Observaciones sobre el momento post electoral colombiano – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

1. La reelección de Juan Manuel Santos, el 15 de junio pasado, es una verdadera derrota del uribismo. Pero ésta no es definitiva, ni marca el fin de una época. Por el contrario, el combate entre democracia y colectivismo en Colombia se agudiza. Santos tendrá cuatro años más para culminar su único plan de gobierno: su proceso de capitulación ante las Farc. Esa línea es lo que él llama “proceso de paz”. Esa capitulación, que Santos mostró como una vía razonable hacia la paz, no es sólo un error, es una calamidad para Colombia. Desde 1970, cada gobierno colombiano propuso a las Farc soluciones pacíficas. Las Farc  las rechazaron siempre. Hicieron saber  que la capitulación era la única salida. Es lo que llaman la “solución política”. No eran cálculos locales. Eran los designios de la URSS en plena Guerra Fría. La vía de la capitulación comenzó a ser una tentación. Esta existió de manera latente y vacilante, con altos y bajos, desde entonces. Esa idea, inoculada a la clase dirigente por las propias Farc,  es el mayor logro subversivo de ese aparato de muerte, desde su fundación en los años 50. Sólo Álvaro  Uribe Vélez, en sus dos periodos de gobierno (2002-2010), rechazó esa tentación y  logró sacar a las Farc del universo político y militar. Con Juan Manuel Santos esa tentación renació y se desbordó. Hoy llega a sus límites más extremos. Por primera vez, un presidente pone en vilo el liberalismo político y económico de Colombia y gana una elección presentando eso como un “proceso de paz”. Si ese proyecto no es derrotado, Colombia tendrá que aceptar ser una víctima más de la depredación política, económica y financiera de Cuba, el verdadero artífice de la subversión global, como lo es hoy Venezuela.

  1. ¿La elección del 15 de junio fue  la expresión genuina de la voluntad de los colombianos? Esa es la gran duda que arroja esa jornada electoral. El Centro Democrático habría aceptado la victoria de Santos si ésta hubiera sido impecable. Ésta no lo fue. Esa elección genera un inmenso malestar. La reelección de Santos está salpicada de irregularidades. Eso privó a Colombia del momento de concordia nacional que goza toda democracia, tras la elección de un nuevo mandatario. ¿Colombia dejó de ser un país donde hay elecciones libres? Esa pregunta es hoy legítima. ¿Hubo un fraude masivo en la segunda vuelta? Algunos lo sostienen. El Consejo Nacional Electoral lo niega. ¿Por qué dirigentes y técnicos  del organismo electoral venezolano estaban en Colombia  antes y durante esa elección? ¿Qué papel jugaron ese día? Nadie lo explica. Sabemos que el episodio del video manipulado de la Fiscalía y Semana buscó colapsar la candidatura de Zuluaga. Finalmente, la Registraduría, en 40 minutos, dio los datos del 100%  de la votación (89 391 mesas), antes de que el 80% de éstas  hubiera reportado los resultados. ¿Qué es eso? El viejo vicio de la compra de votos en regiones y ciudades alcanzó niveles sorprendentes, pero no explica todo. La transmisión de los datos electorales pudo haber sido el principal instrumento del fraude. El ex presidente Uribe estima que estamos ante el más grande fraude electoral de la historia de Colombia. El sistema electoral actual es defectuoso y ofrece brechas al fraude. Ese sistema debe ser repensado. El CNE y la Registraduría deben ser purgados. Hay que crear un CNE realmente independiente para poder tener un momento electoral transparente y garantista. La repetición de las anomalías en los próximos comicios puede generar reacciones populares violentas.

3. El proyecto subversivo sale reforzado con la reelección de JM Santos.  Las Farc anuncian que su objetivo inmediato –ingresar al Parlamento sin haber entregado las armas, diseñar una Asamblea Constituyente que les permita dictar una Constitución de transición hacia el socialismo del siglo XXI–, está al alcance de la mano. Expresan que su objetivo de no pagar un solo día de cárcel por sus atrocidades durante 50 años está próximo, que lograrán completar su ambición de dominar la justicia, los medios de información y el aparato escolar-universitario. El control de la economía y del aparato estatal será perfeccionado. Prometen que el “conflicto social” continuará, aún después de haber firmado “la paz”. Es decir, la violencia en todo el territorio arreciará. La fuerza pública y la doctrina militar colombiana sufrirán modificaciones. Las libertades actuales serán mutiladas. Las relaciones exteriores cambiarán de brújula. Todo ello es ahora más posible que nunca. Esa es la “paz” que se perfila.

  1. Encarnada en el CD y en su candidato Oscar Iván Zuluaga, la oposición obtuvo cerca de siete millones de votos. La diferencia entre Santos y Zuluaga fue de 911 000  votos. Ese hecho, en un contexto tan difícil, es ya un logro enorme. La alianza entre el CD y el Partido Conservador (sector de Martha Lucía Ramírez) fue acertada. Ese bloque opositor sale relativamente fortalecido. El CD hizo avances importantes. Se constituyó en movimiento electoral y de opinión en pocos meses y ganó la primera vuelta de la presidencial, el 25 de mayo.  Su falla fue, quizás, no haber mostrado a los abstencionistas y a los sin partido la verdadera dimensión de lo que está en juego.
  2. La prioridad del CD y de su aliado conservador es consolidar esa alianza y darle más coherencia ideológica y orgánica.  Ese bloque debe evitar la desmoralización y las falsas polémicas. Sin unidad será difícil frenar y devolver cada golpe de destrucción que intentarán las Farc y el campo santista contra la oposición. Dotar al CD de una línea política clara, establecer el CD en cada municipio del país es urgente. Movilizarlo en las calles si es necesario, para defender un programa y unas políticas claras, es indispensable. Otra urgencia: dotar al CD de una política de alianzas flexibles. Crear fuertes lazos de solidaridad con otros partidos democráticos del mundo es indispensable para denunciar los montajes y represiones oficiales que vienen. El CD es el mejor instrumento con que cuenta la nación para evitar el colapso.

6. El segundo gobierno de Santos será autoritario,  pues débil y confuso.  El descansa sobre una coalición que no es ni homogénea, ni armónica. La fracción más extremista ya está pensando cómo imponerle una línea y unos ritmos a la capitulación, y entrará en lucha contra la fracción menos aventurera. Ese gobierno es un castillo de naipes. Perdió su hegemonía en el Parlamento y tendrá dificultades para sacar adelante su versión de la reforma de la justicia y de la salud. Franjas enteras de militantes de base y de electores perderán sus ilusiones al ver que la paz no es paz, el aumento de impuestos y la degradación de la seguridad. La inconsistencia del gobierno ante sus promesas minará el respaldo que obtuvo el 15 de junio.

  1. La lucha contra la deriva santista podría ser la línea prioritaria del CD en el Parlamento, donde tiene una excelente representación,  pero no solo  allí. El CD debe ganar el respaldo masivo del país para esta consigna: no más secreto en los diálogos de La Habana, allí se está negociando el destino de cada colombiano. Todos debemos saber qué hacen esos señores. El secreto favorece la mentira y la manipulación. Toda información sobre el tinglado en Cuba es legítima. Esa información no es ningún “secreto de Estado”. El trabajo de la fuerza pública y de la justicia contra la violencia subversiva debe continuar. Hay que proteger a las Fuerzas Armadas y a la Policía de la guerra jurídica y de todo intento de paralizarlas mediante un pacto de cese al fuego bilateral. El CD desplegará su acción en las calles, en los media, en los sindicatos, en las universidades, en el campo. El combate de ideas y el combate político contra la rendición ante el narcoterrorismo serán constantes y a escala internacional.

8. Durante la campaña electoral, el CD aceptó por descuido el término  “proceso de paz”  en su acepción santista, y no mostró su carácter anticolombiano, ni denunció el papel que juegan en ello las dictaduras del continente. Por eso vaciló al decir que aceptaría ese proceso en ciertas circunstancias. Eso fue un error. No logró explicar bien lo que está en juego para Colombia. El CD debe afinar su caracterización de ese proceso y mejorar el trabajo político al respecto. El CD no debe aceptar la propuesta hipócrita de Santos de “hacer parte” de los “diálogos de paz”. Santos busca con eso dislocar al CD y ahondar la división del Partido Conservador. Bien hicieron Marta Lucía Ramírez y Francisco Santos al rechazar toda posibilidad de apoyar a Santos. El éxito en la lucha contra la desinformación sobre los pactos secretos depende de esa clarificación y de tener una posición firme ante Santos.

9. Cierta prensa, escrita y audiovisual, fue el mayor vector de propaganda y de combate de Santos. Sus dirigentes compraron privilegios y estabilidad para el próximo cuatrienio y fueron corrompidos por el poder. Esos medios rompieron con la ética periodística en muchos momentos. Ellos salen envilecidos de esa campaña electoral.

10. La política de la Casa Blanca no ha sido ajena a esta crisis de perspectivas en Colombia. Barack Obama apoyó los contactos de Santos con las Farc y el llamado “proceso de paz”. Ahora aprueba un eventual “proceso de paz” con el Eln. Obama ha dejado que el cáncer chavista haga metástasis en el continente. Su responsabilidad en los desastres que esa línea está generando en el continente será inocultable.

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Las preguntas que no le hicieron al señor Revert – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Rafael Revert está en libertad. El individuo que la prensa colombiana llama “el español”, en el obscuro episodio de la infiltración que realizó en completa ilegalidad la Fiscalía General contra la campaña del candidato Oscar Iván Zuluaga, ostenta, además, la calidad de  “testigo protegido de la Fiscalía” y, lo que es peor,  estaría a punto de salir del país, bajo la protección de la Fiscalía General de la Nación.

Si ese personaje se va del país, el fiscal Eduardo Montealegre Lynett, estaría metiéndose en un tremendo lio. ¿Cómo los abogados  de Oscar Iván Zuluaga, víctima de Rafael Revert, podrán interrogar al prófugo Revert?  Pues tendrán que hacerlo, y descubrir otras verdades, pues la actuación de ese mercenario está lejos de haber sido aclarada y porque la tal infiltración que él ejecutó, y que la Fiscalía utilizó para que Zuluaga perdiera la primera vuelta de la elección presidencial, sin lograrlo, no puede quedarse de ese tamaño. La justicia tiene mucho que decir al respecto.

¿Cómo los abogados de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, que Revert también pretende enlodar,  podrían interrogarlo a su vez?  ¿Cómo podrían ellos probar que las afirmaciones de Revert, y las de la Fiscalía, son simples afabulaciones? ¿El debido proceso de unos y otros no sería dinamitado con esa evasión legalizada?

Gracias a la excelente entrevista realizada por Julio Sánchez Cristo y su equipo de la W Radio, en la que los periodistas se esforzaron por desenredar los hilos de ese obscuro affaire –y no, como en otras ocasiones, lanzar únicamente acusaciones sin fundamento contra Oscar Iván Zuluaga–, se supo que Rafael Revert había obtenido la calidad  de “testigo protegido” por haber entregado “informaciones” a la Fiscalía sobre lo que él hacía en la “casa de la 93”, como dice Sánchez Cristo, traicionando a su empleador el supuesto “hacker” Andrés Sepúlveda,  quien está  detenido e incomunicado (pues la prensa no ha podido verlo) en una celda de la Fiscalía en Bogotá. Hay un segundo “hacker”, un ecuatoriano, que también habría sido detenido.

Los puntos develados por la W Radio

Los puntos más importantes develados por esa entrevista son los siguientes:

  1. Revert fue conminado por la Fiscalía a colaborar con ella y no fue Revert quien se dirigió a la Fiscalía para ofrecerle sus servicios.  La Fiscalía le dijo que sabía que estaba haciendo un trabajo por fuera de la ley y que para reducir su pena eventual tendría que colaborar con ella. Éste aceptó y pactó trabajar clandestinamente desde ese momento para la Fiscalía.
  2. Cuando filmó  el video donde aparece Oscar Iván Zuluaga, Revert  ya estaba cumpliendo consignas de colaboración clandestina con la Fiscalía. Revert no informó a Oscar Iván Zuluaga que lo iba a filmar. Luego la Fiscalía infiltró la campaña para destruir esa candidatura. Revert, ante las preguntas de los periodistas,  se mostró bastante cínico. Dijo que como no le pidieron que saliera de la reunión con Zuluaga consideró que tenía derecho a filmarlo sin advertirle que lo iba a filmar. En realidad, el filmó al candidato presidencial  para poder cumplir el pacto que tenía con la Fiscalía. Esas imágenes captadas ilegalmente fueron adulteradas enseguida,  antes de que la revista Semana las lanzara al aire.

3. Oscar Iván Zuluaga no recibió información “ilegal”. Según Revert, el candidato uribista no supo que había “información de inteligencia” en la información que suministraba, según Revert, la oficina de Sepúlveda. Aprovechando que Sepúlveda no puede ser entrevistado por la prensa, Revert trata de echarle a él toda la culpa, sin que éste pueda defenderse. Sin embargo,  Revert admite haber  “diseñado la infraestructura” informática de la oficina de “la calle 93”.

4. Como Revert quiere enlodar también a Zuluaga (¿es el precio que debe pagar para que lo dejen salir del país?) agregó que Andrés le dijo a Zuluaga que había información de inteligencia y que éste “asintió la cabeza (sic)” y “aceptó la información”, afirmación que hasta ahora no reposa sobre nada y ha sido rechazada por el interesado.

5. Revert se contradijo varias veces en la desordenada entrevista. Cuando le preguntaron si Luis Alfonso Hoyos, David Zuluaga y Oscar Iván Zuluaga recibieron “la totalidad de la información” que esa oficina estaba sacando, su respuesta fue: “En su totalidad, no”. ¿Qué entregaron entonces? Respondió: “Información de inteligencia que Andrés clasificaba”.   Si esa información solo pasó por las manos de Sepúlveda ¿cómo hace Revert para saber que era información de inteligencia? Al tratar de desligarse de las actividades de esa oficina, Revert termina por anular sus propias acusaciones.

  1. Revert no tiene prueba de que Andrés Sepúlveda tuviera contrato o trabajara con la Policía o con el Ejército de Colombia. Tampoco pudo confirmar que esa oficina haya interceptado mensajes del presidente Santos.
  2. Revert afirmó a la W Radio que vio documentos secretos “con membretes” en los computadores de su oficina, y que esos membretes “los tiene la Fiscalía”. Los periodistas cuestionan el hecho de que los documentos de inteligencia tengan membretes.

8. Revert se mostró igualmente confuso, esquivo y huidizo cuando lo interrogaron sobre el tema de los supuestos “altos oficiales de la Policía y del Ejército” que “llegaban a esa oficina”.  Dijo que había entregado varios videos  a la Fiscalía donde se ve a esos oficiales. Empero, Revert no sabe realmente si esas personas eran oficiales: no conoce sus nombres ni sus rangos, ni sus alias, ni sabe cuánto le pagaban a la oficina. El mercenario se parapeta detrás de dos frases: “La Fiscalía tiene todo” y “Eso es reserva del sumario”.   Los periodistas no quedaron satisfechos con sus respuestas. Cuando insistieron, Revert volvió a hablar de otra cosa, a evadir la pregunta.

  1. ¿Por qué fue invitado a esa entrevista el señor Ramiro Bejarano? ¿Es el abogado secreto de Revert? Cuando los periodistas estaban dando en el clavo, Bejarano desviaba hábilmente la conversación hacia otro tema y ayudaba así al entrevistado. Curiosa actuación.

10. Quedó también claro que la Fiscalía montó esa operación de infiltración de la campaña de Oscar Iván Zuluaga sin orden de un juez. ¿Cómo se llama ese delito?

¿Revert tiene nexos con grupos en Colombia?

1. Revert dice que llegó a Colombia el 12 de febrero de 2014 y que muy rápidamente fue contratado para trabajar con la campaña de Oscar Iván Zuluaga.  ¿Por qué Revert  llegó, precisamente, una semana después de que estallara el asunto de la Operación Andrómeda?  ¿Cuándo Revert llegó a Bogotá venía ya orientado por la Fiscalía?  ¿Qué contactos, secretos o no, con otras fuerzas políticas tiene Revert en Colombia? Nadie le preguntó eso. No le preguntaron tampoco si sus vínculos con la Fiscalía existen desde antes del 12 de febrero de 2014.

2. Revert repite que él instaló “la infraestructura” de la oficina de Andrés. ¿Qué quiere decir  eso? ¿Que fue él quien instaló los programas informáticos piratas mediante los cuales se iban a hacer las intercepciones ilegales de ciertas cuentas?  Es evidente que él estaba muy ligado a esa operación. ¿Si no jugó un papel dirigente por qué aceptó colaborar con la Fiscalía?

3. Revert empleó varias veces la expresión “dentro de la estructura que yo controlaba”. ¿La información ilegal, o supuestamente ilegal, las intercepciones de los mensajes y cuentas de los agentes de las Farc en La Habana, llegaban a su computador mediante esos programas instalados? Nadie le preguntó eso. ¿La investigación a ese respecto ha comenzado?

El 4 de febrero de 2014 ya había estallado el escándalo mediante el cual Semana trató de lograr la destitución del minDefensa con la “revelación” acerca de la Operación Andrómeda, la cual resultó ser legal, como lo admitió en mismo presidente Santos el 5 de febrero de 2014. Empero, los amigos de las Farc dijeron que esa operación había  “chuzado” a los negociadores de paz, y a ciertos líderes de extrema izquierda, como Piedad Córdoba e Iván Cepeda. Éste habló incluso de un “episodio de espionaje”  y pidió  la renuncia del ministro de defensa, Juan Carlos Pinzón.

Ese fue el contexto en el que Rafael Revert apareció en Colombia. Semanas atrás, las Farc le habían pedido ayuda al G2 cubano, porque creían que alguien los estaba “chuzando”. ¿Qué nexos tiene Revert con el G2 cubano?  ¿Fue ese organismo tenebroso de la dictadura castrista el que lo hizo desembarcar en Bogotá y lo enfiló hacia la oficina de Sepúlveda? ¿Qué sabe al respecto el Fiscal General?

¿Quién es realmente “el español”? 

El pirata o mercenario informático que aparece bajo el nombre de Rafael Revert podría estar ocultando su verdadera identidad.

Tener un acento español o tener un pasaporte español  (que la prensa no ha visto), no quiere decir que ese individuo sea realmente  español.  Un hispano-parlante no cometería los errores de lenguaje y dicción que él cometió durante el intercambio con  Julio Sánchez Cristo y su equipo de la W Radio, desde “algún lugar de Colombia”, el 6  de junio pasado.

El señor Revert utilizó allí varias expresiones que generan dudas. Dijo “asintió la cabeza”, cuando un español habría dicho “asintió con la cabeza”.  Revert utilizó la expresión “alardecía”, que es una forma errónea de conjugar el verbo “alardear”, en lugar de alardeaba. Revert utilizó la frase “Hablar en propiedades”, en lugar de hablar propiamente.

Ese personaje puede ser un francés o un belga, o alguien de otra nacionalidad, que trata de ocultarse detrás del acento español.  Es una lástima que la prensa no haya investigado un poco más acerca del origen verdadero de ese curioso “español”.

Si el Fiscal Eduardo Montealegre Lynett deja salir del país a Rafael Revert (Julio Sánchez Cristo dijo que una fuente de la Fiscalía le había “confirmado” eso),  incurrirá en un grave abuso de autoridad. ¿Tal acto no es una obstrucción a la justicia? Si Revert –cuya identidad y trayectoria profesional están aún por ser investigadas, aunque ha jugado un papel central en un montaje que buscaba sacar de la carrera presidencial a Oscar Iván Zuluaga–, logra escapar a la justicia, quiere decir que la Fiscalía dejó partir un testigo principal de una investigación en curso. Si ese hombre “protegido” se va del país la Fiscalía habrá echado abajo, una vez más, el debido proceso en Colombia. En todo caso una cosa es cierta: las dudas aumentan respecto de la legitimidad de la satanización,  detención y aislamiento del joven Andrés Sepúlveda.

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Timochenko y Márquez enterraron los diálogos de La Habana – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

El discurso del señor Timochenko se equivocó de público. Es una pieza oratoria que tiene un objetivo: levantar la moral de las maltrechas bases guerrilleras y reafirmar la versión que las Farc han tenido siempre de ellas mismas.  No es, aunque él lo pretenda, un discurso para hacerse oír de los colombianos. Muy pocos colombianos tomarán ese discurso del 25 de mayo de 2014 en serio o, al menos, como un resumen razonable de lo que esa organización subversiva hizo en Colombia todos estos años. Fuera de las filas de esa banda y de sus propagandistas de periferia, pocos pueden creerle al jefe de las Farc cuando afirma sin sonrojarse: “Somos gentes de paz”.

El mismo Timochenko no parece estar convencido de eso. Por eso reitera con algo de ansiedad que las Farc  son “defensoras de la paz” y que él y sus subordinados “sueñan con la paz efectiva”, como si él mismo hubiera constatado que el peso abrumador de los hechos y de la historia invalidó hace tiempo todo intento de lavarle la cara a esa horripilante organización terrorista.

No, el ejercicio de Timoleón Jiménez, su deseo de enviar un mensaje a los colombianos –filmado posiblemente fuera de Colombia (la escena montada para la ocasión tuvo algunas fallas técnicas que muestran su artificialidad)–,  es vano y el espectáculo que  ofrece lo que hace es traernos a la memoria una frase de Dostoievski, quien conocía muy bien ese tipo de situaciones: “Es difícil imaginar hasta qué punto la naturaleza humana puede ser deformada”.

Los colombianos repudian esos discursos belicosos de Timochenko e Iván Márquez. No es sino ver lo que dicen miles de personas en las redes sociales. Lo otro es que las peroratas de esos dos personajes mostraron plenamente el fracaso de las negociaciones entre Santos y las Farc. ¿De qué han servido esos dos y más años de conversaciones secretas en La Habana? De nada. ¿En que han cambiado esas conversaciones la mentalidad y el programa sanguinario de las Farc? En nada. Timochenko y Márquez ratificaron lo que las Farc han dicho desde los años 60: que ellas no dejarán las armas (dicen que eso sería una “entrega humillante”), que exigen el cambio de la doctrina y de la estructura militar colombiana, que ellas están para derrumbar la democracia e instalar, por la fuerza y la mentira, un régimen comunista, como si el mundo (exceptuando Cuba, Corea del Norte y en parte China) no se hubiera desembarazado de ese cáncer desde 1991.

¿Y cuál ha sido la respuesta del presidente-candidato Santos a esos dos discursos?  ¿Tiene él algo que objetar o modificar? Santos no ha objetado nada. ¿Santos cree que las Farc en el poder nos llevarán hacia “un país mejor”, como pretende Timochenko?  Es posible que si crea eso. En caso contrario lo habría dicho al día siguiente. Pero no, Santos no abrió la boca. Sólo la abre para burlarse de los militares, policías y de sus familias. Santos y sus “plenipotenciarios” callan ante la embestida retórica de Timochenko y Márquez. Con razón Timochenko estima que las negociaciones en La Habana son “la oportunidad más favorable para impulsar y concretar la formación de [un] torrente popular” que los llevará al poder. Por lo pronto, esos diálogos han logrado neutralizar a todo un gobierno quien no sabe qué responderles a los jefes de las Farc. Frente a semejantes situación no se entiende cómo el general Mora Rangel sigue callado. ¿No es hora de que al menos él diga qué es lo que ha pasado en La Habana?

Al extraño silencio de Santos se agrega el episodio que tiene escandalizado y en cólera al país entero: el del video en el que Santos juega con el honor y la abnegación de los militares y policías del país y con sus familias. A eso se le suma el anuncio de que si él, Santos, firma la paz eliminará el servicio militar obligatorio. Esa medida, que Jacques Chirac tomó en Francia tras el derrumbe de la URSS y del Pacto de Varsovia, sería un error adicional en Colombia, donde las cosas son a otro precio.  Sería ese el comienzo del desmonte de la fuerza pública que exigen las Farc. Todos sabemos que Colombia necesita, por el contrario, unas excelentes Fuerzas Armadas para defender al país de los planes dementes de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Ecuador, todos ahora peones de Putin y actores que ya se robaron parte de nuestro mar Caribe. ¿Es muy difícil deducir que tales apetitos se multiplicarán si las Farc son incrustadas por Santos al poder?

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Proceso de paz. ¿Un mito que se derrumba? – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Si le creemos a Juan Manuel Santos, él es el presidente-candidato de la paz y del proceso de paz. Sobre todo del proceso de paz. Pues como no tenemos paz, tenemos, al menos, un proceso de paz. Y ese “proceso” debe ser apoyado pues no habría otra salida. Conclusión: hay que reelegir a Santos para que Colombia alcance la paz con las bandas narco-terroristas.

Si examinamos esa proposición veremos que estamos ante un enorme sofisma.

¿Qué es un “proceso”? Es la sucesión de acciones cuya intención es conseguir un resultado. Es una serie ordenada de operaciones destinadas a alcanzar un objetivo. En un proceso se parte de un punto para llegar a otro, de una situación dada para llegar a otra diferente. En un proceso de paz se parte de una situación de guerra para llegar a una situación de paz.

Lo que tenemos hoy no es un proceso de paz. No avanzamos siquiera de una fase de confrontación hacia una fase de apaciguamiento. Estamos viviendo lo contrario: pasamos de una situación de repliegue de los agresores y avanzamos hacia una agravación de la guerra y del potencial político de los agresores.

Sí hubo un proceso de paz durante los ocho años de gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010). De una guerra asimétrica, con miles de asaltos y con tres mil secuestros al año, incluyendo la entrega a las Farc, durante el gobierno anterior, de un territorio desmilitarizado de 42 mil kilometros² para montar, en noviembre de 1998, una negociación de paz que las Farc transformaron en parodia, se llegó, en 2010, a una marginalización de las Farc, a la desmovilización de los paramilitares, a la reconquista del territorio y a una destrucción parcial de la dirección terrorista. Todo eso sin dialogar un minuto con la fuerza depredadora marxista. Ese sí fue un proceso de paz. Pues se partió de un punto de guerra y devastación social gravísimo y se logró una derrota importante de los violentos.

En ese estado encontró el país Juan Manuel Santos, en agosto de 2010. Desde ese momento, él ha hecho un camino inverso: avanzó hacia el fortalecimiento de los violentos y de sus planes de conquista del poder, punto culminante de la guerra.

Lo que hay hoy no es un proceso de paz. Hemos ido de una situación de repliegue de las guerrillas, en 2010, a una situación de ofensiva de éstas en todos los terrenos. Ellas aumentaron sus asesinatos horribles – lo que ellos llaman “lucha incorruptible” cuyo más reciente ejemplo fue recurrir al uso de niños-bomba contra uniformados–, y pudieron implementar, con la ayuda de Santos, una ofensiva política-diplomática cuyo objetivo es la toma del poder, haciéndole creer al país que eso desembocará en “la paz”. Lo que vivimos, en realidad, es un proceso de agudización de la guerra.

Santos, por eso, es el candidato de la guerra y de la ruina de una civilización, la nuestra. Jamás un presidente colombiano se había empeñado en alcanzar un objetivo tan innoble como ese.

El proceso de guerra va en aumento, se dirige hacia su apogeo. La nueva etapa adopta una forma política más que militar. La forma política es mil veces más peligrosa que la guerra.

Santos quiere ser reelegido para entronizar a las Farc en el Estado y en la sociedad. La negociación secreta de hoy busca que los colombianos aceptemos que las Farc tengan un nicho de impunidad y de actuación “normal” en las ciudades y en el campo, nicho que será ampliado a medida que la intimidación y la desprotección de la gente aumente. Por eso hay que desorganizar la fuerza pública.  Hasta quedarse con todo el país. Esa transición hacia el socialismo del siglo XXI –pues esa es la meta de los terroristas–, que se está experimentando en Colombia, donde lo primero es acabar con el disentimiento y la libertad de expresión, servirá de guía para hacer lo mismo en los países que no han caído aún en el abismo: Chile, Perú, Brasil, México, Centroamérica. Aquí en Colombia se podría estar  jugando la suerte de las sociedades abiertas latinoamericanas.

Ese plan macro exige que Santos sea reelegido. Pero el papel de Santos será provisorio. El será arrojado como un limón exprimido, como hicieron siempre los comunistas con los liberales que los ayudaron a tomar el poder. Ocurrió en Cuba (con los señores Urrutia y Miró Cardona), como ocurrió en España durante la guerra civil, como ocurrió en Checoslovaquia antes del Golpe de Praga. Pero Santos podrá irse a vivir a Londres. Los colombianos se quedarán en sus hogares para vivir la pesadilla.

Cuando creemos ver que hay un “proceso de paz” en Colombia estamos adoptando el lenguaje de las Farc y su visión enfermiza. Stalin hablaba de paz mientras aplastaba con el Ejército Rojo los pueblos de Europa del Este. Lo que planean las Farc, con ayuda de las dictaduras de Cuba, Venezuela, Ecuador y Nicaragua, es la ocupación durable de Colombia. Lo acaba de decir Timochenko. Lo dice enmascarando su pensamiento y empleando frases de falso lirismo. Quien se tome la molestia de traducir sus palabras, de sacarlas de su ganga marxista, verá eso sin dificultad.

El mayor éxito de las Farc en estos últimos cuatro años es haber hecho creer al país que estábamos avanzando hacia la paz. Y que el auge de las atrocidades y de las ambiciones políticas de las Farc no eran sino un “daño colateral” del magnífico proceso de paz. Los miles de civiles, militares y policías muertos, heridos y mutilados en estos años de diálogos en La Habana es, para ellas, una sangría sin importancia. Nos exigen que la comparemos con el futuro luminoso que ofrecerá el socialismo del siglo XXI.

A ese subterfugio, a esa inversión de realidad, Santos contribuye a fondo.

¿Cómo fue posible, entonces, que cinco millones 760 mil electores, de los 12 millones que votaron el 25 de mayo pasado, lo hicieran por dos candidatos que no validan el proceso de paz santista? ¿Todos son “fascistas”? Los que votaron por Oscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez mostraron que se habían liberado de esa gran mentira. El acuerdo que firmaron esos dos líderes ayer, donde anuncian que respetarán un proceso de paz que no se haga “a espaldas del país”, y que ofrezca “avances tangibles”, es la confirmación del fracaso del modelo santista de negociar el destino del país a espaldas del pueblo. De esa forma Oscar Iván Zuluaga y sus aliados podrían hacer que ese proceso marche sobre los pies y no sobre la cabeza.

Hay que lograr que los abstencionistas y los votantes de los otros partidos vean esa importante diferencia, exijan un proceso de paz ante el pueblo, “de cara al país”, como dicen Oscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez, con cese de las acciones criminales y verificable y voten en consecuencia. El verdadero campo de la paz es el de Oscar Iván Zuluaga.

Los intelectuales que apoyan el actual proceso de paz deberían leer, antes de que caiga el telón, lo que escribieron Soljénitsyne, Grossman, Koestler, Yakovlev y otros sobre lo que hacen los comunistas con la inteligencia y con el pueblo en general. Los que creen que Timochenko será un perfecto demócrata mañana, y que los intelectuales jugarán un papel en la “construcción de la utopía”, que lean lo que escribió Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Armando Valladares, Zoe Valdés y Jacobo Machover, sobre la suerte que el castrismo les reserva a sus pares.

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Santos y su visión de la paz – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Aunque pasa a la segunda, el gran perdedor de esta primera vuelta fue el presidente Juan Manuel Santos. Por dos razones: su pedido de reelección no entusiasma y, al mismo tiempo –y esto es quizás lo principal–, la idea que él impulsa de la paz con las Farc es igualmente rechazada por el electorado.

Su idea fue rechazada pues es una idea de paz no explicada. Es una idea que él mantiene artificialmente, desde hace más de  dos años, en una zona gris, lejana y secreta, que les impide a los ciudadanos no sólo ver lo que esa paz contiene, sino que bloquea toda reflexión seria sobre el futuro del país a mediano y largo plazo.

Durante su gobierno, Santos no explicó esa idea de la paz que él tiene. Tampoco lo hizo durante su campaña por la reelección. Y no la explicó pues su idea de paz no es potable, no es sana.

Esa paz no es la que aplica la sociedad y el Estado democráticos a una organización violenta y vencida que  admite el fin de su agresión totalitaria contra un pueblo libre. Es, por el contrario, una paz que las Farc pretenden imponerle al país de manera  altanera y triunfalista.  ¿Qué tipo de paz  preparan en La Habana? Timochenko y Márquez acaban de decirlo: ellos preparan “la democratización real”. Traducción: la ausencia total de libertades de todas las dictaduras comunistas.

Eso el electorado lo está comprendiendo y por eso votó a favor de una alternativa diferente a la política suicida que encarna Juan Manuel Santos. Votó por Oscar Iván Zuluaga y volverá a votar por él en la segunda vuelta, y lo llevará al poder, a condición de que Zuluaga siga defendiendo  de manera serena pero firme una idea correcta de paz y siga denunciando la impostura de paz que proponen Santos, las Farc y la galaxia internacional del castro-chavismo.

La idea de una paz correcta es fundamental. No hay nada que reemplace a esa idea correcta de la paz. Hablamos de una paz que preservará, realmente,  las libertades, la seguridad de los ciudadanos y el Estado de derecho que, imperfecto y con defectos, la nación ha ido construyendo.  Una paz que incluya la sanción desacomplejada para los criminales, que resarza a las víctimas, que nos permita prosperar mediante una economía liberal y responsable y que nos garantice unas relaciones diplomáticas y comerciales coherentes con el mundo libre. Ese será el tema que definirá el ganador de la segunda vuelta.

La falsa idea de la paz es una paz interferida por una estructura político-militar que se niega a entregar las armas, y que quiere quedar impune. Será una paz con la economía obstruida por comités colectivistas en todos los sectores claves. Será una paz con una justicia politizada, con una vida agraria y agrícola con inmensas zonas de “reserva campesina” bajo el imperio del narco terrorismo.

Los ciudadanos que acudieron a las urnas el pasado domingo, de todos los partidos, de derecha y de izquierda, son quizás la parte de la población que más se siente concernida por la gravedad del momento político. Es quizás la fracción más lúcida pues vislumbra los desafíos que está enfrentando la patria. Por eso rechazaron la posición abstencionista. Ellos comprenden que abstenerse no es un acto de rebeldía sino de conformismo con lo que va peor en el país. La fracción que votó el domingo por los cinco candidatos podría ayudar a salir de su inmovilismo a algunos abstencionistas.

En cualquier caso, la exigencia de todos, de los electores y de los abstencionistas, será disponer de más y más  claridad ante el problema de la paz. Pues la vida de todos está en juego. La paz santista, en su versión actual,  esa paz borrosa y amenazante –que la mesa de La Habana nos arroja cada cuatro semanas con desprecio y por migajas, para que nadie vea sus verdaderos contornos y alcances–,  volverá a ser rechazada por los  electores.

El gran debate en Colombia no es entre los que “quieren la paz” y los “guerreristas”. Santos insiste en esa equivocación. Vuelve a servir ese plato en su mensaje del domingo donde insultó a quienes no votaron por él.  El divide el mundo de manera malévola: entre los supuestos partidarios del “fin de la guerra” y los supuestos adictos de la “guerra sin fin”. Nadie es partidario de la guerra. De una guerra  que nos impusieron a los colombianos desde otro continente. El análisis de Santos es grotesco y ahistórico. Peor, no es un análisis, es una cabriola.

El debate es entre dos exigencias diferentes. Unos aceptan un fin barato de la guerra, aventurero, mediante la capitulación ante los violentos, y los otros quieren la paz que protege y que refuerza los valores democráticos.

Oscar Iván Zuluaga resumió en una frase excelente lo que buscan los colombianos: “una paz que beneficie solamente al pueblo colombiano”.  Una paz maltrecha, que se imponga sin consenso y que nos obligue a aceptar la historia falsa de lo que las bandas comunistas le hicieron al país durante más de 50 años, no es la paz que llevará al país a un nivel superior de desarrollo espiritual, económico y político. Lo que ocurrió el pasado 25 de mayo muestra que la lucidez y el patriotismo se abren paso, a pesar de los inmensos obstáculos que existen.

Addenda. Bueno es decirles a los jóvenes que, en el pasado, el día electoral y post electoral solía estar salpicado de desórdenes. Esta vez no hubo violencias y hubo resultados a tiempo pero la jornada electoral sigue teniendo defectos. Muchos no votaron por amenazas, o por estar muy lejos de las mesas, o porque sus nombres no aparecieron en los registros. Hay que mejorar el dispositivo.

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La campanada: Zuluaga golpea primero – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Recibo la noticia con inmensa emoción grancolombiana: contra todo pronóstico, Carlos Iván Zuluaga, el candidato desconocido de las grandes mayorías, arropado por el político más trascendental de la Colombia del último medio siglo, y sin otro currículo que su honesto y brillante desempeño como ministro de hacienda en el gobierno de la Paz Democrática, ha ganado por un amplio margen en la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas. Medio millón de votos marcan la diferencia entre un hombre que surgió hace unos meses en la palestra pública de nuestro país vecino, y quien ha gobernado durante estos últimos cuatro años contrariando el encargo de las mayorías y navegando a redropelo del generoso respaldo de quien fuera su jefe en el Palacio Nariño, Álvaro Uribe Vélez.

Debe estar sangrando por la herida Juan Manuel Santos. Si como cabe esperar, basó su apuesta por la reelección jugando a la paz con cartas marcadas, bajo la protección de los tiranos del Caribe y del brazo de las narcoguerrillas que llevan medio siglo desangrando a su Patria, el tiro le está saliendo por la culata. El dolor de una guerra civil que lleva más de cincuenta años hundiendo en el dolor a la familia neogranadina no parece ser baza para una apuesta de tahúres. Colombia quiere la paz, pero conseguida con hombría, con virilidad, con honestidad y decencia: no en el trueque buhoneril de la politiquería sin principios. Una cosa es terminar con la guerra, otra muy distinta abrirle la puerta de palacio a sus promotores por la puerta trasera del congreso de la república. Se hace carne el lema que está en los labios de nuestros jóvenes combatientes: los principios no se negocian.

Si el triunfo de Carlos Iván Zuluaga se consolida y fortalece en los días que restan hasta el 15 de junio y la presidencia vuelve a manos de la Paz Democrática, Colombia le habrá dado una magnífica, una suprema lección de moral a la alicaída y camaleónica politiquería latinoamericana. Habrá demostrado que los pueblos, urgidos ante encrucijadas definitorias y cruciales, sabe escoger la ruta hacia la grandexza y castigar con desprecio el oportunismo del arribismo y la componenda, esos males que a la sombra de la riqueza petrolera y la descomunal inmoralidad del caudillismo militarista y populachero venezolano logró colarse en todos los palacios presidenciales de la región. De la mano de los Castro, que hoy sufren su primer atisbo de derrota, y el concurso cómplice de quienes apuestan al fracaso del liberalismo, el progreso y la democracia representativa en nuestro Hemisferio.

Resta luchar sin denuedo para superar los últimos contrafuertes, fortalecer alianzas con las fuerzas amigas y consolidar los bastiones conquistados. Si el 15 de junio se repiten los idus de esta magnífica jornada, las fuerzas de la Paz y la Democracia habrán abierto un inmenso forado en los muros del castrochavismo. Nuestras felicitaciones al pueblo colombiano. Nuestro fraterno abrazo a Carlos Iván Zuluaga.

¡A triunfar!

@sangarccs

¿Falsificación o “adaptación periodística”? – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

¿Por qué la Fiscalía,  en lugar de reconocer sus errores,  optó por la huída hacia adelante? Ella pretende rechazar la demanda que el candidato presidencial Oscar Iván Zuluaga ha presentado pero no utiliza para ello argumentos jurídicos.

“Una denuncia que presentamos hace 36 horas ha sido descalificada, lo que significa una negación a nuestro derecho a la defensa”, declaró el candidato presidencial por el Centro Democrático.

En lugar de acudir a razonamientos jurídicos, la Fiscalía lanzó un ataque mediático y propagandístico. Dijo: “El video que implica a Zuluaga es original”. Todo en esa actitud de la Fiscalía invita a dudar. Esa frase contra-evidente aparece en el cable redactado por la agencia Associated Press, la cual cita como fuente a la Fiscalía colombiana.  Por su parte, la revista Semana escribió: “Al mediodía de este viernes el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI) certificó que el vídeo en el que aparece el hacker Andrés Sepúlveda junto con el candidato del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga, es original y no está editado.”

Nada de eso es exacto. El organismo dirigido por Eduardo Montealegre Lynett intenta así descalificar los análisis de varios expertos que demostraron que el video de Semana había sido manipulado. La Fiscalía trata de hacer creer que no hay nada de irregular en el video falseado y lanzado al público por la revista Semana. Lo hace mediante una pirueta: cuenta que  hizo analizar por técnicos del CTI “el video auténtico y original recaudado en las labores investigativas correspondientes”. Y que su conclusión es que ese video “no fue sometido a edición”.

Nuestra conclusión: la tesis de la Fiscalía carece de valor pues el CTI examinó el video que no era. En lugar de estudiar el video ofrecido por Semana, estudio otro documento audiovisual y se pronunció sobre eso. Hay allí como un juego de prestidigitador muy hábil. Preguntamos: ¿En ese otro documento que la Fiscalía dice haber examinado aparece la famosa frase que le pretenden encajar a Oscar Iván Zuluaga? ¿La frase que termina con la palabra “hermano”?

La Fiscalía no dice al respecto nada. Lo único que sugiere es esto: que “los desfases en audio y video que se indican pueden obedecer a la pérdida de datos al momento de descargar el video de la página web de la Revista Semana”. Pero esa disculpa es inconsistente. Pues no se trata de “desfases en audio y video”, ni de “pérdida de datos”. Se trata, por el contrario,  de la inclusión deliberada de frases que no fueron pronunciadas durante la grabación clandestina de ese video. Tampoco sobre ese punto la Fiscalía dice nada.

¿Entonces qué pasó con el video que difundió Semana? La Fiscalía responde, alegremente, dos cosas: 1. Que  ese video “es diferente del que tiene en su poder” la Fiscalía y 2. Que el de Semana “fue adaptado periodísticamente”.

Veamos eso. Según dice la prensa, el video de Semana también fue examinado por el CTI y su conclusión es asombrosa: se trata, dice el CTI,  “de un material original adaptado periodísticamente”. Luego sí hubo, según el CTI, modificación, adulteración del video. El CTI lo reconoce aunque la Fiscalía emplee en su comunicado un vocabulario muy especial, muy disculpador y disimulador, al usar la fórmula de “adaptado periodísticamente”.

Eso nos permite decir que el mismo CTI constató que el video de Semana no es ni “original”, ni “auténtico”, sino que es, por el contrario,  “adaptado”.

Adaptar es sinónimo de acomodar, de alterar. Pues adaptar es, según Santillana, “hacer que una cosa destinada a un fin determinado sirva para otro, o bien que pueda tener varias finalidades”.

El video original mostraba que el presidente Santos quería “dar un golpe” a las Farc para relanzar su caótica candidatura, pero esa frase fue  adulterada, “adaptada”, según el CTI, para que sirviera para lo contrario: para acusar a Oscar Iván Zuluaga de querer organizar “un golpe” contra Santos. Para darle ese giro tuvieron que adulterar frases, jugar con voces, quitar unas palabras y agregar otras. Semana cometió el delito de falsedad en documento privado al proponer ese video como prueba de algo.

Lo más turbio de todo esto es que la Fiscalía, a pesar de lo que dice el CTI, trata de invisibilizar la falsificación cometida por la revista Semana –por la cual esa revista tendrá que responder ante la justicia un día–,  con el argumento de que ésta no falsificó nada sino que se limitó a hacer una “adaptación periodística”.

De esa manera, la Fiscalía General trata de cerrar prematuramente toda investigación judicial por las falsificación cometidas por Semana al difundir un video en el que fue modificada la frase pronunciada por el candidato Oscar Iván Zuluaga para convertirlo, mediante ese acto ilegal de falsificación, en una persona susceptible de ser detenida por la policía, horas antes de la primera vuelta de la elección presidencial.

La Fiscalía lanzó su nueva versión un día después de que Jaime Granados, el abogado del candidato presidencial Oscar Iván Zuluaga, demostrara plenamente que el video en el que aparece su cliente es un montaje y ha sido adulterado por la citada revista. Jaime Granados entablará una demanda penal ante la Fiscalía.

Días antes, varios análisis realizados por  especialistas  constataron que el video que vincula a Óscar Iván Zuluaga con el señor Andrés Sepúlveda contenía adulteraciones evidentes.  Andrés Guzmán, un especialista en cibernética forense, constató eso y explicó que el video en cuestión “es un montaje”.  Guzmán,  gerente de la empresa Adalid Corporation, explicó a Blu Radio que el video analizado “en principio parece genuino”, pero que al someterlo a proceso especializados queda claro que “es un montaje”. Guzmán subrayó que aunque la edición del video “es fantástica, en un análisis preliminar […] logramos determinar que se trata de un video adulterado”. El experto,  que en varias ocasiones trabajó para el jurista Jaime Granados,  encontró  “17 incongruencias de edición” en el video propuesto a la opinión pública por la revista Semana.

Es evidente que la afirmación de la Fiscalía en el sentido de que “el video que implica a [Oscar Iván] Zuluaga es original” está destinada a confundir a los electores y contiene una tácita acusación injusta e indebida contra Oscar Iván Zuluaga. Lanzar tal acusación temeraria –pues no fue seguida de una decisión de policía judicial– dos días antes de la primera vuelta, constituye un intento para impedir que los ciudadanos escojan libremente a su candidato. Es una grave intromisión de la Fiscalía en política y en una campaña electoral decisiva para Colombia.

No es cierto que Oscar Iván Zuluaga esté “implicado” en algo. El no está implicado en nada. Que la Fiscalía y el presidente Juan Manuel Santos quieran verlo “implicado” en algo y detenido como un criminal, y despojado de su condición de candidato presidencial,  es otra cosa. La operación lanzada por la Fiscalía abre muchos interrogantes sobre la serenidad e imparcialidad de ese organismo tan importante de la función pública.

Ver el análisis de la firma Adalid Corporation:

www.youtube.com/watch?v=ZyranVo9vnE&sns=tw

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