización del clásico populismo congénito del Estado venezolano gerenciado por un partido, el PSUV, y financiada por PDVSA.

 

En cuanto a la oposición partidista, el régimen no ha optado por su aniquilación, sino por su integración al sistema. Fundamentalmente como elemento de legitimación de lo que el mundo, y muchísimos líderes de nuestra propia oposición, consideran ser un régimen democrático. A la cual se le ha castrado su dimensión civilista, contestaría y rebelde – su auténtico, verdadero y único poder político –, se la ha subordinado a las direcciones de los partidos, rebajándola a coprotagonista eventual de procesos electorales amañados, necesariamente condenados a la impotencia. A pesar de los aparentes triunfos numéricos, desmentidos en sus resultados prácticos.

 

3

 

¿Necesito dar mayores explicaciones a lo que fundamenta mis profundas diferencias, desacuerdos y divergencias con algunos dirigentes democráticos,  que consideran que ésta no es una dictadura, que las elecciones se cumplen bajo condiciones ejemplarmente democráticas, que sostienen que política es, exclusivamente, dedicarse a participar en procesos electorales, por lo cual no tienen empacho en desconocer la ejemplar acción política de gran envergadura que demostró en la práctica ser la única capaz de destronar a un dictador?

 

Sería altamente irresponsable e injusto acusar a dicha dirigencia de complicidad con los propósitos totalitarios del castrochavismo. Pero sería intelectualmente inmoral no advertir sobre el papel objetivamente estabilizador de una situación intolerable – la pérdida de nuestra democracia, de nuestra república y de nuestra soberanía – cumplido por quienes se niegan a comprender la gravedad histórico-existencial de la crisis que sufrimos.

 

Ello explica las razones por las cuales me enfrenté a la matriz de opinión, inconsciente o deliberadamente instrumentada, según la cual sólo adolecemos de un mal gobierno, que es posible desplazar electoralmente y que para hacerlo sólo basta con seducir a las mayorías mediante una cara joven, aparentemente libre de toda responsabilidad en la gestión de la Venezuela anterior al asalto de la barbarie, con un paquete de promesas indiferenciadas de las que un sistema montado por la ingeniería totalitaria del castrismo pusiera en práctica para movilizar a un pueblo que hasta entonces le fuera renuente y no ser arrollado por el Referéndum Revocatorio: las misiones.

 

El perverso poder de quienes mediatizaron esa matriz de opinión y el estado de catalepsia intelectual al que hemos sido reducidos por la inclemencia del régimen, no puso la crisis en el centro de nuestras preocupaciones. Y eludió sistemáticamente durante la campaña presidencial  la confrontación con quien nos ha traído a este abismo y el papel jugado por la tiranía cubana en el proceso de colonización que sufrimos. Adormeció el nervio democrático, nacionalista y patriótico de nuestra sociedad, únicos resortes capaces de producir un revés a esta situación de minusvalía existencial, distrayendo a los ciudadanos hacia ilusiones necesariamente condenadas a la frustración. Y en un acto por demás reprobable, además de darle plena legitimidad a un proceso electoral absolutamente viciado, demonizó a quienes no han cesado de advertir acerca de la brutal amenaza que nos acosa. Haciendo cómplices del estado de cosas que sufrimos a los llamados “radicales y extremistas”. Convirtiendo, posiblemente sin saber que reproducen un viejo mecanismo de los fascismos denunciado por Hannah Arendt, a las víctimas en victimarios.

 

La agonía del principal gestor de esta crisis y la desenmascarada entrega de nuestra soberanía a la tiranía cubana que su desaparición implica, han logrado paralizar el proceso de sometimiento que Hugo Chávez, respaldado por los Castro, llevaba a cabo. Muerto el instrumento de la colonización, el país se abre ante perspectivas inusitadas.

 

¿Sabremos aprovechar la crisis aparentemente irresoluble que la inevitable muerte de Hugo Chávez nos plantea? La respuesta es obvia: sólo férreamente unidos, con un pueblo consciente, movilizado y con un liderazgo patriótico armado con la verdad, decidido y dispuesto a dar la vida por la Libertad. Es el imperativo categórico que en esta hora de definiciones la historia nos plantea.

La revolución traicionada

  Antonio Sánchez García

 

“Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?”

 Trotsky desde el exilio, refiriéndose a Stalin (1938).

 

 

 

1

 

                León Davidovich Bronstein, Trotsky, usó por primera vez en 1936 y en el contexto del marxismo leninismo, el concepto de traición para titular una de sus obras y referirse no a un hecho o acontecimiento cualquiera, sino al más importante proceso histórico del siglo XX, la revolución bolchevique, esa que sacudiera al mundo en los diez días más fulgurantes de 1917. Un acontecimiento apenas advertido mientras tenía lugar en una Europa que vivía los estertores de la Primera Guerra Mundial y aún no despertaba de las carnicerías que hundieran en el fango, la nieve, el lodo y la sangre a millones de europeos.

 

                La acusación revestía tal gravedad y representaba un desprestigio de tales dimensiones al régimen soviético, dada la estatura política e intelectual del acusador, segundo hombre más importante de la revolución bolchevique después de Lenin, sometida por esos años a la barbarie totalitaria de Joseph Stalin, que éste no cejó en su empeño por asesinarlo, sin descansar hasta asestarle un espolonazo mortal en la nuca usando a uno de sus más despreciables esbirros, el catalán Ramón Mercader.

 

                Era una acusación de trascendencia universal. Pues para Trotsky, siguiendo al pie de la letra el impulso ecuménico del comunismo postulado por Marx y Engels en su manifiesto de 1848, la revolución debía involucrar a la humanidad en su conjunto, asumir a plenitud la totalidad de los logros civilizatorios de la cultura europea sintetizados en el sistema capitalista burgués, apuntar a la superación radical de su esquema de dominación sociopolítico, hacer absolutamente innecesarios el Estado y su naturaleza discriminatoria y represiva y dar paso a la materialización de la utopía perseguida desde tiempos bíblicos por el hombre, recién universalizados por el lema de la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad.

 

                Una sociedad libre de toda alienación, sin atisbos de la explotación del hombre por el hombre y en la que, de acuerdo a la máxima del creador de la doctrina, de cada cual se obtendrían los frutos de su capacidad creadora y a cada cual se le entregarían los frutos necesarios para una vida libre de penurias y estrecheces. De cada cual según sus capacidades. A cada cual según sus necesidades.

 

                Tras veinte años de implacable y aterrador dominio bolchevique, Trotsky no advertía ni sombras de tales postulados. La Unión Soviética era un campo de exterminio, una cárcel de dimensiones continentales, una aterradora dictadura poseída por el afán de dominio de un autócrata feroz, sin otro objetivo que asentar su dominio, el imperio soviético. La traición desvirtuaba un propósito universal. Hacía, de la utopía revolucionaria, un escarnio. De su humanismo, una carnicería. De la libertad, la igualdad y la solidaridad un sueño imposible.

 

 

 

2

 

                A punto de cumplirse un siglo de esa insólita y devastadora aventura, ninguna de las revoluciones realizadas bajo los auspicios del marxismo leninismo – la china, la vietnamita, la coreana, la cubana, ni ninguno de los regímenes impuestos a la fuerza por la hegemonía soviética sobre los países del este europeo – alcanzó ni atisbos de esos propósitos humanitarios. Todas ellas, sin excepción ninguna, terminaron empobreciendo a sus pueblos, sembrando el odio y la destrucción entre hermanos, contribuyendo al caos y la disgregación de las naciones, empujando a la guerra. Ni paz, ni justicia, ni igualdad ni solidaridad. Ruina, miseria, desolación y devastación. Muy a pesar del propio Trotsky, y de algunos de sus seguidores que aún hoy, después de setenta y siete años de su feroz crítica, consideran que la revolución bolchevique fracasó por no ser suficientemente revolucionaria, el problema ha demostrado ser infinitamente más profundo: la idea misma de revolución, como la plantearan Marx, Engels y  Lenin, la del propio Trotsky, era un fracaso inmanente a su propio concepto, a su propia naturaleza, un insuperable error de principio: toda revolución desconocía y desconoce que no existe otra forma de avance y progreso y, por lo tanto, de satisfacer las necesidades del hombre en tanto ser social que el que la humanidad ha desarrollado por su propia cuenta y sin la ayuda de genios y cerebros iluminados, poseídos por la feroz ambición de convertirse en dioses: resolver el día a día gracias a las fuerzas materiales que el hombre ha ido construyendo al paso de su evolución histórica: el mercado, la propiedad privada, el libre intercambio de bienes. 

 

                Así, tras siglo y medio de gigantescos desafueros y un desvío equinoccial por sus cotidianas certidumbres, dejando cientos de millones de cadáveres y océanos de sangre, sudor y lágrimas a su vertiginoso paso, el hombre vuelve a amanecer en donde se durmiera en 1848: yendo a trabajar para ganarse el pan y luchando por hacer progresar a los suyos con su esfuerzo, en un intercambio permanente de trabajo y creatividad con sus contemporáneos.

 

                Lo hace, además, allí donde se le permite porque imperan la sensatez, la cordura y la inteligencia, dentro del mejor de los sistemas de dominación política inventadas tras milenios de historia y sufrimientos humanos: democráticamente. Acordando por consenso y bajo el mayor número de libertades públicas posibles quién de entre los suyos asume la dirección de los asuntos públicos. Velando siempre por limitar mediante el uso de la ley y la racionalidad la natural tendencia del hombre hacia el abuso, la imposición, la fuerza, la ley de la selva. Pues contrariamente a los predicados trotskistas, infinita más razón tiene el inglés Thomas Hobbes que su atolondrado discípulo alemán Karl Marx: el hombre es el mayor peligro para el hombre, pues en estado natural la vida es la guerra de todos contra todos: bellum omnia contra omnem. De donde, según Hobbes y todos los pensadores posteriores, surge la necesidad de acordar la existencia de una entidad de suficiente poder de acción y consenso: el Estado.

 

                El grave e insuperable error del marxismo fue creer que era posible apoderárselo para usarlo en un sentido contrario a la naturaleza misma que determinará su sentido originario: para imponer la guerra y fracturar los consensos. El resultado está la vista. Todas las revoluciones han sido traicionadas, porque todas ellas fueron, son y serán la traición. Por mal que nos pese.

 

3

 

                Que tras 54 años de poder absoluto, pudiendo sus promotores haber hecho los experimentos que a bien tuvieran – desde vacas súper lecheras hasta cultivos genéticos prodigiosos y desde calles, barrios pueblos y ciudades acuarteladas a ciudadanos policías en que niños y padres se vigilan los unos a los otros con el ojo del verdugo – la llamada “revolución cubana” tenga que apoderarse de un país capitalista para mantener con vida a sus habitantes, y ello usando las males artes de la prostitución, la seducción y el contubernio con militares y políticos mafiosos venezolanos, lo dice todo. La cubana no es una revolución traicionada: es la traición inherente a toda revolución.  Agravada en este caso por un mal congénito de la tropical isla de Cuba: el prostíbulo de cuatro siglos que fuera para la marinería imperial española, y de un siglo para el turismo yanqui y la invasión soviética. Su jinetería congénita.

 

                Vista en la perspectiva de un siglo de revoluciones marxistas – fuera de ellas no ha habido otras, salvo que involucremos en el caso al fascismo mussoliniano y al nazismo hitleriano – la venezolana, evidentemente, no es ni revolucionaria ni marxista. Es la clásica expresión de un ex abrupto caudillesco, tercermundista, autocrático y militarista sin orden ni concierto. La irrupción del barbarismo bochinchero que denunciara con horror Francisco de Miranda, carente del más elemental sentido de la nacionalidad, que en el siglo XIX y la mitad del XX se mantuviera en vereda gracias a los llamados gendarmes necesarios, que durante cuarenta años se sometiera a la racionalidad democrática de gobernantes cultos y sensatos y que lleva ya tres lustros de indómito degüello ante la fatiga del esfuerzo civilizatorio, el oportunismo de una sociedad pervertida por el hedonismo y las apetencias y la ambición desmedida de unas fuerzas armadas que se dejaron arrollar por la corrupción y el dinero.

 

                Ni imaginan los únicos beneficiados temporarios de este desastre, los aprovechadores tiranos tropicales, del fin que les espera en un plazo perfectamente previsible. De la épica iniciática no quedan ni huellas. Son un mini universo geriátrico de ancianos decrépitos y torturadores, chulos y gansteriles, que se ven obligados a secuestrar a un pobre infeliz con ínfulas mesiánicas y a sus miserables esbirros para no verse hundidos en la más espantosa miseria. En eso terminó la heroica revolución cubana de los sesenta: en un establecimiento hospitalario donde vegeta un moribundo del que pende la bolsa de comida de sus infelices ocho millones de sobrevivientes.

 

                A eso se redujo la revolución cubana, “al final de este viaje”. A eso se redujo “la prehistoria que tendrá el futuro”. A eso se redujo la revolución traicionada: a dos desdentados que, como en las imágenes del Goya de las pinturas grises, sopean ávidos del cuenco petrolero de un teniente coronel caído en desgracia. Que les aproveche. Viven el final de su viaje.

Las fotos del milenio

  Antonio Sánchez García

El premio World Press Photo a la mejor foto del 2012 le fue concedida a una conmovedora imagen de un cortejo fúnebre que avanza por una estrecha callejuela de Gaza con dos amortajados niños de 2 y 3 años en brazos de sus desesperados parientes. Una cruda imagen del cruento enfrentamiento entre palestinos e israelitas que refleja la realidad de un mundo enfrentado desde hace milenios en una tierra santa ensangrentada por el odio, el malentendido, la muerte.

Simultáneamente a esa escena de una realidad trágica que acongoja al mundo, otra imagen, muy posiblemente trucada y como propia de las carnestolendas que se celebran en un orgiástico país de pacotilla, pretende dar la vuelta al mundo y convencer a quienes no se han conmovido ni siquiera por el asesinato de doscientos mil de los suyos, pobres de misericordia y según parece carentes del sentido de realidad y la más elemental conciencia como para alzarse contra el principal responsable por esa solapada guerra civil de pobres contra pobres, de que ese responsable de la mayor vergüenza nacional – la entrega de la soberanía a un par de ancianos miserables disfrazados con las insignias de Max y Lenin, la devastación de su territorio y la corrupción de sus fuerzas armadas – no yace agonizante, entubado, carcomido por el cáncer, enmudecido y con 40 kilogramos de menos. Que agoniza, vamos. Sino que está vivo, rozagante y sonriendo. Como para cumplir las obligaciones constitucionales que según propia confesión está absolutamente incapacitado de satisfacer. A la hora de convencer a la peonada, poco importa tan escandalosa contradicción.

La otra, la foto galardonada, describe una dolorosa tragedia en pleno desarrollo. La trucada, un sainete que de circense y payasesco merecería el escarnio del planeta, desgraciadamente envilecido hasta la médula. Como quedara de manifiesto en Santiago de Chile, donde un presidente supuestamente de centroderecha, multimillonario y liberal recibiera con los brazos abiertos a un tirano sólo comparable con Hitler, Mussolini, Sadam Hussein, Gadaffi o Mugabe. Que ha empobrecido, envilecido y esquilmado a su pobre isla como si se tratara de una hacienda personal. Y que ha esclavizado a sus ciudadanos, como pretende hacerlo con el país de la foto trucada, que le fuera regalada por caprichos de un militar felón, sometido a una operación fotográfica luego de extirpársele tumores, intestinos y costillares. Y él, tan risueño. ¿Será obra de un experto en embalsamar cadáveres o de la magia del Photoshop?

Otras fotos andan dando la vuelta al mundo: un enigmático rayo que abre y rasga el cielo encapotado sobre la capital del imperio que decapitara hace dos milenios al fundador de la Iglesia vaticana – Pablo de Tarso -, exactamente a horas del anuncio – en latín, para que no quedaran dudas de la génesis – de la renuncia al Papado por parte de Benedicto XVI, Joseph Ratzinger. Y anoche nos sorprendimos con las imágenes de la explosión sobre suelo ruso – que cobijara durante 70 años al mayor reinado del mal conocido por la humanidad, el comunismo – de un trozo posiblemente del meteorito que rozara al planeta con una tarjeta de visita del apocalipsis perfectamente probable y previsible en tiempos no muy remotos.

Vivimos tiempos de farsas y tragedias, de payasos y mártires, de traidores y héroes. Pero qué duda cabe: el poder lo detentan las farsas, los payasos y los traidores. ¡Qué renuncia tan merecida, qué rayo tan elocuente, qué meteorito más eucarístico, qué foto tan despreciable!