La justicia del horror – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A la gansterización de la política suele acompañarle, como natural correlato, la gansterización de la justicia. Tanto, que regimentados, no existe la una sin la otra. Es más: arrastradas  por la furia del totalitarismo o el despropósito dictatorial de sus caudillos, las sociedades quebrantadas en su esencia moral encuentran la connivencia perfecta entre el gángster que maneja el Estado y el gángster que maneja la Justicia: no dos figuras siniestras que se duplican en el espejo del terror dictatorial, sino dos entidades totalmente subordinadas al mismo sujeto. Es cuando el caudillo es Jefe del Estado y Juez Supremo.

No inventamos nada. Empujado por las presiones brotadas desde el ejército alemán, con el que contaba para apoderarse del planeta, pues según sus delirios Alemania era demasiado pequeña para la grandeza de los alemanes, Adolf Hitler, el epitome del caudillo y el arquetipo del tirano, ordenó neutralizar las SA, sus tropas de asalto al mando de Ernst Röhm, un homosexual, como gran parte de su estado mayor y buena parte de la dirigencia nazi, nacido del seno bolchevique, que insistía en fortalecer el lado socialista  y arrinconar al lado nacional de la fórmula nacionalsocialista. Cultivado en el humus de la revuelta, el caos y la disgregación, sus tropas habían crecido hasta competir exitosamente con los ejércitos prusianos: mientras éstos apenas superaban los cien mil hombres, la SA ya contaba con millones de adherentes. El Ejército, la aristocracia y el empresariado decidieron ponerle la proa y condicionar su respaldo al Führer a cambio del exterminio de las SA. Por así decirlo: los colectivos del Führer.

Terminando sus primeros cinco meses de gobierno y con el país a sus pies y las instituciones en sus bolsillos, Hitler obedeció el mandato y la noche del 30 de Junio inició una siniestra jornada llamada “La noche de los cuchillos largos”, sorprendiendo a la oficialidad de sus SA que se aprontaban a celebrar un congreso, asesinándolos sin más miramientos. Para mayor legitimación del bárbaro asalto, Röhm y muchos de los suyos celebraban en el hotel en que se alojaban a la espera de su congreso sus orgías habituales ante el asco y el asombro de Hitler, que pilló a su amigo y cercano colaborador durmiendo con uno o varios esbeltos representantes de la raza aria.

No satisfecho con dictar justicia de manera directa y ordenar el asesinato masivo de quienes le estorbaban sus propósitos sin recurrir a ninguna instancia judicial, el Führer fue más lejos: dictó jurisprudencia. Tal como lo escribiese el jurisconsulto coronado del nacionalsocialismo, Carl Schmitt, en un polémico ensayo titulado El Führer defiende el Derecho:  “El Führer está defendiendo el ámbito del derecho de los peores abusos al hacer justicia de manera directa en el momento del peligro, como juez supremo en virtud de su capacidad de líder. El auténtico líder siempre es también juez. De su capacidad de líder deriva su capacidad de juez.” No hacía más que comentar las propias declaraciones de Hitler, quien en un Congreso Nacional de jurista alemanes declararía poco después: “En ese momento yo era el responsable del destino de la nación alemana y por ende el juez supremo del pueblo alemán.”

Desde luego, al señalarlo encontró el aplauso unánime de las más altas instancias jurídicas de la Alemania nazi. Que conscientes de su nula importancia y significación al lado del caudillo, el Führer y Dios de todos los alemanes a quien se debían, corrieron a respaldar su afirmación. A ningún miembro de la Corte Suprema de Justicia se le hubiera siquiera ocurrido cuestionar su afirmación: todos lo respaldaban, perfectamente conscientes de que era un asesino serial, un genocida, un delincuente que llevaba su país a los abismos. En esos tres días de junio y julio de 1933 el responsable del asesinato de ese más de un centenar de dirigentes nazis no procedía en calidad de un simple ser humano, susceptible de cometer un crimen. Y castigado por ello. Hitler estaba por encima de cualquier ordenamiento jurídico. Dice Carl Schmitt, el más destacado especialista en derecho constitucional de la Alemania del Siglo XX: “Dentro del espacio total de aquellos tres días destacan particularmente las acciones judiciales del Führer en las que como líder del movimiento castigó la traición de sus subordinados contra él como líder político supremo del movimiento. El líder de un movimiento asume como tal un deber judicial cuyo derecho interno no puede ser realizado por nadie más. En su discurso ante el Reichstag, el Führer subrayó de manera expresa que en nuestra nación sólo existe un portador de la voluntad política, el Partido Nacionalsocialista.” No necesitó explicar Schmitt que, en rigor y en toda circunstancia, el Partido Nacionalsocialista era el propio Hitler. Nadie más.

        ¿No es del caso afirmar que en tales circunstancias, cuando en una sociedad la justicia renuncia a ejercer sus deberes y obligaciones rindiéndose ante los otros poderes, limitándose simplemente a legitimar todas sus acciones, sin importar la naturaleza criminal de las mismas, se ha consumado la gansterización de la justicia?

@sangarccs

Raúl Castro y el Papa Francisco, misterios de la Iglesia – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Asdrúbal Aguiar

Chris Mathews, periodista británico de tendencias socialistas, se llevó una amarga sorpresa cuando llegó a entrevistar al Cardenal Bergoglio, primado argentino. Sufrió lo que cuentan del pastor que fue por lana y salió trasquilado: no consiguió enardecer al cardenal Bergoglio con sus reproches socialistas. El que salió enardecido fue él.

La entrevista dio la vuelta al planeta en tiempos en que ni Bergoglio ni Mathews tenían la menor idea de lo que le esperaba a uno de ellos: convertirse en el Sumo Pontífice de la Iglesia católica, apostólica y romana. Si todo lo que en dicha entrevista expresara el primado argentino contribuyó a que el Sacro Colegio Cardenalicio lo designara máximo dirigente de los miles de millones de cristianos del mundo, la intención no podía ser más clara: sincerar la política, acercarla a los principios de la Iglesia Católica, desterrar la demagogia, la humillación, la mentira  y humanizar la gestión de la vida pública, adecentándola y descascarándola de la pesada carga de manipulación marxista. En el caso concreto de América Latina, advertirle al mundo de la grave amenaza que se cernía sobre el continente desde Venezuela, en donde un teniente coronel golpista practicaba en abundancia lo que Bergoglio consideraba el colmo de la manipulación: empobrecer a las mayorías en nombre, precisamente, de esa mayoría, para arrastrarla a elegir a sus propios depredadores. Bergoglio acusaba, precisamente, al socialismo marxista, al chavismo en concreto, y al castrocomunismo por extensión, dominio e influencia, de empobrecer para reinar: “Culpo a los políticos que buscan sus propios intereses. Los socialistas creen en la redistribución que es una de las razones de la pobreza. Ustedes quieren nacionalizar el universo para controlar todas las actividades humanas”.

La radicalidad y racionalidad del rechazo al socialismo no podía ser más categórico. E iba a la esencia del reproche del liberalismo al comunismo: no le enseña al hombre los medios para su propio enriquecimiento, sino que lo conduce irremisiblemente a la mendicidad para convertirlo en un siervo del Estado. Vale decir, del partido. “Ustedes destruyen el incentivo del hombre para, inclusive, hacerse de su familia, un crimen contra la naturaleza y contra Dios. Estas ideologías” –no necesita aclarar que se trata del comunismo en todas sus vertientes – “crean más pobres que todas las corporaciones que ustedes etiquetan como diabólicas”.

La indignación de Mathews lo lleva a brincar de la silla: “Nunca había escuchado algo así de un cardenal”. A lo cual responde el hoy Papa Francisco, si bien, necesario es aclararlo, por entonces nadie divisaba el papado en su horizonte inmediato, “la gente dominada por socialistas necesita saber que no tenemos que ser pobres.” Y allí destapa el frasco de la indignación de Mathews, pues Bergoglio deja de lado toda prudencia y entierra su espada en el corazón del monstruo: “El imperio de la dependencia creado por Hugo Chávez, con falsas promesas, mintiendo para que lleguen a arrodillarse ante el gobierno y ante él. Dándoles peces pero sin permitirles pescar. Si en América Latina alguien aprende a pescar, es castigado y sus peces confiscados por los socialistas. La libertad es castigada. Tú hablas de progreso y yo de pobreza.”

La trascendencia del reproche y su profunda importancia radican en el análisis que lo sustenta: no se trata de Hugo Chávez, ni siquiera de Venezuela. Se trata de toda nuestra región, se trata del Foro de Sao Paulo:  “Temo por América Latina. Toda la región está controlada por un bloque de regímenes socialistas, como Cuba, Argentina, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Nicaragua. ¿Quién los salvará de esa tiranía?”.

Reboza de la acrimonia cardenalicia toda una reflexión metódica y científica – sociológica, económica y políticamente sustentada que inhiben cualquier consideración accidental. El anticomunismo de Bergoglio se inserta en la más compleja y profunda tradición de la Iglesia y el cristianismo: un tirano comunista no puede arrodillarse ante el Papa y prometer regresar al seno de la Iglesia luego de haber tiranizado a su Patria durante más de medio siglo, perseguido a su Iglesia, encarcelado y asesinado a sus mejores hijos y llevado al dominio de todo un continente en los términos tan contrarios al espíritu de la Iglesia, como le reclamaba Bergoglio a Mathews, receptor por circunstancia de un discurso dirigido a toda la izquierda socialista mundial: “Ustedes han creado el estado de bienestar y ha sido solo respuesta a las necesidades de los pobres creados por la política. El estado interventor absuelve a la sociedad de su responsabilidad. Las familias escapan de su responsabilidad con el falso estado de bienestar e inclusive, las iglesias. La gente ya no practica la caridad pues ve a los pobres como problema del gobierno. Para la igledia ya no hay pobres que ayudar, los han empobrecido permanentemente y son ahora propiedad de los políticos. Y algo que me irrita profundamente, es la inhabilidad de los medios para observar el problema sin analizar cuál es la causa. A la gente la empobrecen para que luego vote por quienes los hundieron en la pobreza”.

Si la cruda e implacable sinceridad del cardenal Bergoglio irritó hasta la exasperación a un periodista de simples tendencias socialistas al encontrarse a un anticomunista de la más rancia, legítima, justificada y pura especie ¿qué reacciones no hubiera provocado en un tirano que constituye la prueba palpable y fehaciente de las graves y trascendentales acusaciones de quien hoy ocupa el trono papal? Es más: ¿qué habría pensado el máximo responsable por la creación del bloque socialista que él denuncia tan frontalmente y sin tapujos? Estamos ante otro misterio de la Iglesia.

@sangarccs

Los consejos de Monedero – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Jacinto Benavente dijo alguna vez que cuando no se piensa lo que se dice, se dice lo que se piensa. Lo he vuelto a recordar escuchando a su compatriota Monedero, súbitamente liberado de la pesada obligación de tener que pensar por su partido y no emitir sonido sin pensar en lo que debe decir. Liberado de esa presión, ha dicho lo que piensa.

Debo reconocer que sus últimas dos afirmaciones me han convencido de su alto coeficiente intelectual: las he suscrito y con gusto se las transmito a mis amigos venezolanos en sus denodados esfuerzos por romper las gríngolas del partidismo oligárquico que aprisiona a los viejos y nuevos dirigentes máximos de los partidos democráticos, convirtiéndolo en parapléjicos servidores del statu quo.

La primera de dichas afirmaciones pretendía prevenir a su amigo Pablo Iglesias y a su Partido PODEMOS de entusiasmarse demasiado con la participación electoral. Dijo, palabras más palabras menos, que inscribirse en una carrera electoral era el método más seguro de perder frescura y compartir los lastres que anclan los partidos al inmovilismo del establecimiento. Las elecciones suelen ser las trampas perfectas para cumplir la sentencia del Conde de Lampedusa: aparentar cambiarlo todo parlamentariamente para que no cambie absolutamente nada existencialmente. Y eso que en el caso español no existe un ente como el CNE, encargado de velar cual lobo feroz de que en Venezuela jamás ganen los buenos y siempre ganen los malos.

La segunda reflexión del ex asesor de Hugo Chávez y  principal intelectual de PODEMOS me pareció muchísimo más importante, siempre prensando en los esfuerzos de quienes se esfuerzan por romper el inmovilismo de las cúpulas democráticas venezolanas y buscan sacudir las conciencias ciudadanas para sacar las cabezas de la cloaca: nada peor que la moderación. “La moderación puede desarmar a Podemos” , declaró en una entrevista  con el periódico madrileño El País. Y a cualquier organización que busque romper los compromisos que esclerotizan la correlación de fuerzas, agregaríamos nosotros.

En su primera entrevista luego de anunciar su renuncia a PODEMOS,  dio a conocer las razones de su dimisión. Las reproduzco in extenso, para consideración de quienes, recién lanzados a la maravillosa aventura de la política, deben enfrentar la tentación del Poder: transar con los estereotipos y cacicazgos de la vieja política y adecuar sus pulsiones rupturistas a los calendarios seudo institucionales:  “Según el análisis de Monedero, el momento en que las fuerzas políticas tienen como principal objetivo “acceder al poder” entran también “en el juego electoral y empiezan a ser rehenes de lo peor del Estado, de su condición representativa”. Monedero, que en el pasado expresó dudas sobre la eficacia del 15-M, llama ahora a recuperar el espíritu de “los orígenes”.

“El baile electoral es muy frustrante porque no deja espacio para los matices, para las escalas de los grises entre el blanco y el negro, prima más jugar con lo que la ciudadanía ya piensa que con lo que quieres proponerle. Y perdemos insolencia, desobediencia, coraje. Podemos se ha construido así y es importante que no perdamos esa frescura”. Estas palabras formaban parte de su reflexión antes de tomar la decisión definitiva, y remiten a un momento del que el propio Pablo Iglesias dice tener “cierta nostalgia”. Pero ahora, como insistió este jueves, su meta es tener responsabilidades de Gobierno. Lo que incluye explorar pactos, hacer equilibrios con el programa y, en definitiva, ser un partido político.” El País, 30 de abril de 2015.

Por lo visto, Monedero, el intelectual, ha debido beber del margo trago de la decepción. Nada nuevo.  Platón anticipó el sendero huyendo del tirano de Siracusa. Una cosa es pensar, otra hacer política. Los dos senderos que se bifurcan.

@sangarccs

Las izquierdas en la encrucijada – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Isabel Allende Bussi

@iallendebussi

           La muerte de Hugo Chávez, la profunda crisis en que se ha sumido el chavismo, particularmente en Venezuela desde la imposición de Nicolás Maduro y la drástica caída de los precios del petróleo,  la pérdida de recursos estratégicos que ello supone para el gobierno cubano, el refortalecimiento de los Estados Unidos en la política mundial y la iniciativa Obama de acercamiento a Cuba y el desbloqueo de las relaciones constituyen el marco de referencia de un nuevo ciclo para la izquierda latinoamericana agrupada en el Foro de Sao Paulo, fundado por Fidel Castro y Lula da Silva en 1992.  Se cierran dos décadas de avances, copamiento institucional, conquista de gobiernos y control de la región en la OEA y todas las instancias multinacionales, desde el ALBA hasta UNASUR. Soplan dramáticos vientos de cambio. Este nuevo embate revolucionario, llegado en los 90’s del  brazos el golpismo militarista venezolano,  está muerto. Mientras lo que resta de lo que un día fuera la revolución cubana, agoniza. La Historia está dando vuelta a esa página.

La pérdida de respaldo popular y la profunda crisis económica y social que afecta a la joya de la Corona de las izquierdas reales, Venezuela, amenaza con la debacle: Maduro se sostiene a duras penas en el poder. Lo sigue manteniendo a pesar de todo, gracias al respaldo militar, policial y represivo de la tiranía cubana, que lo controla. Y favorecido internamente por la desgraciada desunión de los factores de la oposición democrática. La radicalización intentada  a control remoto desde La Habana y la denodada oposición encontrada en las filas opositoras más consecuentes, se han saldado con más represión, más persecución, más cárcel y más  violencia desde el ejecutivo. A la oleada de asesinatos cometidos por el ejército, la policía y los organismos parapoliciales del régimen – los llamados colectivos – en respuesta a las protestas estudiantiles que sacudieran al país durante todo el año 2014 y parte del 2015, se sucedieron la detención ilegal y el encarcelamiento arbitrario de dos de los más destacados líderes opositores: Leopoldo López, que ya cumple más de un año en prisión, y el Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma, detenido desde el 18 de febrero de 2015 y recientemente internado en una clínica para someterlo a una intervención quirúrgica tras el agravamiento en la cárcel de su frágil estado de salud.

Pero el saldo de esas movilizaciones, esos asesinatos y esos encarcelamientos ha arrastrado el parapeto de la satrapía al borde del abismo. A mediados de 2014 el mundo fue conmovido por la ola represiva del gobierno, que ya no pudo seguir escudándose tras la mascarada democrática. Periodistas, intelectuales, políticos, gobiernos e incluso el estrellato hollywoodense alzaron su indignación contra la dictadura de Nicolás Maduro. Que sólo pudo ser rescatado del desastre por la inmediata movilización ordenada desde La Habana de todos los gobiernos controlados por la UNASUR y el Foro de Sao Paulo que corrieron a Caracas a terciar en unos diálogos sin otro propósito que deslegitimar y paralizar las protestas, diálogo que sólo pudo sostenerse por la colaboración de la oposición oficialista. Y que logró, a medias, sus objetivos desmovilizadores. Pues la protesta continuó, con saldos estremecedores: el asesinato a mansalva, con ensañamiento y alevosía de un liceano de 14 años y el encarcelamiento del Alcalde Metropolitano en febrero de 2015, a un año del inicio de la ola movilizadora convocada por la llamada SALIDA, volvieron a encender la movilización popular y la denuncia internacional, siempre bajo el protagonismo de los sectores opositores encabezados por María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma.

La oposición vivida en Venezuela en estos últimos dos años ha sido obra de esos tres factores. Cuya mayor proeza ha sido lograr el respaldo de 36 ex presidentes de la república de América Latina y de España y el pronunciamiento categórico de los más importantes parlamentarios de la región exigiendo la inmediata liberación de nuestros presos políticos. Dicha proeza ha sido obra de dos mujeres incansables, insobornables e incorruptibles: Lilian Tintori y Mitzi Capriles, esposas de Leopoldo López y de Antonio Ledezma. Que han logrado obtener, justo es reconocerlo y alabarlo, el respaldo generoso y solidario de la dirección de la MUD y, en particular, de su Secretario General, Jesús Chuo Torrealba. Una obra de alta ingeniería política, de cuyo éxito podría depender el futuro de la Venezuela democrática. Sin la unidad de todas las fuerzas opositoras, la salida es impensable.

Este dramático proceso de internacionalización del conflicto venezolano, presente en las principales preocupaciones de todas las cancillerías de América Latina, de Canadá y los Estados Unidos, de España y de Europa ha provocado un inocultable quiebre de las izquierdas en América Latina y España. Valores trascendentales propios de las más legítimas aspiraciones de las izquierdas y sus movimientos sociales, como la defensa de los derechos humanos y el respeto a la institucionalidad democrática, se han visto trágicamente cuestionados por la solidaridad automática con un gobierno supuestamente de izquierdas, lo que es perfectamente cuestionable, que lleva dieciséis años violándolos. Dejando de manifiesto intereses espurios, dependencias económicas, pagos de favores, tozudez ideológica, corrupción y traición a los principios fundacionales de los movimientos populares.

El caso Venezuela ha puesto de manifiesto que tras la ambición de poder del Foro de Sao Paulo se escondía la crisis de unas izquierdas corrompidas, corrupción que revienta en el rostro de sus pueblos tras el control de sus gobiernos por los próceres de dichas izquierdas de una manera brutal y descarnada, como lo demuestran el caso PETROBRAS, en Brasil, el asesinato del fiscal Nisman y el encubrimiento al terrorismo iraní en Argentina y los negociados de la familia Bachelet y el financiamiento de los partidos en Chile. ¿Es imaginable que los servicios de inteligencia de todos los gobiernos solidarios con la dictadura venezolana desconozcan el papel del gobierno Maduro en el manejo del narcotráfico, el respaldo al terrorismo musulmán, la connivencia del gobierno venezolano con las FARC, la plataforma facilitada a todos los movimientos terroristas de la Yihad? ¿Es posible que se nieguen a reconocer la colosal dimensión del desfalco del corrupto régimen Chavez/Maduro, responsable de la desaparición de cientos de miles de millones de dólares devorados en las fauces de la corrupción de unos gobernantes facinerosos? ¿Es imaginable que no hayan tomado nota de las denuncias sobre los inconcebibles montos traficados por espalderos, contratistas, familiares, aliados y socios de Chávez y de Maduro en la banca europea? ¿Es posible que se nieguen a reconocer los vínculos del gobierno venezolano con la Yihad? ¿Es imaginable su negativa a reconocer la naturaleza fraudulenta de la llamada revolución bolivariana

La tenacidad y persistencia de taras inveteradas siguen anclando a la izquierda a sus viejos prejuicios, a sus mitos fundacionales, a sus ancestrales lugares comunes. Con un trágico y gangrenoso agravante: la brutal amoralidad y el gansterismo neo fascista impulsado por los Castro en connivencia con Hugo Chávez con el fin de terminar controlando la región, como deja ver el estremecedor testimonio de Leamsy Salazar recogido por el periodista español Emili J. Blasco, de ABC, en su libro Bumerán Chávez, Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela (Washington y Madrid, abril de 2015).  Aún ignaro de esta hamponil deriva que preparaban las izquierdas, el gran novelista chileno Roberto Bolaño confesó en una de sus últimas entrevistas antes de morir, a los 50 años: “Sigo siendo de izquierda y sigo creyendo que la izquierda, desde hace más de sesenta años, mantiene en pie un discurso vacío, una representación hueca que sólo puede sonarle bien – esa catarata de lugares comunes – a la canalla sentimental. En realidad, la izquierda real es la canalla sentimental quintaesenciada”. Por entonces no estaba del todo claro que pronto, muy pronto, esa izquierda, la suya y la mía, la nuestra, sería no sólo una canalla sentimental, sino una canalla de traficantes, ladrones, corruptos y asesinos, como los que subirían al poder de la izquierda real en la Venezuela arrastrada a sus abismos. Administrada para mayor INRI por los hermanos Castro en nombre del Ché Guevara. Sobrevivientes gracias al ruin saqueo de su odiada Venezuela.

Sin consideración a los profundos cambios económicos, sociales y políticos que han tenido lugar en el planeta luego de la Segunda Guerra Mundial, el fin de los colonialismos, la debacle y caída de la Unión Soviética y su bloque imperial y el fin del comunismo, tan manchado en sangre por el Archipiélago Gulag y las mazmorras castristas como Auschwitz y Treblinka, la izquierda ha seguido flotando en las nubes de un pasado irreal. Cometiendo atropellos indignos de su pasada grandeza intelectual y moral. Presta a condenar las dictaduras de derecha, pero incapaz de condenar a la peor de las dictaduras de que se tenga memoria en nuestro continente, la cubana. Prisionera de la vieja trampa hitleriana y estalinista del rojo y el negro, de Dios y el Diablo, atada al maniqueísmo de bloques enfrentados, ya periclitados y ajenos a la verdadera actualidad del tiempo.

Hoy, como ya nadie se atreve a desconocer, la alternativa vigente no es la falsa y  maniquea diferencia de izquierdas y derechas, sino la de demócratas y autócratas. Como no se cansan de señalarlo Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, muy por encima de esa vieja y trasnochada contraposición de ideologías fracasadas está el imperativo moral, ya categórico, del liberalismo o el totalitarismo. La libertad, he allí el imperativo kantiano de todas las luchas sociales.

Avergüenza que, sin excepción ninguna, todas las izquierdas gobernantes hayan renunciado a defender la libertad en aras de mantener un gobierno espurio, anti popular, autocrático, militarista, estatólatra y caudillesco. Como el que impera por sus fueros en Venezuela, atropellando todos los derechos humanos. Y se nieguen a retirarle el respaldo a quienes llevan 56 años encadenando a su pueblo y manchando a las izquierdas de oprobio e ignominia.

La disyuntiva no puede ser más clara: o las izquierdas abren los ojos y regresan a la defensa de sus valores inalienables, o desaparecen. Tertium non datur.

@sangarccs

El bumerán Chávez, de Emili J. Blasco – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Aníbal Romero

1

            “Algún día, sí, se escribirá la historia completa, cuando quienes están en un pacto de silencio finalmente hablen. Pero aunque aún hoy se desconozcan muchos detalles, la vedad que intenta taparse – por vergonzosa – es suficientemente manifiesta. Chávez se sirvió tanto de la ayuda de Castro para prolongar su poder en el tiempo, que cuando este se le terminaba puso directamente al régimen cubano como albacea de la revolución venezolana por él emprendida. Desconfiado de su entorno, Chávez se apoyó en vida de tal manera en la labor de Cuba como asesora, espía y gendarme dentro de Venezuela, que ante su muerte no vio otra garantía para la perpetuación de su obra que la permanencia del control cubano. La diferencia entre un momento y otro era que al desaparecer él se marchaba quien podía ejercer de contrapeso y árbitro. El proceso de su enfermedad fue un claro catalizador de esa transición final, en la que el mismo Chávez y su obra quedaron a merced del régimen cubano. Maduro fue entonces aupado, y luego sostenido, por La Habana…”[1]

Cuesta expurgar un párrafo, una frase, unas palabras de un libro tan estremecedor por las brutales revelaciones que entrega a la conciencia de la opinión pública sobre el gran fraude – así lo califica – que ha significado la revolución bolivariana, que al intentarlo se le hace injusticia a todo el resto. No hay una palabra, una coma, un punto que no constituya un testimonio del horror desplegado en Venezuela desde que el teniente coronel Hugo Chávez y sus pandillas asaltaran el Poder del Estado y el control total de la sociedad. Sin otra ambición que el poder por el poder y la subordinación existencial a un padre imaginario idolatrado, en doloroso contraste con progenitores despreciados. Un proceso de vergonzosa desnaturalización contando con la connivencia, la obsecuencia y la alcahuetería de académicos, editores, banqueros, periodistas, jueces, artistas e incluso literatos y filósofos de la notabilidad de viejos aristócratas y altos burgueses.

Las dos razones que obstaculizan el empeño no sólo por citar lo que de suyo merece una lectura in extenso sino por reseñar la obra misma son muy fáciles de establecer: el asombro y la vergüenza. El asombro ante la magnitud del fraude, los montos escalofriantes de sus estafas,  la violencia y brutalidad de sus iniquidades y la absoluta impunidad y desvergüenza con que se cometieron esas espantosas fechorías: narcotráfico, terrorismo internacional, saqueos a manos descubiertas que cubren presupuestos enteros de muchas repúblicas. Sin contar con la odiosa manipulación de mecanismos democráticos sagrados, como los procesos electorales, convertidos en desvergonzados asaltos a mansalva, con saña, en despoblado y con alevosía a la voluntad ciudadana.

La vergüenza por reconocer que ese desafuero, seguramente único en la historia semi milenaria de nuestra América y posiblemente en el mundo, ha tenido lugar ante nuestros ojos, ante la asombrosa pasividad de Europa y los Estados Unidos, así como con la complicidad de todos los gobiernos – sin excepción – de la región y la obsecuencia, la pusilanimidad y la falta de honor de las fuerzas políticas venezolanas que dejaron la reacción de la dignidad y el honor en las manos desesperadas de unos luchadores solitarios – como Franklin Brito – o de unos jóvenes combatientes que apenas salían de la adolescencia.

2

La única experiencia por mi conocida entre el asombro y la vergüenza la viví in situ académica, documentalmente pocos años después de ocurridos sus hechos: el nazismo alemán. La brutal inescrupulosidad, el engaño y la manipulación de masas, la servil subordinación vital a un caudillo megalómano, ególatra y delirante, la esclavización de pueblos enteros, la corrupción, el deshonor, la crueldad, la ilimitada maldad desplegada por las élites de un pueblo extraordinariamente culto y desarrollado.

La narración del descaro y el desparpajo con que Hugo Chávez le ordena a sus secuaces al comienzo mismo de su mandato aliarse a las narcoguerrillas colombianas y emprender asociados con ellos la multinacional empresa del narcotráfico, que les proveería a unos y otros, montos siderales de divisas en monedas fuertes precisamente cuando los Estados Unidos se embarcaban en una guerra frontal contra el flagelo, da cuenta del voluntarismo y la decisión de asomarse al gran mundo del Poder planetario con un ímpetu fáustico, prometeico. Es el mismo ímpetu con que se alía a Irán y a Irak, a Siria y la yihad islámica seguro, como Fidel, su padre putativo y espiritual, que el enemigo principal a enfrentar y combatir son los Estados Unidos. Resuena la observación de viejos comunistas, para quienes el narcotráfico no sólo provee de los medios para estrangular a los yanquis, sus principales consumidores, sino para corromperlos en su médula existencial. ¿Quién dijo que obtener dinero para hacer la revolución y, de paso, gangrenar al capitalismo, era un delito?

No fueron Marx ni Hegel los dioses domésticos de la revolución bolivariana al arribo del chavismo, la versión fraudulenta y hamponil de la revolución socialista del nuevo siglo: fueron Hermes, el griego, y Mercurio, el romano, los dioses de los ladrones. No fueron la emancipación popular ni la dignificación del trabajo, sus motivos conciliares. Fue el dinero. Fueron montañas de dinero. Fueron decenas, cientos, miles, millones, miles de millones de dólares. Fidel despacha a los combatientes que envía a invadir Venezuela en 1966 y 1967 con diez mil dólares contantes y sonantes y en efectivo a cada uno del puñado de guerrilleros. Y el Ché Guevara habrá llevado decenas de miles como para comprarse hasta una finquita desde donde iniciar la conquista de Bolivia, el corazón de América del Sur.

Chávez, lo cuenta Emili Blasco, nada más conquistar el gobierno y reunirse con la cúpula de las FARC – Iván Márquez y Raúl Reyes, entre otros – para aliarse y combatir a Álvaro Uribe y empujar a las narcoguerrillas a la conquista del Poder en Colombia, le ordena a uno de sus secuaces, hacerles entrega de quinientos millones de dólares. No se andaban con chiquitas. Era la revolución petrolera del Siglo XXI.

3

Habituados al montaje cinematográfico de grandes actos de terrorismo y matonaje, robos y asesinatos, asaltos y combates bélicos, no sabemos distinguir si El bumerán Chávez es un guión para algunos de los grandes productores de filmes de acción de Hollywood o el fiel retrato de una de las más poderosas mafias políticas latinoamericanas que se hayan hecho con la principal reserva estratégica de petróleo del mundo. Una nación que liberó a cinco otras naciones y decidió el destino político de todo un continente hace apenas doscientos años. Una nación entonces de poco más de un millón de habitantes cuyos guerreros recorrieron el equivalente a varias veces el diámetro ecuatorial del planeta, a caballo, atravesando montañas gigantescas, ríos descomunales, valles y desiertos sin otro propósito que conquistar la libertad, establecer la igualdad y fundar la república. Logrando al cabo su propósito. En el caso de quien viera usurpado su nombre para servir de mascarón de proa del barco pirata del chavismo, con el saldo trágico de haber dilapidado toda su fortuna y haber muerto con lo puesto. Y un tercio de la población de su provincia sacrificada en el fuego lustrar de la guerra.

El comentario de Emili J. Blasco, estupefacto por los hechos, no puede causarnos más que una gran desazón y una profunda vergüenza: “Quizás lo más extraordinario de la Venezuela chavista haya sido precisamente la sumisión voluntaria a otro país, que además es más pequeño y pobre y está nada menos que a mil cuatrocientos kilómetros de distancia. Revoluciones y caudillismos, movilizaciones populares y represiones se han dado muchas veces en la historia, y cómo no en la latinoamericana. Pero si por algo distintivo debiera figurar el chavismo en los libros es por esa singular subrogación”. [2] Yo diría: avasallamiento.

Carlos Alberto Montaner, citado por Blasco, lo expresó con su profundo conocimiento de la historia cubana: “¿Cómo una pequeña, improductiva y empobrecida isla caribeña, anclada en un herrumbroso pasado soviético borrado de la historia, puede controlar a una nación mucho más grande, moderna, rica, poblada y educada, sin que haya existido una previa guerra de conquista?”. Prosigue Blasco: “Es la pregunta a la que se vuelve continuamente. ¿Por qué Venezuela, un país con un Producto Interior Bruto de casi cuatrocientos mil millones de dólares, acabó tan dependiente de Cuba, con uno de sesenta mil millones?”. [3] Y cita luego a otro gran analista político, el argentino Andrés Oppenheimer: “Cuba manejó” – y sigue manejando, agregamos nosotros – “el Gobierno de Venezuela como ningún país ha manejado los asuntos internos de otro en la reciente memoria de la región”. [4]

Un libro pleno de revelaciones, las más de ellas escalofriantes, de cuya lectura se sale conmovido por el asombro y la vergüenza. Y la terrible y descarnada incógnita del desenlace: ¿Hasta cuando el asombro, hasta cuándo la vergüenza? Como lo cantara el gran bardo judeo americano: “The answer, my friend, is blowing in the wind. The answer is blowing in the wind…”


[1] Emili J. Blasco, El bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela. pág. 44. Washington, Madrid. Abril de 2015.
[2] Ibídem, pág. 44.
[3] Ibid., pág. 45.
[4] Ibid., pág 46.

@sangarccs

Yo, el emigrante – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Lorenzo Mendoza

Soy un emigrante. No por propia voluntad, lo confieso, pero inmensamente agradecido de este destino de destierros y exilios que Dios me impuso, tal vez para honrar a algunos de mis antepasados judíos, pueblo de destierros y emigraciones, producto maravilloso de esta cultura de desterrados que es la nuestra. ¿O nos olvidaremos que en el crisol de las invasiones de los bárbaros que cayeran al derrumbe del Imperio Romano sobre las civilizaciones asentadas en la cuenca del Mediterráneo se formaron todos los pueblos que dieran origen a nuestra cultura grecolatina y judeo cristiana?

Soy un emigrante, como todos nosotros, esa “raza cósmica” de venas abiertas echadas al mundo por la mancebía de la Malintzin y Hernán Cortés, como acabo de recordarlo en Las venas abiertas de América Latina. ¿Qué seríamos si Dios hubiera decidido que siguiéramos las sendas que llevaban los imperios aztecas e incaicos? ¿Súbditos del último emperador mexicano o del Rey Dios peruano? ¿Miembros de las élites esclavistas y caníbales de Moctezuma o de los guerreros de la Pachamama?

No me veo de sumo sacerdote arrancándole el corazón a un tlascalteca o imponiendo tributos sobre los alacalufes patagones. Mucho menos corriendo cientos de kilómetros por el desierto de Atacama para llevar un mensaje del jefe de los ejércitos incaicos de tambo a tambo.

Y no se crea que en mis ascendientes no están los mapuches. Mi madre provenía del fondo oscuro y desconocido del Chile de la pobresía. Mi padre era un pudiente de orígenes europeos venido a menos. Su madre, mi abuela, una sefardita vascofrancesa avecindada en La Serena, al norte de Santiago.

Y una de las sacrosantas verdades aprendidas en ésta mi patria adoptiva, a la que venero, es que detrás de todo venezolano hay un café con leche. De modo que no es ningún sacrilegio suponer que detrás del mantuano entre los mantuanos, el vasco entre los vascos, el aristócrata entre los aristócratas, el multimillonario entre los multimillonarios, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, no haya un negro o una negra por acción u omisión, por genética biológica, nutricia o cultural. Por lo menos sobrevivió a la orfandad y creció entre los hombre gracias a leche prestada o alquilada. Todo lo demás es cuento.

De allí la monstruosa, la gigantesca, la criminal falacia racista en cuyas hogueras ardieran seis millones de judíos, según la cual existen las razas puras. Una patraña repugnante y absolutamente insostenible desde que supiéramos que procedemos del primer homínido de cuyos restos tengamos certidumbre: una pequeñaja bautizada como Lucy que vivió hace entre dos y dos millones y medio de años en el sur del continente africano. Todos los brincos posteriores hasta dar con el homo sapiens hablan de emigraciones, entrecruzamientos y la desesperada búsqueda de lo que hoy hemos llegado a ser: unos emigrantes. Unos metecos.

Pero habemos algunos que somos más emigrantes que otros. Salí de Chile a los 23 años a realizar mis estudios de posgrado en Alemania occidental, becado por una institución alemana. Que la pobreza chilena no hacía posible el insólito privilegio de cupos y grandes mariscales. Y, por favor, ante la extraña susceptibilidad que ha cundido entre nosotros, que nadie se ofenda. Dice un refrán muy chileno y muy popular: “al que quiera celeste, que le cueste”.  A los chilenos, el celeste nos viene costando desde los tiempos fundacionales un mundo entero: hemos sido pobres de solemnidad. A Dios gracias.

Volví a Chile desde Berlín Occidental en cuanto fue electo Don Salvador Allende. Pues por entonces me parecía que arrimarle el hombro a la revolución era infinitamente más importante que obtener un summa cum laude. Y antes de cumplir tres años en Chile volví a salir, esta vez para siempre. Tampoco fue por propia voluntad. De haberme quedado, desprovisto de todas las condiciones para sobrevivir en la clandestinidad, corría el riesgo de ser aprehendido y asesinado. Como le sucediera prácticamente a todos mis compañeros de partido. Y consideraba, como lo sigo considerando, y hoy con muchísimas más razones, como Brecht, que pobre de aquel país que necesita héroes.

De esto hace poco más de 41 años. Prácticamente mi vida adulta. Para, al cabo del tiempo, venir a dar a un país maravilloso, hecho en su modernidad por emigrantes. Me enamoré y me casé con una emigrante, hija y hermana de emigrantes, tía y abuela de emigrantes. Toda mi familia venezolana, sin excepción ninguna, es una familia de desterrados, de desarraigados, de emigrantes. Se cuelan por allí y por acá algunos andinos de prosapia, que mezclados con estos emigrantes, han terminado por emigrar. Gran parte de mi sobrinazgo ha regresado a España, de donde provienen sus padres y abuelos por vía paterna. Y de lo que queda, el deseo de aprovechar la única vida que les será dada sin arrodillarse ante la barbarie dominante me hace suponer que, de no haber un cambio drástico, profundo, radical y esperanzador de un futuro verdadero en nuestro país, terminarán saliendo al exilio.

Nada como para espantarse. Si los pueblos no tuvieran, como los seres humanos, la capacidad de regenerarse, de asirse a su genética para renovar y fortalecer su sangre, la humanidad se hubiera extinguido hace cientos de miles de años. Dios nos hizo tozudos, tesoneros, ambiciosos, tenaces, testarudos, existencial y ontológicamente insatisfechos y ávidos de vida, como lo demuestra la historia. Esa es una de las razones porque amo a Israel. Hace un suspiro les asesinaron a los judíos casi a toda su población. Los humillaron, los ultrajaron, los asesinaron en masa, a mansalva, en despoblado y con alevosía. Allí siguen, luchando por el derecho a su existencia. Venezuela será nuevamente la misma. Incluso infinitamente mejor: mucho menos ingenua, irresponsable y hedonista. El castigo por su liviandad espiritual y moral aún no alcanza las cotas del sufrimiento de otros pueblos, pero ya sabe a qué sabe el dolor cuando llega al hueso.

Conozco a Lorenzo Mendoza. Un muchacho excepcional, de la mejor crianza de venezolanos ejemplares. En sus genes priman grandes luchadores sociales, como José Rafael Pocaterra, el autor de las Memorias de un venezolano de la decadencia. Y amigos entrañables de Rómulo Betancourt que se enfrentaron con coraje e hidalguía a la dictadura de Pérez Jiménez, como Julio Pocaterra. Tío de su madre, otra venezolana excepcional, de esa estirpe de las grandes guerreras y luchadoras, tan propias de nuestra Patria, Tita Giménez Pocaterra. Por cierto, gran amiga de otra emigrante excepcional, nuestra amada amiga Sofía Imber. Hermana de uno de mis mejores amigos, de cuya cercanía me precio, Álvaro Giménez Pocaterra.

No nos hemos reunido con Lorenzo más de tres o cuatro veces. La primera de ellas, en su despacho, me  causó una honda impresión. Educado en un país de flagrantes diferencias y prejuicios sociales, con gerentes barnizados en Chicago y Wall Street, me sorprendió ver aparecer a un muchachito en jeans, desmelenado, absolutamente contrario al prejuicio que llevaba. Le dije: “¡coño Lorenzo, tú eres como Clark Kent!”. Se abrió la camisa para demostrarme que no llevaba ningún traje oculto con la S de Superman. Y soltamos la carcajada.

No hablamos de Polar. Hablamos de José Ortega y Gasset, mi maestro, al que admira con hondo conocimiento. Hablamos de literatura y filosofía, mis pasiones. Sus pasiones. Y pude ver que era el clásico producto de los salesianos, con los cuales se educara en esa vocación de austeridad casi protestante de los Mendoza Giménez: humilde, alejado de toda superficialidad aristocratizante, empeñoso y trabajador.

Sin pretender convencerme de nada me contó su historia en la Polar, en donde, como todos los suyos, comenzó cargando cajas de refrescos. Y en todos cuyos departamentos se desempeñó, obrero entre los obreros, empleado entre los empleados. Pude comprobar, cuando me acompañaba al estacionamiento, la admiración, la simpatía e incluso el amor que le profesan sus trabajadores, con los que se trata como compañeros. Pude comprobar el amor que siente por la empresa que gerencia, a la que siente como parte del patrimonio colectivo de los venezolanos, no una fuente de enriquecimiento personal. Y cuya sobrevivencia es para él, como para su madre, su familia y todos sus empleados, una condición sine qua non de la democracia venezolana.

Fue llevado por esa profunda raigambre que siente por el sitial de la venezolanidad en el que quiso ponerlo el destino, que reunido con su gente les aconsejó seguir acompañándolo en su cruzada por la sobrevivencia de la Venezuela de sus valientes antepasados. Y les aconsejara que no se fueran, que no lo dejaran solo.

Cualquier malsana interpretación me parece mezquina. Y para demostrarlo, he narrado mi historia, la del emigrante que no temió en irse. Y que empujado por el destino tuvo que cortar con inmenso dolor las raíces con lo más profundo de su identidad. Para terminar con una sola certidumbre: no me iré de Venezuela. Es mi última frontera.

@sangarccs

Ninguneando ex presidentes – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A los Castro son pocos los crímenes de los no se los pueda inculpar: crueles, despóticos, tiránicos, desalmados, camorreros, atropelladores, genocidas, implacables, ambiciosos e inhumanos. Pero ni a Raúl, ni muchísimo menos a su hermano mayor, Fidel Castro se los puede tachar de estúpidos. De todas las artes del dominio político Fidel ha sido el más hábil, el más acucioso, el más prolífico de los caudillos que han sido en la historia de América Latina, si no de Occidente. No ha sobrevivido a todas las presidencias y a todos los papados existentes desde el 1 de enero de 1959 en el mundo entero por mengua intelectual o pobreza imaginativa.

¿Qué fue finalmente lo que lo llevó a escoger al menos capacitado, más inculto, analfabeta y rufián de sus agentes instalados en Venezuela para asumir la herencia de Hugo Chávez, el más avisado de sus discípulos? No he encontrado hasta el día de hoy otra respuesta que la siguiente: consciente de que la sobrevivencia de Venezuela tenía los días irremisiblemente contados y de que a su revolución ya le estaba llegando su hora, optó por el más fiel, más leal, más sumiso, más romo, abyecto, intrascendente y lacayuno de sus esbirros, aquel que le asegurara contra viento y marea el acceso a sus menguadas riquezas y le diera absoluta certeza, hasta el último segundo, de que no le haría una desconocida como la que él le ha estado preparando a la izquierda castrista latinoamericana y mundial: irse con los Estados Unidos.

En estos dos años, según deja ver la encuesta de Alfredo Keller, pulverizó la popularidad difícilmente mantenida por Chávez en las buenas y en las malas por sobre un 50%. Liquidó todo equilibrio de fuerzas, se echó encima a la mitad de la vieja clientela chavista y hasta melló el respaldo de los más duros de entre los duros del chavismo. Lo saben los Castro. ¿Les importa? ¿O es que también se justifica mi otra tesis, a saber: la de que Fidel Castro, desde el famoso portazo en las narices que recibiera de Rómulo Betancourt en Prados del Este, soberbio como Ulises y vengativo como Zeus, recién victorioso héroe de la Sierra Maestra,  no tiene otro objetivo con nuestro país, luego de convertirlo en campo de desolación y tinieblas, que arrasarla hasta sus cimientos?

Yo no puedo creer que un abogado, así jamás haya llevado a cabo otro litigio que su propia defensa, pueda ser tan estúpido y suicida como para ofender a un ex presidente de la República como Felipe González, fiel y consecuente amigo de la revolución cubana cuando ardía Troya y uno de los políticos más sobresalientes de la España post franquista. ¿Cómo va a rebajarse al lenguaje de un proxeneta de prostíbulo de cuarta calificándolo de lobista, valga decir: desconociéndole toda intención de alta política en un hombre jamás cuestionado? ¿Cómo se va a echar encima a ex presidentes de la talla de Andrés Pastrana, Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos, Felipe Calderón, Alejandro Toledo, Luis Lacalle y así, prácticamente a todas las presidencias que en la Latinoamérica de nuestro inmediato pasado, progresista y  democrática, han sido?

No encuentro otra explicación. Los Castro quieren que Maduro se despeñe, termine pulverizado y se extinga en las nieblas de la hecatombe con toda su inmundicia, esbirriato y parentela. Cargar con sus restos sería demasiado lastre para el proyecto que animan: volver a hacer de Cuba un país vivible. Mientras, a chuparle hasta la última gota.

@sangarccs