¿Por qué? – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

En un inquietante artículo, Luis García Mora se preguntaba por las razones de la ausencia de preguntas y la escandalosa falta de respuestas de la oposición electoralista – ¿de qué otro modo calificarla? – constituida principal pero no exclusivamente por las dirigencias de Acción Democrática y Primero Justicia y toda su parafernalia electorera encabezada por el gobernador de Miranda Henrique Capriles y su equipo de asesores, ante preguntas de cuya obviedad no cabe más que darse de cabezazos: ¿quién está detrás de todo lo que está sucediendo desde las alturas de un encriptado, microscópico y exclusivísimo grupo de personajes que tienen la sartén por el mango, puesto al fuego por el eximio cocinero Fidel Castro, el mismo que le preparaba al amanecer sabrosas tortillas de patatas a su amigo Gabriel García Márquez?

Las preguntas de Luis García Mora lindan en la literatura negra; el caso de la política venezolana en una novela de enigmas. No es El Código Da Vinci: es el Código Hugo Chávez. A ser resumido en dos o tres incógnitas: Hugo Chávez se muere en Cuba, lo que de él queda es refrigerado durante meses manteniendo en silencio el suceso, para sacarlo del depósito mortuorio y usarlo en un momento necesario para los planes de la cripta habanera y sus dos o tres agentes supuestamente venezolanos de mayor confianza – encabezados por Nicolás Maduro – con el propósito de asegurar la sobrevivencia del régimen – cualquier él sea – y terminar por destruir lo que fue Venezuela y al parecer no volverá a ser nunca jamás.

Allí comienzan las interrogantes del periodista García Mora: ¿por qué la oposición de la ex MUD encabezada por su ex directivo Ramón Guillermo Aveledo y apuntalada por Henry Ramos Allup, Julio Borges y Henrique Capriles no formularon y seguramente ni siquiera se formularon a sí mismos la pregunta de las cien mil lochas: ¿por qué esta farsa digna de Tarantino?

La pregunta encapsula la gran pregunta que nos abruma a los treinta millones de venezolanos, pero que debiera constituir el meollo de la reflexión y el actuar, la teoría y la práctica de la llamada oposición de cualquier signo: ¿Quién manda en Venezuela? ¿Cuál es su proyecto estratégico y en que fase de su desarrollo se encuentra? ¿Es un mal gobierno, como insisten en proponer los sectores arriba mencionados, tal como acaba de ser reafirmado por Henrique Capriles en una entrevista al periódico madrileño El País y en la que sostiene que elecciones o nada? Con lo cual, se inclina implícita pero documentadamente por la nada. ¿O Venezuela ya dejó de serlo para convertirse en una satrapía de la nomenklatura cubana, como afirman los que sí parecen reflexionar y mantener orden en sus pensamientos, así – según García Mora – se hayan precipitado con una acción irreflexiva y desordenada el 12 de febrero pasado?

De lo cual se deduce que la oposición electorera no sabe o no quiere saber qué es lo que realmente sucede en Venezuela, con lo cual se ha convertido en un peso muerto – o vivo, pero sólo para sus inconfesables intereses – para los fines de las adecuadas respuestas históricas a los siniestros propósitos de la tiranía cubana y sus esbirros venezolanos o semi venezolanos. Mientras que la que sí lo sabe y quisiera arrancarla del marasmo terminal en que se encuentra se halla en una fase aún germinal y, por lo mismo, todavía insuficientemente preparada para responder a la gran pregunta con grandes respuestas.

Hamlet, príncipe de Dinamarca, se hizo las grandes preguntas existenciales del hombre público, con el cráneo de un despojo en sus manos. Sólo tuvo una respuesta, que es la única gran respuesta de un gran político a la gran pregunta que unos ven con horror y otros intentan ocultar debajo de sus faldones: Ser o no Ser. He allí el problema.

@sangarccs

Peor que Al Qaeda – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

Los yihadistas del autoproclamado Estado Islámico, no han perdido el tiempo. Ante ello, los Estados Unidos y Francia, de las palabras han pasado a los actos, previa conformación de una inusitada coalición.

Bombardear a los yihadistas en los territorios de Irak y de Siria, era urgente, no solo para detener su avance, sino para frenar esa fuerza de atracción que sobre otros yihadistas del mundo, está ejerciendo el Estado Islámico.

Es el caso del hasta el domingo pasado, desconocido en la propia Argelia, grupo de los “soldados del califa”, que secuestró y posteriormente degolló al montañista francés Hervé Gourdel.

¿Por qué? Sin duda porque después de la toma en Irak, de la ciudad de Mosul, en julio pasado, no hay un día sin que los medios del mundo entero dejen de hablar de la amenaza que representa ésta suerte de Emirato yihadista. Un poder mediático que seduce a otros grupos de la misma inspiración, pero que carecen de legitimidad, ante el nuevo califato.

Desplazar a la burocratizada Al Qaeda, es el objetivo de los sediciosos yihadistas del Estado islámico.

Fenómeno de insurrección que se reproduce en grupos yihadistas de Yemen, Siria, Jordania, Líbano, Egipto, de Africa sub sahariana y parte del Magreb. Para ellos el Estado Islámico es sinónimo de victoria. Un triunfo que se traduce en dinero, en territorio, en pozos petroleros y en combatientes. Objetivos estos, que jamás alcanzó Al Qaeda.

Hoy conducen por las calles de Mossul blindados norteamericanos último modelo armados de fusiles M16. Vaciaron las arcas de los bancos iraquíes y contrabandeaban unos 35.000 barriles diarios de petróleo. Riqueza que le ha permitido al Estado Islámico pagarle a sus mercenarios entre 300 y 400 dólares mensuales, montos que son casi el doble del sueldo promedio en Irak y en Siria.

Antes que esa macabra empresa se consolidara, se hacía urgente la intervención de la coalición, como única fuerza militar capaz de frenar la desintegración del Estado iraquí y evitar el avance de los yihadistas, en territorio sirio y más allá.

Una situación tan grave, que hoy las opiniones públicas occidentales son favorables a la intervención militar de envergadura, cuando hacía apenas quince días, pensaban lo contrario.

A pesar de la inmensa riqueza del Estado islámico, de momento, no dispone de instituciones políticas, ni posee el material bélico necesario para defenderse de ataques aéreos, ni tiene unidades terroristas capaces de actuar en cualquier parte del mundo, si las tuviera ya las hubiese utilizado.

Tiene un territorio que gestionar y más particularmente que defender. No les va a ser fácil, si la coalición internacional que los ha comenzado a enfrentar permanece unida y decidida en su estrategia, de como dijera Obama, hacer desaparecer al Estado islámico.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

Consulte el archivo de artículos del autor

Hablando de búrbujas – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

En el más reciente viaje del señor Maduro a Nueva York, motivado, entre otras razones, por una intervención en la Asamblea General de la ONU, la caravana vehicular de su comitiva fue retenida por 25 minutos en Park Avenue, a la espera que pasara la de Barack Obama. Todo lo cual llevó a Maduro a declarar que “creo que él –Obama—vive como en una burbuja”. En referencia, además, a la burbuja gubernativa en que se desenvolvería Obama y su sistema de manejar al poder… Así lo reseñó la prensa foránea y la nacional.

El asunto de la burbuja me llamó la atención, porque es exactamente así como Maduro y los suyos entienden el país y ejercen el poder. Como si estuvieran, siempre, dentro de una burbuja. Una burbuja de confort, de máxima seguridad, de virtualidades maravillosas, y por lo mismo, en una burbuja de aislamiento e incomprensión de la gravísima crisis que destruye el conjunto político, económico y social del país. La burbuja de la hegemonía roja, para decirlo de alguna manera.

Y sin ir muy lejos, la “incomodidad” de la que se quejó Maduro por su retención en Park Avenue, es poca cosa en comparación a la que él y muchos de sus jerarcas, le infligen a los ciudadanos venezolanos, cuando ellos se movilizan en sus flotillas de camionetas y motorizados, o cuando cierran aeropuertos porque los van a utilizar, o cuando clausuran espacios públicos para el uso exclusivo y excluyente de sí mismos o de sus allegados. Le tocó experimentar en Nueva York lo que los jerarcas del poder están acostumbrados a hacerles a los demás en Venezuela.

Pero lo sustancial de la burbuja de Maduro no está allí, sino en considerar y comunicar que Venezuela marcha por un rumbo estupendo que la está convirtiendo en una potencia, y en un modelo universal de democracia social y de economía ecológica… Y ello significa, obviamente, estar bien metido en una burbuja, en un glóbulo, en un encapsulamiento notorio. Porque nada de eso tiene que ver con la realidad venezolana. Nada. Un país donde falta todo lo que debería haber –comida, medicinas, repuestos, etcétera–, y donde sobra todo lo que no debería haber –violencia, corrupción, despotismo–, no es un país que pueda ser modelo de nada auspicioso. Y menos que menos, si ese país es un país petrolero con el barril en 100 dólares.

En una burbuja está la ministra de salud, al negarse a reconocer el repertorio de epidemias que afectan a la población, con el agravante de la escasez de medicamentos y de la politización oficial de la crisis. En una burbuja están los integrantes del “gabinete económico”, proclamando las bondades de la economía socialista, mientras las distorsiones, las deudas, las depredaciones y los impagos, hacen de la economía venezolana una de las más caóticas y riesgosas del mundo. En una burbuja están los responsables de la seguridad pública, mientras la nación padece una explosión continuada y creciente de violencia criminal.

La hegemonía está en una burbuja de ideologías oxidadas y de palabrerías fantasiosas. Una burbuja que se mueve por encima de la encarecida vida cotidiana de la gran mayoría de los venezolanos. Lo que ayuda a explicar por qué casi el 80% de los mismos tiene una apreciación negativa de la situación, de las perspectivas, y del desempeño del poder. Y es que la burbuja que tanto funcionó en otros tiempos del siglo XXI, ya no funciona. Ya no ilusiona. Ya no persuade. Ya no engatusa.

El señor Maduro le dio por criticar a la burbuja donde viviría Obama. Muy bien. Está en su derecho. Pero la burbuja en la que moran Maduro y los suyos no sólo es criticable sino que está aplastando a Venezuela. Muy mal. Y estamos en el derecho, y en el deber, de luchar para que ello no siga siendo así.

flegana@gmail.com

Consulte el archivo de artículos del autor

El látigo de la indiferencia – Trino Márquez

Trino Márquez

Nicolás Maduro sintió el látigo de la indiferencia cuando habló en la Cumbre Climática de la Organización de las Naciones Unidas en New York el pasado 23 de septiembre. En su comparecencia se quedaron por obligación los miembros del cuerpo de seguridad que resguarda el recinto y uno que otro despreocupado representante que se ocupaba de ver los últimos correos electrónicos que había recibido. Todos los demás delegados que no tenían la obligación protocolar de estar allí salieron despavoridos. Sabían que les tocaba oír un discurso machacoso, repetitivo e inútil de un mandatario que iba a condenar la destrucción del ambiente por parte del capitalismo, pero que días antes había eliminado el Ministerio del Ambiente, creado hace 37 años cuando el tema ambiental era secundario en todas las agendas internacionales y el Estado venezolano era una ejemplo mundial de protección de todo el ecosistema. Ni siquiera por cortesía se quedaron en la sala plenaria los socios de la ALBA, esos que la largueza irresponsable del régimen ha mantenido durante varios lustros. La soledad de Maduro expresó el aislamiento internacional de su gobierno. En la ONU se reflejó la soledad de un presidente que desperdició la popularidad que le dejó su “padre” y predecesor.

Algunos gobernantes, ese fue el caso de Mijail Gorbachov, pero impopulares dentro de su país, pero disfrutan de una inmensa aprecio y prestigio internacional. Maduro no logra ninguno de los dos objetivos. Su imagen se erosionó en el plano interno y en el internacional. Chávez lograba imantar –muchas veces con su chequera petrolera y otras con su carisma- a la izquierda que había quedado huérfana después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe de la Unión Soviética. Sus delirios de grandeza cautivaban a una izquierda traumatizada después del colapso del comunismo. A esos sectores les insufló fuerza y una nueva esperanza. Maduro no logra despertar el entusiasmo de nadie. Ningún periodista importante se interesa por lo que pueda decir. La audiencia internacional que le dejó el comandante se esfumó. Ya no cuenta con petrodólares para seducir ni cortejar a los oportunistas que se acuerdan de Marx cuando necesitan aumentar su cuenta bancaria.

La soledad es el sino que persigue al hombre que se entregó en brazos de los militares y de los cubanos para poder subsistir. Sin embargo, el aislamiento no lo hace menos peligroso. Todo lo contrario. Un  mandatario que disfruta del apoyo popular, que hace estremecer a las masas con su discurso y su ángel, puede actuar con benevolencia porque sabe que ese pueblo al que cree representar, lo protegerá. En cambio, el gobernante abandonado por el calor de las masas se torna desconfiado y rencoroso. Ve el peligro en todos lados. Opta por el camino de la represión para conservar el mando. Maduro es la prueba evidente de este síndrome. Sus movimientos son monocordes. Se fundan en la amenaza y la represión. La esfera política desapareció de su horizonte. Se extinguió todo el ámbito relacionado con la consulta, el diálogo, la negociación y la construcción de  consensos. El país se redujo a su pequeño mundo donde solo existen los Diosdado Cabello, los Elías Jaua, los Pedro Carreño, los oficiales de su Alto Mando y los cubanos. Todo el resto de esa nación compleja y diversificada que es Venezuela, se esfumó.

La inflación, la escasez y el desabastecimiento devoran al país, la enfermedades endémicas lo diezman, la inseguridad mantiene a la población en constante alerta. Todos los graves y urgentes problemas nacionales requieren acuerdos con amplia participación de los actores involucrados. A Maduro solo se le ocurre presionar a Eduardo Garmendia, presidente de Conindustria, y acusar de terrorista a Ángel Sarmiento, presidente del Colegio de Médicos de Aragua. No sabe cómo actuar frente al desastre que creó o profundizó porque se mantiene anclado en el Medioevo, cuando el Estado de Derecho y la democracia eran simples proyectos acariciados por algunos cuantos filósofos.

Su arrogante ignorancia están pagándola todos los venezolanos. Venezuela es el país de peor desempeño en toda la región. El de mayor pobreza y peor calidad de vida. En la ONU recibió su castigo.

@trinomarquezc

En los dominios de la censura – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Una de las disposiciones más vapuleadas de la muy vapuleada Constitución de 1999, es la contenida en la parte final de artículo 57: “Se prohíbe la censura a los funcionarios públicos o funcionarias públicas para dar cuenta de los asuntos bajo sus responsabilidades”… La verdad sea dicha, es difícil ubicar a un jerarca principal de la hegemonía que no censure los asuntos que le competen. Y por censurar no sólo debe entenderse suprimir o silenciar, sino también falsificar para defraudar.

La dramática situación de las diversas epidemias en pleno desarrollo, es un caso muy característico de la censura oficial sobre la información relevante y, además, indispensable para tratar de superar las graves dificultades. Mientras en países vecinos, como Colombia y República Dominicana, seriamente afectados por la Chikungunya, las autoridades sanitarias informan de manera veraz, oportuna y sin censura. Las correspondientes venezolanas asumen el tema como una controversia política y actúan en consecuencia: minimizando o descalificando las evidencias, e intimidando y hasta denunciando a médicos que han advertido sobre la gravedad de las epidemias.

Otro tanto sucede con la temática relativa a la inseguridad o la criminalidad. No hay suministro de información específica y verificable al respecto, por parte de los responsables gubernativos. De cuando en vez se producen declaraciones del ministro o algún viceministro del ramo, en el que se congratulan por los éxitos de sus políticas, expresados en términos relativos o porcentajes que, en realidad, no comunican data sustantiva sino efluvios de propaganda. No sólo se manipula sino que además se justifica la manipulación por razones de interés político. Y se justifica con jactancia, con supremacismo.

Y en el territorio de lo económico, la censura de la hegemonía roja sólo es comparable a la del régimen cubano. Los indicadores centrales de la economía, o se omiten o se maquillan, pero no se presentan a la opinión pública tal cual son. Y ojo, no es que la interpretación de la data sea tendenciosa. No. Es que la presentación de la data lo es. Ciertamente que en el BCV hay técnicos serios y responsables, pero la conducción económica de la hegemonía es incompatible con esas virtudes en la esfera de lo público.

Los analistas financieros internacionales hacen maromas en sus informes sobre Venezuela, entre otras razones, porque no pueden conocer la particularidad de los hechos. Y algunos se preguntarán, no sin cierta razón, si en medio del gran desorden bolivarista, es posible alcanzar ese conocimiento, incluso para los jerarcas que deciden en Caracas y La Habana. Pero la censura económica no proviene de la ignorancia sino de la malicia.

Los llamados “medios públicos”, o más precisamente, publicitarios, compiten entre sí, a diario, por la presea de la más crasa censura. Distinto es el panorama de la auto-censura de muchos medios privados, más hábilmente elaborada, y quizá por ello más corrosiva de la libertad de expresión. Pero el tema de la auto-censura, inseparable como lo es de la censura directa, será objeto de otras reflexiones, porque el descaro de la censura estatal y los daños que ocasiona a la población, están rompiendo los propios récords de la hegemonía roja.

Los venezolanos vivimos o sobrevivimos en los dominios de la censura. Esto no sólo perjudica severamente el ejercicio de los derechos informativos, sino que también colabora en sostener el estado de indefensión ciudadana ante el avasallamiento de todo tipo de problemas sociales, económicos y políticos. La censura es un instrumento de control del poder autoritario sobre la nación democrática. Golpea aún más la ya golpeada calidad de vida del conjunto de los venezolanos. Luchemos para que se vuelva un bumerán.

flegana@gmail.com

Consulte el archivo de artículos del autor

Escocia, el triunfo de la razón – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

El referéndum sobre la independencia de Escocia, tuvo casi 90% de participación. Finalmente el No ganó por 8 puntos de ventaja sobre el Yes.

Quedó claro que la razón le ganó a la pasión.

A grandes rasgos, el proyecto de independencia escocesa tenía muchas lagunas como para ser creíble.

No obstante la cartografía del voto, nos enseña que por ejemplo en Glasgow, la principal ciudad de Escocia ganó el Yes (53%). Pero en la capital Edimburgo, ganó el No (61%) y en Aberdeen, capital petrolera también triunfó el No (59%).

Entre las principales razones del No, las económicas. Sin duda, lo económico predominó en la decisión de los escoceses. Un país rico, que ante un eventual aislamiento, tuvo miedo de perder su prosperidad.

El petróleo del mar del Norte, no hubiese sido suficiente para proteger a una economía incapaz de subsistir a una imprevista tormenta financiera. El sistema bancario escocés es sumamente vulnerable. Igualmente nebuloso era el horizonte monetario en caso de independencia, para un país que se colocaba una suerte de camisa de fuerza presupuestaria.

En lo político muy hábilmente, por muy paradójico que suene, se le dijo No a la independencia y a los delirios euroescépticos de, David Cameron, cuyo partido no es mayoritario en Escocia. Al tiempo que, los independentistas también apostaron por un ferviente europeísmo, con el mismo objetivo, combatir a Cameron. Pero Europa, era una más de las lagunas del proyecto político de los independentistas. Ser europeos, pero aislados del Reino Unido. Algo a lo que Bruselas había dicho, por adelantado, que no aceptaría.

A pesar de ello, el referéndum escocés, puso a muchos dirigentes europeos a sudar frío. Una victoria de los independentistas hubiese sido una catástrofe para la Unión Europea.

En lo social, si apartamos el petróleo, Escocia es subvencionada por Londres. El gasto público supera el de Inglaterra y el déficit escocés representa casi 13% del PIB. Aunque gracias a la renta petrolera el déficit se reduce a 8% del PIB, según expertos, sería insuficiente para financiar el Estado providencial que los independentistas soñaban.

En la Venezuela de 1998, el proyecto del castrochavismo, tenía inmensas lagunas, sin embargo el electorado prefirió la pasión antes que la razón. A pesar de la inmensa riqueza petrolera, a la luz de la destrucción que hoy azota a Venezuela, el sueño irracional de la revolución chavista, terminó en pesadilla.

Escocia prefirió la razón y a cambio obtuvo poderes suplementarios para su Parlamento en materia de fiscalidad y de protección social. Todo ello, dejando la puerta abierta a una amplia reforma constitucional en el Reino Unido.

En fin, construir sin destruir.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

Consulte el archivo de artículos del autor

Fiebre – Teódulo López Meléndez

 Teódulo López Meléndez 

El joven Miguel Otero Silva bien noveló a la generación del 28 en su novela Fiebre. La calentura, para decirlo en términos coloquiales, es ahora otra, la que invade a unos venezolanos acosados por dengue y chikungunya, mientras no se oye al poeta Pío Tamayo proclamando a la reina libertad sino el llamado angustioso a acetaminafen.

Lo que ahora se escucha es de la eliminación del Ministerio del Ambiente, de la falta de fumigación, de las redes sociales plenas de adoloridos pedidos de auxilio para encontrar alguna medicina. Sairam Rivas, la joven chica de la Escuela de trabajo social de la UCV, sale en libertad, si plenamente se puede llamar tal a la prohibición de hablar.

Quizás deberíamos ir más bien a Casas Muertas, dado el anuncio de la venta de CITGO, del vencimiento de una deuda que es causa para solicitar un procedimiento contra el profesor de Harvard Ricardo Hausmann y del lenguaje altisonante, si lenguaje se puede llamar, que insiste en los manuales periclitados y en las formas económica vencidas. Baste ver que los críticos asomados en el partido de gobierno parecen rectificar pidiendo más socialismo en una especie de asunción de los mitos para regenerarse de sus palabras anteriores.

El país tiene fiebre, una muy alta, una difícil de atacar en medio de la escasez. No hay prevención, pero menos decisión, dado que nos permitimos recordar nuestra solicitud de meses atrás a los usuarios de las redes sociales para que exigiesen fumigación sin que nadie se tomase la molestia o simplemente nuestro texto anterior llamando a una defensa social. El país pareciera acostado soportando la fiebre sin ponerse siquiera compresas aliviadoras.

El país padece de la indolencia, tiene fiebre. El inadmisible uso político de las enfermedades nos ha hecho ver acusaciones al presidente de un Colegio Médico por su simple militancia política o la denuncia reiterada de una nueva conspiración mientras los supuestos golpistas tienen fiebre y el anuncio formal  de que habrá acetaminofen desconociéndose si alguna vez tendremos las medicinas para las diversas enfermedades que padecen los integrantes de cualquier cuerpo social. Hay escasez, pero no de fiebre.

El país está afiebrado, mientras los zancudos pican en repeticiones de constituyente, de elecciones parlamentarias y de aplazamientos. Es que no hay en ninguna parte espirales, tabletas o insecticidas, menos en el campo de la política porque la política tiene fiebre y ya se habituó a las picadas de “país tropical”.

No titularía Otero Silva Oficina No 1. Quizás repetiría aquella travesura de “los tres cochinitos” contra la dictadura militar o invertiría el título de otra de sus novelas para poner “este país llora cuando quiere llorar”.

El país tiene calentura, de esa que tumba, no de la que irrita y mueve a la acción. El país está afiebrado, “tumbado” como coloquialmente se responde cuando se está en la cama golpeado por una enfermedad. El país necesita acetaminofen, antivirales y hasta pastillas anticonceptivas, aunque luzca difícil hacer el amor con un “fiebrón”.

Al país hay que bajarle la fiebre, porque esta fiebre es peligrosa y cobra vidas. Al país hay que medicarlo. Las responsabilidades son obvias, los retardos patentes, las sustituciones de las calenturas por otras de asunción de una defensa absolutamente necesarias. Al país inmóvil le cayó la plaga. El país está enfermo, el país guarda reposo, el país está en la cama.

Quizás Otero Silva, en una reescritura de La piedra que era Cristo volvería a cambiar el ambiente y las parábolas, pero hoy tenemos que decir que el país tiene fiebre porque el país tiene fiebre, sin metáfora, sin parábola y sin imagen.

tlopezmelendez@cantv.net