No pido mucho, sólo un país normal – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Problemas los habrá siempre. Problemas graves, también. Idealizar un país sin grandes problemas es perder el tiempo. Pero eso es una cosa y otra es un país agobiado, despedazado, moribundo por  una vorágine de viejos y nuevos problemas, muchos de los cuales han surgido de imposiciones desde el poder, extrañas a la manera de ser política de los venezolanos, y en especial a su cultura democrática.

Venezuela no tendría porque estar padeciendo esta mega-crisis, y no tendría porque seguirla padeciendo. La alternativa no es un país de puras maravillas, que sólo existe en la ideología, la ignorancia o el fanatismo. La alternativa posible, y también deseable, es la de un país normal, con un estado de derecho básico o funcional, con un gobierno que por ello mismo no puede hacer lo que le da la gana.

Con una economía donde haya libertad de iniciativa y emprendimiento. Sin escasez generalizada ni colas para todo. Sin la carestía, la penuria y la explosión de violencia criminal que caracteriza a esta Venezuela. Una sociedad que valore la convivencia y la búsqueda de la seguridad, y sobre todo la lucha por la justicia, la igualdad, la superación de la pobreza, que se van alcanzando y manteniendo, sólo si el Estado, la economía y la sociedad se esfuerzan para combinar sus fuerzas y no para querellarse en nombre de falsas revoluciones, que, además, sólo sirven de mampara para el despotismo y la depredación

Un país normal que tenga una democracia con elecciones confiables. Con poderes públicos que no estén subordinados a un caudillo o a un “comando político-militar de la revolución”. Con gobernadores y alcaldes que tengan autonomía de acción. Una democracia en los términos de la Constitución de 1999, que sin duda necesita de algunas reformas para limitar los mandatos de los gobernantes y reconstruir la estructura institucional del Estado.

Un país normal en el que no se fomente el odio, la división y la polarización desde el poder establecido. En el que ese poder no promueva bandas armadas para intimidar y controlar a la población. En el que el las Fuerzas Armadas cumplan su papel constitucional, y en el que el orden público y la seguridad ciudadana sea prioridades de las autoridades y la sociedad civil, sin importar la orientación partidista. En el que no haya perseguidos, presos y exiliados políticos.

Un país normal que estimule sistemas de educación pública y privada; que no los limite, acose o los trate de alinear a una partisanía político-ideológica. Que facilite la descentralización de los servicios de salud, de transporte público, de deporte, de vivienda, de programas y misiones sociales. Que aproveche a sus técnicos y expertos para concebir obras públicas grandes, medianas y pequeñas que mejoren la calidad de vida de las personas, las familias, las comunidades, la nación.

Un país normal, con una economía abierta, con interés de los inversionistas extranjeros en traer sus capitales, con leyes claras que no se puedan cambiar un día sí y otro también, con un diálogo permanente entre el Estado, los trabajadores, los empresarios y los consumidores. Con conflictos de muy variada índole, sin duda, pero con capacidad de manejarlos sin que termine imperando la violencia y la devastación de los derechos.

Un país normal con una industria petrolera y energética que no sea un botín sino una palanca de desarrollo. Manejada profesionalmente y no como una seccional de partido o tribu. Con un buen sistema de socios foráneos y con la posibilidad de una amplia participación de los venezolanos.

Un país normal donde no impere la censura ni la auto-censura. Donde el periodismo independiente no sea una profesión de alto riesgo. Donde no haya una cultura oficial o canónica, y una marginalizada. Donde la promoción de la identidad venezolana, de verdad, sin caricaturas, sea la meta de la estrategia comunicacional, tecnológica y creativa del país.

Un país normal es un país sin ínfulas de potencia mundial o de salvar al planeta. Es un país que no le tiene piquiña a la globalización sino que la aprovecha para sus legítimos intereses. Es un país donde la gente no se quiere ir al exterior. Un país que le puede ofrecer un presente y un futuro humano, digno, a su población. Nada que ver con un país perfecto, que eso no existe ni existirá nunca. Pero tampoco que ver con un país que se cae a pedazos como esta, nuestra patria venerada.

Tener un país normal no es una esperanza extravagante. No es una aspiración anormal. No es pedir demasiado. Ni siquiera es pedir mucho. Es nuestro derecho. Y por lo tanto es nuestro deber luchar para alcanzarlo.

flegana@gmail.com

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Sobre Winston Churchill – Aníbal Romero

 Aníbal Romero 

El pasado día sábado 24 de enero se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Winston Churchill, una de las figuras históricas más importantes del siglo XX.

Churchill fue un personaje complejo y de múltiples facetas, como casi siempre ocurre con individuos de su categoría e impacto en el curso histórico. Se distinguió como soldado, periodista, político e historiador; pero por encima de todo fue un líder en el sentido más profundo de la palabra. Como lo argumenta Ronald Heifetz en su libro de 1994, Liderazgo sin respuestas fáciles, ser líder significa guiar enseñando; en otras palabras, la esencia del liderazgo es pedagogía, y un verdadero líder es aquél que ayuda a otros a enfrentar retos y problemas exigentes sin pretender que los mismos son susceptibles de soluciones simples, mágicas o carentes de costos.

Churchill tuvo una larga vida que no careció de vaivenes, de subidas y bajadas, de contradicciones, de polémicas, de triunfos y reveses. Se equivocó en no pocas ocasiones, pero también tuvo grandes aciertos como estadista y conductor de su pueblo en su hora más dramática. Sin duda alguna, la cúspide de su carrera tuvo lugar entre 1940 y 1945, y muy en particular durante el período de mayo-junio de 1940, cuando Francia sucumbió ante el ataque de Hitler, y la Batalla de Inglaterra en los meses de verano y otoño de ese año. Como el mismo Churchill lo expresó en sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, durante esa etapa crucial la Gran Bretaña estuvo sola. Francia había capitulado, la URSS seguía atada a la Alemana nazi a raíz del pacto Hitler-Stalin de agosto de 1939, y los Estados Unidos sólo entrarían en la guerra hacia fines de 1941, después del ataque japonés en Pearl Harbour.

A lo largo de pocos meses decisivos se produjo uno de esos fenómenos misteriosos, en los que un pueblo encuentra su representación y su voz en un individuo, en una persona singular que encarna a la vez una convicción y una voluntad. El destino de Europa, de Occidente y de la libertad se jugó entonces en los cielos de Inglaterra.

Los caminos de Churchill y del pueblo británico no habían marchado de modo sincronizado durante los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Al final de la primera conflagración mundial, en 1918, la sociedad británica, extenuada y herida hasta lo profundo por los inmensos costos humanos y materiales de ese conflicto, había optado por el pacifismo y una extendida pasividad frente a los eventos internacionales. Sus dirigentes de entonces, hasta llegar a Chamberlain en la década de los treinta, no hicieron realmente sino manifestar los deseos predominantes entre su pueblo, proyectando una diplomacia de conciliación y apaciguamiento con respecto a las convulsiones europeas de la época, y de modo especial hacia las arremetidas del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.

El pueblo británico quería la paz, y la diplomacia de conciliación con Hitler y Mussolini desarrollada por sucesivos gobiernos en Londres expresaba ese deseo. Igual impulso de apaciguamiento hacia los dictadores totalitarios dominaba la diplomacia francesa, y semejante propósito de diálogo y negociación casi a toda costa llegó a su humillante conclusión en el infame acuerdo de Munich de septiembre de 1938, suscrito por Chamberlain, Daladier, Hitler y Mussolini, mediante el cual la Gran Bretaña y Francia cedieron a las presiones nazis, y sin disparar un tiro ni consultar a las víctimas aceptaron el desmembramiento de Checoslovaquia y la incorporación de la mitad de ese país al Reich alemán.

Hasta ese momento, aunque abrigando crecientes dudas, los británicos habían respaldado a Chamberlain, a pesar de las incesantes advertencias de Churchill. El acuerdo suscrito en Munich había contado con reiteradas promesas de Hitler, según las cuales con la anexión de parte sustancial del territorio checo sus ambiciones territoriales habían sido colmadas, y ya no buscaría expandir más allá el poder nazi en Europa. Pero Churchill comprendía la verdadera naturaleza del enemigo. La hazaña de Churchill fue primeramente intelectual y psicológica, y consistió en entender a tiempo que Hitler era un verdadero revolucionario, es decir, un actor histórico con objetivos ilimitados que no sabía detenerse, y con el cual todo diálogo y toda negociación no eran otra cosa que eslabones tácticos de una cadena aferrada a la meta estratégica del poder absoluto.

Si bien durante esos años anteriores a la claudicación de las democracias en Munich, Churchill se había dedicado con incansable tesón a advertir y alertar acerca de quién era Hitler y qué representaba el nihilismo nacionalsocialista, los británicos en general prefirieron evadir el panorama que el ya viejo político dibujaba persistentemente con sus discursos parlamentarios, artículos de prensa e intervenciones radiales. No se trató de que los británicos le ignorasen por completo, sino que simplemente escogían mirar con aprensión hacia otro lado.

Munich fue un momento clave. Cuando pocos meses después, en marzo de 1939, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia violando así sus más solemnes y repetidas promesas, se produjo en lo más hondo de los espíritus de millones de británicos una sacudida fundamental y una decisión sin retorno. Se hizo evidente para ingleses, galeses, escoceses e irlandeses, en una especie de revelación súbita pero raigal, que ante Hitler el apaciguamiento no funcionaba, y que el diálogo, la conciliación y la negociación con el Fuhrer nazi no significaban sino pasajeros fuegos de artificio que dejaban atrás solamente la huella de un espejismo.

Una política de apaciguamiento, como han apuntado diversos autores, sólo tiene sentido si se lleva a cabo con relación a actores políticos “normales”, es decir, actores políticos con propósitos limitados, así como dispuestos, como ocurre en genuinas democracias, a ceder el poder pacíficamente de acuerdo con la libre voluntad popular. Pero ante actores revolucionarios, cuyos objetivos son ilimitados, una política de apaciguamiento es expresión de un error de diagnóstico, de una equivocación analítica, y también a veces de una claudicación moral. Por esto último mi frase favorita de Churchill es la siguiente: “La guerra es mala, pero la esclavitud es peor”. A veces resulta imperativo e inevitable confrontar, pues la alternativa es una indigna e irreparable sumisión.

Durante los meses heroicos de junio a noviembre de 1940, cuando la Real Fuerza Aérea británica doblegó a la Luftwaffe e impidió a Hitler el dominio del aire, condición indispensable para invadir Inglaterra, Churchill se convirtió en el líder, el inspirador y el pedagogo de un pueblo que superó todas sus dudas, para entregarse con extraordinaria tenacidad, generosidad y valentía a la tarea de derrotar a Hitler y el nazismo. A esa etapa pertenecen memorables discursos, en los que Churchill, a la vez de decir la verdad y explicar a los británicos que la victoria exigiría “sangre, esfuerzo, sudor y lágimas” (“blood, toil, sweat, and tears”), transmitió una vibrante e indoblegable fe en el triunfo, escribiendo un hermoso capítulo en el libro que narra las luchas por la libertad.

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La cola: metástasis del socialismo y la cleptocracia – Trino Márquez

Trino Márquez

Las interminables colas que se ven en el país son el resultado del desmadre de dos esquemas distintos, pero complementarios. Uno, el socialismo; el otro, la cleptocracia asociada a los controles de cambio y de precios.

El socialismo del siglo XXI destruyó un segmento significativo de la producción privada, cercándolo con intervenciones desmedidas, estatizando industrias que eran eficientes en manos particulares –y ahora ocasionan pérdidas millonarias- y creando empresas que solo generan gastos gigantescos. El socialismo -es decir, el gobierno rojo- también es culpable de haber desecho los mecanismos de distribución de bienes que fueron surgiendo –muchos de ellos de forma espontánea-  a medida que el aparato industrial fue haciéndose cada vez más complejo y diversificado. Los productos llegaban a las bodegas instaladas en la punta de los cerros más altos y a los pueblos más alejados, sin que ningún organismo público o privado se hubiese planteado jamás centralizar esa red, ni construirla conscientemente. Los rojos tomaron en sus manos ese tejido, y estamos viendo los resultados: la gente de los cerros, que antes recibían los diversos bienes, ahora bajan a la ciudad a buscarlos de forma atropellada.

La demolición de los mecanismos de distribución está relacionada con los controles de cambio y de precio. El primero, ha mantenido artificialmente sobrevaluado el bolívar Cadivi y SICAD I (cuando se consigue ) –ambos destinados a favorecer la nomenclatura roja-, transformando esos dos mecanismos de reparto en un poderoso instrumento de corrupción, el más perverso de cuantos han existido en Venezuela. El control de precios ha situado el valor de los productos regulados muy por debajo de su costo, haciendo poco atractiva su producción, aunque muy lucrativo el contrabando de extracción hacia los países vecinos y la compra por parte de revendedores y buhoneros, o la adquisición nerviosa por parte de los ciudadanos ante la incertidumbre de no poder conseguirlos por largos períodos.

¿Quiénes se benefician y quiénes se perjudican del caos creado por Nicolás Maduro al mantener las regulaciones y un control de cambio que contiene cuatro –o en el mejor de los casos- tres tipos de paridades?   Los beneficiarios, como en todos los sistemas socialistas, son los grupos que giran alrededor de la órbita de poder: Miraflores y el PSUV. La “guerra económica” la desataron esos sectores que tienen en sus manos la capacidad de decidir la ruta hacia donde se dirige un bien producido, por ejemplo, en la región centro occidental o el oriente del país, y que se encarga, a hurtadillas, de que solo 50% llegue a los anaqueles de los supermercados ubicados en Venezuela, y la otra mitad termine en los estantes de Colombia, Brasil o Panamá, donde el mismo producto se vende cinco o seis veces más caro. No es la oposición la que toma esa clase de medidas, sino autoridades militares y civiles que encontraron en el contrabando de extracción con productos regulados, en la sobrefacturación de los dólares concedidos por Cadivi u obtenidos a través del SICAD, un mecanismo rápido y seguro de acumular enormes fortunas con los recursos de los venezolanos.

Quien está pagando la metástasis de la corrupción apañada por un Gobierno proxeneta es el pueblo, que no sale de su desconcierto. Después de haber vivido la abundancia del período comprendido entre 2007 y 2013 cuando el barril de petróleo promediaba ligeramente por encima de los $100 y las importaciones superaban los 60.000 millones de dólares al año-, de repente se encuentra ante un cuadro de escasez aterrador.

Las colas son un signo humillante de la ineficiencia y corrupción endémica del socialismo y los cimientos que sustentan ese endemoniado sistema. El socialismo chavista se ha edificado sobre el reparto populista de la renta petrolera, ahora cada vez más escasa, y sobre una cleptocracia voraz e indolente, que ve en cada control, intervención o norma gubernamental, la posibilidad de incrementar su riqueza y poder. Los militares son una pieza clave de este mecanismo. Sin su apoyo no habría sido posible construir el andamiaje. Las fronteras, Cadivi, las rutas de distribución de alimentos y bienes básicos, forman algunas de las piezas de ese entramado.

La situación de los militares después de la caída de Pérez Jiménez resulta un buen ejemplo de qué ocurre cuando la gente llega al hartazgo.

@trinomarquezc

La economía, estúpido – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

El jueves pasado el Banco Central Europeo, anunció un excepcional programa de compra de activos por un valor de 60 millardos de euros mensuales. Ello con la esperanza de bajar el valor del Euro, para poder relanzar las exportaciones y así escapar de la recesión y luchar contra el desempleo.

Se trata de una medida, que en situación de crisis, también ha sido implementada por otras economías como ha sido el caso en los EE.UU., Inglaterra y Japón.

Dichas medidas excepcionales, en el argot de los expertos son conocidas bajo el término “quantitative easing”. Básicamente se trata de una compra masiva de deuda, de preferencia pública, para inyectar dinero fresco en la economía. Muchos llaman a eso, activación de la máquina de fabricar billetes.

La muy competitiva industria europea había perdido fuerza al ver sus exportaciones penalizadas por una moneda, el euro, sobrevaluada. Una desventaja que influyó directamente en el aumento del desempleo, que se convirtió en un muy grave problema estructural para las economías de la zona Euro.

Alemania, ha aceptado el brutal cambio en la política del BCE, a condición que los países más afectados sigan adelante en sus respectivas y necesarias reformas.

Un día antes de los anuncios monetarios europeos, desde Caracas, con un retraso inexcusable, Nicolás Maduro, dio su discurso de memoria y cuenta, ante una Asamblea a sus pies.

Sin embargo, lejos de aprovechar esa inmensa ventaja, el heredero del Teniente golpista Hugo Chávez, prefirió aumentar la incertidumbre económica. El estado actual de quiebra de Venezuela, se debe al legado del “padre” político de Maduro.  Un inventario nada exhaustivo arroja lo siguiente; unos 4 millones de hectáreas expropiadas e improductivas, 280.000 empresas quebradas, una PDVSA desmantelada y la consecuente sequía de dólares.

Por su parte, el incompetente Maduro, no ha tenido mejor idea que, declararle la guerra a distribuidores y mayoristas. La ceguera del inexperto e irresponsable que dirige los destinos de Venezuela, no le permitió ver que él tiene bajo su dominio el 75% de los distribuidores y mayoristas del país.

Toda una desesperanza, la venezolana, mientras los líderes del resto del mundo, de forma responsable toman todo tipo de medidas, para ofrecerle a sus gobernados desarrollo y prosperidad.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

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La muerte del Fiscal Nisman y la cloaca – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

                     “En medio de la polvareda, perdimos a Don Beltrane”

Refranero español

El problema no fue Nisman. Ni siquiera el monstruoso atentado a la AMIA o el “exitoso” debut del terrorismo iraní en América Latina asesinando a más de ochenta judíos. El problema fue, es y seguirá siendo el brutal envenenamiento inducido y ya desatado de la opinión pública argentina: una cloaca de pestilencias difícilmente comprensible y analizable sin dominar la cartografía de la ofensa, del asesinato virtual, de la descalificación arrabalera y la impudicia en confesar las propias posiciones en términos tan rocambolescos como asombrosos convertidos en moneda corriente en la Argentina de hoy: una tristemente célebre, muy activa y fogosa tuitera no tiene reparos en describirse ante el universo de la red en los siguientes términos: “Muy yegua muy K. Fundamentalista de CFK. Y si la tocan a Cristina ay que quilombo se va a armar… Los fusilaremos a todos.”

He seguido los eventos por TeleNoticias, un canal de televisión estrictamente informativo, y hasta donde me permite colegir mi escaso conocimiento del medio informativo argentino sus periodistas me han parecido objetivos, serenos, respetuosos pero aguerridos y sin pelos en la lengua a la hora de extraer conclusiones más que evidentes aunque de consecuencias probablemente demoledoras. Pero los hechos que suscitan los comentarios de Alberto Lanata o Néstor Castro tampoco dan pábulo a otros comentarios, que no sean los del silencio. Y, al parecer, ni Lanata ni Castro son personajes susceptibles de dejarse intimidar por quienes se ven atacados por sus demoledoras conclusiones. Todas, según se esfuerzan en demostrar, absolutamente plausibles y justificadas.

Veamos los hechos: un fiscal asume un caso que le es encomendado hace diez largos años por el entonces presidente Néstor Kirchner, al que el fiscal, en una larga y frondosa entrevista concedida a un periodista de dicho canal tres días antes de su muerte, reconoce objetividad y deseos de llegar a la verdad del caso AMIA. Pero ese presidente ha muerto. Negarse a reconocer que murió en, por lo menos, extrañas circunstancias, no implica acusar a nadie de asesinato. Pero en esa misma entrevista sostiene, respaldado en tal profusión de datos que corre, se atropella y tropieza por encontrarlos, que en su comparecencia ante los diputados del Congreso Nacional demostrará que existe una componenda criminal entre la presidente de la república, su canciller y algunos de sus funcionarios con el gobierno iraní y los propios acusados por los hechos del atentado con el fin de traspapelar el caso y echarlo al olvido. Y ello no por simple cortesía diplomática, así esté involucrado el canciller Héctor Timerman, él mismo de origen judío, sino a cambio de suculentos negocios convenientes a ambos gobiernos: granos argentinos por petróleo iraní. Absolutamente legítimos salvo por la condición: librar de culpa a los funcionarios iraníes acusados hasta hoy de haber participado de la matanza de ochenta y cinco ciudadanos de origen judío.

Es obvio que una acusación de tamaña envergadura podría provocar, en cualquier democracia del mundo, un terremoto político con resultados catastróficos no sólo para la principal acusada, sino para todo un régimen. Y de allí en más: para todo un proyecto de dominación continental que tiene su fuente originaria en el llamado Foro de Sao Paulo y el castrismo continental que le diera vida. Pues entretanto, el kirchnerismo se ha hecho fuerte en el aparato de Estado y, exactamente como sucede en Venezuela, en muchos aspectos profundamente emparentada con lo que sucede en Argentina, su sobrevivencia va mucho más allá de los meros intereses personales o partidistas de quienes están en el gobierno.

Y allí llegamos a la raíz del problema, a la causa del encono y la tremenda animadversión que impregna las confrontadas posiciones en torno a la muerte de Nisman o a cualquier otro hecho de relevancia que afecte y cuestione las claves del funcionamiento del sistema gobernante. En gran medida, un sistema caudillesco y ya impregnado del carácter mafioso y gansteril inherente a los fascismos, como bien lo señalara Theodor Adorno cuando, refiriéndose a los fundamentos del sistema de dominación del nazismo alemán sostenía en 1940 que la historia del fascismo “es la historia de las luchas entre bandas, pandillas y grupos delictivos”. Todo lo cual, por cierto, enmarcado en lo que un gran pensador alemán considerase ser la esencia de lo político: “el enfrentamiento amigo-enemigo”. Y otro gran pensador alemán extrajera la conclusión conceptual definitoria: “la guerra es la diplomacia, vale decir: la política, por otros medios”. Von Clausewitz.

Obviamente: por más pugnaces y venenosas que sean las opiniones, no son ellas ni los medios que las vehiculizan capaces de inducir una guerra abierta y declarada. Ellas les preexisten. Y hasta donde les es posible, conviven en un territorio común: la democracia. Ultrapasado el cual la enemistad se hace manifiesta y el riesgo de que los enfrentamientos verbales o metafóricos pasen a los hechos y el enfrentamiento ideológico invada la virtualidad de lo físico y se convierta en guerra abierta, amenace con convertirse en un suceso irreversible.

Ese estado prebélico del enfrentamiento político, al borde de la abierta declaración de guerra interna, de agotamiento de los entendimientos, los consensos y la convivencia, constituye la seña distintiva de la política en América Latina desde que el castrocomunismo asaltara el Poder y se instaurara en Cuba el 1º de enero de 1959. Desde entonces, abiertamente reconocido por el régimen castrista su naturaleza belicosa, expansiva, injerencista ninguna sociedad latinoamericana ha escapado al sino de lo que el mismo pensador alemán, Carl Schmitt, llamara “un estado de excepción”. Vale decir: un estado en que la fragilidad del equilibrio institucional se hace connatural al sistema de dominación y la democracia se ve fracturada por la provisionalidad, es llevada al borde de la ruptura y la eclosión de una dictadura asimismo excepcional: la implantación de un régimen totalitario, unidimensional. Todos los países de América Latina sobreviven, cual más cual menos y en mayor o menor medida, en estado de excepción. Y no en el sentido más bien figurado como lo definiera Giorgio Agamben, sino en el más estricto sentido schmittiano.

De modo que la amenaza de quien se reconoce ser “una yegua kirchnerista” pronta a “fusilar a quien ose tocar a la figura” que la acaudilla no constituye una exageración metafórica: detrás del fusilamiento virtual está el asesinato real. En el caso que nos ocupa, el de un fiscal que osó tocar a la presidenta de la república, señora Cristina Fernández viuda de Kirchner.

Las palabras suelen encubrir, preparar o justificar los hechos. Los anteceden, promueven y legitiman. Una palabra bien disparada también asesina.

El mismo Carl Schmitt, posiblemente el más brillante constitucionalista alemán del siglo XX, solía llamar la atención sobre un hecho consustancial a la política y al derecho: ni la mentira ni mucho menos el mentiroso son castigados por ley. Lo que permite que sea uno de los recursos más socorridos en el enfrentamiento político, que Maquiavelo haya relativizado la verdad a los fines a los que sirve y que un lamentablemente fracasado político marxista, el italiano Antonio Gramsci haya afirmado, coincidiendo con la polaco alemana Rosa Luxemburg, que sólo la verdad es revolucionaria. Lenin, Stalin, Mao o Fidel Castro jamás hubieran estado de acuerdo. Mucho menos Perón y sus actuales herederos. La mentira puede ser tanto o más revolucionaria que la verdad. A veces, como en esta ocasión, un estorbo a los fines de la entronización del kirchnerismo. Pues la revolución antecede y sobre determina lo qué es, cuál es y cómo debe ser comprendida la verdad. O la mentira: el fin justifica los medios.

A Esquilo, el creador de la tragedia griega, se le atribuye una frase socorrida desde que fuera expresada hace dos mil quinientos años: “la verdad es la primera víctima de la guerra”. La actualizaron el inglés Lord Arthur Ponsonby y el político norteamericano Hiram Johnson al fragor del bombardeo de mentiras que acompañaron la Primera Guerra Mundial. Hasta alcanzar un aspecto esencial de la guerra: la llamada “guerra sucia”. Lo cierto es que salvo en el ámbito de las ciencias exactas, en donde a pesar de los desesperados esfuerzos de Stalin las ideologías están absolutamente excluidas, en el terreno del Poder vale más bien la otra frase que acompaña a quien se pregunte por la verdad, convertida en ley que lleva el apellido de Ramón Campoamor, redactor de la famosa cuarteta: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

Lo cierto es que la extraña y aún no esclarecida muerte del fiscal Alberto Nisman, en vísperas de explosivas revelaciones que podrían haber dado inicio a un proceso de rápida deslegitimación de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández viuda de Kirchner, golpeando en el corazón a uno de los países claves de la izquierda latinoamericana alineado con el castrismo, el chavismo y el Foro de Sao Paulo – hechos, no palabras – ha desvelado ante la opinión pública mundial la ruptura que agrieta al sistema político argentino, la crisis profunda que aqueja a sus instituciones, el descrédito de su sistema jurídico y policial y la tremenda pérdida de credibilidad del kirchnerismo, como lo resaltara el duro editorial de uno de los periódicos más importantes e influyentes del mundo, The New York Times. Que, desconfiando absolutamente de la imparcialidad de la justicia argentina, exigió la entrega del caso de terrorismo de la AMIA a tribunales internacionales.

Detrás del editorial del New York Times aparece un elemento de extrema gravedad en el contexto internacional: el enfrentamiento con el integrismo musulmán, responsable del horrendo crimen cometido contra los periodistas y caricaturistas de Charlie Hebdo. Parte del cruento enfrentamiento con la Yihad y el Estado Islámico, de quienes la presidente de la Argentina, un puntal de Occidente, aparece en tratativas y connivencias de gravísimas consecuencias.

Asombra que asuntos tan obvios y de tan ingente gravedad se confundan detrás de un torbellino de palabras, justificaciones y contra justificaciones, defensas a ultranza de quienes no merecen defensa alguna. Pues mientras más aclaran, más oscurecen. Ya lo dice el corresponsal de El País en Buenos Aires: “Mientras tanto, la denuncia de Nisman pasa a segundo plano y es la muerte de Nisman la que ocupa todas las horas de la televisión.” ¿Está hundida la Argentina en la cloaca de una enconada guerra sucia? Es una pregunta que va más allá de yeguas tuiteras y periodistas enconados. Lo accesorio encubre lo esencial. Malos, muy malos tiempos para la verdad.

@sangarccs

Una gira sin giros, ni anuncios – Trino Márquez

Trino Márquez

La reciente gira de Nicolás Maduro por Rusia (dos veces), China y el Medio Oriente fue un fracaso total. Salió con las tablas en la cabeza. No consiguió dinero fresco, ni pudo lograr que los miembros de la OPEP concertaran una cita para diseñar una estrategia que permita subir los precios a partir de la reducción de la oferta de crudo. Lo único que logró fue que lo trataran con cortesía, tal como establecen las normas diplomáticas, y vaporosas promesas de inversión. Hasta en este terreno los chinos le aguaron la fiesta. Anunciaron que durante los próximos veinte años invertirían 250 mil millones de dólares, y que una fracción de ese inmenso volumen iría hacia Venezuela. Trataron a Maduro como a un cliente menor. Para colmo, durante las dos semanas que duró el festín en el exterior continuó la caída en picada de los precios del crudo. El ¿primer? mandatario no pudo demostrar su liderazgo mundial porque simplemente no lo tiene.

Los resultados de ese costoso e inútil periplo no sorprenden. No podían ser otros. Se produjo impulsado por la fuerza de la desesperación, el desconcierto y la improvisación. La Cancillería –o lo que queda de ella- no negoció de antemano ninguna declaración conjunta, ni concertó ninguna estrategia con los países que recibirían al jefe del Estado.

Lo que sí generó cierto desconcierto fueron sus declaraciones iniciales, una vez de retorno en el país. Dieron la impresión de que hubiese viajado en una carreta y que hubiese estado en la atrasada y paupérrima China de Mao o en la menesterosa Rusia de Stalin. Llegó hablando de profundizar el modelo comunista. ¿Y no es acaso ese modelo –que los chinos abandonaron hace 36 años y Rusia 24- el causante fundamental de las desgracias que azotan a la nación? ¿No es por haber acosado la iniciativa particular, reducido la propiedad privada y destruido el aparato productivo que estamos colapsados?

Maduro fue a pedir auxilio a expaíses comunistas donde ahora imperan economías de mercado, se resguarda la propiedad y se estimula la iniciativa particular, y el Estado tiene cada vez menos presencia en la actividad económica. Los chinos han privatizado varios millones de pequeñas empresas. El mismo camino lo emprendieron los rusos. El mismísimo Lenin, en 1921, ante el fracaso del Comunismo de Guerra, dio un giro e introdujo la Nueva Política Económica (NEP). Deng Xiaping, considerado el padre de la nueva China, modificó la política económica diseñada y aplicada por Mao durante el aciago período de la Revolución Cultural. Para introducir los cambios que convirtieron a al gigante asiático en la segunda potencia mundial, Deng encaró a la Banda de los Cuatro, que contaba con Chiang Ching, la poderosa y fanática  viuda de Mao. La proscribió y, de paso, la encarceló. Su determinación a combatir los ancestrales prejuicios marxistas y la macerada ignorancia de la izquierda maoísta, catapultaron a China al lugar donde hoy se encuentra. Deng era, sin duda, un hombre inteligente y decidido. El líder rojo carece de esos dos atributos. Quedó petrificado en el pasado.

Sus declaraciones al regresar, se prolongaron con su desabrida y confusa intervención en la Asamblea Nacional. Controlará la escasez y el desabastecimiento con una agresiva supervisión de las distribuidoras mayoristas. Su vocación policial no declina. Se propone una macro devaluación del bolívar, pero no se atreve anunciarla. Ve la necesidad de  incrementar el precio de la gasolina, sin embargo, remite la decisión a una quimérica discusión pública. Es demasiado pusilánime. Solo sabe gobernar para agredir a la oposición.

Para descifrar el nuevo esquema cambiario hay que cursar un doctorado en finanzas. En vez de cuatro tipos de cambio, como existen actualmente, “solo” habrá tres: el de 6.30, concebido para favorecer a los vivos que se enriquecen bajo la sombra del Estado; el SICAD, que se subastará; y un tercero que se suministrará a través de las casas de bolsas públicas. Lo que nadie sabe es cómo se obtendrán los dólares para las subastas y las casas de bolsa (desde hace más de dos meses no se convoca ninguna puja). Habrá que esperar nuevos y aún más borrosos anuncios de los ministros de Economía.

El país no tiene un Presidente que ordena y dirige, sino un majadero nostálgico del marxismo más apolillado y retrogrado, que ni siquiera viajando con todo confort a los expaíses comunistas, se convence de que el futuro de Venezuela se encuentra en la economía de mercado.

@trinomarquezc

Maduro y las tres lógicas – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Después de la lamentable y lastimera intervención de Maduro en la supuesta presentación de la “memoria y cuenta”, en la que además de repetir los embustes, los insultos y las consignas consabidas, lo más original parece que fue el “Dios proveerá”, después de ello, repito, lo único que queda es confirmar cuál es la lógica en la que se mueve Maduro y la hegemonía que él representa.

No es la lógica de la democracia o del desarrollo democrático. Tampoco es, en sustancia aunque sí en retórica, la lógica de la revolución o la transformación revolucionaria. Es la lógica de la depredación, del asalto violento de los recursos, de la exacción devastadora, de la tierra arrasada mientras se pueda. Esa es la lógica que explica lo que pasa y lo que no pasa. Es la lógica del poder que impera en Venezuela.

Durante largas décadas, sobre todo de 1936 en adelante, se fue imponiendo entre nosotros la lógica del desarrollo y de la democracia, como fines y como medios de la acción pública. Con vaivenes y altibajos. Con períodos de avance y retroceso, incluyendo el hiato dictatorial. Con épocas diáfanas y épocas opacas. Con acentos sociales o liberales. Con más o menos intervención estatal. Con prudencia y con escasez de criterio.

Pero la esencia de la lógica era fomentar un desarrollo amplio, integral, que procurara establecer, al menos, el núcleo de un estado social de derecho, y que reconociese y asegurase las libertades para el conjunto de los venezolanos. El balance de esa lógica llevada a la experiencia histórica, está por establecerse. De seguro que estará menos en los extremos de la apología o de la negación, pero lo que sí no admite duda razonable, es que Maduro y los suyos no discurren ni proceden en las coordenadas de esta lógica del desarrollo democrático.

En apariencia, luce como si pertenecieran a la lógica de una revolución, del empuje de una causa revolucionaria, en especial una causa de clase según la dinámica marxista. Y digo “en apariencia”, porque los discursos del sucesor, así como también los del predecesor, están repletos de referencias ideológicas de este tipo, y sería injusto desconocer que diversas ejecutorias también se han inspirado en criterios de hegemonía marxista. Pero la trágica realidad que padece el país, no es tanto una consecuencia de pretensiones revolucionarias, así sean mal entendidas y peor aplicadas. No. Es consecuencia, sobre todo, de otra cosa. De una cosa mucho peor. Mucho más siniestra. De otra lógica. La lógica de la depredación.

Para comenzar, la casta dirigente de la hegemonía, la nomenklatura, no es de identidad revolucionaria-proletaria, sino plutocrática-financiera. Por ende, su interés central es el acrecentamiento de las fortunas, de los patrimonios surgidos de la mega-corrupción. Si es cierto que el monto de lo depredado asciende a 250 mil millones de dólares, según las denuncias que provienen de sectores radicales del chavismo, entonces la nomenklatura y su sistema satelital o boli-burgués, no puede tener tiempo ni energía para otro asunto que no sea manejar semejante masa dineraria.

Y si se le aplicara a la cifra, la vieja conseja de la mitad de la mitad, pues su manejo exigiría, igualmente, dedicación absoluta. Y en eso andan, básicamente. Es la lógica del cartel. La lógica de la delincuencia organizada. La lógica que explica un dólar a 6,30; o la que explica el pago y el vuelto con la deuda pública; o la que explica el vandalismo presupuestario y los fondos para-fiscales; o la que explica que haya una brutal y creciente escasez de comida, medicinas, repuestos, y pare usted de contar, luego del equivalente de 1.500 millardos de dólares en ingresos fiscales en los tiempos de la hegemonía roja.

La que explica, así mismo, el inmovilismo y el temor a cualquier tipo de medidas que supongan algo de competencia, o de apertura, o de escrutinio. La lógica de la depredación apura sus afanes porque la mega-crisis pica y se extiende. Es una lógica implacable en contra de Venezuela y su población. Una lógica que sólo favorece la voracidad plutocrática, la de los clanes, claques, tribus y circuitos familiares de la nomenklatura. Una lógica radicalmente incompatible con el progreso de nuestra nación.

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