El bumerán Chávez, de Emili J. Blasco – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Aníbal Romero

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            “Algún día, sí, se escribirá la historia completa, cuando quienes están en un pacto de silencio finalmente hablen. Pero aunque aún hoy se desconozcan muchos detalles, la vedad que intenta taparse – por vergonzosa – es suficientemente manifiesta. Chávez se sirvió tanto de la ayuda de Castro para prolongar su poder en el tiempo, que cuando este se le terminaba puso directamente al régimen cubano como albacea de la revolución venezolana por él emprendida. Desconfiado de su entorno, Chávez se apoyó en vida de tal manera en la labor de Cuba como asesora, espía y gendarme dentro de Venezuela, que ante su muerte no vio otra garantía para la perpetuación de su obra que la permanencia del control cubano. La diferencia entre un momento y otro era que al desaparecer él se marchaba quien podía ejercer de contrapeso y árbitro. El proceso de su enfermedad fue un claro catalizador de esa transición final, en la que el mismo Chávez y su obra quedaron a merced del régimen cubano. Maduro fue entonces aupado, y luego sostenido, por La Habana…”[1]

Cuesta expurgar un párrafo, una frase, unas palabras de un libro tan estremecedor por las brutales revelaciones que entrega a la conciencia de la opinión pública sobre el gran fraude – así lo califica – que ha significado la revolución bolivariana, que al intentarlo se le hace injusticia a todo el resto. No hay una palabra, una coma, un punto que no constituya un testimonio del horror desplegado en Venezuela desde que el teniente coronel Hugo Chávez y sus pandillas asaltaran el Poder del Estado y el control total de la sociedad. Sin otra ambición que el poder por el poder y la subordinación existencial a un padre imaginario idolatrado, en doloroso contraste con progenitores despreciados. Un proceso de vergonzosa desnaturalización contando con la connivencia, la obsecuencia y la alcahuetería de académicos, editores, banqueros, periodistas, jueces, artistas e incluso literatos y filósofos de la notabilidad de viejos aristócratas y altos burgueses.

Las dos razones que obstaculizan el empeño no sólo por citar lo que de suyo merece una lectura in extenso sino por reseñar la obra misma son muy fáciles de establecer: el asombro y la vergüenza. El asombro ante la magnitud del fraude, los montos escalofriantes de sus estafas,  la violencia y brutalidad de sus iniquidades y la absoluta impunidad y desvergüenza con que se cometieron esas espantosas fechorías: narcotráfico, terrorismo internacional, saqueos a manos descubiertas que cubren presupuestos enteros de muchas repúblicas. Sin contar con la odiosa manipulación de mecanismos democráticos sagrados, como los procesos electorales, convertidos en desvergonzados asaltos a mansalva, con saña, en despoblado y con alevosía a la voluntad ciudadana.

La vergüenza por reconocer que ese desafuero, seguramente único en la historia semi milenaria de nuestra América y posiblemente en el mundo, ha tenido lugar ante nuestros ojos, ante la asombrosa pasividad de Europa y los Estados Unidos, así como con la complicidad de todos los gobiernos – sin excepción – de la región y la obsecuencia, la pusilanimidad y la falta de honor de las fuerzas políticas venezolanas que dejaron la reacción de la dignidad y el honor en las manos desesperadas de unos luchadores solitarios – como Franklin Brito – o de unos jóvenes combatientes que apenas salían de la adolescencia.

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La única experiencia por mi conocida entre el asombro y la vergüenza la viví in situ académica, documentalmente pocos años después de ocurridos sus hechos: el nazismo alemán. La brutal inescrupulosidad, el engaño y la manipulación de masas, la servil subordinación vital a un caudillo megalómano, ególatra y delirante, la esclavización de pueblos enteros, la corrupción, el deshonor, la crueldad, la ilimitada maldad desplegada por las élites de un pueblo extraordinariamente culto y desarrollado.

La narración del descaro y el desparpajo con que Hugo Chávez le ordena a sus secuaces al comienzo mismo de su mandato aliarse a las narcoguerrillas colombianas y emprender asociados con ellos la multinacional empresa del narcotráfico, que les proveería a unos y otros, montos siderales de divisas en monedas fuertes precisamente cuando los Estados Unidos se embarcaban en una guerra frontal contra el flagelo, da cuenta del voluntarismo y la decisión de asomarse al gran mundo del Poder planetario con un ímpetu fáustico, prometeico. Es el mismo ímpetu con que se alía a Irán y a Irak, a Siria y la yihad islámica seguro, como Fidel, su padre putativo y espiritual, que el enemigo principal a enfrentar y combatir son los Estados Unidos. Resuena la observación de viejos comunistas, para quienes el narcotráfico no sólo provee de los medios para estrangular a los yanquis, sus principales consumidores, sino para corromperlos en su médula existencial. ¿Quién dijo que obtener dinero para hacer la revolución y, de paso, gangrenar al capitalismo, era un delito?

No fueron Marx ni Hegel los dioses domésticos de la revolución bolivariana al arribo del chavismo, la versión fraudulenta y hamponil de la revolución socialista del nuevo siglo: fueron Hermes, el griego, y Mercurio, el romano, los dioses de los ladrones. No fueron la emancipación popular ni la dignificación del trabajo, sus motivos conciliares. Fue el dinero. Fueron montañas de dinero. Fueron decenas, cientos, miles, millones, miles de millones de dólares. Fidel despacha a los combatientes que envía a invadir Venezuela en 1966 y 1967 con diez mil dólares contantes y sonantes y en efectivo a cada uno del puñado de guerrilleros. Y el Ché Guevara habrá llevado decenas de miles como para comprarse hasta una finquita desde donde iniciar la conquista de Bolivia, el corazón de América del Sur.

Chávez, lo cuenta Emili Blasco, nada más conquistar el gobierno y reunirse con la cúpula de las FARC – Iván Márquez y Raúl Reyes, entre otros – para aliarse y combatir a Álvaro Uribe y empujar a las narcoguerrillas a la conquista del Poder en Colombia, le ordena a uno de sus secuaces, hacerles entrega de quinientos millones de dólares. No se andaban con chiquitas. Era la revolución petrolera del Siglo XXI.

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Habituados al montaje cinematográfico de grandes actos de terrorismo y matonaje, robos y asesinatos, asaltos y combates bélicos, no sabemos distinguir si El bumerán Chávez es un guión para algunos de los grandes productores de filmes de acción de Hollywood o el fiel retrato de una de las más poderosas mafias políticas latinoamericanas que se hayan hecho con la principal reserva estratégica de petróleo del mundo. Una nación que liberó a cinco otras naciones y decidió el destino político de todo un continente hace apenas doscientos años. Una nación entonces de poco más de un millón de habitantes cuyos guerreros recorrieron el equivalente a varias veces el diámetro ecuatorial del planeta, a caballo, atravesando montañas gigantescas, ríos descomunales, valles y desiertos sin otro propósito que conquistar la libertad, establecer la igualdad y fundar la república. Logrando al cabo su propósito. En el caso de quien viera usurpado su nombre para servir de mascarón de proa del barco pirata del chavismo, con el saldo trágico de haber dilapidado toda su fortuna y haber muerto con lo puesto. Y un tercio de la población de su provincia sacrificada en el fuego lustrar de la guerra.

El comentario de Emili J. Blasco, estupefacto por los hechos, no puede causarnos más que una gran desazón y una profunda vergüenza: “Quizás lo más extraordinario de la Venezuela chavista haya sido precisamente la sumisión voluntaria a otro país, que además es más pequeño y pobre y está nada menos que a mil cuatrocientos kilómetros de distancia. Revoluciones y caudillismos, movilizaciones populares y represiones se han dado muchas veces en la historia, y cómo no en la latinoamericana. Pero si por algo distintivo debiera figurar el chavismo en los libros es por esa singular subrogación”. [2] Yo diría: avasallamiento.

Carlos Alberto Montaner, citado por Blasco, lo expresó con su profundo conocimiento de la historia cubana: “¿Cómo una pequeña, improductiva y empobrecida isla caribeña, anclada en un herrumbroso pasado soviético borrado de la historia, puede controlar a una nación mucho más grande, moderna, rica, poblada y educada, sin que haya existido una previa guerra de conquista?”. Prosigue Blasco: “Es la pregunta a la que se vuelve continuamente. ¿Por qué Venezuela, un país con un Producto Interior Bruto de casi cuatrocientos mil millones de dólares, acabó tan dependiente de Cuba, con uno de sesenta mil millones?”. [3] Y cita luego a otro gran analista político, el argentino Andrés Oppenheimer: “Cuba manejó” – y sigue manejando, agregamos nosotros – “el Gobierno de Venezuela como ningún país ha manejado los asuntos internos de otro en la reciente memoria de la región”. [4]

Un libro pleno de revelaciones, las más de ellas escalofriantes, de cuya lectura se sale conmovido por el asombro y la vergüenza. Y la terrible y descarnada incógnita del desenlace: ¿Hasta cuando el asombro, hasta cuándo la vergüenza? Como lo cantara el gran bardo judeo americano: “The answer, my friend, is blowing in the wind. The answer is blowing in the wind…”


[1] Emili J. Blasco, El bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela. pág. 44. Washington, Madrid. Abril de 2015.
[2] Ibídem, pág. 44.
[3] Ibid., pág. 45.
[4] Ibid., pág 46.

@sangarccs

Yo, el emigrante – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A Lorenzo Mendoza

Soy un emigrante. No por propia voluntad, lo confieso, pero inmensamente agradecido de este destino de destierros y exilios que Dios me impuso, tal vez para honrar a algunos de mis antepasados judíos, pueblo de destierros y emigraciones, producto maravilloso de esta cultura de desterrados que es la nuestra. ¿O nos olvidaremos que en el crisol de las invasiones de los bárbaros que cayeran al derrumbe del Imperio Romano sobre las civilizaciones asentadas en la cuenca del Mediterráneo se formaron todos los pueblos que dieran origen a nuestra cultura grecolatina y judeo cristiana?

Soy un emigrante, como todos nosotros, esa “raza cósmica” de venas abiertas echadas al mundo por la mancebía de la Malintzin y Hernán Cortés, como acabo de recordarlo en Las venas abiertas de América Latina. ¿Qué seríamos si Dios hubiera decidido que siguiéramos las sendas que llevaban los imperios aztecas e incaicos? ¿Súbditos del último emperador mexicano o del Rey Dios peruano? ¿Miembros de las élites esclavistas y caníbales de Moctezuma o de los guerreros de la Pachamama?

No me veo de sumo sacerdote arrancándole el corazón a un tlascalteca o imponiendo tributos sobre los alacalufes patagones. Mucho menos corriendo cientos de kilómetros por el desierto de Atacama para llevar un mensaje del jefe de los ejércitos incaicos de tambo a tambo.

Y no se crea que en mis ascendientes no están los mapuches. Mi madre provenía del fondo oscuro y desconocido del Chile de la pobresía. Mi padre era un pudiente de orígenes europeos venido a menos. Su madre, mi abuela, una sefardita vascofrancesa avecindada en La Serena, al norte de Santiago.

Y una de las sacrosantas verdades aprendidas en ésta mi patria adoptiva, a la que venero, es que detrás de todo venezolano hay un café con leche. De modo que no es ningún sacrilegio suponer que detrás del mantuano entre los mantuanos, el vasco entre los vascos, el aristócrata entre los aristócratas, el multimillonario entre los multimillonarios, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, no haya un negro o una negra por acción u omisión, por genética biológica, nutricia o cultural. Por lo menos sobrevivió a la orfandad y creció entre los hombre gracias a leche prestada o alquilada. Todo lo demás es cuento.

De allí la monstruosa, la gigantesca, la criminal falacia racista en cuyas hogueras ardieran seis millones de judíos, según la cual existen las razas puras. Una patraña repugnante y absolutamente insostenible desde que supiéramos que procedemos del primer homínido de cuyos restos tengamos certidumbre: una pequeñaja bautizada como Lucy que vivió hace entre dos y dos millones y medio de años en el sur del continente africano. Todos los brincos posteriores hasta dar con el homo sapiens hablan de emigraciones, entrecruzamientos y la desesperada búsqueda de lo que hoy hemos llegado a ser: unos emigrantes. Unos metecos.

Pero habemos algunos que somos más emigrantes que otros. Salí de Chile a los 23 años a realizar mis estudios de posgrado en Alemania occidental, becado por una institución alemana. Que la pobreza chilena no hacía posible el insólito privilegio de cupos y grandes mariscales. Y, por favor, ante la extraña susceptibilidad que ha cundido entre nosotros, que nadie se ofenda. Dice un refrán muy chileno y muy popular: “al que quiera celeste, que le cueste”.  A los chilenos, el celeste nos viene costando desde los tiempos fundacionales un mundo entero: hemos sido pobres de solemnidad. A Dios gracias.

Volví a Chile desde Berlín Occidental en cuanto fue electo Don Salvador Allende. Pues por entonces me parecía que arrimarle el hombro a la revolución era infinitamente más importante que obtener un summa cum laude. Y antes de cumplir tres años en Chile volví a salir, esta vez para siempre. Tampoco fue por propia voluntad. De haberme quedado, desprovisto de todas las condiciones para sobrevivir en la clandestinidad, corría el riesgo de ser aprehendido y asesinado. Como le sucediera prácticamente a todos mis compañeros de partido. Y consideraba, como lo sigo considerando, y hoy con muchísimas más razones, como Brecht, que pobre de aquel país que necesita héroes.

De esto hace poco más de 41 años. Prácticamente mi vida adulta. Para, al cabo del tiempo, venir a dar a un país maravilloso, hecho en su modernidad por emigrantes. Me enamoré y me casé con una emigrante, hija y hermana de emigrantes, tía y abuela de emigrantes. Toda mi familia venezolana, sin excepción ninguna, es una familia de desterrados, de desarraigados, de emigrantes. Se cuelan por allí y por acá algunos andinos de prosapia, que mezclados con estos emigrantes, han terminado por emigrar. Gran parte de mi sobrinazgo ha regresado a España, de donde provienen sus padres y abuelos por vía paterna. Y de lo que queda, el deseo de aprovechar la única vida que les será dada sin arrodillarse ante la barbarie dominante me hace suponer que, de no haber un cambio drástico, profundo, radical y esperanzador de un futuro verdadero en nuestro país, terminarán saliendo al exilio.

Nada como para espantarse. Si los pueblos no tuvieran, como los seres humanos, la capacidad de regenerarse, de asirse a su genética para renovar y fortalecer su sangre, la humanidad se hubiera extinguido hace cientos de miles de años. Dios nos hizo tozudos, tesoneros, ambiciosos, tenaces, testarudos, existencial y ontológicamente insatisfechos y ávidos de vida, como lo demuestra la historia. Esa es una de las razones porque amo a Israel. Hace un suspiro les asesinaron a los judíos casi a toda su población. Los humillaron, los ultrajaron, los asesinaron en masa, a mansalva, en despoblado y con alevosía. Allí siguen, luchando por el derecho a su existencia. Venezuela será nuevamente la misma. Incluso infinitamente mejor: mucho menos ingenua, irresponsable y hedonista. El castigo por su liviandad espiritual y moral aún no alcanza las cotas del sufrimiento de otros pueblos, pero ya sabe a qué sabe el dolor cuando llega al hueso.

Conozco a Lorenzo Mendoza. Un muchacho excepcional, de la mejor crianza de venezolanos ejemplares. En sus genes priman grandes luchadores sociales, como José Rafael Pocaterra, el autor de las Memorias de un venezolano de la decadencia. Y amigos entrañables de Rómulo Betancourt que se enfrentaron con coraje e hidalguía a la dictadura de Pérez Jiménez, como Julio Pocaterra. Tío de su madre, otra venezolana excepcional, de esa estirpe de las grandes guerreras y luchadoras, tan propias de nuestra Patria, Tita Giménez Pocaterra. Por cierto, gran amiga de otra emigrante excepcional, nuestra amada amiga Sofía Imber. Hermana de uno de mis mejores amigos, de cuya cercanía me precio, Álvaro Giménez Pocaterra.

No nos hemos reunido con Lorenzo más de tres o cuatro veces. La primera de ellas, en su despacho, me  causó una honda impresión. Educado en un país de flagrantes diferencias y prejuicios sociales, con gerentes barnizados en Chicago y Wall Street, me sorprendió ver aparecer a un muchachito en jeans, desmelenado, absolutamente contrario al prejuicio que llevaba. Le dije: “¡coño Lorenzo, tú eres como Clark Kent!”. Se abrió la camisa para demostrarme que no llevaba ningún traje oculto con la S de Superman. Y soltamos la carcajada.

No hablamos de Polar. Hablamos de José Ortega y Gasset, mi maestro, al que admira con hondo conocimiento. Hablamos de literatura y filosofía, mis pasiones. Sus pasiones. Y pude ver que era el clásico producto de los salesianos, con los cuales se educara en esa vocación de austeridad casi protestante de los Mendoza Giménez: humilde, alejado de toda superficialidad aristocratizante, empeñoso y trabajador.

Sin pretender convencerme de nada me contó su historia en la Polar, en donde, como todos los suyos, comenzó cargando cajas de refrescos. Y en todos cuyos departamentos se desempeñó, obrero entre los obreros, empleado entre los empleados. Pude comprobar, cuando me acompañaba al estacionamiento, la admiración, la simpatía e incluso el amor que le profesan sus trabajadores, con los que se trata como compañeros. Pude comprobar el amor que siente por la empresa que gerencia, a la que siente como parte del patrimonio colectivo de los venezolanos, no una fuente de enriquecimiento personal. Y cuya sobrevivencia es para él, como para su madre, su familia y todos sus empleados, una condición sine qua non de la democracia venezolana.

Fue llevado por esa profunda raigambre que siente por el sitial de la venezolanidad en el que quiso ponerlo el destino, que reunido con su gente les aconsejó seguir acompañándolo en su cruzada por la sobrevivencia de la Venezuela de sus valientes antepasados. Y les aconsejara que no se fueran, que no lo dejaran solo.

Cualquier malsana interpretación me parece mezquina. Y para demostrarlo, he narrado mi historia, la del emigrante que no temió en irse. Y que empujado por el destino tuvo que cortar con inmenso dolor las raíces con lo más profundo de su identidad. Para terminar con una sola certidumbre: no me iré de Venezuela. Es mi última frontera.

@sangarccs

Demoler la economía – Trino Márquez

Trino Márquez

Durante los últimos días, Nicolás Maduro ha emitido dos declaraciones sorprendentes e insólitas. Ha dicho que va a demoler la economía, debemos imaginarnos que se refiere a la economía privada, y que les dará un “revolcón” a los empresarios que desataron la “guerra económica”. En medio de estas amenazas advirtió que a los hombres de negocio les quedan dos opciones: o se adaptan al cepo que les puso el gobierno o se van del país. Lorenzo Mendoza le respondió con un emotivo mensaje.

El señor Maduro no demuestra ningún propósito de enmienda. La economía no hay que demolerla. Ya ese trabajo sistemático de destrucción viene llevándose a cabo desde hace dieciséis años. El régimen rojo ha disparado proyectiles de todos los calibres contra el aparato productivo nacional y la iniciativa particular. Las expropiaciones y confiscaciones para transferirle al Estado empresas productivas en manos privadas comenzaron hace más de una década. Luego apareció la tesis del socialismo del siglo XXI que le dio un barniz teórico a las exacciones. Al lado de la sovietización de la economía, y para complacer al ala maoísta del oficialismo, surgió la idea del Estado Comunal y la economía popular, con las empresas de producción social, los núcleos de desarrollo endógeno y todos los demás aditamentos que adornan la “economía y la propiedad social”. Con todo este coctel molotov, se minaron las bases económicas de la nación.

La tragedia desatada por Hugo Chávez pudo ser encubierta por los altos precios petroleros que se alcanzaron a partir de mediados de la década pasada. El gobierno pudo inundar de productos los estantes de los mercados populares y los supermercados por la enorme capacidad importadora de los petrodólares. Fue una época de abundancia y derroche. Cualquier baratija que la gente buscase podía conseguirse. El sector importador vivió una época gloriosa. El régimen avanzaba en la aniquilación del sector privado sin que el país lo notara porque el déficit de producción interna era cubierto con importaciones masivas. Sobraron las voces que alertaron acerca de los peligros que se corrían. Dinamitar el aparato productivo nacional mediante controles desmedidos, con el único fin de someter a los empresarios particulares y obligarlos a sujetarse a las normas del gobierno, traería consecuencias fatales para la nación. Chávez no oyó las advertencias. La borrachera petrolera le impedía ver lo que se venía, o simplemente no le importaba.

Su heredero ha continuado por ese camino con los resultados que estamos padeciendo. Chávez navegó en un mar de petrodólares. A Maduro solo le ha quedado un charco en el que chapotea. Los precios del crudo se desplomaron y la capacidad de elevar los ingresos mediante el incremento de la producción  no existe. Pdvsa está destruida y arruinada. Las compañías petroleras piensan mil veces antes de asociarse con la estatal venezolana. Esta es mala paga y está muy mal gerenciada. Quienes la dirigen le rinden cuentas al Psuv, no al país.

Los empresarios no reciben dólares. Las divisas del Cencoex están destinadas casi exclusivamente para organismos oficiales y para los militares. Desde hace meses el Sicad no convoca a ninguna subasta. Los dólares del Simadi cuesta un esfuerzo gigantesco conseguirlos; los particulares no quieren utilizar este mecanismo para vender divisas porque es muy engorroso  y, además, representa una pérdida frente al paralelo. En fin, los dólares oficiales no se consiguen por ningún lado. Los empresarios no quieren acudir al mercado secundario porque la Ley de precios justos les impide recuperar la inversión. Los sindicatos oficialistas completan el cerco.

Maduro en dos años ha devastado lo poco que había dejado su antecesor y padre político. Los empresarios están trabajando con los inventarios. Los costos de reposición no pueden financiarse. Numerosas empresas trabajan por debajo de su capacidad instalada porque no consiguen materia prima, ni insumos, ni repuestos. Artículos tan simples como el papel, los envases de aluminio o de plástico para envolver, escasean.

Las empresas estatizadas son las que peor funcionan. No hay cemento, cabillas, leche y café, todos productos fabricados por empresas rojas. Sin embargo, Maduro va a provocar un revolcón. En sus propios términos: va a radicalizar el proceso para tornarlo más socialista. No le basta con el tsunami que provocó. Quiere más ruina.

Mientras tanto, la Polar sigue produciendo en grandes cantidades.

@trinomarquezc

La guerra de las mafias – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

¿Qué pasa cuando el botín que buscan las mafias se reduce, bien por causa de la continuada depredación de las mismas, bien porque su fuente principal se estrecha por razones externas? ¿Qué pasa? Pasa que las mafias entran en guerra, o mejor dicho, escalan la guerra que tiende a ser connatural a las mafias en competencia. Eso es exactamente lo que está pasando en Venezuela en relación con el poder establecido.

El botín, es decir los recursos del país, y especialmente sus divisas, se han reducido agudamente por causa de la depredación de los grupos, clanes, tribus o logias del poder –las mafias, y también porque su fuente principal, los ingresos por exportaciones de petróleo y la capacidad de endeudamiento, se han estrechado considerablemente. ¿Consecuencia? La guerra de las mafias se hace más visible, más ruidosa, más escandalosa.

Porque una cosa está implícita en todo esto: Venezuela tiene una fachada de gobernanza republicana, detrás de la cual operan distintos grupos mafiosos, tanto en su naturaleza como en su proceder. En tiempos del predecesor, esos grupos tenían una cabeza que podía fungir de hegemón o de Don de las mafias, pero con posterioridad éstas se han hecho más autónomas entre sí, y más agresivas en la procura de los recursos nacionales.

Los hermanos Castro Ruz tienen el control de una parte sustancial de las mafias empoderadas de Venezuela. Pero hay otros sectores que también se han enquistado en ámbitos de gran importancia patrimonial, y el precario equilibrio de las mafias contendientes, se ve afectado por la disminución de los recursos disponibles.  Los sottocapos no se conforman con lo que tienen, y no quieren tener menos sino más. El escalamiento de los conflictos se aprecia, sobre todo, en la cantidad de denuncias que tienen origen en sectores del oficialismo.

Ese vendaval de acusaciones y contra-acusaciones que involucra a funcionarios, ex-funcionarios, asociados y familiares, pareciera una violación masiva de la “ley del silencio”, la omertá que tanto caracterizó el desenvolvimiento de estas mafias en otros tiempos. Incluso, algunos de los mafiosos más ostensibles denuncian a otros de su índole, precisamente por eso, por haber declarado delitos y delincuentes, incluso ante autoridades extranjeras, todo lo cual constituye, en la lógica imperante, una traición a la mafia, una traición a la “revolución”.

Las mafias en guerra pueden ser muy diversas, tanto en su composición dirigencial, con elementos políticos y militares; como en su especialidad operativa, que no sólo abarca el torrente de los recursos presupuestarios, sino el narcotráfico y lavado de dinero, así como otras expresiones de la delincuencia organizada. La Venezuela de estos años de mengua se ha convertido en un santuario de lo ilícito nacional y foráneo. Y la coartada es habilidosa, aunque no original: una revolución socialista y anti-imperialista.

Mientras se encarniza la guerra de las mafias, el conjunto del país continua su descenso hacia escenarios de crisis humanitaria. Esta es nuestra realidad y hay que cambiarla a fondo para que la nación venezolana encuentre un camino afirmativo.

flegana@gmail.com

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Proceso de paz = proceso de muerte – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

La nueva matanza de militares en el corregimiento de Timba, Cauca, pudo haber sido evitada. Pero no lo fue. Las Farc pudieron transportar sus bandidos y su arsenal como quisieron y concentrarlos allí, en el punto que habían escogido para montar la cobarde emboscada. Nadie vió sus preparativos, ni su avance por carreteras y montañas, pues la vigilancia aérea y terrestre de los narco-terroristas había sido descartada semanas antes.

Los llamados de los soldados para pedir apoyo aéreo en los primeros momentos del ataque no fueron atendidos. La Fuerza Aérea, el instrumento del Estado más móvil y que más temen las guerrillas,  tenía prohibido defender a la fuerza pública: el presidente Juan Manuel Santos había dictado esa orden absurda  argumentando que las Farc estaban “respetando” el cese al fuego unilateral y que había que participar en el “desescalamiento del conflicto”.

Ahí están los resultados de ese cálculo inepto e imbécil: 11 militares tomados por sorpresa y asesinados y otros 20 heridos (sin hablar de los otros ataques en otros lugares durante las últimas semanas), tras un acoso nocturno de cuatro horas y media, en medio de la lluvia, en el que los asaltantes emplearon obuses, granadas y ráfagas de fusil.

Santos sabía mejor que nadie que las Farc jamás en su larga historia criminal han respetado sus promesas, ni han dejado de matar colombianos cuándo y donde quieren. El sabía que la tal tregua unilateral de las Farc era una impostura. Pese a ello, dió esa orden y salió a marchar con éstas el 9 de abril. Al mismo tiempo, las Farc preparaban en secreto la sangrienta emboscada del 14 de abril.

Entre la matanza de Timba y la orden de Santos hay una relación de causa a efecto. Hay un hilo de sangre muy directo y patente entre esos dos hechos. Santos quedará definitivamente ligado al gravísimo episodio pues su orden creó las condiciones para que las Farc organizaran esa demostración de fuerza, que aterra hoy al país y a la fuerza pública.

En un Estado de Derecho, la situación creada por la orden presidencial y por su resultado inmediato, la matanza del 14 de abril de 2015, desembocaría en un juicio de responsabilidades.  Quien dio esa orden es responsable de ese resultado, así como son responsables los mandos civiles y militares que decidieron, en los momentos cruciales, mientras los militares atacados pedían apoyo aéreo, no enviar las aeronaves de combate para reprimir a los asaltantes. Aunque el ataque duró cuatro horas y media, nadie en las altas esferas movió un dedo por esos soldados.  Tenían que respetar la alucinada orden presidencial que prohibía toda acción de la Fuerza Aérea contra las Farc.

Ese es el infame proceso de paz en Colombia. Esa es la dirección que el presidente Santos le ha dado a las conversaciones con las Farc en La Habana. Un proceso que produce  resultados tan aberrantes contra Colombia no puede ser llamado así. Hay que llamarlo como lo que es: un proceso de muerte. Colombia ha sido metida con engaños en una espiral de muerte física y mental gracias a esa farsa “de la paz”.  Esa espiral siniestra gira y se desboca y avanza en la destrucción de los intereses de Colombia. A eso es que, precisamente, se refiere el dictador Raúl Castro cuando dice que el proceso de paz en Colombia “va muy bien”. Hay que ponerle fin a esa operación mentirosa en La Habana que Santos y las Farc llaman proceso de paz. Pues Colombia necesita la paz, pero la verdadera.

La ciudadanía y sus representantes parlamentarios pedirán  explicaciones. Los hechos deben ser examinados. Ni la opinión ni los congresistas conocen los pormenores de lo ocurrido en la noche del 14 de abril de 2015 en la vereda La Esperanza del municipio de Buenos Aires, Cauca.  El país debe saber todo al respecto. Es la primera vez que en Colombia un presidente decide inmovilizar la Fuerza Aérea, el principal elemento de lucha contra el mayor enemigo de Colombia. Esa orden estrambótica, un paso importante hacia el suicidio nacional, hacia el cese bilateral de fuego,  abrió una  avenida a los terroristas para que golpearan con saña a la fuerza pública. Algunos observadores, entre los que me encuentro, habían previsto ese desastre. Es la primera vez que una orden presidencial absurda  propicia en forma tan directa un acto de guerra que mina la moral de las Fuerzas Militares.

Santos piensa que saldrá de esa encrucijada con una nueva pirueta: con la contraorden de “levantar la suspensión de bombardeos a los campamentos de las Farc”. No le quedaba otra opción ante la cólera de la base militar. Pero esa medida no basta. Para que las Fuerzas Armadas recuperen la iniciativa se requiere una orientación inteligente y soberana, no dirigida desde Cuba. Lo propuesto por el ex presidente Uribe de exigir la concentración de las huestes de las Farc en un solo punto de la geografía es indispensable.

Sin embargo, en lugar de analizar el significado del giro dado por las Farc al realizar la matanza de Timba, Santos sigue en su línea de complacerlas, al proclamar que hay que “acelerar las negociaciones que pongan fin a este conflicto”.

La línea de las Farc es esa. Sus voceros en las ciudades lo dicen más explícitamente: aquí no ha pasado nada, hay que “acelerar el proceso de cese bilateral al fuego”. Las Farc explotan esa tragedia para pedir la rendición del Estado, bajo la forma de un cese bilateral al fuego. Para poder realizar, sin trabas, mil asaltos como el de Timba cada mes y en cada departamento, hasta que puedan entrar a Bogotá a tiros y morterazos.  Para eso es el proceso de paz.

Treinta familias lloran hoy a sus hijos y Santos no tiene la menor frase de solidaridad con ellas. La pérdida de esos soldados es cantidad menor para ese personaje. No hubo ni un saludo a esas familias. Ni un elogio a la valentía y abnegación de sus hijos. Santos no propuso ningún acto simbólico en honor de ellos. Nada. Han muerto unos soldados y punto. La distancia que hay entre ese extraño mandatario y la base militar colombiana produce escalofríos.

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El show, siempre el show – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

La fórmula de la antigüedad era pan y circo. Pero esa fórmula sigue estando vigente para los regímenes despóticos que sólo les interesa el dominio del poder y su connatural depredación. El que viene imperando en Venezuela a lo largo de este siglo no es la excepción. Todo lo contrario. Derrocha su disposición de que todo sea mucho circo y algo de pan, al menos mientras el costo del circo lo permita.

El pan no ha sido poca cosa. Pero no en el sentido de desarrollo, de crecimiento constructivo, de transformación emprendedora y sustentable de la nación. Nada de eso. El pan son los dinerales de la bonanza petrolera más caudalosa y prolongada de la historia. Casi todo se malbarató en corrupción, delirios fallidos, regaladera foránea o tributación colonial, y algo de reparto social con condicionamientos políticos. Se trata del equivalente a mil quinientos millardos de dólares, sin contar la monumental deuda externa.

La crasa y supina irresponsabilidad fiscal hace que la maquinita de imprimir bolívares trabaje sin descanso, y ello facilita que el aumento de la liquidez produzca la ilusión de que las taquillas continúan abiertas. Y ello ya no es pan para hoy y hambre para mañana, porque el hambre ya está radicada a través de la escasez, la carestía, las innumerables penurias de la vida cotidiana, el tránsito de Venezuela hacia la crisis humanitaria.

Sin embargo, lo que no falta sino que más bien se intensifica es el circo. La tramoya política. La maniobra propagandística. El culebrón del poder hegemónico. No, el show no falta, es lo que sobra. El circo o el show son las firmas contra el “decreto de Obama”, las denuncias de golpes de estado imperialistas, lo de los magnicidios, las conspiraciones mediáticas, las guerras económicas, y todo ese largo inventario de maromas políticas y publicitarias. Gran parte de las cuales llevan la marca “made in Cuba”.

Desde que el predecesor llegó a Miraflores, siempre ha sido así. Y desde que los Castro impusieron al sucesor, también. El show puede que tenga sus variaciones estacionales o de temporada, pero en esencia es el mismo show. La defensa de la patria ante las agresiones del imperio… La revolución social ante el capitalismo salvaje…  El pueblo ante la oligarquía…  El pobre ante el rico opresor…  La víctima ante el victimario…

No importa, desde luego, que la realidad de los hechos sea exactamente la contraria. No importa que la hegemonía sea una plutocracia vandálica que utiliza al pueblo pobre como carne de cañón. No importa que la defensa de la patria sea una excusa para el saqueo patrimonial y para el santuario del narcoterrorismo. No importa nada que Venezuela este corroída por la violencia criminal, por la angustia social, por la intimidación política.

Lo único que le importa a la hegemonía es el circo, y mientras haya menos pan, pues habrá más circo. Por eso el show es su signo principal. El show, siempre el show. Y no nos confundamos. Ese show no debe continuar, si es que Venezuela quiere alcanzar un futuro digno.

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Miseria del patrioterismo – Trino Márquez

Trino Márquez

Nicolás Maduro ha utilizado la sanción ejecutiva de Barak Obama para ocultar los graves problemas nacionales, la violación de los derechos humanos, los abusos contra los presos políticos, y para tratar de elevar su alicaída imagen nacional e internacional. Hemos visto el patrioterismo y la paranoia gubernamental en sus versiones más grotescas. La proximidad de la Cumbre de las Américas fue el escenario ideal para que el mandatario criollo creara una tormenta en un vaso de agua. La comparsa de socios latinoamericanos comprada con petróleo, subsidios y créditos blandos, le sirvió de caja de resonancia. Los vivos de Correa, Morales y Ortega practican el doble juego. Se solidarizan con el despistado Maduro, por un lado, mientras por el otro, cuidan y estimulan las relaciones con los Estados Unidos. Saben que es un cliente seguro y confiable, que gratifica a los empresarios exitosos. Quien se establece en el norte tiene el futuro asegurado. Solo se le exige constancia.

Las gestiones diplomáticas del gobierno de Panamá para evitar que el impasse entre Caracas y Washington se convirtiera en el eje de la reunión, le quitara protagonismo al país anfitrión y relegara la agenda del encuentro –desarrollo y equidad- a un segundo plano, dieron resultados positivos. La Casa Blanca dio un giro de última hora. Se acercó a Maduro, a través de Thomas Shannon -consejero del Departamento de Estado- para limar asperezas. Esta aproximación de ningún modo puede interpretarse como un triunfo del gobierno rojo, una reafirmación de la soberanía nacional mancillada por el imperio, o el éxito de la jerigonza chauvinista del régimen –que, de paso, en medio de las penurias que viven los venezolanos, costó una inmensa fortuna, útil solo para alimentar el ego insaciable del gobernante venezolano-. Lo que hay de parte de EE.UU. es un cálculo frío. Dejar sin bombona de aire a Maduro. Le quita las anacrónicas banderas de la lucha antiimperialista y lo devuelve a su sitio. Por añadidura, se arrima a las islas del Caribe de las cuales se había distanciado durante un largo período, dejándoles a Hugo Chávez y a su heredero el campo abierto para que ejercieran el subimperialismo petrolero en esos territorios insulares.

Cuando las aguas retornen a su nivel, se pondrán en evidencia toda la desmesura y manipulación que hubo con la campaña orquestada por el poderoso aparato comunicacional del oficialismo. La maquinaria con la cual construyeron la hegemonía comunicacional.   Durante varias semanas el gobierno habrá logrado desplazar el centro de atención informativo de los venezolanos desde la inflación, la escasez, el desabastecimiento y la inseguridad personal, hacia el quimérico peligro de una acción armada de los yanquis. Esta farsa está próxima a esfumarse. La vocinglería nacionalista ya no servirá como cortina de humo. Maduro tendrá que explicar por qué en sus dos años de gobierno el bolívar se licuó en los bolsillos de los trabajadores, por qué en mercados hay cada vez menos productos y en las farmacias menos medicinas. Tendrá que revelar el misterio por el cual el dólar paralelo en vez de acercarse al del SIMAD, es éste el que se aproxima al paralelo. Estará obligado a mostrar por qué el dólar del SICAD y el de CENCOEX desaparecieron, y con ellos los productos de los anaqueles.

El patrioterismo le habrá servido para tomar un breve respiro, pero, como ocurre con estos ardides de baja estofa: no será suficiente para mantener engañado ni siquiera a sus propios seguidores, quienes han demostrado mucho desgano ante los discursos retóricos de su “líder” y están siendo golpeados con furia por la crisis económica nacional. Los sectores populares verán como un triunfo de Maduro el día que puedan comprar lo que les provoque,  tengan la posibilidad de optar entre muchas marcas, el dinero les alcance para comer, resguardar la salud y divertirse, y vuelvan a ser dueños de la calle.

Mientras esas victorias no se obtengan, la lucha antiimperialista y el patrioterismo serán vistos como un ejercicio demagógico que solo sirve para mantener a la gente en la miseria y engañada.

@trinomarquezc