Antes y depués de Chávez – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Asombra, y a veces hasta divierte, escuchar con que inmoral naturalidad los venezolanos decimos que el principal problema de la Venezuela post chavista es “el problema moral”. Se lo señala de manera tan liviana y en passant que “el problema moral” es asunto equiparable al desabastecimiento de papel toilette y a la carencia de divisas. Un problema entre otros. Ni siquiera en el rango de las urgencias categóricas, como la falta de leche o harina pan. Pero que, en el caso, atañe a una realidad deletérea, espumosa, evanescente y como fantasmagórica llamada “moral”. Como si a la hora de sentarse a la mesa, además de faltar el vaso de leche, los huevos o la arepa, faltara una bandeja con una cosa llamada “moral”.

Bolívar, referencia obligada y un tanto absurda cuando de reflexionar sobre nuestra naturaleza se trata, también tocó, naturalmente, el tema. Hermanándolo, y no le faltaba razón, con el de las luces. Seguía los predicamentos del siglo XVIII, al que pertenecía en propiedad, el así llamado “Siglo de las Luces”. En donde luces no se refería al fenómeno de la claridad, natural o artificial, con la que los hombres podían existir cuando los envolvía “esa noche oscura y tenebrosa”, sino a la iluminación del intelecto, a la sapiencia, al conocimiento, a la cultura. En otras palabras: al despertar enciclopedista que sirviera de artillería para derrumbar viejos mitos, prejuicios y anquilosadas estructuras del absolutismo y abrir la civilización a los principios de la nueva era: la libertad, la igualdad, la fraternidad. Pero por sobre el reemplazo del Dios de los Cielos por el Dios de la Razón.

No conozco estudios sobre el problema moral en la teoría y la práctica de Bolívar. Disociadas y vuelta a acoplar de manera acomodaticia según las circunstancias, como corresponde a un político y a un soldado, que jamás dejó de ser ambas cosas. Fue de un ascético y furibundo moralismo contra Miranda, quien no lo fue con él si bien merecía el fusilamiento por abandono del cargo en medio del temporal, cuando por la cobardía con que se limpió las manos de su desastre en Valencia pretendió fusilarlo en La Guaira. Para terminar cambalacheándolo por un pasaporte para escapar de las garras de Monteverde tras la máscara de la lealtad y el engaño. Ni con el cura Madariaga, al que además de tratar de loco porque no se arrodilló ante su soberbia militarista condenó al destierro, la pobreza y la muerte, si bien salvándolo del destino que le impuso a Piar, quien corrió con peor suerte. Tal vez porque era negro. Quien estudie su vida – y no necesita convertirse en un experto – tendrá que coincidir que su vida de calaveradas, locuras y ambiciones no fue un dechado de rectitud moral, sino un volcán enfebrecido por el afán de Poder, la ambición y la Gloria. Deus in terra.

Cuando se sigue el hilo de nuestros modelos de comportamiento social, sobran las virtudes guerreras. Claro está: siempre contra los enemigos internos, jamás contra el vecindario, que como bien dijera Rómulo Gallegos, somos belicosos, no belicistas. Faltan de manera escandalosa las virtudes morales. Y el patriotismo. Salvo en aquellos que precisamente por ello fueron despreciados y lanzados al basurero de la historia, como Andrés Bello, José María Vargas, de alguna manera el mismo general Páez. Que por patriota y nacionalista no tuvo más remedio que pelearse con Bolívar. Y así a lo largo de nuestra historia: eran cosas sabidas y por saberse, como escribiera Cecilio Acosta, otro de los despreciados. Y la fila de perdedores que pretendieron moralizar al país y terminaron fusilados. Como el general Antonio Paredes, “asesinado por orden de Cipriano Castro en la madrugada del 15/16 de febrero de 1907, frente al apostadero de Barrancas a bordo del vapor “Socorro” de la Armada Nacional, en aguas del Río Orinoco”, como reza al pie del retrato de un soldado de frente despejada, ceño desafiante, mirada melancólica y un aire como de tristeza incorruptible, que abre su obra CÓMO LLEGÓ CIPRIANO CASTRO AL PODER, prologado por nuestro querido Ramón J. Velásquez y dedicado con unas palabras que por elemental discreción no reproduzco.

Hay una contra historia de la Venezuela corrupta, en gran parte de su decurso, así nos pese: la de los ganadores. Es la historia de los perdedores. Es la de quienes no hicieron de la moral y las luces una proclama, sino fe de vida. Uno de ellos es Antonio Paredes, uno de los venezolanos más admirables de nuestra poco admirable historia. Pero hay muchos más. Uno de mis libros de cabecera es el de José Rafael Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia. En su cuarta edición, la de 1937 de la Editorial Elite, de Caracas. Desfilan por sus páginas como en cortejo de difuntos las atrocidades de un tiempo crepuscular. Y otro, el de un joven historiador, Tomás Straka (1972), que tuvo la maravillosa idea de escribir sobre aquellos que perdieron la batalla por el mantenimiento de la provincia y la fidelidad a la Corona: La voz de los vencidos. Una voz que corre como un hilo tenaz por el subsuelo de esta Patria gangrenada. Hasta el día de hoy.

Hay, desde luego, muchos más. Toda nuestra historia, como por lo demás toda historia humana,  es una de vencedores y vencidos. Y no porque vencieron era su Venezuela mejor que la de quienes fueron sometidos por la fuerza de las circunstancias. Tal vez por haber confiado demasiado en la moral y la luces. Esa fuerza aplastada que estuvo detrás de los vencedores: Monagas, Guzmán Blanco, Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Gómez. Y si me apuran, detrás de Rómulo y la Revolución de Octubre, que quiebra con un tajo irreversible, profundo e insalvable la Venezuela liberal que hubiera podido ser y no fuera de la que terminaría asentando la República que, no por azar, hoy agoniza en la corrupción y las tinieblas.

Sé que es un absurdo, pero me lacera la pregunta acerca de lo que sería nuestro presente si a Chávez, como sucede imaginariamente por cierto en un spot publicitario de la Mercedes Benz con un Adolfito Hitler atropellado y muerto en su infancia, los soldados institucionalistas no le hubieran perdonado sus graves primeras faltas disciplinarias y lo hubiera arrancado de cuajo del ejército, en lugar de enviarlo al interior a empollar sus conspiraciones; si al develarse sus andanzas los soldados de Herrera o de Lusinchi lo hubieran expulsado de las filas; y si ya golpista, los de CAP o los del segundo Caldera lo hubieran secado en la cárcel, o incluso, si el 11 de abril sus ex compañeros de armas lo hubieran condenado a pasar su vida encadenado, como lo merecía la más peligrosa de las alimañas de nuestra modernidad incubada en sus cuarteles.

Es tal el fardo de la inmoralidad que pesa sobre las espaldas de un joven venezolano de hoy, después de Chávez, que no puedo menos que recordar lo que escribiera uno de mis maestros, el pensador alemán Theodor Adorno, en su Minima Moralia: Auschwitz es un punto de inflexión y ruptura irreparable en la historia de la civilización: ”Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie, y eso mismo impide darse cuenta de por qué se ha hecho imposible escribir poesía después de Auschwitz.” El mal de la crueldad mordiéndose la cola de la crueldad del mal.

250.000 muertes debidas a la complicidad y la desidia de los hombre de Chávez no se comparan, cuantitativamente, con los 6.000.000 de judíos gaseados por Hitler. Pero constituyen, junto a los innumerables estupros y saqueos al tesoro público y la traición sin nombre a nuestra soberanía nacional, un punto de ruptura irreparable con nuestra historia bicentenaria. Hay un antes y un después de Chávez. Así el después aún esté por escribirse.

@sangarccs

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Los enemigos íntimos – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

“La posición de URD y de COPEI era de tolerancia, cuando no de simpatía con el golpe”.

Carlos Andrés Pérez

            No se trata del golpe del 4 de febrero de 1992. Ni siquiera de su defenestramiento, el segundo acto. Aunque podría haberse tratado. Se trata del golpe del 24 de noviembre de 1948, que derroca al presidente constitucional Rómulo Gallegos dando paso a la década dictatorial de Pérez Jiménez, Delgado Chalbaud y sus secuaces. Con los que simpatizan tácita o explícitamente durante los 3 años de la junta Revolucionaria de Gobierno, y de la que Caldera, nombrado Procurador General, se retira en la primera circunstancia. Como Ignacio Arcaya, segundo hombre de URD, se retiraría del primer gobierno democrático producto del Pacto de Punto Fijo. Fue, por otra parte,  el primero y más breve matrimonio de conveniencia entre Caldera y Rómulo Betancourt, siempre encubierto tras una odiosidad política jamás superada, endosada luego a la abierta y declarada enemistad entre el fundador de COPEI y el principal y más legítimo heredero de Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez.

Extraigo la cita de un libro esencial, que ha visto la luz sin mucha fortuna, a pesar de su inmenso valor testimonial: “Carlos Andrés Pérez: Memorias Proscritas”, de Roberto Giusti y Ramón Hernández , editado por Los libros de El Nacional en 2006. Y que un azar ha puesto en mis manos, para fortuna de mis deseos de conocimiento sobre un período apenas historiado: el de la larga y tormentosa transición del Gomecismo a la democracia de Punto Fijo. Veintitrés años de forcejeos, luchas intestinas, crisis, incomprensiones y desajustes que retardan dramática y dolorosamente el definitivo tránsito político de la sociedad venezolana de las tinieblas del siglo XIX a la plenitud del siglo XX. Y el del papel jugado en ese accidentado proceso por Jóvito Villalba y dos de sus hombres esenciales – Luis Miquilena y José Vicente Rangel –  en el sistemático saboteo del proyecto betancourista por encauzar la historia política de la República por las sendas de la institucionalidad democrática bajo un concepto de democracia popular y social. Clara y rotundamente diferenciado y a redropelo de los intentos del marxismo criollo, junto al Partido Comunista de Venezuela embozada o abiertamente coludidos y reforzado por la victoria del castrismo en Cuba, por hacerse con el poder del Estado y entronizar una dictadura de sesgo castro comunista.

En un reciente artículo, EL DESALOJO, hacíamos referencia al sabotaje que los sectores marxista-leninistas venezolanos, en cerrada alianza con el castrismo, habían desarrollado en contra de los esfuerzos por construir una sociedad plenamente democrática en Venezuela, desde el mismo 23 de enero de 1958.  Un saboteo que jamás cesó, alcanzando su primera expresión con los grandes cuartelazos de comienzos de los sesenta – el carupanazo, el barcelonazo y el porteñazo – y el establecimiento y desarrollo de la guerra de guerrillas cubano-venezolanas por asaltar el Poder y derrotar a los dos primeros gobiernos democráticos, el de Rómulo Betancourt y el de Raúl Leoni. Un proceso de desestabilización sólo puesto en sordina – vaya casualidad – con la llegada de Rafael Caldera a su primer gobierno y la llamada “pacificación” llevada a cabo bajo sus órdenes. Sin que dicha pacificación significara en los hechos – vistas las cosas desde la actualidad – una retirada definitiva de los intentos castrocomunistas por hacerse con el Poder y entregarle la soberanía a los hermanos Castro.

Me equivocaba. El desencuentro político esencial entre las fuerzas democráticas y las fuerzas golpistas, encubierto tras mascaradas ideológicas y doctrinales, se remonta a las transformaciones operadas en el cuadro político nacional desde la muerte de Gómez. Un hilo conductor lleva desde la UNE y la retirada de Caldera de la procuraduría – por establecer una fecha iniciática – a su tolerancia con el golpe de Pérez Jiménez, su auxilio a las guerrillas en su primer gobierno, su justificación del golpe militar el mismo 4 de febrero de 1992, la conquista de su segundo gobierno sobre la ola del ascenso  del golpismo civil y su reagrupamiento en el llamado “chiripero”, el hospedaje brindado a los comandantes golpistas en puestos claves de su alto gobierno, la liberación de Hugo Chávez y la configuración de la plataforma política que permite el paso abierto, constitucional y legítimo de la conspiración castrocomunista al poder político de la Nación, el vaciamiento institucional de cuarenta años de democracia y la consiguiente pérdida de nuestra soberanía.

Un pecaminoso inmediatismo y la urgente y necesaria unidad de todos cuanto adversan al régimen, le han impedido a las fuerzas democráticas que luchan contra la dictadura ventilar asuntos tan graves como los que estamos señalando. Realizar un balance que reparta cargas y responsabilidades, y salve honras e inocencias de quienes han llevado hasta ahora el peso de males mucho más antiguos, encubiertos o larvados que la polvareda de los hechos nos impiden identificar con lucidez y valentía.

Me intriga la pregunta por saber si tras este cataclismo el país podrá hacer tabula rasa de un muy cuestionable pasado como para pasar en limpio los esfuerzos por construir una Nación honorable que merezca el respeto de sus ciudadanos y la admiración de sus iguales. Con honestidad, sin dobleces, con patriotismo. Desterrando de la lucha política las infamias, los rencores, las mezquindades y ambiciones que nos han traído a este naufragio. Dios quiera darnos las respuestas.

@sangarccs

El Foro de Caracas – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Hace ya más de una década, conscientes de la deriva castrista del régimen y las implicaciones para toda la región de un proceso expansionista que obedecía claramente a las directrices del Foro de Sao Paulo y a las nunca abandonadas pretensiones injerencistas del castrismo – repotenciadas por el consenso de todas las izquierdas de la región aunadas desde la caída del Muro de Berlín bajo la conducción de Fidel Castro y Lula da Silva – nos planteamos la urgente necesidad de coordinar los esfuerzos de los sectores liberal democráticos tras el objetivo de llamar la atención y enfrentar esa suerte de IV Internacional Comunista con un proyecto común para América Latina. Que además del necesario llamado de atención a una amenaza que la victoria de Hugo Chávez y la disposición sobre el más poderosos respaldo financiero cabía imaginar – los ingresos petroleros venezolanos –  propiciara la formulación de una estrategia alternativa y modernizadora para América Latina.

Planteamos entonces la necesidad de constituir una adecuada respuesta de coordinación continental en un llamado Foro de Caracas. No sólo por ser Caracas la capital de la nueva embestida del castrocomunismo en América Latina, sino por creer que Venezuela, como hace doscientos años, está llamada a liderar una respuesta global y profunda a los intentos por desviarla de la ruta de la libertad y la democracia. En lo que coincidimos con grandes intelectuales como Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, que depositan en nuestras luchas una confianza plena y absoluta considerándolas el embrión del despertar de las conciencias y la rectificación del rumbo del neo castrismo en nuestra región.

Entre tanto se cumplieron con creces nuestros peores vaticinios. Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay y Brasil terminaron alineándose con las políticas del Foro de Sao Paulo. Perú y México estuvieron a punto de caer bajo la influencia forista. Desde la OEA, una secretaría general aviesamente parcializada a favor del neo castrismo jugó todas sus bazas a la intangibilidad de su avance en nuestra región. Y mientras todos los países miembros, incluida la Colombia de Álvaro Uribe y el Chile de Sebastián Piñera, miraban de soslayo ante el asalto del castro chavismo en Honduras y en Paraguay, la estrategia del Foro se apoderaba de las dos organizaciones multinacionales más importantes de la región: UNASUR y la OEA. Montando su propio parapeto: la ALBA.

Hoy, el que fuera un bastión en los esfuerzos modernizadores, liberales y democráticos de América Latina, el Chile post pinochetista, reabre las heridas de sus viejos traumas y vuelve a ondear las trasnochadas banderas de la Unidad Popular en un delirante revival de la crisis de finales de los sesenta, que llevaran al gobierno a Salvador Allende y destaparan la caja de Pandora de sus peores inquinas. Una situación en gran medida propiciaba por los graves errores del que fuera el más importante partido del centro chileno, la Democracia Cristiana, que seducida por el disfrute de su participación en los gobiernos de la Concertación permitió el fortalecimiento del ala izquierdista de la alianza hasta ser masivamente desplazada por los partidos socialistas chilenos. Hoy, quien fuera el árbitro de la política chilena, se encuentra desarbolado y a la deriva.  El centrismo chileno es un fantasma de lo que fuera en el pasado.

Tampoco la derecha chilena parece consciente de los peligros que acechan al proyecto de desarrollo puesto en acción por los partidos de la Concertación en tácito o explícito acuerdo con ella misma, sobre las bases de las acertadas políticas modernizadoras del régimen militar. Obnubilada por sus ambiciones tribales, prefiere caer en la celada de la radicalización que apuntar a un proyecto centrista, nacional, democrático, progresista. Incapaz de ver más allá de sus estrechos límites, perderá las próximas elecciones, empujará a la DC al abismo y permitirá el reflotamiento de las viejas confrontaciones.

El panorama no es precisamente alentador. Pues la fragmentación de los intereses nacionales y la carencia de una política democrática global para la región permite que las fuerzas regresivas del castrismo de viejo y nuevo cuño, golpeadas en uno de nuestros países, abra frente en otros. Y así, el fracaso en su intento por apoderarse del Perú se ve relativizado por la posibilidad cierta de afincarse en Chile. Es el destino de un continente convertido en tablero de ajedrez por el castro comunismo, reactualizado y puesto al día por las nuevas visiones y las nuevas perspectivas estratégicas del Foro de Sao Paulo. Que ante la caída del bloque soviético y el fracaso de la vía armada, ha sabido apostar a una suerte de neo fascismo, como fuera experimentado y probado exitosamente en Venezuela. País en donde tras 14 años de gobierno, aún controla la totalidad de las instituciones, puestas al servicio de un control totalitario.

Se puede afirmar, en ese sentido, que la región ha retrocedido a la época anterior a aquella en que, bajo la égida política e intelectual de Rómulo Betancourt, contara con una visión estratégica global, firmemente anclada en el punto fijo de sus anhelos libertarios y democráticos. ¿Quién duda que bajo Barack Obama, en relación a nuestra región,  los Estados Unidos han retrocedido a los años anteriores a Kennedy? El abierto desinterés por lo que sucede “en su patio trasero” agrava la orfandad de políticas globales y hace aún más urgente el replantearse la necesidad de un Foro de Caracas.

¿Alguien lo duda?

@sangarccs

Etica y política: La ambición del poder – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

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            Preguntándose por las dos motivaciones extremas que subyacen a la ambición de poder, Carl Schmitt – experto en patologías políticas y a quien suelo citar en estos tiempos de crisis de excepción – menciona en el extremo inicial de esa aventura a la soberbia, la vanagloria, el auto envanecimiento: lo que Cohelet, hijo de Salomón y  redactor del Eclesiastés, definiera de una vez y para siempre en nuestra tradición judeocristiana: “vanidad, vanidad, todos es vanidad”.  Sólo limitada por un temor abisal que acompaña al poderoso: la muerte, en especial y particularmente el horror ante la muerte violenta. Pues sabe, o intuye, que con la excepción de su desmesurada vanidad y el patológico egoísmo que lo mueven no existe razón alguna que le de sentido a sus desafueros por llegar a la cima, merecedores todos del castigo por antonomasia: la muerte. Es esa, una muerte violenta, la amenaza asimismo ancestral que pone coto a la inconmensurable ambición de poder que lastra, en principio, a todos los poderosos, pero en particular a los caudillos, epitome de la ambición, la soberbia, la megalomanía desde el origen de los tiempos.

Chávez ha constituido el arquetipo de la figura preconstruida analíticamente por Carl Schmitt. Nada, salvo su delirante autovaloración y puede que su deseo infinito de retaliación y venganza por atropellos recibidos desde su más temprana infancia pudo motivarlo a realizar la devastadora hazaña que lograra poner en pie: apoderarse de un país, convertirse en la figura más determinante de la región y elevarse a la cima de los mandatarios más famosos del mundo. Sin otras armas que las virtuales de su extrovertida y desmesurada personalidad y la astucia – ancestral asimismo en los caudillos – con las que se apropió de los espacios que se metiera en sus bolsillos: las fuerzas armadas y el pueblo desheredado. Provisto de un aderezo sin el cual la vanagloria no le hubiera servido de nada: la inescrupulosidad y la amoralidad más absoluta conocida en los anales de la historia contemporánea de Venezuela. Narciso y Maquiavelo en una sola personalidad.

Pero si en los caudillos se exponencian estos caracteres y adquieren una fuerza que puede ser devastadora, es indudable que en mayor o en menor medida ellos están presentes en todos quienes sobresalen en la vida pública, y más en especial en los políticos. Que salvo esa ambición,  poco o nada tienen que ofrecer que no emerja de su deseo por alcanzar notoriedad, resonancia, aceptación, aplauso y Poder. ¿O existe alguna particular virtud, capacidad o atributo que le confiera merecimientos a quienes se presentan al mercado del poder, como en un atleta sus facultades físicas, talento innato y sobresaliente en un artista o inteligencia descollante en un científico?

Nada, salvo una auténtica y apostólica vocación por el servicio público podrían dar cuenta legítimamente aceptable de la entrega, la tenacidad y el ardor que pone un político en lograr hacerse con el Poder.  No se me ocurre otro atributo. Y se lo halla tan escasamente visible y a la mano como un alfiler en un pajar. Hablando en rigor, no lo mueve más que la ambición. Acicateada, como diría el Eclesiastés, por la vanidad. Nihil novum sub sole.

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            Es el problema esencial de la política y los políticos, si bien una tradición de vieja data, enraizada en el idealismo absolutista de grandes pensadores como Hegel o en el materialismo del mismo origen y sustancia de su gran discípulo Carlos Marx, menosprecia el peso específico y la importancia de la ética en el curso de la historia. Comprendida en el tablero de grandes movimientos de fuerzas, el espíritu universal, obviamente trascendente a la voluntad de los sujetos y condenada a imponerse nollen vollen con el concurso o a pesar de la intervención voluntarista del sujeto.

Razonan, y con justicia, que dada la existencia del hecho y considerado que no hay otras razones para dedicar la vida a la gestión pública que la búsqueda fructuosa o infructuosa del reconocimiento general tras el premio de verse situado en las alturas de la máxima aspiración humana: la libre disposición sobre la vida, la muerte y la fortuna de los hombres, el problema a enfrentar es el resultado de esos demoníacos esfuerzos, la obra a que se dedique ese impulso a veces arrollador y hasta sobrehumano que mueve a la ambición humana. Una cosa es poner la existencia de un político de excepción a conquistar el Poder para desatar conflictos entre grupos, establecer Estados forajidos, provocar disensiones entre Estados y llegar a la locura de conflagraciones mundiales, genocidios y holocaustos, como fuera el caso de Hitler o, guardando las debidas distancias, el de los Castro, entronizados en el Poder gracias al establecimiento de un régimen de naturaleza monárquica, y otra muy distinta la de jefes de Estado que se elevaron a las máximas alturas del Poder precisamente para enfrentar el delirio de los primeros, derrotarlos en los campos de batalla y salvar a la humanidad de experimentos de barbarie política y social, como fuera el caso de Winston Churchill, de Charles De Gaulle, de Roosevelt y todos aquellos que, en las distintas esferas del Poder, acometieron la tarea de derrotar la barbarie nazi fascista.

Lo cual nos lleva al nivel del desarrollo intelectual y moral, civilizatorio y cultural, de las sociedades que se vieron involucradas en esas auténticas tormentas de autodestrucción y mutilaciones colectivas. La circunstancia determinante del comportamiento político del individuo. Que fija los límites invulnerables e inquebrantables de la acción social, actuando de regulador, limitador y corrector de las transgresiones intentadas con éxito o fracaso por el delirio maquiavélico de caudillos poseídos por una desaforada ambición de Poder. En el caso demostrativo que nos ocupa, la Alemania de la República de Weimar, terreno fértil al caudillismo hitleriano, y la Inglaterra liberal, decidida a agotar sus recursos y poner en juego el sacrificio de todos sus habitantes por preservar la libertad, el orden, la justicia. No sólo ni principalmente de su suelo patrio, sino de la Europa legada por milenios de esfuerzos civilizatorios.

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            De las consideraciones anteriores se desprende que Venezuela ha sido antes un terreno fértil al desarrollo de caudillismos mesiánicos capaces de arrastrar a la región entera a conflictos de orden nacional e internacional, siendo ella misma pasto de la voracidad de quienes no hallaron límites a su vampiresca naturaleza política. Fenómeno que acompaña nuestra historia desde su nacimiento como república independiente hasta el día de hoy, cuando no termina por sacudirse el yugo del caudillismo militarista, retrógrado y autoritario que se apoderara de sus hombres e instituciones pretendiendo el nonsens del restablecimiento autocrático de orden monárquico, como en Cuba. Y el sojuzgamiento impuesto por la fuerza a los sectores emancipados de su población o consentido por medios ilícitos, inmorales o carentes de toda ética por la otra. Con el aterrador saldo de un reparto relativamente equitativo entre quienes se niegan a ser sojuzgados y quienes lo aceptan gustosos a cambio de compensaciones materiales o engañifas seudo ideológicas. Sin importar la valía real y los alcances de tales compensaciones.

En el caso del enfrentamiento paradigmático de políticas antagónicas y sistemas que representaban valores o antivalores de naturaleza trascendental y contrapuestos, como fuera el del enfrentamiento mortal entre nacionalsocialismo y liberalismo, los bloques enfrentados fueron hegemonías compactas respaldadas por la unanimidad de los factores nacionales enfrentados. Que una vez desatados involucraron a la totalidad de sus ciudadanías: la llamada Guerra Total. La causa originaria del conflicto y sobre todo el factor personal, humano y existencial del liderazgo que lo provocara pasó luego a segundo término. Era la Alemania nazi enfrentada a la Inglaterra liberal democrática: no eran Hitler y Churchill.

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             Guardando las debidas distancias y rescatando el valor meramente argumental de las consideraciones precedentes, Venezuela ha vivido en los últimos quince años el desaforado despliegue de la ambición individual, caudillesca y autocrática de uno de sus ciudadanos. Capaz de fracturar con el auxilio de la inconsciencia ciudadana los frágiles equilibrios preexistentes y sumir a la totalidad del país en una vorágine de enfrentamiento y destrucción sin precedentes desde la Guerra Federal de mediados del Siglo XIX. Sin que las causas esgrimidas para uno u otro caso hayan trascendido a la desaforada ambición de sus principales protagonistas por apoderarse del Poder general de la Nación para los fines de su entronización absoluta.

             Cabe preguntarse si en una situación de tanta gravedad para el conjunto de la sociedad como la que hoy vivimos los venezolanos y de cuyo desenlace depende en gran medida la estabilidad política de toda la región deben prevalecer frente a cuestiones puntuales los intereses de la estricta ambición de Poder personal, sin ninguna justificación verdaderamente supra individual, por parte de los protagonistas de nuestras coyunturas político electorales o si se deben imponerse los intereses globales preservados, bien o mal, pero preservados por la dirigencia nacional del factor que defiende la civilización contra la barbarie. Nuestro factor.

Ante este dilema de fácil resolución conceptual pero de muy difícil solución práctica vuelvo al origen de nuestro razonamiento: ¿qué razones de orden objetivo, qué motivaciones y qué fundamentos éticos exhiben quienes se consideran con derecho a imponer su voluntad por sobre la voluntad colectiva? ¿Por qué y para qué ese Poder que persiguen con tanto ahínco?

Esas razones, de existir, no me resultan evidentes. Constituyen, antes bien, un síntoma de la grave enfermedad moral que sufrimos.

@sangarccs

Chávez y el morbo noticioso

  Antonio Sánchez García

Hace 14 años, abrumado por el avasallante tsunami político social que los medios habían provocado en esa última década, y cuyo primer impacto había sido obra del incomparable talento provocador de un teniente coronel hasta ese momento absolutamente desconocido por los venezolanos, escribí lo que su victoria electoral seis años después convertiría en realidad: la conversión de la política en espectáculo.

No era un tema novedoso, ni en Europa ni en los Estados Unidos. Pero para mí fue absolutamente revelador. La globalización había alcanzado a la periferia y la política, también en Venezuela, había terminado arrodillada ante el poder vampiresco de la televisión. Ya nada tendría entidad política real si no rendía previamente tributo a las claves del lenguaje masivo, instantáneo y aparentemente espontáneo de la reproducción televisiva. Es más: ese lenguaje no reproducía la política: la generaba.

Borges, que odiaba los espejos, no alcanzó a sufrir el bombardeo televisivo. Lo salvó su ceguera. Pero comprendía perfectamente la vileza de lo especular precisamente por su capacidad monstruosamente reproductiva. Lo que Mc Luhan y otros ya habían pronosticado se cumplió a mansalva: la realidad no sólo depende de la certificación de su difusión masiva para adquirir virtualidad: si no la alcanza, simplemente no existe.

Los genios políticos, habitualmente malvados y depredadores como los personajes de ficción que generan, palpitan desesperados a la búsqueda de esos instrumentos especulares. Necesitan reproducirse al infinito. Sin la radio, el Tercer Reich no hubiera alcanzado la dimensión planetaria que logró alcanzar con Hitler. Pero todavía, en tiempos de Hitler, la radio no escogía presidentes, como lo hace la televisión en las naciones más desarrolladas del globo desde hace ya medio siglo. Y así como los actores del cine mudo se vieron confrontados a la extinción con el cine sonoro, basta que un político carezca de perfil televisivo, buena imagen y desenvoltura cinematográfica para que se le cierren las puertas del poder.

Es lo que hemos vivido de manera paradigmática desde el 4 de febrero de 1992: la intromisión violenta de la pantalla en la política y la necesidad de sobrevivencia que los códigos televisivos le imponen a quienes quieran protagonizar roles de mando en la época de la política como espectáculo.

Ni el gobierno ni la oposición han podido sustraerse al poder sobre determinante de la pantalla. Chávez, que hizo de la política un espectáculo y de su vida un melodrama, la llevó hasta sus últimas consecuencias. Su vida y su muerte parecen un calco del guión de una telenovela. Chávez no es explicable sin el protagonismo de la pantalla. Como la oposición: ningún líder alcanzó rango de liderazgo mientras no fuera santificado por Globovisión. Lo que explica la imperiosa necesidad del régimen por asentar su monopolio mediático mediante actos lesivos y criminales, como los impuestos a RCTV y al Circuito Belfort, la invención de medios alternativos y la persecución y compra de medios proclives a la oposición, como fuera el caso de Globovisión.

Ha muerto el dueño del circo. Ha fallecido el showman. Pero el morbo que rodeó su vida sigue determinando la curiosidad de los medios internacionales por los gusanos que siguen profitando de sus despojos. No es otra la explicación de la insistencia con que algunos corresponsales de importantes agencias y periódicos, como los de más circulación nacional en España, a tres meses de la muerte del caudillo, sigan explotando el tema hasta la fatiga y el aburrimiento.

No hay noticia de ABC, El País o El Mundo referida a Venezuela que no tenga que ver exclusivamente con algún aspecto relativo al difunto. ¿Es morbosidad, aldeanismo o desinterés por nuestra realidad real? Entristece saber que no existe razón alguna para publicar alguna línea sobre Venezuela que no tenga que ver con el pesado, el intolerable y fastidioso fardo de un cadáver. Fue otro de los aportes del teniente coronel: convertirnos en la atracción de la morbosidad noticiosa del planeta.

@sangarccs

Chile: Entre la hoz y la rosa

  Antonio Sánchez García

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            No fue un terremoto ni un tsunami, las catástrofes naturales que han asolado al Chile pos transición, pero lo que acontece en el ámbito político nacional bien podría equiparárseles. De hecho, la edición de EL PAÍS de España del 18 de julio pasado titulaba en primera plana TERREMOTO POLÍTICO EN CHILE. Y no le faltaba razón.

El día anterior, 17 de julio, a las 13,30, un sismo político de magnitud 9.0 en la escala de Richter sacudía a las filas de la Alianza gobernante: el candidato oficialista victorioso en las Primarias del 30 de junio, aunque por un muy estrecho margen sobre su contrincante Andrés Allamand, de Renovación Nacional, Pablo Longueira, de la UDI, la extrema derecha chilena, decidía en compañía de los miembros de su familia retirarse de la contienda y renunciar a la nominación de los partidos del oficialismo gobernante. La razón: un cuadro de severa depresión psicológica que, a pesar de haber sido enfrentada con todos los medios clínicos y la mayor voluntad por parte del líder de la UDI y su familia, hizo crisis final e irreversible mientras disfrutaba de sus vacaciones invernales. Llevándolo al convencimiento de que no se encontraba en condiciones físicas ni psicológicas como para enfrentar una campaña electoral que se anuncia dura y áspera y cuyo desenlace promete ser negativo para las fuerzas del oficialismo.

Más allá de las razones estrictamente médicas, que nadie pone en duda, la vara ha sido puesta a tal altura por la arrebatadora victoria electoral de Michelle Bachelet – duplicó ella sola a los dos candidatos del oficialismo juntos -,  que la sola idea de enfrentarla requiere un temple y una voluntad blindados contra desfallecimientos. No se lucha contra una candidata, sino contra una ilusión óptica. De modo que, como lo afirmara una de las potenciales presidenciables, la ministro del gobierno de Sebastián Piñera y militante de la UDI Jacqueline Matthei, otra hija de un general, pero pinochetista, el oficialismo vuelve a partir “desde cero”.  Como desde el principio.

Independientemente de esa tabula rasa sobrevenida de manera trágica para un oficialismo seriamente golpeado por la menguada participación electoral de las fuerzas de derecha, la arrasadora participación opositora y el triunfo avasallante de la ex Presidenta de la República en las mencionadas Primarias, los resultados no pueden ser más antagónicos: mientras que el proceso fortaleció a la oposición y blindó el liderazgo de Michelle Bachelet ratificado por la ciudadanía, mostró las graves fisuras existentes en el seno de las fuerzas de la llamada Coalición Por el Cambio, que salió seriamente dañada del mismo proceso. Las heridas causadas en el candidato vencido, Andrés Allamand y su despechado comportamiento la noche de la victoria de su contrincante así como sus reproches tanto al jefe del comando de Longueira, Joaquín Lavin, como a las declaradas preferencias del presidente Sebastián Piñera por el candidato de la UDI, dejaron las aceras de la Coalición cubiertas de cristales rotos.

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            Un último elemento avisparía aún más las tensiones entre la UDI y RN, de suyo crispadas: en un movimiento de distanciamiento y diferenciación con el gobierno, la UDI y su candidato presidencial, el presidente de Renovación Nacional Carlos Larraín hizo público el acuerdo alcanzado entre su colectividad y los partidos de la Concertación para modificar la Constitución y terminar con el sistema bilateral heredado del pinochetismo, del cual el partido que más y mejor provecho sacara para alcanzar una mayor representación en las cámaras y demás cargos de elección popular, sería precisamente la UDI. Natural que la extrema derecha lo recibiera como una puñalada por la espalda de sus viejos e incómodos socios de siempre. El reproche por el inconsulto juego adelantado por ese extraño entendimiento tras bambalinas de RN, el PDC, el PS y el PPD, no se haría esperar y el gobierno se vería obligado a proponer a su vez un proyecto alternativo que le resultara más conveniente y satisfactorio. Así como devolver el guantazo mostrando su favoritismo por la Sra. Matthei.

Por contradictorio que parezca, el triunfo tan abrumador de Michelle Bachelet puede terminar sirviendo de boomerang a sus ambiciones reeleccionistas. Durante los 20 años de Concertación, amén de un sacrosanto respeto a la paridad entre las fuerzas del centro DC, la centroizquierda y la izquierda socialista, se vivió un entendimiento inédito entre viejos enemigos motivado por la necesidad de darle estabilidad y un sólido piso de gobernabilidad a esa etapa final de la transición hacia la plena democracia. Las fuerzas dominantes, aunque bajo un discreto hegemonismo, fueron las fuerzas de centro, particularmente la Democracia Cristiana. Quienes, en un rasgo de gran generosidad, velaron en sus dos gobiernos, el de Aylwin y el de Frei, por mantener absoluta paridad en los cargos de gobierno con el PS, el PPD y el Partido Radical socialdemócrata, de escasa figuración.

Ese acuerdo histórico ha sufrido un grave deterioro por la radicalización vivida por la oposición al gobierno de Sebastián Piñera, que aunque exitoso en lo macroeconómico se ha visto confrontado por una izquierda radical desinteresada del pasado y dispuesta a cobrar caro su aceptación al pacto histórico de los enemigos de antaño. La radicalidad asumida por la contestación estudiantil, que le perdonó a los gobiernos de la Concertación y en particular al de Michelle Bachelet lo mismo que le está haciendo pagar con sangre al de la derecha; el enojo reivindicativo que ha invadido a las clases medias, presas de la misma contradicción y sobre todo la premura en obtener la recompensa a veinticinco años de pasividad política, han terminado por crispar a la sociedad entera. Que lejos de aceptar el liderazgo político ha salido a las calles a exigir lo suyo: redistribución compulsiva e inmediata, mejoras visibles y notables de los servicios de salud pública, educación gratuita y de calidad a todos los niveles de estudio. Todo lo cual bajo el absurdo argumento de que ni la salud ni la educación deben tener propósitos de lucrativos.

Es sobre esa ola de protestas motorizada por el Partido Comunista y grupúsculos de ultra izquierda, acompañada de la astucia de la ex presidente que desaparece del escenario a pasar una larga emporada sabática bajo el manto de ONU Mujeres para borrar de la conciencia de los chilenos los estropicios de su mediocre gobierno – castigado en su momento con la victoria de Piñera y la derrota de Frei Ruiz Tagle por una ciudadanía harta de la Concertación – que se monta la avalancha expresada en las Primarias. Sin la más mínima consideración a hechos indiscutibles – su gobierno no hizo nada por resolver los cuellos de botella en los que se habían entrampado la educación, la salud pública y otros servicios durante su gobierno -, Michelle Bachelet enmudeció durante los cuatro años de gobierno de derechas, hizo cambiar el vestuario y el decorado de una Concertación que pasó a llamarse Nueva Mayoría y optó por prometer la satisfacción de todas las necesidades que alimentan el descontento social chileno. Borrón y cuenta nueva: populismo al galope.

Una arma desleal y de inciertos resultados, es cierto. Pero capaz de encandilar a la olvidadiza ciudadanía chilena, que vuelve a pisar el palito del populismo, así llegue aromatizado por el elegante y sofisticado barniz de uñas de las Naciones Unidas. Un fraude de imágenes y máscaras que podría terminar en tragedia.

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            Sobre esa ola a ratos furiosa, a ratos incendiaria y llevada en andas de estudiantes secundarios y universitarios liderados por el Partido Comunista, Michelle Bachelet ha destapado un nuevo perfil: el de una dura e implacable amazona que, fuste en mano,  dicta sin parar mientes en sus supuestas simpatías. Es la odiosa mandona de traje sastre y blusas pastel que impone sus decisiones con una inocentona sonrisa fríamente calculada, como la súper gerente general  de una gran tienda por departamentos, así gusten o disgusten a sus obligados aliados. Las prohibiciones se han hecho moneda corriente en su comando: las relaciones amistosas de algunos personeros de la izquierda democrática con factores del centro derecha han sido terminantemente prohibidas. La comandante mandó a parar.

Acuartelada en su comando, autocrática y dura, rodeada por fieles y leales jóvenes profesionales, historiadores, economistas y sociólogos desprovistos de todo glamour y prácticamente desconocidos por el gran público, nada más blindado que las trastiendas en donde se decide de verdad el rumbo de esa campaña. Si una palabra podría aplicarse, ella pertenece al argot de la lucha clandestina: compartimentación.

Alguna vez leí que recién regresada de la República Democrática Alemana, donde estudiaría medicina y tendría relaciones amorosas con un militante de la ultra izquierda chilena, comenzó a militar clandestinamente en el castrista Partido Socialista. Vivía por entonces con su madre, Ángela Jeria de Bachelet, arqueóloga nacida en 1926, que también militaba clandestinamente en el Partido Socialista. A pesar de lo cual, de vivir juntas e intimar como suelen hacerlo madres e hijas cuyas vidas transcurren bajo el mismo techo, ninguna de las dos supo jamás en qué andaba políticamente la otra. Era una relación materno filial absolutamente “compartimentada”. Lo dice todo.

Aparentemente más radicalizada de lo que solía mostrarse en el pasado, nadie sabe a ciencia cierta cuál será su programa de gobierno. Durante sus cuatro años de presidencia jamás accedió a recibir a enviados de la oposición democrática venezolana. Y la rara vez en que recibió a Alejandro Platz, de la Organización Civil Súmate, lo hizo provocativamente con un libro de Hugo Chávez ostensiblemente expuesto sobre su escritorio. Su dureza fue proverbial.

La catastrófica performance de la Democracia Cristiana, cuyo candidato Claudio Orrego obtuvo los peores resultados electorales en toda la historia de la Democracia Cristiana – casi sesenta años – y los sorprendentes resultados de Andrés Velasco, un candidato independiente de centro que lo duplicó sin tener ni maquinaria ni respaldo partidario, encendieron de inmediato las alarmas en el bunker de la Bachelet. El centro suele ser la clave electoral de la vida política chilena. Y también Michelle Bachelet debe cuidar ese su más débil flanco, o la presencia del Partido Comunista, integrado a la Alianza por el Cambio y administrador de las tropelías callejeras tras la cara bonita de Camila Vallejos, una de sus jóvenes dirigentes, terminará por espantar a los electores moderados que esta vez le dieron su respaldo.

De allí los esfuerzos que ha hecho por atraerse a la DC, a la que de inmediato integró en su comando con una presencia mucho mayor de la que sus resultados electorales permitían imaginar. Debe hacerlo y apostar en adelante por un discurso de moderación, o esta Nueva Mayoría tendrá un fuerte olor a Unidad Popular, con unos decorativos destellos de centrismo demócrata cristiano. Un sueño que el Secretario General del Partido Comunista Luis Corvalán quiso hacer realidad en los años sesenta, sin encontrar ningún eco en  una DC que era, entonces, un poder decisorio en la política chilena. Si ese sueño se hiciera realidad, y las fuerzas del PC, el PS y el PPD no encontraran contrapeso en una DC dueña de sus cabales, no sería un sueño: sería una pesadilla.

@sangarccs

La izquierda chilena, esa malagradecida

  Antonio Sánchez García

Entre la gente más cercana a la Sra. Bachelet, que hoy se ha negado a recibir al líder de la oposición democrática venezolana, la hay del MIR, del PS y del PPD, que vivieron en Venezuela y se salvaron de la muerte, la miseria y el hambre gracias a la inmensa y desinteresada generosidad de los demócratas venezolanos. No los nombro por delicadeza y discreción, pero podría hacerlo. Los hay incluso en éste, su recién designado comando, que solían allegarse mensualmente al presidente Carlos Andrés Pérez y a su canciller, Reinaldo Figueredo, para recibir su mesada en dólares y así mantener sus parapetos seudo académicos en países igualmente generosos de Centroamérica y el Caribe, en los que,  manteniendo encendidos los cirios del más largo funeral de la historia latinoamericana – el de Salvador Allende – lograban la compasión y el desprendimiento de gente de inmaculada probidad que no trepidó en mantenerlos.

Ya conté en otro artículo – EL PAGO DE CHILE – la miseria espiritual de quienes olvidaron muy pronto que fueron venezolanos como Diego Arria y Escobar Salom los que sacaron de las mazmorras a Luis Corvalán, Secretario General del Partido Comunista, y a Orlando Letelier canciller y ministro de defensa, miembro del Partido Socialista en el que milita un mercader enriquecido con el negocio de la úrea que le cediera Hugo Chávez en exclusividad para Chile, el tristemente célebre senador Navarro. Que nuestros embajadores no cedieron un ápice en su voluntad solidaria – Asdrúbal Aguiar lo contará algún día – y que no tres o cuatro, sino  miles y miles de chilenos rehicieron sus vidas con comodidades que jamás hubieran conocido en su patria de origen.

Es esa izquierda, representada por la doctora Michelle Bachelet – formada en la DDR de Walter Ulbrich, Honnecker y el peor estalinismo soviético en plena guerra fría, ese que se pega en los huesos y del que cuesta un universo liberarse – la que hoy le cierra las puertas al heredero de nuestros grandes políticos que lucen la condecoración del honor de la solidaridad y la dignidad nacionales. Debiera saber – y lo sabe – que Aniceto Rodríguez, una de las dos figuras históricas más importantes del socialismo chileno, al que jamás le llegará a los tobillos, no sólo fue acogido como un venezolano más, sino respaldado por Acción Democrática y COPEI con el rango de un ministro, hasta hacer familia criolla y sembrar profundas raíces, para ser recompensado por Don Patricio Aylwin y su canciller, Enrique Silva Cimma, otro exiliado de años en nuestra Patria, con la primera embajada de la Concertación en Caracas.

Menciono el caso de Aniceto, por emblemático. Y porque ya fallecido, no constituye ninguna indiscreción narrar su caso. Como el de otros socialistas que hicieron fortuna empresarial gracias al respaldo crediticio del Estado venezolano o quienes, acogidos ya bajo la Concertación en organizaciones internacionales pudieron llevar un excelente pasar en algunas capitales europeas. Los malagradecidos, al respaldo de tiempos de desolación y miseria prefieren echarle tierra y hacer como que jamás mendigaron respaldos de los que por grandeza y honor debieran estar agradecidos. La mezquindad espiritual se los impide. Ya los veremos de ministros, de embajadores o cancilleres.

Suena insólito que en este momento, la solidaridad se nos la ofrezca desde el bando de quienes adversaron a Salvador Allende. La izquierda, por lo visto, tiene cara de hereje. Que nos sirva de lección para nuestro propio futuro.

 

@sangarccs