La hora del ultraje – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Bajo la comandancia del presidente Juan Manuel Santos, las Fuerzas Armadas, y los demás organismos del Estado encargados de la seguridad del país, están viviendo una de sus peores épocas. Lo que le ocurrió al General Rubén Darío Alzate,  comandante de Fuerza de Tarea Conjunta Titán, con jurisdicción en el Chocó, una enorme y rica región con salida a dos océanos y estratégica por ello para la seguridad de Colombia, ha dejado al país atónito.

El súbito e insólito secuestro del General Alzate, el 16 de noviembre pasado, por parte de un grupo minúsculo de las Farc, y la forma que adquirió, 14 días después,  la liberación de él y de sus dos acompañantes, el Cabo primero Jorge Rodríguez y la abogada  Gloria Urrego, no logra ser digerido por nadie.

Tras recibir la orden de Santos de explicarle al país su conducta, el general Rubén Alzate hizo ayer una declaración en la que renuncia a su carrera militar y acepta entre líneas haber sido víctima de un grave acceso de ingenuidad tanto de él como de los servicios de inteligencia militar de la Brigada 15.

¿Es creíble su versión? Con 33 años de servicio en el Ejército,  el alto militar adujo que él y sus acompañantes, habían sido “secuestrados en total estado de indefensión” por gente del frente 34 de las Farc. Agregó que él había  adoptado una posición de “bajo perfil” (penetrar una zona de guerra sin armas, sin uniforme y sin escolta) para visitar el corregimiento de Las Mercedes donde esperaba instalar unas turbinas en el rio Atrato para producir “energía alternativa”. ¿Por qué ese comandante, en lugar de ocuparse de los asuntos de la guerra, estaba en plan de hacer trabajo social? ¿Por qué escapó al alto mando en Bogotá la decisión angelista (y suicida) que Alzate había tomado? No se sabe. El General Alzate, al menos,  evocó un detalle interesante: que antes de emprender  esa exploración había consultado “la situación operacional y de inteligencia del área”.

Sin embargo, la valoración de inteligencia  que recibió era errónea. El General Alzate fue capturado 15 minutos después de haber iniciado su recorrido en bote desde Quibdó, capital del departamento. Durante su cautiverio, explicó, fue esposado y amarrado durante las noches. Igual suerte corrió el Cabo Rodríguez. “Nos vimos forzados por [los] terroristas a realizar marchas de más de ocho horas diarias a través de la selva, además de recibir amenazas de muerte si decidiéramos [sic] optar por un escape.  Incluso, fui forzado a hacer parte del show mediático que estos terroristas de las Farc realizaron con fotos y videos el día de nuestra liberación”, añadió.

La narración que acaba de ofrecer el General Alzate puede ser sincera pero es insuficiente. La opinión sigue atónita. ¿Cómo es posible que un General con la experiencia que el parecía tener en lucha antisubversiva haya cometido errores  dignos de un aficionado?  ¿Qué le hizo creer que podía adoptar en un área de guerra un “bajo perfil”? ¿Cómo es posible que él se haya dejado secuestrar de esa manera?

En su declaración pública, el General Alzate dejó de lado el aspecto más importante de su aventura: la aparición del jefe de guerra de las Farc, alias Pastor Alape, quien reemplazó a alias Mono Jojoy en el organigrama de las Farc, en la entrega a la Cruz Roja de los tres secuestrados. Esa aparición fue una sorpresa. Alape, alias de Félix Antonio Muñoz Lascarro, hace parte de los “negociadores” de las Farc en Cuba. Sin embargo, ese individuo dejó la isla y se internó en el Chocó, burlando la vigilancia del Estado colombiano y llegó hasta el grupo de secuestradores. ¿Alape estaba en Colombia desde el mismo día del secuestro? El Gobierno de Santos debería explicarle al país ese y otros detalles del asunto.

En todo caso,  con la ayuda de fotógrafos de una agencia venezolana que no estaba invitada a eso, Alape montó una escena para humillar a Alzate. Ver al General abrazando o casi al jefe terrorista generó una ola de indignación y de interrogantes en Colombia.  Los mismos negociadores de Santos en Cuba no ocultan su cólera.

Pocos, pues, han quedado satisfechos con las palabras de Alzate. Pero el silencio de Santos no es menos repudiable.

Pastor Alape ocupó el terreno e impuso la imagen que quería.  Confundida, la prensa describió la escena como un acto generoso. Dijo que el terrorista “viajó expresamente de La Habana al Chocó para entregar a su víctima a la misión humanitaria”.  De civil y en mangas de camisa, el General parece insignificante en esas fotos.

Ese era el efecto subliminal buscado: mostrar a las Farc más poderosas que el Ejército de Colombia. Mostrar que un jefe fariano de 68 años puede pasearse por donde quiere y cuando quiere y que  las agencias del Estado y las fronteras no son para él sino coladeras.

¿Qué pasó entonces con los organismos del Estado? ¿Por qué los representantes en el Chocó de la Brigada 15, de la inteligencia militar, de la inteligencia de la policía nacional, pero también los agentes de la Fiscalía, del CTI, de la Procuraduría, del nuevo DAS, de las Aduanas, etc. dejaron entrar y salir a Pastor Alape de esa región? ¿Nadie vio nada? ¿Había una orden de alguien para que nadie viera nada?

Las Farc demuestran así cuánto se ha degradado a su favor la relación entre ellas y las fuerzas del Estado. Por eso, tras ese triste episodio, las Farc le insistieron a Santos que había que “recomponer las reglas” del proceso [de La Habana] y hasta ver la posibilidad de “fijar las condiciones de un armisticio”. Nada menos.

Al mismo tiempo, y para castigar a Santos por haber suspendido los diálogos tras el secuestro del General Alzate,  las Farc le niegan al mandatario colombiano la posibilidad de fijar la fecha de la reanudación de ese tinglado, o de su aceleración desbocada, como quiere Iván  Márquez.

El triunfalismo más demente inspira la actitud de las Farc. Un “armisticio” va mucho más lejos que  un cese al fuego bilateral. Se firma, en efecto, tras una capitulación militar, cuando un ejército ha derrotado claramente a otro. ¿Ese es el caso de Colombia? ¿El secuestro de Alzate es, para las Farc,  la prueba simbólica de la derrota del Estado? Santos  debería resistir ante tales embrollos y hablarle al país. Si quiere, claro está, estar a la altura del drama definitivo que vive Colombia.

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