Lo que no pasa en Venezuela – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

A ver por dónde empezamos. El dólar paralelo sobre los 400 –es decir más de 60 veces la principal tasa oficial—y en una avalancha de ritmo vertiginoso que empujará gravemente la inflación y la escasez. Diversos jefes políticos y militares del régimen, acusados de complicidad con el narcotráfico, cuando no de dirigir carteles,  siendo que parte de esas acusaciones provienen de cercanos colaboradores políticos y militares,  auto-exiliados en diferentes países. El hampa desbordada en todo el territorio nacional, y en algunas regiones y sectores urbanos, además, campeando soberana. Colas interminables para tratar de adquirir alimentos básicos, y también medicinas y otros productos de importancia para la vida cotidiana. Crecientes focos de perturbaciones del orden público, por causas meramente sociales, relacionadas con la escasez y el descalabro de los servicios públicos. Nuevas y ampliadas embestidas en contra de la libertad de expresión y el conjunto de las garantías de los derechos humanos.

Y mientras Venezuela cae por semejante despeñadero, lo que debe ser asimilado a situaciones de crisis humanitaria, Maduro y los suyos andan proclamando las supuestas maravillas de las “cinco revoluciones”, de acuerdo a la costosa y masiva campaña de propaganda.  Pero ésta ya no logra eclipsar la dolorosa realidad de la nación venezolana. Cada vez más destructiva y peligrosa.

En pocas palabras, del deterioro paulatino se ha pasado al deterioro exponencial. Del poco a poco, al cada vez más rápido. Ya la capacidad de acostumbramiento al deterioro está siendo rebasada. El agobio de profundiza y se extiende. Las funciones primarias de la economía se trancan. La crisis política, económica y social se funde en una mega-crisis nacional. Y lo peor de la realidad, no es eso. No. Es que no hay ningún tipo de respuesta creíble a ninguno de esos problemas o dramas. Maduro y sus colaboradores sostienen que Venezuela es la esperanza del mundo, que todo lo malo es culpa de una guerra del imperio, y en esos términos no hay la más mínima posibilidad de que la mega-crisis pueda ser enfrentada con alguna perspectiva alentadora. Estas líneas quizá suenen duras, pero no son exageradas ni mucho menos erradas. Este es el panorama del país, quiérase o no apreciarlo así.

Puede una realidad como la nuestra continuar agravándose de manera indefinida. Esperemos que no. Porque esto nos terminaría de llevar a un sálvese quien pueda, a una anarquía avasallante que generaría una gigantesca espiral de violencia y represión, de consecuencias impredecibles. Nadie con siquiera un barniz de buena voluntad, puede desear que ello termine de ocurrir. Por ese despeñadero, repito, vamos cayendo, y precisamente por ello es que debemos tener conciencia al respecto, y reclamar que de la parálisis del continuismo se pase a una dinámica de esfuerzo para hacerle frente a la mega-crisis e ir superándola, conforme a los lineamientos constitucionales. Pero esto es lo que no pasa en Venezuela. Y es lo que tiene que pasar.

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La justicia del horror – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A la gansterización de la política suele acompañarle, como natural correlato, la gansterización de la justicia. Tanto, que regimentados, no existe la una sin la otra. Es más: arrastradas  por la furia del totalitarismo o el despropósito dictatorial de sus caudillos, las sociedades quebrantadas en su esencia moral encuentran la connivencia perfecta entre el gángster que maneja el Estado y el gángster que maneja la Justicia: no dos figuras siniestras que se duplican en el espejo del terror dictatorial, sino dos entidades totalmente subordinadas al mismo sujeto. Es cuando el caudillo es Jefe del Estado y Juez Supremo.

No inventamos nada. Empujado por las presiones brotadas desde el ejército alemán, con el que contaba para apoderarse del planeta, pues según sus delirios Alemania era demasiado pequeña para la grandeza de los alemanes, Adolf Hitler, el epitome del caudillo y el arquetipo del tirano, ordenó neutralizar las SA, sus tropas de asalto al mando de Ernst Röhm, un homosexual, como gran parte de su estado mayor y buena parte de la dirigencia nazi, nacido del seno bolchevique, que insistía en fortalecer el lado socialista  y arrinconar al lado nacional de la fórmula nacionalsocialista. Cultivado en el humus de la revuelta, el caos y la disgregación, sus tropas habían crecido hasta competir exitosamente con los ejércitos prusianos: mientras éstos apenas superaban los cien mil hombres, la SA ya contaba con millones de adherentes. El Ejército, la aristocracia y el empresariado decidieron ponerle la proa y condicionar su respaldo al Führer a cambio del exterminio de las SA. Por así decirlo: los colectivos del Führer.

Terminando sus primeros cinco meses de gobierno y con el país a sus pies y las instituciones en sus bolsillos, Hitler obedeció el mandato y la noche del 30 de Junio inició una siniestra jornada llamada “La noche de los cuchillos largos”, sorprendiendo a la oficialidad de sus SA que se aprontaban a celebrar un congreso, asesinándolos sin más miramientos. Para mayor legitimación del bárbaro asalto, Röhm y muchos de los suyos celebraban en el hotel en que se alojaban a la espera de su congreso sus orgías habituales ante el asco y el asombro de Hitler, que pilló a su amigo y cercano colaborador durmiendo con uno o varios esbeltos representantes de la raza aria.

No satisfecho con dictar justicia de manera directa y ordenar el asesinato masivo de quienes le estorbaban sus propósitos sin recurrir a ninguna instancia judicial, el Führer fue más lejos: dictó jurisprudencia. Tal como lo escribiese el jurisconsulto coronado del nacionalsocialismo, Carl Schmitt, en un polémico ensayo titulado El Führer defiende el Derecho:  “El Führer está defendiendo el ámbito del derecho de los peores abusos al hacer justicia de manera directa en el momento del peligro, como juez supremo en virtud de su capacidad de líder. El auténtico líder siempre es también juez. De su capacidad de líder deriva su capacidad de juez.” No hacía más que comentar las propias declaraciones de Hitler, quien en un Congreso Nacional de jurista alemanes declararía poco después: “En ese momento yo era el responsable del destino de la nación alemana y por ende el juez supremo del pueblo alemán.”

Desde luego, al señalarlo encontró el aplauso unánime de las más altas instancias jurídicas de la Alemania nazi. Que conscientes de su nula importancia y significación al lado del caudillo, el Führer y Dios de todos los alemanes a quien se debían, corrieron a respaldar su afirmación. A ningún miembro de la Corte Suprema de Justicia se le hubiera siquiera ocurrido cuestionar su afirmación: todos lo respaldaban, perfectamente conscientes de que era un asesino serial, un genocida, un delincuente que llevaba su país a los abismos. En esos tres días de junio y julio de 1933 el responsable del asesinato de ese más de un centenar de dirigentes nazis no procedía en calidad de un simple ser humano, susceptible de cometer un crimen. Y castigado por ello. Hitler estaba por encima de cualquier ordenamiento jurídico. Dice Carl Schmitt, el más destacado especialista en derecho constitucional de la Alemania del Siglo XX: “Dentro del espacio total de aquellos tres días destacan particularmente las acciones judiciales del Führer en las que como líder del movimiento castigó la traición de sus subordinados contra él como líder político supremo del movimiento. El líder de un movimiento asume como tal un deber judicial cuyo derecho interno no puede ser realizado por nadie más. En su discurso ante el Reichstag, el Führer subrayó de manera expresa que en nuestra nación sólo existe un portador de la voluntad política, el Partido Nacionalsocialista.” No necesitó explicar Schmitt que, en rigor y en toda circunstancia, el Partido Nacionalsocialista era el propio Hitler. Nadie más.

        ¿No es del caso afirmar que en tales circunstancias, cuando en una sociedad la justicia renuncia a ejercer sus deberes y obligaciones rindiéndose ante los otros poderes, limitándose simplemente a legitimar todas sus acciones, sin importar la naturaleza criminal de las mismas, se ha consumado la gansterización de la justicia?

@sangarccs

Raúl Castro y el Papa Francisco, misterios de la Iglesia – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Asdrúbal Aguiar

Chris Mathews, periodista británico de tendencias socialistas, se llevó una amarga sorpresa cuando llegó a entrevistar al Cardenal Bergoglio, primado argentino. Sufrió lo que cuentan del pastor que fue por lana y salió trasquilado: no consiguió enardecer al cardenal Bergoglio con sus reproches socialistas. El que salió enardecido fue él.

La entrevista dio la vuelta al planeta en tiempos en que ni Bergoglio ni Mathews tenían la menor idea de lo que le esperaba a uno de ellos: convertirse en el Sumo Pontífice de la Iglesia católica, apostólica y romana. Si todo lo que en dicha entrevista expresara el primado argentino contribuyó a que el Sacro Colegio Cardenalicio lo designara máximo dirigente de los miles de millones de cristianos del mundo, la intención no podía ser más clara: sincerar la política, acercarla a los principios de la Iglesia Católica, desterrar la demagogia, la humillación, la mentira  y humanizar la gestión de la vida pública, adecentándola y descascarándola de la pesada carga de manipulación marxista. En el caso concreto de América Latina, advertirle al mundo de la grave amenaza que se cernía sobre el continente desde Venezuela, en donde un teniente coronel golpista practicaba en abundancia lo que Bergoglio consideraba el colmo de la manipulación: empobrecer a las mayorías en nombre, precisamente, de esa mayoría, para arrastrarla a elegir a sus propios depredadores. Bergoglio acusaba, precisamente, al socialismo marxista, al chavismo en concreto, y al castrocomunismo por extensión, dominio e influencia, de empobrecer para reinar: “Culpo a los políticos que buscan sus propios intereses. Los socialistas creen en la redistribución que es una de las razones de la pobreza. Ustedes quieren nacionalizar el universo para controlar todas las actividades humanas”.

La radicalidad y racionalidad del rechazo al socialismo no podía ser más categórico. E iba a la esencia del reproche del liberalismo al comunismo: no le enseña al hombre los medios para su propio enriquecimiento, sino que lo conduce irremisiblemente a la mendicidad para convertirlo en un siervo del Estado. Vale decir, del partido. “Ustedes destruyen el incentivo del hombre para, inclusive, hacerse de su familia, un crimen contra la naturaleza y contra Dios. Estas ideologías” –no necesita aclarar que se trata del comunismo en todas sus vertientes – “crean más pobres que todas las corporaciones que ustedes etiquetan como diabólicas”.

La indignación de Mathews lo lleva a brincar de la silla: “Nunca había escuchado algo así de un cardenal”. A lo cual responde el hoy Papa Francisco, si bien, necesario es aclararlo, por entonces nadie divisaba el papado en su horizonte inmediato, “la gente dominada por socialistas necesita saber que no tenemos que ser pobres.” Y allí destapa el frasco de la indignación de Mathews, pues Bergoglio deja de lado toda prudencia y entierra su espada en el corazón del monstruo: “El imperio de la dependencia creado por Hugo Chávez, con falsas promesas, mintiendo para que lleguen a arrodillarse ante el gobierno y ante él. Dándoles peces pero sin permitirles pescar. Si en América Latina alguien aprende a pescar, es castigado y sus peces confiscados por los socialistas. La libertad es castigada. Tú hablas de progreso y yo de pobreza.”

La trascendencia del reproche y su profunda importancia radican en el análisis que lo sustenta: no se trata de Hugo Chávez, ni siquiera de Venezuela. Se trata de toda nuestra región, se trata del Foro de Sao Paulo:  “Temo por América Latina. Toda la región está controlada por un bloque de regímenes socialistas, como Cuba, Argentina, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Nicaragua. ¿Quién los salvará de esa tiranía?”.

Reboza de la acrimonia cardenalicia toda una reflexión metódica y científica – sociológica, económica y políticamente sustentada que inhiben cualquier consideración accidental. El anticomunismo de Bergoglio se inserta en la más compleja y profunda tradición de la Iglesia y el cristianismo: un tirano comunista no puede arrodillarse ante el Papa y prometer regresar al seno de la Iglesia luego de haber tiranizado a su Patria durante más de medio siglo, perseguido a su Iglesia, encarcelado y asesinado a sus mejores hijos y llevado al dominio de todo un continente en los términos tan contrarios al espíritu de la Iglesia, como le reclamaba Bergoglio a Mathews, receptor por circunstancia de un discurso dirigido a toda la izquierda socialista mundial: “Ustedes han creado el estado de bienestar y ha sido solo respuesta a las necesidades de los pobres creados por la política. El estado interventor absuelve a la sociedad de su responsabilidad. Las familias escapan de su responsabilidad con el falso estado de bienestar e inclusive, las iglesias. La gente ya no practica la caridad pues ve a los pobres como problema del gobierno. Para la igledia ya no hay pobres que ayudar, los han empobrecido permanentemente y son ahora propiedad de los políticos. Y algo que me irrita profundamente, es la inhabilidad de los medios para observar el problema sin analizar cuál es la causa. A la gente la empobrecen para que luego vote por quienes los hundieron en la pobreza”.

Si la cruda e implacable sinceridad del cardenal Bergoglio irritó hasta la exasperación a un periodista de simples tendencias socialistas al encontrarse a un anticomunista de la más rancia, legítima, justificada y pura especie ¿qué reacciones no hubiera provocado en un tirano que constituye la prueba palpable y fehaciente de las graves y trascendentales acusaciones de quien hoy ocupa el trono papal? Es más: ¿qué habría pensado el máximo responsable por la creación del bloque socialista que él denuncia tan frontalmente y sin tapujos? Estamos ante otro misterio de la Iglesia.

@sangarccs

Cuesta abajo en la rodada – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

El tango de Gardel dice cuesta abajo en mi rodada, pero como estas líneas se refieren a la situación de Venezuela, hay que referirse a la rodada. La rodada del país, del conjunto de los venezolanos, de la nación. Y es que nos precipitamos como en una avalancha de desmanes que son propios de una hegemonía despótica y depredadora que está empeñada en sacrificar a Venezuela con tal de preservar su poder.

Ya el dólar paralelo se acerca a los 350 bolívares. Es decir, 350 mil bolívares de la enumeración anterior. Eso sería 625 veces más de la tasa de cambio libre que existía cuando el predecesor empezó su primer gobierno. Pero la devaluación está adquiriendo un ritmo exponencial, y con ella la dolarización-a-las-patadas que se está llevando a cabo, tanto por acción como por omisión de la “revolución bolivarista”.

Empoderadas figuras de la hegemonía se esmeran en perseguir medios y comunicadores, tratando de intimidar a todo el mundo y haciendo valer con impudicia su carácter de intocables. La persecución interna es consecuencia de las denuncias foráneas que muy contados medios han reproducido, y que ofrecen informaciones diversas sobre el latrocinio rojo. Lo sano sería que los denunciados promovieran una investigación independiente y seria para esclarecer la verdad.

Pero esto que es lo deseable, bien se sabe que no es posible. Mientras tanto, la propaganda oficialista proclama que se avanza en “cinco revoluciones” –no en una sino en cinco, y la realidad se pone terca al reflejar la creciente escasez, la desbocada inflación, las agobiantes penurias, y la renovada explosión de violencia criminal, tanto entre bandas hamponiles, como entre éstas y los cuerpos de seguridad, algunos de ellos entremezclados con la delincuencia. Si eso no es una rodada, nada lo es.

La hegemonía comunicacional consigue eclipsar la realidad, pero no eliminarla. Puede que muchos medios se hagan los locos con los graves problemas, y en cambio maniobren para tratar de que lo malo parezca bueno, pero ello no aliviará la escasez, ni detendrá la inflación, ni reducirá la masiva inseguridad. Un diario caraqueño tenía como lema “Nada convence más que la verdad”, y aunque ya no se interese en ponerlo en práctica, su significación no pierde vigencia.

La rodada de la que se habla aquí, repito, es la rodada de la nación. Y esa rodada es consecuencia principal del régimen político que la está destruyendo. Pero la rodada de la nación no necesariamente implica la rodada de la hegemonía. Una cosa puede conllevar a la otra, pero no es inexorable que así sea. Lo que sí es inexorable, es que la hegemonía despótica y depredadora tenga que ser superada, para que se detenga la rodada de la nación, y para que ésta logre salir de abajo y remontar la cuesta.

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Los consejos de Monedero – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Jacinto Benavente dijo alguna vez que cuando no se piensa lo que se dice, se dice lo que se piensa. Lo he vuelto a recordar escuchando a su compatriota Monedero, súbitamente liberado de la pesada obligación de tener que pensar por su partido y no emitir sonido sin pensar en lo que debe decir. Liberado de esa presión, ha dicho lo que piensa.

Debo reconocer que sus últimas dos afirmaciones me han convencido de su alto coeficiente intelectual: las he suscrito y con gusto se las transmito a mis amigos venezolanos en sus denodados esfuerzos por romper las gríngolas del partidismo oligárquico que aprisiona a los viejos y nuevos dirigentes máximos de los partidos democráticos, convirtiéndolo en parapléjicos servidores del statu quo.

La primera de dichas afirmaciones pretendía prevenir a su amigo Pablo Iglesias y a su Partido PODEMOS de entusiasmarse demasiado con la participación electoral. Dijo, palabras más palabras menos, que inscribirse en una carrera electoral era el método más seguro de perder frescura y compartir los lastres que anclan los partidos al inmovilismo del establecimiento. Las elecciones suelen ser las trampas perfectas para cumplir la sentencia del Conde de Lampedusa: aparentar cambiarlo todo parlamentariamente para que no cambie absolutamente nada existencialmente. Y eso que en el caso español no existe un ente como el CNE, encargado de velar cual lobo feroz de que en Venezuela jamás ganen los buenos y siempre ganen los malos.

La segunda reflexión del ex asesor de Hugo Chávez y  principal intelectual de PODEMOS me pareció muchísimo más importante, siempre prensando en los esfuerzos de quienes se esfuerzan por romper el inmovilismo de las cúpulas democráticas venezolanas y buscan sacudir las conciencias ciudadanas para sacar las cabezas de la cloaca: nada peor que la moderación. “La moderación puede desarmar a Podemos” , declaró en una entrevista  con el periódico madrileño El País. Y a cualquier organización que busque romper los compromisos que esclerotizan la correlación de fuerzas, agregaríamos nosotros.

En su primera entrevista luego de anunciar su renuncia a PODEMOS,  dio a conocer las razones de su dimisión. Las reproduzco in extenso, para consideración de quienes, recién lanzados a la maravillosa aventura de la política, deben enfrentar la tentación del Poder: transar con los estereotipos y cacicazgos de la vieja política y adecuar sus pulsiones rupturistas a los calendarios seudo institucionales:  “Según el análisis de Monedero, el momento en que las fuerzas políticas tienen como principal objetivo “acceder al poder” entran también “en el juego electoral y empiezan a ser rehenes de lo peor del Estado, de su condición representativa”. Monedero, que en el pasado expresó dudas sobre la eficacia del 15-M, llama ahora a recuperar el espíritu de “los orígenes”.

“El baile electoral es muy frustrante porque no deja espacio para los matices, para las escalas de los grises entre el blanco y el negro, prima más jugar con lo que la ciudadanía ya piensa que con lo que quieres proponerle. Y perdemos insolencia, desobediencia, coraje. Podemos se ha construido así y es importante que no perdamos esa frescura”. Estas palabras formaban parte de su reflexión antes de tomar la decisión definitiva, y remiten a un momento del que el propio Pablo Iglesias dice tener “cierta nostalgia”. Pero ahora, como insistió este jueves, su meta es tener responsabilidades de Gobierno. Lo que incluye explorar pactos, hacer equilibrios con el programa y, en definitiva, ser un partido político.” El País, 30 de abril de 2015.

Por lo visto, Monedero, el intelectual, ha debido beber del margo trago de la decepción. Nada nuevo.  Platón anticipó el sendero huyendo del tirano de Siracusa. Una cosa es pensar, otra hacer política. Los dos senderos que se bifurcan.

@sangarccs

Las izquierdas en la encrucijada – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Isabel Allende Bussi

@iallendebussi

           La muerte de Hugo Chávez, la profunda crisis en que se ha sumido el chavismo, particularmente en Venezuela desde la imposición de Nicolás Maduro y la drástica caída de los precios del petróleo,  la pérdida de recursos estratégicos que ello supone para el gobierno cubano, el refortalecimiento de los Estados Unidos en la política mundial y la iniciativa Obama de acercamiento a Cuba y el desbloqueo de las relaciones constituyen el marco de referencia de un nuevo ciclo para la izquierda latinoamericana agrupada en el Foro de Sao Paulo, fundado por Fidel Castro y Lula da Silva en 1992.  Se cierran dos décadas de avances, copamiento institucional, conquista de gobiernos y control de la región en la OEA y todas las instancias multinacionales, desde el ALBA hasta UNASUR. Soplan dramáticos vientos de cambio. Este nuevo embate revolucionario, llegado en los 90’s del  brazos el golpismo militarista venezolano,  está muerto. Mientras lo que resta de lo que un día fuera la revolución cubana, agoniza. La Historia está dando vuelta a esa página.

La pérdida de respaldo popular y la profunda crisis económica y social que afecta a la joya de la Corona de las izquierdas reales, Venezuela, amenaza con la debacle: Maduro se sostiene a duras penas en el poder. Lo sigue manteniendo a pesar de todo, gracias al respaldo militar, policial y represivo de la tiranía cubana, que lo controla. Y favorecido internamente por la desgraciada desunión de los factores de la oposición democrática. La radicalización intentada  a control remoto desde La Habana y la denodada oposición encontrada en las filas opositoras más consecuentes, se han saldado con más represión, más persecución, más cárcel y más  violencia desde el ejecutivo. A la oleada de asesinatos cometidos por el ejército, la policía y los organismos parapoliciales del régimen – los llamados colectivos – en respuesta a las protestas estudiantiles que sacudieran al país durante todo el año 2014 y parte del 2015, se sucedieron la detención ilegal y el encarcelamiento arbitrario de dos de los más destacados líderes opositores: Leopoldo López, que ya cumple más de un año en prisión, y el Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma, detenido desde el 18 de febrero de 2015 y recientemente internado en una clínica para someterlo a una intervención quirúrgica tras el agravamiento en la cárcel de su frágil estado de salud.

Pero el saldo de esas movilizaciones, esos asesinatos y esos encarcelamientos ha arrastrado el parapeto de la satrapía al borde del abismo. A mediados de 2014 el mundo fue conmovido por la ola represiva del gobierno, que ya no pudo seguir escudándose tras la mascarada democrática. Periodistas, intelectuales, políticos, gobiernos e incluso el estrellato hollywoodense alzaron su indignación contra la dictadura de Nicolás Maduro. Que sólo pudo ser rescatado del desastre por la inmediata movilización ordenada desde La Habana de todos los gobiernos controlados por la UNASUR y el Foro de Sao Paulo que corrieron a Caracas a terciar en unos diálogos sin otro propósito que deslegitimar y paralizar las protestas, diálogo que sólo pudo sostenerse por la colaboración de la oposición oficialista. Y que logró, a medias, sus objetivos desmovilizadores. Pues la protesta continuó, con saldos estremecedores: el asesinato a mansalva, con ensañamiento y alevosía de un liceano de 14 años y el encarcelamiento del Alcalde Metropolitano en febrero de 2015, a un año del inicio de la ola movilizadora convocada por la llamada SALIDA, volvieron a encender la movilización popular y la denuncia internacional, siempre bajo el protagonismo de los sectores opositores encabezados por María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma.

La oposición vivida en Venezuela en estos últimos dos años ha sido obra de esos tres factores. Cuya mayor proeza ha sido lograr el respaldo de 36 ex presidentes de la república de América Latina y de España y el pronunciamiento categórico de los más importantes parlamentarios de la región exigiendo la inmediata liberación de nuestros presos políticos. Dicha proeza ha sido obra de dos mujeres incansables, insobornables e incorruptibles: Lilian Tintori y Mitzi Capriles, esposas de Leopoldo López y de Antonio Ledezma. Que han logrado obtener, justo es reconocerlo y alabarlo, el respaldo generoso y solidario de la dirección de la MUD y, en particular, de su Secretario General, Jesús Chuo Torrealba. Una obra de alta ingeniería política, de cuyo éxito podría depender el futuro de la Venezuela democrática. Sin la unidad de todas las fuerzas opositoras, la salida es impensable.

Este dramático proceso de internacionalización del conflicto venezolano, presente en las principales preocupaciones de todas las cancillerías de América Latina, de Canadá y los Estados Unidos, de España y de Europa ha provocado un inocultable quiebre de las izquierdas en América Latina y España. Valores trascendentales propios de las más legítimas aspiraciones de las izquierdas y sus movimientos sociales, como la defensa de los derechos humanos y el respeto a la institucionalidad democrática, se han visto trágicamente cuestionados por la solidaridad automática con un gobierno supuestamente de izquierdas, lo que es perfectamente cuestionable, que lleva dieciséis años violándolos. Dejando de manifiesto intereses espurios, dependencias económicas, pagos de favores, tozudez ideológica, corrupción y traición a los principios fundacionales de los movimientos populares.

El caso Venezuela ha puesto de manifiesto que tras la ambición de poder del Foro de Sao Paulo se escondía la crisis de unas izquierdas corrompidas, corrupción que revienta en el rostro de sus pueblos tras el control de sus gobiernos por los próceres de dichas izquierdas de una manera brutal y descarnada, como lo demuestran el caso PETROBRAS, en Brasil, el asesinato del fiscal Nisman y el encubrimiento al terrorismo iraní en Argentina y los negociados de la familia Bachelet y el financiamiento de los partidos en Chile. ¿Es imaginable que los servicios de inteligencia de todos los gobiernos solidarios con la dictadura venezolana desconozcan el papel del gobierno Maduro en el manejo del narcotráfico, el respaldo al terrorismo musulmán, la connivencia del gobierno venezolano con las FARC, la plataforma facilitada a todos los movimientos terroristas de la Yihad? ¿Es posible que se nieguen a reconocer la colosal dimensión del desfalco del corrupto régimen Chavez/Maduro, responsable de la desaparición de cientos de miles de millones de dólares devorados en las fauces de la corrupción de unos gobernantes facinerosos? ¿Es imaginable que no hayan tomado nota de las denuncias sobre los inconcebibles montos traficados por espalderos, contratistas, familiares, aliados y socios de Chávez y de Maduro en la banca europea? ¿Es posible que se nieguen a reconocer los vínculos del gobierno venezolano con la Yihad? ¿Es imaginable su negativa a reconocer la naturaleza fraudulenta de la llamada revolución bolivariana

La tenacidad y persistencia de taras inveteradas siguen anclando a la izquierda a sus viejos prejuicios, a sus mitos fundacionales, a sus ancestrales lugares comunes. Con un trágico y gangrenoso agravante: la brutal amoralidad y el gansterismo neo fascista impulsado por los Castro en connivencia con Hugo Chávez con el fin de terminar controlando la región, como deja ver el estremecedor testimonio de Leamsy Salazar recogido por el periodista español Emili J. Blasco, de ABC, en su libro Bumerán Chávez, Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela (Washington y Madrid, abril de 2015).  Aún ignaro de esta hamponil deriva que preparaban las izquierdas, el gran novelista chileno Roberto Bolaño confesó en una de sus últimas entrevistas antes de morir, a los 50 años: “Sigo siendo de izquierda y sigo creyendo que la izquierda, desde hace más de sesenta años, mantiene en pie un discurso vacío, una representación hueca que sólo puede sonarle bien – esa catarata de lugares comunes – a la canalla sentimental. En realidad, la izquierda real es la canalla sentimental quintaesenciada”. Por entonces no estaba del todo claro que pronto, muy pronto, esa izquierda, la suya y la mía, la nuestra, sería no sólo una canalla sentimental, sino una canalla de traficantes, ladrones, corruptos y asesinos, como los que subirían al poder de la izquierda real en la Venezuela arrastrada a sus abismos. Administrada para mayor INRI por los hermanos Castro en nombre del Ché Guevara. Sobrevivientes gracias al ruin saqueo de su odiada Venezuela.

Sin consideración a los profundos cambios económicos, sociales y políticos que han tenido lugar en el planeta luego de la Segunda Guerra Mundial, el fin de los colonialismos, la debacle y caída de la Unión Soviética y su bloque imperial y el fin del comunismo, tan manchado en sangre por el Archipiélago Gulag y las mazmorras castristas como Auschwitz y Treblinka, la izquierda ha seguido flotando en las nubes de un pasado irreal. Cometiendo atropellos indignos de su pasada grandeza intelectual y moral. Presta a condenar las dictaduras de derecha, pero incapaz de condenar a la peor de las dictaduras de que se tenga memoria en nuestro continente, la cubana. Prisionera de la vieja trampa hitleriana y estalinista del rojo y el negro, de Dios y el Diablo, atada al maniqueísmo de bloques enfrentados, ya periclitados y ajenos a la verdadera actualidad del tiempo.

Hoy, como ya nadie se atreve a desconocer, la alternativa vigente no es la falsa y  maniquea diferencia de izquierdas y derechas, sino la de demócratas y autócratas. Como no se cansan de señalarlo Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, muy por encima de esa vieja y trasnochada contraposición de ideologías fracasadas está el imperativo moral, ya categórico, del liberalismo o el totalitarismo. La libertad, he allí el imperativo kantiano de todas las luchas sociales.

Avergüenza que, sin excepción ninguna, todas las izquierdas gobernantes hayan renunciado a defender la libertad en aras de mantener un gobierno espurio, anti popular, autocrático, militarista, estatólatra y caudillesco. Como el que impera por sus fueros en Venezuela, atropellando todos los derechos humanos. Y se nieguen a retirarle el respaldo a quienes llevan 56 años encadenando a su pueblo y manchando a las izquierdas de oprobio e ignominia.

La disyuntiva no puede ser más clara: o las izquierdas abren los ojos y regresan a la defensa de sus valores inalienables, o desaparecen. Tertium non datur.

@sangarccs

¿Revolución social? En Venezuela no será… – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

En estos días leía un par de artículos de unos españoles que son afectos a la llamada “revolución bolivariana”, y el tema central que destacaban era el de los grandes avances y transformaciones positivas que se habrían producido en la dimensión social, durante estos largos años del siglo XXI. Los textos eran, básicamente, de carácter publicitario y se encontraban repletos de medias verdades y de mentiras completas. Pero lo importante del asunto, es que la masiva propaganda de la hegemonía roja insiste en que en Venezuela se ha dado una revolución social…

A propósito del 1° de Mayo, Día del Trabajador, debería destacarse que en nuestro país se ha destruido la capacidad adquisitiva del salario. Hoy en día, con el salario mínimo se podrían adquirir, si acaso, 20 dólares; y los aumentos que serán anunciados, serán pulverizados por la inflación y la devaluación, ambas desbocadas. En 1999, con el salario mínimo se podían adquirir cerca de 200 dólares. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Los niveles de pobreza en el 2015 son semejantes a los de 1999. Alrededor de 40% la pobreza en general, y de 20% la extrema. Sólo que de aquellos tiempos para acá, ha tenido lugar la bonanza petrolera más prolongada y caudalosa de la historia que, en números redondos, le deparó al Estado el equivalente de 1.500 millardos de dólares. Todo eso no influyó en reducir la pobreza de manera sostenible. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Las condiciones de seguridad de la sociedad venezolana se han deteriorado de forma consecutiva y alarmante en estos tiempos. Es probable que en Caracas ya se cometan tantos homicidios como en toda Venezuela, en 1998. Algo más de 4.500. El total nacional sobrepasa los 20 mil homicidios al año, más que en Colombia, lo que nos transmuta en uno de los países más violentos de todo el mundo. No sólo de la región o del hemisferio, sino del mundo. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

La realidad de la salud y la educación también se ha deteriorado. El rebrote de endemias que se encontraban erradicadas lo refleja, así como también el colapso del sistema público de salud –con la excepción de algunos contados establecimientos que sirven, sobre todo, para la proyección publicitaria. Las Universidades Nacionales se consumen internamente para no cerrar sus puertas, y el control hegemónico de la educación, desde luego, lo que hace es restringirla, encarecerla y debilitarla. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

No hay información confiable sobre el estado de las “misiones sociales”. Recuérdese que en 1999 se empezaron a desmantelar los 14 principales programas sociales del Estado venezolano, casi todos de ejecución descentralizada, y varios años después, en el período 2003-2004, se restablecieron algunos de ellos y se montaron otros, bajo el formato de las misiones y de conducción centralizada. Luego de un lapso de expansión y de sucesivos “relanzamientos”, la impresión de los expertos en que se encuentran, en general, en situación de decaimiento y hasta parálisis. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Al conjunto de los venezolanos no se les ha ampliado sino limitado sus alternativas. Por eso las crecientes colas para conseguir los alimentos básicos, las medicinas básicas, y cualquier tipo de producto básico para el desenvolvimiento corriente de la vida personal, familiar, laboral o socio-económica. La escasez generalizada, las distorsiones generalizadas, la dolarización generalizada de los precios –salvo el salario, la corrupción generalizada, todo ello abaja tan gravemente las condiciones de vida de la población, que ya se entra en escenarios de crisis humanitaria. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Para responder esa repetida pregunta, debe afirmarse con toda responsabilidad que en Venezuela no se encuentra esa revolución social. Aquí no está. En la realidad de los hechos no está. Al revés. La revisión somera de esa realidad nos lleva, inexorablemente, a una mega-crisis que se profundiza y extiende. A una tragedia de vastas proporciones que debe ser superada para que el país tenga un futuro digno y humano en la dimensión social.

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