Empresarios: ¡al paredón! – Trino Márquez

Trino Márquez

Ser empresario independiente en la Venezuela roja se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Tiene el mismo peligro que ser reportero de guerra o periodista en una satrapía. El empresario es culpable de antemano de cualquier delito que se le acuse. Ya la expresión “cerdo explotador”, tan socorrida por los marxistas, resulta un insulto infantil. Los cartuchos que se les lanzan son de mayor calibre. El empresario es un vende patria, un conspirador o un agente enemigo que debe ser destruido. Al empresariado se le cobra su participación protagónica en los sucesos de abril de 2002 y en el paro de finales de 2002 y comienzos de 2003. El comandante juró vengarse de ellos e inició una cruzada para destruirlos. Su heredero ha continuado la labor de demolición. Las consecuencias de este derrumbe estamos padeciéndolas. Antes, sus efectos letales podían esconderse con importaciones masivas. Se aniquilaba a los hombres de empresa nacionales, aunque se fortalecía a los foráneos. Al menguar los dólares la ruina no tiene máscara que la recubra.

Entre las razones básicas que han producido la inflación, la escasez y el desabastecimiento, se encuentra el persistente acoso por parte del régimen de la empresa privada desde hace más de una década, así como los rígidos controles de cambio y de precios. En su conjunto estos factores, además de la severa legislación, han conducido al cierre de muchos miles de empresas y al desestimulo de la creación de empleos productivos y la inversión nacional y foránea, al punto de ser Venezuela, junto a Haití, el país que registra la menor inversión del continente.

Los gobiernos de Chávez y Maduro han perseguido y encarcelado a numerosos empresarios, violando el Estado de Derecho. A los dirigentes de Fedecamaras y Conindustria, entre otros gremios, se les amenaza continuamente con expropiaciones y confiscaciones, o se les empuja para que se marchen del país. Contra el eficiente y comprometido grupo de Empresas Polar se ha desatado una campaña de intimidación que lleva a pensar que el Gobierno ha pensado seriamente en su intervención. Los ejemplos de Agroisleña, Lácteos los Andes y Café Fama de América, antes empresas altamente rentables y hoy quebradas, representan una muestra de lo que ocurriría. La toma de Polar sería una catástrofe nacional.

La excusa utilizada en toda esta criminal maniobra es la existencia de una quimérica “guerra económica” cuyas armas serían el sabotaje, el acaparamiento y la especulación, impulsadas por el sector productivo. Esta es una falacia que no resiste el menor análisis. Numerosos bienes que no se consiguen en los anaqueles y cuyos precios se han disparado en los mercados paralelos, debido a su escasez, son producidos por fábricas pertenecientes al Gobierno, ya sea porque las expropió o las confiscó. En manos del sector público esas factorías, antes eficientes, pasaron a arrojar pérdidas y a producir en muy baja escala. Las cabillas y el cemento son dos ejemplos, entre muchos otros, que ilustran el desmadre. La energía eléctrica falla de forma permanente en todo el territorio nacional, a pesar de que su generación, trasmisión y distribución es monopolio del Estado. Los únicos que se han beneficiado de esta prerrogativa son los bolichicos. La Electricidad de Caracas era una empresa privada que funcionaba con eficiencia y transparencia.

Es necesario solidarizarse con los empresarios cuyos derechos han sido amputados por un Gobierno que busca la venganza aunque esta provoque la destrucción nacional. La empresa privada resulta fundamental para reconstruir la economía nacional y generar empleos decentes, estables y bien remunerados. Sin su aporte el país seguirá hundido en la crisis que estamos padeciendo, cuyas peores víctimas son las familias más pobres, obligadas a soportar interminables colas para conseguir bienes de primera necesidad y forzadas a pagar el costo de la inflación incontenible, consecuencia de los controles, la incompetencia, el cerco a la propiedad  privada y la corrupción.

La proclama de guerra a muerte dictada contra los empresarios los está diezmando y, de paso,  arrasa a toda Venezuela.

@trinomarquezc

Los consejos de Monedero – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Jacinto Benavente dijo alguna vez que cuando no se piensa lo que se dice, se dice lo que se piensa. Lo he vuelto a recordar escuchando a su compatriota Monedero, súbitamente liberado de la pesada obligación de tener que pensar por su partido y no emitir sonido sin pensar en lo que debe decir. Liberado de esa presión, ha dicho lo que piensa.

Debo reconocer que sus últimas dos afirmaciones me han convencido de su alto coeficiente intelectual: las he suscrito y con gusto se las transmito a mis amigos venezolanos en sus denodados esfuerzos por romper las gríngolas del partidismo oligárquico que aprisiona a los viejos y nuevos dirigentes máximos de los partidos democráticos, convirtiéndolo en parapléjicos servidores del statu quo.

La primera de dichas afirmaciones pretendía prevenir a su amigo Pablo Iglesias y a su Partido PODEMOS de entusiasmarse demasiado con la participación electoral. Dijo, palabras más palabras menos, que inscribirse en una carrera electoral era el método más seguro de perder frescura y compartir los lastres que anclan los partidos al inmovilismo del establecimiento. Las elecciones suelen ser las trampas perfectas para cumplir la sentencia del Conde de Lampedusa: aparentar cambiarlo todo parlamentariamente para que no cambie absolutamente nada existencialmente. Y eso que en el caso español no existe un ente como el CNE, encargado de velar cual lobo feroz de que en Venezuela jamás ganen los buenos y siempre ganen los malos.

La segunda reflexión del ex asesor de Hugo Chávez y  principal intelectual de PODEMOS me pareció muchísimo más importante, siempre prensando en los esfuerzos de quienes se esfuerzan por romper el inmovilismo de las cúpulas democráticas venezolanas y buscan sacudir las conciencias ciudadanas para sacar las cabezas de la cloaca: nada peor que la moderación. “La moderación puede desarmar a Podemos” , declaró en una entrevista  con el periódico madrileño El País. Y a cualquier organización que busque romper los compromisos que esclerotizan la correlación de fuerzas, agregaríamos nosotros.

En su primera entrevista luego de anunciar su renuncia a PODEMOS,  dio a conocer las razones de su dimisión. Las reproduzco in extenso, para consideración de quienes, recién lanzados a la maravillosa aventura de la política, deben enfrentar la tentación del Poder: transar con los estereotipos y cacicazgos de la vieja política y adecuar sus pulsiones rupturistas a los calendarios seudo institucionales:  “Según el análisis de Monedero, el momento en que las fuerzas políticas tienen como principal objetivo “acceder al poder” entran también “en el juego electoral y empiezan a ser rehenes de lo peor del Estado, de su condición representativa”. Monedero, que en el pasado expresó dudas sobre la eficacia del 15-M, llama ahora a recuperar el espíritu de “los orígenes”.

“El baile electoral es muy frustrante porque no deja espacio para los matices, para las escalas de los grises entre el blanco y el negro, prima más jugar con lo que la ciudadanía ya piensa que con lo que quieres proponerle. Y perdemos insolencia, desobediencia, coraje. Podemos se ha construido así y es importante que no perdamos esa frescura”. Estas palabras formaban parte de su reflexión antes de tomar la decisión definitiva, y remiten a un momento del que el propio Pablo Iglesias dice tener “cierta nostalgia”. Pero ahora, como insistió este jueves, su meta es tener responsabilidades de Gobierno. Lo que incluye explorar pactos, hacer equilibrios con el programa y, en definitiva, ser un partido político.” El País, 30 de abril de 2015.

Por lo visto, Monedero, el intelectual, ha debido beber del margo trago de la decepción. Nada nuevo.  Platón anticipó el sendero huyendo del tirano de Siracusa. Una cosa es pensar, otra hacer política. Los dos senderos que se bifurcan.

@sangarccs

Las izquierdas en la encrucijada – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Isabel Allende Bussi

@iallendebussi

           La muerte de Hugo Chávez, la profunda crisis en que se ha sumido el chavismo, particularmente en Venezuela desde la imposición de Nicolás Maduro y la drástica caída de los precios del petróleo,  la pérdida de recursos estratégicos que ello supone para el gobierno cubano, el refortalecimiento de los Estados Unidos en la política mundial y la iniciativa Obama de acercamiento a Cuba y el desbloqueo de las relaciones constituyen el marco de referencia de un nuevo ciclo para la izquierda latinoamericana agrupada en el Foro de Sao Paulo, fundado por Fidel Castro y Lula da Silva en 1992.  Se cierran dos décadas de avances, copamiento institucional, conquista de gobiernos y control de la región en la OEA y todas las instancias multinacionales, desde el ALBA hasta UNASUR. Soplan dramáticos vientos de cambio. Este nuevo embate revolucionario, llegado en los 90’s del  brazos el golpismo militarista venezolano,  está muerto. Mientras lo que resta de lo que un día fuera la revolución cubana, agoniza. La Historia está dando vuelta a esa página.

La pérdida de respaldo popular y la profunda crisis económica y social que afecta a la joya de la Corona de las izquierdas reales, Venezuela, amenaza con la debacle: Maduro se sostiene a duras penas en el poder. Lo sigue manteniendo a pesar de todo, gracias al respaldo militar, policial y represivo de la tiranía cubana, que lo controla. Y favorecido internamente por la desgraciada desunión de los factores de la oposición democrática. La radicalización intentada  a control remoto desde La Habana y la denodada oposición encontrada en las filas opositoras más consecuentes, se han saldado con más represión, más persecución, más cárcel y más  violencia desde el ejecutivo. A la oleada de asesinatos cometidos por el ejército, la policía y los organismos parapoliciales del régimen – los llamados colectivos – en respuesta a las protestas estudiantiles que sacudieran al país durante todo el año 2014 y parte del 2015, se sucedieron la detención ilegal y el encarcelamiento arbitrario de dos de los más destacados líderes opositores: Leopoldo López, que ya cumple más de un año en prisión, y el Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma, detenido desde el 18 de febrero de 2015 y recientemente internado en una clínica para someterlo a una intervención quirúrgica tras el agravamiento en la cárcel de su frágil estado de salud.

Pero el saldo de esas movilizaciones, esos asesinatos y esos encarcelamientos ha arrastrado el parapeto de la satrapía al borde del abismo. A mediados de 2014 el mundo fue conmovido por la ola represiva del gobierno, que ya no pudo seguir escudándose tras la mascarada democrática. Periodistas, intelectuales, políticos, gobiernos e incluso el estrellato hollywoodense alzaron su indignación contra la dictadura de Nicolás Maduro. Que sólo pudo ser rescatado del desastre por la inmediata movilización ordenada desde La Habana de todos los gobiernos controlados por la UNASUR y el Foro de Sao Paulo que corrieron a Caracas a terciar en unos diálogos sin otro propósito que deslegitimar y paralizar las protestas, diálogo que sólo pudo sostenerse por la colaboración de la oposición oficialista. Y que logró, a medias, sus objetivos desmovilizadores. Pues la protesta continuó, con saldos estremecedores: el asesinato a mansalva, con ensañamiento y alevosía de un liceano de 14 años y el encarcelamiento del Alcalde Metropolitano en febrero de 2015, a un año del inicio de la ola movilizadora convocada por la llamada SALIDA, volvieron a encender la movilización popular y la denuncia internacional, siempre bajo el protagonismo de los sectores opositores encabezados por María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma.

La oposición vivida en Venezuela en estos últimos dos años ha sido obra de esos tres factores. Cuya mayor proeza ha sido lograr el respaldo de 36 ex presidentes de la república de América Latina y de España y el pronunciamiento categórico de los más importantes parlamentarios de la región exigiendo la inmediata liberación de nuestros presos políticos. Dicha proeza ha sido obra de dos mujeres incansables, insobornables e incorruptibles: Lilian Tintori y Mitzi Capriles, esposas de Leopoldo López y de Antonio Ledezma. Que han logrado obtener, justo es reconocerlo y alabarlo, el respaldo generoso y solidario de la dirección de la MUD y, en particular, de su Secretario General, Jesús Chuo Torrealba. Una obra de alta ingeniería política, de cuyo éxito podría depender el futuro de la Venezuela democrática. Sin la unidad de todas las fuerzas opositoras, la salida es impensable.

Este dramático proceso de internacionalización del conflicto venezolano, presente en las principales preocupaciones de todas las cancillerías de América Latina, de Canadá y los Estados Unidos, de España y de Europa ha provocado un inocultable quiebre de las izquierdas en América Latina y España. Valores trascendentales propios de las más legítimas aspiraciones de las izquierdas y sus movimientos sociales, como la defensa de los derechos humanos y el respeto a la institucionalidad democrática, se han visto trágicamente cuestionados por la solidaridad automática con un gobierno supuestamente de izquierdas, lo que es perfectamente cuestionable, que lleva dieciséis años violándolos. Dejando de manifiesto intereses espurios, dependencias económicas, pagos de favores, tozudez ideológica, corrupción y traición a los principios fundacionales de los movimientos populares.

El caso Venezuela ha puesto de manifiesto que tras la ambición de poder del Foro de Sao Paulo se escondía la crisis de unas izquierdas corrompidas, corrupción que revienta en el rostro de sus pueblos tras el control de sus gobiernos por los próceres de dichas izquierdas de una manera brutal y descarnada, como lo demuestran el caso PETROBRAS, en Brasil, el asesinato del fiscal Nisman y el encubrimiento al terrorismo iraní en Argentina y los negociados de la familia Bachelet y el financiamiento de los partidos en Chile. ¿Es imaginable que los servicios de inteligencia de todos los gobiernos solidarios con la dictadura venezolana desconozcan el papel del gobierno Maduro en el manejo del narcotráfico, el respaldo al terrorismo musulmán, la connivencia del gobierno venezolano con las FARC, la plataforma facilitada a todos los movimientos terroristas de la Yihad? ¿Es posible que se nieguen a reconocer la colosal dimensión del desfalco del corrupto régimen Chavez/Maduro, responsable de la desaparición de cientos de miles de millones de dólares devorados en las fauces de la corrupción de unos gobernantes facinerosos? ¿Es imaginable que no hayan tomado nota de las denuncias sobre los inconcebibles montos traficados por espalderos, contratistas, familiares, aliados y socios de Chávez y de Maduro en la banca europea? ¿Es posible que se nieguen a reconocer los vínculos del gobierno venezolano con la Yihad? ¿Es imaginable su negativa a reconocer la naturaleza fraudulenta de la llamada revolución bolivariana

La tenacidad y persistencia de taras inveteradas siguen anclando a la izquierda a sus viejos prejuicios, a sus mitos fundacionales, a sus ancestrales lugares comunes. Con un trágico y gangrenoso agravante: la brutal amoralidad y el gansterismo neo fascista impulsado por los Castro en connivencia con Hugo Chávez con el fin de terminar controlando la región, como deja ver el estremecedor testimonio de Leamsy Salazar recogido por el periodista español Emili J. Blasco, de ABC, en su libro Bumerán Chávez, Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela (Washington y Madrid, abril de 2015).  Aún ignaro de esta hamponil deriva que preparaban las izquierdas, el gran novelista chileno Roberto Bolaño confesó en una de sus últimas entrevistas antes de morir, a los 50 años: “Sigo siendo de izquierda y sigo creyendo que la izquierda, desde hace más de sesenta años, mantiene en pie un discurso vacío, una representación hueca que sólo puede sonarle bien – esa catarata de lugares comunes – a la canalla sentimental. En realidad, la izquierda real es la canalla sentimental quintaesenciada”. Por entonces no estaba del todo claro que pronto, muy pronto, esa izquierda, la suya y la mía, la nuestra, sería no sólo una canalla sentimental, sino una canalla de traficantes, ladrones, corruptos y asesinos, como los que subirían al poder de la izquierda real en la Venezuela arrastrada a sus abismos. Administrada para mayor INRI por los hermanos Castro en nombre del Ché Guevara. Sobrevivientes gracias al ruin saqueo de su odiada Venezuela.

Sin consideración a los profundos cambios económicos, sociales y políticos que han tenido lugar en el planeta luego de la Segunda Guerra Mundial, el fin de los colonialismos, la debacle y caída de la Unión Soviética y su bloque imperial y el fin del comunismo, tan manchado en sangre por el Archipiélago Gulag y las mazmorras castristas como Auschwitz y Treblinka, la izquierda ha seguido flotando en las nubes de un pasado irreal. Cometiendo atropellos indignos de su pasada grandeza intelectual y moral. Presta a condenar las dictaduras de derecha, pero incapaz de condenar a la peor de las dictaduras de que se tenga memoria en nuestro continente, la cubana. Prisionera de la vieja trampa hitleriana y estalinista del rojo y el negro, de Dios y el Diablo, atada al maniqueísmo de bloques enfrentados, ya periclitados y ajenos a la verdadera actualidad del tiempo.

Hoy, como ya nadie se atreve a desconocer, la alternativa vigente no es la falsa y  maniquea diferencia de izquierdas y derechas, sino la de demócratas y autócratas. Como no se cansan de señalarlo Mario Vargas Llosa y Enrique Krauze, muy por encima de esa vieja y trasnochada contraposición de ideologías fracasadas está el imperativo moral, ya categórico, del liberalismo o el totalitarismo. La libertad, he allí el imperativo kantiano de todas las luchas sociales.

Avergüenza que, sin excepción ninguna, todas las izquierdas gobernantes hayan renunciado a defender la libertad en aras de mantener un gobierno espurio, anti popular, autocrático, militarista, estatólatra y caudillesco. Como el que impera por sus fueros en Venezuela, atropellando todos los derechos humanos. Y se nieguen a retirarle el respaldo a quienes llevan 56 años encadenando a su pueblo y manchando a las izquierdas de oprobio e ignominia.

La disyuntiva no puede ser más clara: o las izquierdas abren los ojos y regresan a la defensa de sus valores inalienables, o desaparecen. Tertium non datur.

@sangarccs

Los circuitos Frankenstein – Trino Márquez

Trino Márquez

Los números negativos que muestran las encuestas para el oficialismo están llevando al gobierno a apelar a todos los mecanismos disponibles para el chantaje, la intimidación, el desestimulo y la disuasión de los votantes opositores. Los rojos no quieren que los demócratas acudan a las urnas electorales en los futuros –esperemos que sea pronto- comicios para elegir la Asamblea Nacional. El último ardid cosiste en aprovechar la Ley de Procesos Electorales de 2009 y la complicidad del Consejo Nacional Electoral y del Instituto Nacional de Estadísticas, para manipular los circuitos electorales con el fin de elevar hasta el infinito el costo de cada diputado opositor y reducir a migajas el de los parlamentarios oficialistas. Miraflores, CNE e INE se confabularon para poblar de diputados golilla el Hemiciclo.

La estrategia es antigua y ha combinado diversas trampas y métodos represivos. Defenestraron a María Corina Machado, la diputada más votada en las elecciones legislativas de 2010. No se anduvieron con sutilezas. Una integrante del órgano que representa la soberanía popular, según la Constitución y la Ley Orgánica de Procesos Electorales, fue despojada de su investidura sin que se respetara el debido proceso. Previamente habían comprado a su suplente, un joven que pasará a la historia de la infamia en Venezuela. Luego vinieron las agresiones contra Daniel Ceballos y Enzo Scarano, dos de los alcaldes más votados en las elecciones de 2013. Más tarde secuestraron a Antonio Ledezma, la segunda autoridad civil del Distrito Capital y el burgomaestre más votado del país. Incluyo en esta lista a Leopoldo López por su peso electoral, aunque para el momento de su arbitraria detención no ocupaba ningún cargo de elección popular. El propósito de estos abusos consiste en demostrar que el régimen puede desconocer la voluntad popular de los votantes opositores, con la complicidad de las instituciones del Estado y sin ningún costo político.

Al lado de las estrategias de choque se encuentran otras más sutiles, elaboradas por matemáticos y estadísticos. El fin: intervenir los circuitos electorales para adaptarlos a los requerimientos del PSUV y de Maduro. El instrumento en esta ocasión es el Censo 2010. A partir de este estudio nacional se proyectan las cifras de crecimiento demográfico de cada estado y de cada municipio y, a partir de esta plataforma, de cada circuito electoral. Ocurre que, de acuerdo con una maniobra fríamente calculada, los circuitos que tradicionalmente se inclinan por los candidatos opositores tuvieron un crecimiento poblacional menor que aquellos circuitos que se decantan tradicionalmente por los aspirantes oficialistas. La consecuencia es inevitable: se le reducen los diputados a los circuitos donde triunfa la oposición para colocárselos a aquellos donde ganan los rojos; de esta manera se distorsiona la relación entre la base poblacional y el total de los integrantes de la Asamblea. La fórmula para despojar a la oposición y, en general, a los ciudadanos de representantes populares es burda y artera. Solamente se explica por el carácter profundamente antidemocrático y autoritario de los rojos. Así se comportan los regímenes autocráticos. Sienten un olímpico desprecio por la institución del voto y por la opinión de la gente. La soberanía popular solo les sirve para ejercicios demagógicos en los que crean espejismos de participación.

Los circuitos intervenidos –circuitos Frankenstein- buscan reducir el impacto de la derrota electoral. Tratan de controlar los daños, de modo que la inferioridad de votos no se refleje en la composición numérica de la Asamblea Nacional. Una diferencia sustancial en el número de diputados a favor de la oposición daría inicio a un acelerado proceso de transición, aunque el régimen siga controlando el resto de los poderes públicos.

El cálculo de los rojos parte de una proyección lineal de los datos de elecciones pasadas. Ganarán donde tradicionalmente lo han logrado; y perderán donde sistemáticamente lo han hecho. La clave se encuentra en que el país ha cambiado radicalmente en los dos años que Maduro tiene el poder. El caos y la ruina son de tal magnitud que los rojos pueden derrumbarse hasta en los lugares que consideran antisísmicos.

El doctor Frankenstein fue víctima de su propia creación. Tenemos que prepararnos para las elecciones y derrotar las malas mañas.

@trinomarquezc

¿Revolución social? En Venezuela no será… – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

En estos días leía un par de artículos de unos españoles que son afectos a la llamada “revolución bolivariana”, y el tema central que destacaban era el de los grandes avances y transformaciones positivas que se habrían producido en la dimensión social, durante estos largos años del siglo XXI. Los textos eran, básicamente, de carácter publicitario y se encontraban repletos de medias verdades y de mentiras completas. Pero lo importante del asunto, es que la masiva propaganda de la hegemonía roja insiste en que en Venezuela se ha dado una revolución social…

A propósito del 1° de Mayo, Día del Trabajador, debería destacarse que en nuestro país se ha destruido la capacidad adquisitiva del salario. Hoy en día, con el salario mínimo se podrían adquirir, si acaso, 20 dólares; y los aumentos que serán anunciados, serán pulverizados por la inflación y la devaluación, ambas desbocadas. En 1999, con el salario mínimo se podían adquirir cerca de 200 dólares. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Los niveles de pobreza en el 2015 son semejantes a los de 1999. Alrededor de 40% la pobreza en general, y de 20% la extrema. Sólo que de aquellos tiempos para acá, ha tenido lugar la bonanza petrolera más prolongada y caudalosa de la historia que, en números redondos, le deparó al Estado el equivalente de 1.500 millardos de dólares. Todo eso no influyó en reducir la pobreza de manera sostenible. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Las condiciones de seguridad de la sociedad venezolana se han deteriorado de forma consecutiva y alarmante en estos tiempos. Es probable que en Caracas ya se cometan tantos homicidios como en toda Venezuela, en 1998. Algo más de 4.500. El total nacional sobrepasa los 20 mil homicidios al año, más que en Colombia, lo que nos transmuta en uno de los países más violentos de todo el mundo. No sólo de la región o del hemisferio, sino del mundo. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

La realidad de la salud y la educación también se ha deteriorado. El rebrote de endemias que se encontraban erradicadas lo refleja, así como también el colapso del sistema público de salud –con la excepción de algunos contados establecimientos que sirven, sobre todo, para la proyección publicitaria. Las Universidades Nacionales se consumen internamente para no cerrar sus puertas, y el control hegemónico de la educación, desde luego, lo que hace es restringirla, encarecerla y debilitarla. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

No hay información confiable sobre el estado de las “misiones sociales”. Recuérdese que en 1999 se empezaron a desmantelar los 14 principales programas sociales del Estado venezolano, casi todos de ejecución descentralizada, y varios años después, en el período 2003-2004, se restablecieron algunos de ellos y se montaron otros, bajo el formato de las misiones y de conducción centralizada. Luego de un lapso de expansión y de sucesivos “relanzamientos”, la impresión de los expertos en que se encuentran, en general, en situación de decaimiento y hasta parálisis. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Al conjunto de los venezolanos no se les ha ampliado sino limitado sus alternativas. Por eso las crecientes colas para conseguir los alimentos básicos, las medicinas básicas, y cualquier tipo de producto básico para el desenvolvimiento corriente de la vida personal, familiar, laboral o socio-económica. La escasez generalizada, las distorsiones generalizadas, la dolarización generalizada de los precios –salvo el salario, la corrupción generalizada, todo ello abaja tan gravemente las condiciones de vida de la población, que ya se entra en escenarios de crisis humanitaria. Y entonces, ¿dónde está la revolución social?

Para responder esa repetida pregunta, debe afirmarse con toda responsabilidad que en Venezuela no se encuentra esa revolución social. Aquí no está. En la realidad de los hechos no está. Al revés. La revisión somera de esa realidad nos lleva, inexorablemente, a una mega-crisis que se profundiza y extiende. A una tragedia de vastas proporciones que debe ser superada para que el país tenga un futuro digno y humano en la dimensión social.

flegana@gmail.com

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El bumerán Chávez, de Emili J. Blasco – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Aníbal Romero

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            “Algún día, sí, se escribirá la historia completa, cuando quienes están en un pacto de silencio finalmente hablen. Pero aunque aún hoy se desconozcan muchos detalles, la vedad que intenta taparse – por vergonzosa – es suficientemente manifiesta. Chávez se sirvió tanto de la ayuda de Castro para prolongar su poder en el tiempo, que cuando este se le terminaba puso directamente al régimen cubano como albacea de la revolución venezolana por él emprendida. Desconfiado de su entorno, Chávez se apoyó en vida de tal manera en la labor de Cuba como asesora, espía y gendarme dentro de Venezuela, que ante su muerte no vio otra garantía para la perpetuación de su obra que la permanencia del control cubano. La diferencia entre un momento y otro era que al desaparecer él se marchaba quien podía ejercer de contrapeso y árbitro. El proceso de su enfermedad fue un claro catalizador de esa transición final, en la que el mismo Chávez y su obra quedaron a merced del régimen cubano. Maduro fue entonces aupado, y luego sostenido, por La Habana…”[1]

Cuesta expurgar un párrafo, una frase, unas palabras de un libro tan estremecedor por las brutales revelaciones que entrega a la conciencia de la opinión pública sobre el gran fraude – así lo califica – que ha significado la revolución bolivariana, que al intentarlo se le hace injusticia a todo el resto. No hay una palabra, una coma, un punto que no constituya un testimonio del horror desplegado en Venezuela desde que el teniente coronel Hugo Chávez y sus pandillas asaltaran el Poder del Estado y el control total de la sociedad. Sin otra ambición que el poder por el poder y la subordinación existencial a un padre imaginario idolatrado, en doloroso contraste con progenitores despreciados. Un proceso de vergonzosa desnaturalización contando con la connivencia, la obsecuencia y la alcahuetería de académicos, editores, banqueros, periodistas, jueces, artistas e incluso literatos y filósofos de la notabilidad de viejos aristócratas y altos burgueses.

Las dos razones que obstaculizan el empeño no sólo por citar lo que de suyo merece una lectura in extenso sino por reseñar la obra misma son muy fáciles de establecer: el asombro y la vergüenza. El asombro ante la magnitud del fraude, los montos escalofriantes de sus estafas,  la violencia y brutalidad de sus iniquidades y la absoluta impunidad y desvergüenza con que se cometieron esas espantosas fechorías: narcotráfico, terrorismo internacional, saqueos a manos descubiertas que cubren presupuestos enteros de muchas repúblicas. Sin contar con la odiosa manipulación de mecanismos democráticos sagrados, como los procesos electorales, convertidos en desvergonzados asaltos a mansalva, con saña, en despoblado y con alevosía a la voluntad ciudadana.

La vergüenza por reconocer que ese desafuero, seguramente único en la historia semi milenaria de nuestra América y posiblemente en el mundo, ha tenido lugar ante nuestros ojos, ante la asombrosa pasividad de Europa y los Estados Unidos, así como con la complicidad de todos los gobiernos – sin excepción – de la región y la obsecuencia, la pusilanimidad y la falta de honor de las fuerzas políticas venezolanas que dejaron la reacción de la dignidad y el honor en las manos desesperadas de unos luchadores solitarios – como Franklin Brito – o de unos jóvenes combatientes que apenas salían de la adolescencia.

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La única experiencia por mi conocida entre el asombro y la vergüenza la viví in situ académica, documentalmente pocos años después de ocurridos sus hechos: el nazismo alemán. La brutal inescrupulosidad, el engaño y la manipulación de masas, la servil subordinación vital a un caudillo megalómano, ególatra y delirante, la esclavización de pueblos enteros, la corrupción, el deshonor, la crueldad, la ilimitada maldad desplegada por las élites de un pueblo extraordinariamente culto y desarrollado.

La narración del descaro y el desparpajo con que Hugo Chávez le ordena a sus secuaces al comienzo mismo de su mandato aliarse a las narcoguerrillas colombianas y emprender asociados con ellos la multinacional empresa del narcotráfico, que les proveería a unos y otros, montos siderales de divisas en monedas fuertes precisamente cuando los Estados Unidos se embarcaban en una guerra frontal contra el flagelo, da cuenta del voluntarismo y la decisión de asomarse al gran mundo del Poder planetario con un ímpetu fáustico, prometeico. Es el mismo ímpetu con que se alía a Irán y a Irak, a Siria y la yihad islámica seguro, como Fidel, su padre putativo y espiritual, que el enemigo principal a enfrentar y combatir son los Estados Unidos. Resuena la observación de viejos comunistas, para quienes el narcotráfico no sólo provee de los medios para estrangular a los yanquis, sus principales consumidores, sino para corromperlos en su médula existencial. ¿Quién dijo que obtener dinero para hacer la revolución y, de paso, gangrenar al capitalismo, era un delito?

No fueron Marx ni Hegel los dioses domésticos de la revolución bolivariana al arribo del chavismo, la versión fraudulenta y hamponil de la revolución socialista del nuevo siglo: fueron Hermes, el griego, y Mercurio, el romano, los dioses de los ladrones. No fueron la emancipación popular ni la dignificación del trabajo, sus motivos conciliares. Fue el dinero. Fueron montañas de dinero. Fueron decenas, cientos, miles, millones, miles de millones de dólares. Fidel despacha a los combatientes que envía a invadir Venezuela en 1966 y 1967 con diez mil dólares contantes y sonantes y en efectivo a cada uno del puñado de guerrilleros. Y el Ché Guevara habrá llevado decenas de miles como para comprarse hasta una finquita desde donde iniciar la conquista de Bolivia, el corazón de América del Sur.

Chávez, lo cuenta Emili Blasco, nada más conquistar el gobierno y reunirse con la cúpula de las FARC – Iván Márquez y Raúl Reyes, entre otros – para aliarse y combatir a Álvaro Uribe y empujar a las narcoguerrillas a la conquista del Poder en Colombia, le ordena a uno de sus secuaces, hacerles entrega de quinientos millones de dólares. No se andaban con chiquitas. Era la revolución petrolera del Siglo XXI.

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Habituados al montaje cinematográfico de grandes actos de terrorismo y matonaje, robos y asesinatos, asaltos y combates bélicos, no sabemos distinguir si El bumerán Chávez es un guión para algunos de los grandes productores de filmes de acción de Hollywood o el fiel retrato de una de las más poderosas mafias políticas latinoamericanas que se hayan hecho con la principal reserva estratégica de petróleo del mundo. Una nación que liberó a cinco otras naciones y decidió el destino político de todo un continente hace apenas doscientos años. Una nación entonces de poco más de un millón de habitantes cuyos guerreros recorrieron el equivalente a varias veces el diámetro ecuatorial del planeta, a caballo, atravesando montañas gigantescas, ríos descomunales, valles y desiertos sin otro propósito que conquistar la libertad, establecer la igualdad y fundar la república. Logrando al cabo su propósito. En el caso de quien viera usurpado su nombre para servir de mascarón de proa del barco pirata del chavismo, con el saldo trágico de haber dilapidado toda su fortuna y haber muerto con lo puesto. Y un tercio de la población de su provincia sacrificada en el fuego lustrar de la guerra.

El comentario de Emili J. Blasco, estupefacto por los hechos, no puede causarnos más que una gran desazón y una profunda vergüenza: “Quizás lo más extraordinario de la Venezuela chavista haya sido precisamente la sumisión voluntaria a otro país, que además es más pequeño y pobre y está nada menos que a mil cuatrocientos kilómetros de distancia. Revoluciones y caudillismos, movilizaciones populares y represiones se han dado muchas veces en la historia, y cómo no en la latinoamericana. Pero si por algo distintivo debiera figurar el chavismo en los libros es por esa singular subrogación”. [2] Yo diría: avasallamiento.

Carlos Alberto Montaner, citado por Blasco, lo expresó con su profundo conocimiento de la historia cubana: “¿Cómo una pequeña, improductiva y empobrecida isla caribeña, anclada en un herrumbroso pasado soviético borrado de la historia, puede controlar a una nación mucho más grande, moderna, rica, poblada y educada, sin que haya existido una previa guerra de conquista?”. Prosigue Blasco: “Es la pregunta a la que se vuelve continuamente. ¿Por qué Venezuela, un país con un Producto Interior Bruto de casi cuatrocientos mil millones de dólares, acabó tan dependiente de Cuba, con uno de sesenta mil millones?”. [3] Y cita luego a otro gran analista político, el argentino Andrés Oppenheimer: “Cuba manejó” – y sigue manejando, agregamos nosotros – “el Gobierno de Venezuela como ningún país ha manejado los asuntos internos de otro en la reciente memoria de la región”. [4]

Un libro pleno de revelaciones, las más de ellas escalofriantes, de cuya lectura se sale conmovido por el asombro y la vergüenza. Y la terrible y descarnada incógnita del desenlace: ¿Hasta cuando el asombro, hasta cuándo la vergüenza? Como lo cantara el gran bardo judeo americano: “The answer, my friend, is blowing in the wind. The answer is blowing in the wind…”


[1] Emili J. Blasco, El bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela. pág. 44. Washington, Madrid. Abril de 2015.
[2] Ibídem, pág. 44.
[3] Ibid., pág. 45.
[4] Ibid., pág 46.

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Yo, el emigrante – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Lorenzo Mendoza

Soy un emigrante. No por propia voluntad, lo confieso, pero inmensamente agradecido de este destino de destierros y exilios que Dios me impuso, tal vez para honrar a algunos de mis antepasados judíos, pueblo de destierros y emigraciones, producto maravilloso de esta cultura de desterrados que es la nuestra. ¿O nos olvidaremos que en el crisol de las invasiones de los bárbaros que cayeran al derrumbe del Imperio Romano sobre las civilizaciones asentadas en la cuenca del Mediterráneo se formaron todos los pueblos que dieran origen a nuestra cultura grecolatina y judeo cristiana?

Soy un emigrante, como todos nosotros, esa “raza cósmica” de venas abiertas echadas al mundo por la mancebía de la Malintzin y Hernán Cortés, como acabo de recordarlo en Las venas abiertas de América Latina. ¿Qué seríamos si Dios hubiera decidido que siguiéramos las sendas que llevaban los imperios aztecas e incaicos? ¿Súbditos del último emperador mexicano o del Rey Dios peruano? ¿Miembros de las élites esclavistas y caníbales de Moctezuma o de los guerreros de la Pachamama?

No me veo de sumo sacerdote arrancándole el corazón a un tlascalteca o imponiendo tributos sobre los alacalufes patagones. Mucho menos corriendo cientos de kilómetros por el desierto de Atacama para llevar un mensaje del jefe de los ejércitos incaicos de tambo a tambo.

Y no se crea que en mis ascendientes no están los mapuches. Mi madre provenía del fondo oscuro y desconocido del Chile de la pobresía. Mi padre era un pudiente de orígenes europeos venido a menos. Su madre, mi abuela, una sefardita vascofrancesa avecindada en La Serena, al norte de Santiago.

Y una de las sacrosantas verdades aprendidas en ésta mi patria adoptiva, a la que venero, es que detrás de todo venezolano hay un café con leche. De modo que no es ningún sacrilegio suponer que detrás del mantuano entre los mantuanos, el vasco entre los vascos, el aristócrata entre los aristócratas, el multimillonario entre los multimillonarios, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, no haya un negro o una negra por acción u omisión, por genética biológica, nutricia o cultural. Por lo menos sobrevivió a la orfandad y creció entre los hombre gracias a leche prestada o alquilada. Todo lo demás es cuento.

De allí la monstruosa, la gigantesca, la criminal falacia racista en cuyas hogueras ardieran seis millones de judíos, según la cual existen las razas puras. Una patraña repugnante y absolutamente insostenible desde que supiéramos que procedemos del primer homínido de cuyos restos tengamos certidumbre: una pequeñaja bautizada como Lucy que vivió hace entre dos y dos millones y medio de años en el sur del continente africano. Todos los brincos posteriores hasta dar con el homo sapiens hablan de emigraciones, entrecruzamientos y la desesperada búsqueda de lo que hoy hemos llegado a ser: unos emigrantes. Unos metecos.

Pero habemos algunos que somos más emigrantes que otros. Salí de Chile a los 23 años a realizar mis estudios de posgrado en Alemania occidental, becado por una institución alemana. Que la pobreza chilena no hacía posible el insólito privilegio de cupos y grandes mariscales. Y, por favor, ante la extraña susceptibilidad que ha cundido entre nosotros, que nadie se ofenda. Dice un refrán muy chileno y muy popular: “al que quiera celeste, que le cueste”.  A los chilenos, el celeste nos viene costando desde los tiempos fundacionales un mundo entero: hemos sido pobres de solemnidad. A Dios gracias.

Volví a Chile desde Berlín Occidental en cuanto fue electo Don Salvador Allende. Pues por entonces me parecía que arrimarle el hombro a la revolución era infinitamente más importante que obtener un summa cum laude. Y antes de cumplir tres años en Chile volví a salir, esta vez para siempre. Tampoco fue por propia voluntad. De haberme quedado, desprovisto de todas las condiciones para sobrevivir en la clandestinidad, corría el riesgo de ser aprehendido y asesinado. Como le sucediera prácticamente a todos mis compañeros de partido. Y consideraba, como lo sigo considerando, y hoy con muchísimas más razones, como Brecht, que pobre de aquel país que necesita héroes.

De esto hace poco más de 41 años. Prácticamente mi vida adulta. Para, al cabo del tiempo, venir a dar a un país maravilloso, hecho en su modernidad por emigrantes. Me enamoré y me casé con una emigrante, hija y hermana de emigrantes, tía y abuela de emigrantes. Toda mi familia venezolana, sin excepción ninguna, es una familia de desterrados, de desarraigados, de emigrantes. Se cuelan por allí y por acá algunos andinos de prosapia, que mezclados con estos emigrantes, han terminado por emigrar. Gran parte de mi sobrinazgo ha regresado a España, de donde provienen sus padres y abuelos por vía paterna. Y de lo que queda, el deseo de aprovechar la única vida que les será dada sin arrodillarse ante la barbarie dominante me hace suponer que, de no haber un cambio drástico, profundo, radical y esperanzador de un futuro verdadero en nuestro país, terminarán saliendo al exilio.

Nada como para espantarse. Si los pueblos no tuvieran, como los seres humanos, la capacidad de regenerarse, de asirse a su genética para renovar y fortalecer su sangre, la humanidad se hubiera extinguido hace cientos de miles de años. Dios nos hizo tozudos, tesoneros, ambiciosos, tenaces, testarudos, existencial y ontológicamente insatisfechos y ávidos de vida, como lo demuestra la historia. Esa es una de las razones porque amo a Israel. Hace un suspiro les asesinaron a los judíos casi a toda su población. Los humillaron, los ultrajaron, los asesinaron en masa, a mansalva, en despoblado y con alevosía. Allí siguen, luchando por el derecho a su existencia. Venezuela será nuevamente la misma. Incluso infinitamente mejor: mucho menos ingenua, irresponsable y hedonista. El castigo por su liviandad espiritual y moral aún no alcanza las cotas del sufrimiento de otros pueblos, pero ya sabe a qué sabe el dolor cuando llega al hueso.

Conozco a Lorenzo Mendoza. Un muchacho excepcional, de la mejor crianza de venezolanos ejemplares. En sus genes priman grandes luchadores sociales, como José Rafael Pocaterra, el autor de las Memorias de un venezolano de la decadencia. Y amigos entrañables de Rómulo Betancourt que se enfrentaron con coraje e hidalguía a la dictadura de Pérez Jiménez, como Julio Pocaterra. Tío de su madre, otra venezolana excepcional, de esa estirpe de las grandes guerreras y luchadoras, tan propias de nuestra Patria, Tita Giménez Pocaterra. Por cierto, gran amiga de otra emigrante excepcional, nuestra amada amiga Sofía Imber. Hermana de uno de mis mejores amigos, de cuya cercanía me precio, Álvaro Giménez Pocaterra.

No nos hemos reunido con Lorenzo más de tres o cuatro veces. La primera de ellas, en su despacho, me  causó una honda impresión. Educado en un país de flagrantes diferencias y prejuicios sociales, con gerentes barnizados en Chicago y Wall Street, me sorprendió ver aparecer a un muchachito en jeans, desmelenado, absolutamente contrario al prejuicio que llevaba. Le dije: “¡coño Lorenzo, tú eres como Clark Kent!”. Se abrió la camisa para demostrarme que no llevaba ningún traje oculto con la S de Superman. Y soltamos la carcajada.

No hablamos de Polar. Hablamos de José Ortega y Gasset, mi maestro, al que admira con hondo conocimiento. Hablamos de literatura y filosofía, mis pasiones. Sus pasiones. Y pude ver que era el clásico producto de los salesianos, con los cuales se educara en esa vocación de austeridad casi protestante de los Mendoza Giménez: humilde, alejado de toda superficialidad aristocratizante, empeñoso y trabajador.

Sin pretender convencerme de nada me contó su historia en la Polar, en donde, como todos los suyos, comenzó cargando cajas de refrescos. Y en todos cuyos departamentos se desempeñó, obrero entre los obreros, empleado entre los empleados. Pude comprobar, cuando me acompañaba al estacionamiento, la admiración, la simpatía e incluso el amor que le profesan sus trabajadores, con los que se trata como compañeros. Pude comprobar el amor que siente por la empresa que gerencia, a la que siente como parte del patrimonio colectivo de los venezolanos, no una fuente de enriquecimiento personal. Y cuya sobrevivencia es para él, como para su madre, su familia y todos sus empleados, una condición sine qua non de la democracia venezolana.

Fue llevado por esa profunda raigambre que siente por el sitial de la venezolanidad en el que quiso ponerlo el destino, que reunido con su gente les aconsejó seguir acompañándolo en su cruzada por la sobrevivencia de la Venezuela de sus valientes antepasados. Y les aconsejara que no se fueran, que no lo dejaran solo.

Cualquier malsana interpretación me parece mezquina. Y para demostrarlo, he narrado mi historia, la del emigrante que no temió en irse. Y que empujado por el destino tuvo que cortar con inmenso dolor las raíces con lo más profundo de su identidad. Para terminar con una sola certidumbre: no me iré de Venezuela. Es mi última frontera.

@sangarccs