Maduro y el libre mercado – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

En el mundo actual, casi todos los países, han optado por el libre mercado, como camino a la emancipación. Una opción tan sólida y lógica, que ha sabido sobreponerse a los comportamientos erráticos del mercado financiero. Desde China a Rusia, pasando por Brasil, la India y Africa del Sur, se han convencido que lo que lleva siglos practicándose en Europa y luego en los Estados Unidos, es decir, el libre mercado, es un bien público.

Igual constatación, han hecho en economías más pequeñas, como es el caso de otras naciones africanas y centroamericanas.

Son miles de millones de seres con acceso al libre mercado. Una institución, que a través de la historia se ha venido perfeccionando. Al punto de ser hoy una conquista social.

Un instrumento de intercambio, de negociación, de acuerdos y de libertad. Es precisamente ese conjunto de características del libre mercado, el espectro que espanta a políticos de la talla de Nicolás Maduro.

“La ideología de izquierda clásica, no permite pensar la realidad tal y como es” decía recientemente Emmanuel Macron, nuevo Ministro de Economía del gobierno socialista de François Hollande.

La Venezuela del chavismo es hoy una jaula de controles. De todo tipo, pero particularmente los que tienen que ver con el libre mercado. De donde sobresalen un férreo control de cambios y un obsoleto control de precios. Por si fuera poco, ahora se le agrega un control de compras.

Queda más que evidenciado, que el libre mercado es a los ojos de Maduro, la encarnación suprema del capitalismo anónimo, apátrida y destructor de seres humanos.

Pero el mercado como factor de emancipación, en particular de los más necesitados, es la herramienta para acceder y tener la responsabilidad de su presupuesto, de optar al crédito, que los haría libre de la limosna del Estado. Una libertad y una responsabilidad, que políticos como Maduro nunca le permitirán a sus gobernados.

Al mejor estilo de los tiempos previos a la revolución francesa, en la Venezuela del siglo XXI, una aristocracia, negocia con CADIVI y con los bonos de la deuda. Una aberración de proporciones republicanas.

Ese poder aristocrático, ejercido de forma tiránica, una vez superado, una vez dejado atrás, una vez desalojado del ejercicio del poder, todos y cada uno de los venezolanos tendrán acceso, al mercado, como lo que es, un bien público.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

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Una República en liquidación – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

“Una república en venta” es el título de la primera parte del libro más importante de Rómulo Betancourt: “Venezuela: política y petróleo”. Esa primera parte se refiere, en palabras del autor, a la “entrega de gran porción del subsuelo nacional a los consorcios extranjeros del petróleo por el despotismo de Juan Vicente Gómez”… Un texto sin duda razonado y también apasionado, como toda la obra de Betancourt.

Parafraseando ese título, hoy puede y debe decirse que la República de Venezuela es una república en liquidación. Peor que venta, liquidación… Liquidar es gastar totalmente algo en poco tiempo. Es acabar con algo, hacerlo desaparecer. Y eso es exactamente –no metafóricamente—lo que la hegemonía roja está haciendo con la República. Liquidándola, gastándola, acabándola, desapareciéndola.

A la muerte del general Gómez, la “república en venta” había permitido el establecimiento de una industria petrolera que, sometida progresivamente al control del Estado nacional, hizo posible el asombroso desarrollo de la nación en buena parte del restante siglo XX. Pero lo que tenemos en el siglo XXI, y especialmente en los últimos años, es un vaciamiento de la república.

Una obliteración política del sentido republicano del Estado, una depredación económica de todos los recursos nacionales, una explosión continuada de la violencia social, una rendición de su soberanía a manos de un régimen extranjero y despótico, el castrista; y en general una corrosión profunda de la viabilidad misma de Venezuela como una república independiente con capacidad de ofrecer una vida digna a su población.

Es más, el montaje paulatino de una hegemonía como la bolivarista, con su jaula institucional y sus cerrojos de apariencia democrática, presupone la liquidación, también paulatina, de la república. Por definición, una república es un cuerpo político o forma de gobierno que busca ser representativo del conjunto nacional, de su pluralidad y diversidad. La hegemonía roja es lo contrario. Sólo le interesa representar a su propia parcialidad. Es partisana, excluyente y polarizadora por naturaleza. Es la antítesis de la república, en su dimensión política e institucional.

Y también en su dimensión socio-económica, porque siendo su continuismo en el poder su propósito central –además del tributo colonial–, entonces todo el engranaje del hacer y deshacer del poder en el campo de la economía está en función de sostener el continuismo. No hay creación de valor o de riqueza sino la depredación insaciable de cuanto recurso esté disponible, incluyendo el potencial de endeudamiento.

La lógica indica, aparentemente, que tal dinámica contiene su propia destrucción. Pero ello no necesariamente es así, sobre todo en el caso de nuestro país. Primero, porque en la Venezuela petrolera siempre quedan recursos para explotar, así sea de manera muy menguada. Y segundo, porque el concepto de “depaupera e impera”, no es precisamente nuevo, ni tampoco ineficaz. En el centro del Caribe hay una isla que lo demuestra cabalmente.

En cualquier caso, el que Venezuela ya sea un importador creciente de productos petroleros, y esté, al parecer, cerca de transmutarse en un importador de crudos, en un importador de petróleo, rinde suficiente cuenta de la liquidación de la república económica. La cifra roja que se aproxima, si no supera, los 25 mil asesinatos al año, hace lo propio con el aspecto social de la república, amén de todo lo demás.

La hegemonía bolivarista está liquidando los recursos naturales del país, sin ninguna contraprestación en desarrollo sostenible. Está liquidando los recursos financieros a través de la masiva corrupción de su nomenklatura. Y en la práctica está liquidando buena parte de los recursos humanos de Venezuela, por causa de la emigración, fomentada, directa o indirectamente, por la hegemonía misma.

No. La nuestra no es una república en venta. Es una república en liquidación. No liquidada. Todavía no. Pero sí es proceso. ¿Qué más tiene que pasar para que nos demos cuenta?

flegana@gmail.com

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El desgrane y la criba – Teódulo López Meléndez

 Teódulo López Meléndez 

Batir o sacudir, lidiar con la humedad, verificar la madurez de los granos, pues las cosechas se pierden si no se desgrana o se trilla, si no se separan a tiempo de las plantas. Presumen que ha habido un cultivo, pues si nada se ha sembrado nada se cosecha.

Es tal el déficit ético en la Venezuela del presente que no sólo se debe parecer honesto sino serlo, pues debemos voltear la expresión dicha de Pompeya Sila, la segunda esposa de Julio César, en cuanto “la esposa del Cesar no solo debe ser honesta, sino parecerlo”, pues el juego de las apariencias es lo que preside la vida pública venezolana de hoy y no la esencia para la asunción de un comportamiento de cara al país.

Vivimos en la contradicción aparente, en una medición constante de hasta dónde se puede llegar en el abuso de la poda de las plantas antes de esperar que los granos vayan perdiendo su verdor y se muestren listos para el consumo. Se pide al gabinete que ponga sus cargos a la orden y pasan los días sin nuevo gabinete o se impone un control de consumo para luego señalarlo como voluntario. A medida que el régimen se hace inviable en su tarea de podar al país, el país se hace inviable por falta de siembra y de cosecha.

El país requiere de ejemplos como prédica. El país no requiere de bacanales exhibicionistas de búsqueda de candidaturas porque la única candidatura es el país. El país necesita saber que hay gente que coloca los intereses nacionales por encima de los suyos. El país no está para edulcorantes ni mediatintas. Hay q hablarle con una sinceridad rayana en la crudeza extrema: la siembra que hemos hecho como nación a lo largo de nuestra larga existencia requiere de criba para limpiar el grano de paja y tallos.

No podemos permitirnos otro grave retardo histórico similar al que nos ocurrió el siglo pasado. No podemos autorizarnos a entrar en una involución que nos va retardando como país. Debemos cambiar el retroceso por un acelerado desafío de futuro. Hasta el cansancio hemos hablado de la necesidad de un cambio histórico, uno que pasa por los desafíos entre los cuales consideramos el esencial hacer entrar a este país al siglo XXI. Para ello, el desgrane, la madurez del grano, y la criba, para limpiarnos de la paja encarnada en este país somnoliento en un continuo recurrir a lo intrascendente, a lo banal, a lo secundario, a lo meramente superfluo.

Poner a este país en el siglo XXI, es el foco y el objetivo que todo lo abarca, en un siglo cuyo comienzo en verdad parece retrógrado, pero desafiante como todas las épocas de transiciones y aleccionador para el espíritu emprendedor de una nación que produzca alimentos materiales y espirituales, que esquive los vientos tormentosos y se aposente sobre la seguridad y la confianza a alzarse pragmáticamente como sitio hacia dónde se volteen las miradas y en dónde se encuentren ideas y realizaciones.

El país debe limpiar los granos de la paja. El país se consume en un accidente histórico propio de quien no tiene por costumbre limpiar los terrenos de cultivo. Es nuestra tradición, dejar a la arbitrariedad del clima la tierra o para que se erosione o para que por inercia asome tímido algún tallo. Ya basta con nuestra inoperancia. Los pésimos gobiernos autoritarios del siglo XIX o los ideologizados del XX, los manuales del caudillismo de uno y los manuales del activista del otro, deben ser suplantados por el encuentro de un cambio histórico que preciso de manera tajante en “entrar al siglo XXI”.

El astrónomo, poeta, geógrafo y filósofo griego Erastótenes se dedicó a medir la Tierra y luego a dirigir la Biblioteca de Alejandría hasta su fin. Cuando estaba ciego y ya libros no había cuentan que decidió morir de hambre. Aquí debemos hacer, para este país,  de este anaquel vacío, una fructífera travesía por este imperfecto siglo que nos tocó en suerte y de la falta de alimentos, los del cuerpo y los del espíritu, fuerza para sacarlo de la ruina.

tlopezmelendez@cantv.net

¿Acaban los militares con la inseguridad? – Trino Márquez

Trino Márquez

Venezuela durante el régimen chavista se convirtió en el país más inseguro de América Latina y del mundo, según cifras proporcionadas por Gallup, probablemente la encuestadora más prestigiosa del planeta. Los números están a la vista. Durante 2013, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), el número de muertes violentas fue 24.763, con una tasa de 79 por cada cien mil habitantes. En el primer semestre de 2014, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) admite que se produjeron 39 muertes violentas por cada cien mil habitantes. Aún el OVV no ha publicado sus números; sin embargo, se sabe que los organismos del Gobierno tienden a llevar subrregistros de esa estadística. A las muertes violentas hay que agregar los secuestros exprés, los asaltos, los arrebatotes y la amplia variedad de robos que se conocen, algunos de una espectacularidad hollywoodense.

El acoso del hampa, convertido en toque de queda en Caracas y en numerosas ciudades de la provincia, se da en medio de la militarización más severa que haya vivido el país desde la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Durante los dieciséis años de la era chavista el perfil de la nación se modificó drásticamente. Hemos dejado de ser una república civil para transitar hacia un modelo cuartelario, tanto en el contenido como en la forma. La tutela de los militares sobre el débil Nicolás Maduro es cada vez más evidente. Lo mantienen cercado. Lo convirtieron en su rehén. Su presencia en los órganos del Estado es cada vez mayor. Bajo su dominio se encuentra (aunque  parezca un chiste de mal gusto) la seguridad nacional, la economía, la administración de gran parte de PDVSA, la CVG y las empresas estatizadas. Las milicias, aunque  integradas por personas mayores que deberían ocuparse de actividades más dignas, se han extendido a un amplio rango de sectores y actividades. En el Parque del Este de Caracas se combina la milicia con la Guardia Nacional, formando un dúo desagradable que contrasta con la  belleza del  lugar. En el servicio diplomático, los militares en condición de retiro ocupan una amplia franja. El “Pollo” Hugo Carvajal forma parte de ese contingente.

El anillo de los uniformados en torno a Maduro va más allá del poder político. También tiene su correlato económico. Los altos mandos se benefician de jugosos negocios que incluyen el contrabando de gasolina hacia Colombia y Brasil, el narcotráfico (además de insegura, Venezuela se transformó en un corredor por donde pasa la droga que va desde Colombia, Bolivia y Perú, hacia los Estados Unidos y Europa), las comisiones por compra de armamentos a Rusia y Bielorrusia, los acuerdos con China e  Irán. No existe negocio importante, incluidos CADIVI y el FONDEN, donde los verde oliva no tengan una presencia significativa y su participación sea determinante.

En medio de esta red de corrupción y complicidades de la cual forman parte, el problema de la seguridad pública ocupa un lugar muy secundario. Tanto, que el gobierno más militarizado en la historia nacional es el que ha permitido el mayor número de armas ilegales en manos de civiles. El reto para esos oficiales no consiste en que los venezolanos se sientan más seguros, posean una calidad de vida más alta y disfruten de la ciudad, como ocurre en los países civilizados. Para ellos el desafío  reside en que el andamiaje del que forman parte se mantenga estable. No se tambalee, aunque el país se desintegre y los venezolanos vivan bajo el asedio de  una delincuencia cada vez más agresiva y cruel.

La inseguridad personal, la angustia que crea, los sueños de fuga hacia el exterior que  alimenta, resultan favorables a su manera de apoderarse de la nación y dirigirla. Una ciudadanía aterrorizada por la delincuencia y paralizada por el miedo, se desactiva. Convierte su protección y sobrevivencia en el centro de sus preocupaciones. Incluso, puede llegar a aplaudir que el país se militarice, aunque la militarización no sea más que una simple ilusión de seguridad.

De este espejismo han tomado debida nota los delincuentes. Se han dado cuenta de que el militarismo a quienes busca amedrentar es a los dirigentes  de la oposición y a los grupos sociales que los apoyan. Guayana es un buen ejemplo. La zona del hierro ha sido militarizada en varias oportunidades por las protestas de los trabajadores. No obstante, el número de delitos en la región se ha mantenido en un nivel muy alto. La delincuencia sabe que las armas no apuntan contra ella, sino contra los líderes sindicales. Conocen muy bien las prioridades de los rojos.

Los países que han logrado aumentar la seguridad personal y reducir sensiblemente los asesinatos y los robos, suelen contar con gobiernos civiles que elaboran planes permanentes que incluyen la colaboración entre el gobierno central y los gobiernos regionales, el desarme de la población civil, la profesionalización y adecentamiento de las policías y el fortalecimiento del Poder Judicial. Ninguno de estos procesos está asociado a la presencia abusiva de los militares en la sociedad.

@trinomarquezc

Entre el Nobel y la decapitación – Aníbal Romero

 Aníbal Romero 

La trayectoria presidencial de Barack Obama puede ser definida hasta ahora mediante dos episodios de gran poder simbólico. De un lado el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz, que le hizo el 2009 el comité noruego encargado de la tarea (los premios en otras categorías son concedidos por la Academia Sueca). De otro lado la reciente decapitación (¿salvaje, grotesca, abominable: cómo calificarla?) del periodista estadounidense James Foley, por parte de islamistas radicales en Siria. El primer episodio simboliza la esencia ilusoria y ficticia que desde su inicio ha caracterizado la presidencia de Obama. El segundo episodio simboliza las consecuencias trágicas a que conduce una concepción errada sobre lo que significa y exige el mando de un gran poder.

Pregunto al lector: Si a la puerta de su casa se presenta un grupo de distinguidos personajes, ataviados con traje oscuro, camisa blanca y corbata, identificándose genuinamente como el comité que designa al ganador del Premio Nobel de la Paz, y le dicen que usted es el escogido para recibirlo este año y además le entregan un cheque de millón y medio de dólares, una medalla y un diploma, y todo esto sin haber hecho nada tangible para ser objeto de tal reconocimiento, ¿qué reacción tendría?

Si es honesto, en medio de su razonable estupor, probablemente les dirá a los señores: escuchen, están equivocados, alguien les engañó, yo no he hecho nada para merecer ese premio aparte de tener –a veces– buenas intenciones. Pero los académicos noruegos insisten y enfatizan que sí, en efecto, es usted el seleccionado, todo está bajo control, no existe margen de error y por favor vaya oportunamente al banco a cobrar el cheque.

¿Entonces? Bueno, en mi caso, creo que terminaría accediendo frente a tanta persistencia, y hasta pronunciaría un par de discursos ante la familia (breves, para no atormentarles) si los académicos noruegos me los pidiesen como única condición para hacer entrega final de los apetecibles trofeos.

Imagino que algo así, con las peculiaridades a tomar en cuenta, le ocurrió a Obama, pues para el momento en que le concedieron el Nobel de la Paz lo único que realmente había hecho era dar unos cuantos discursos llenos de buenas intenciones. Si mal no recuerdo uno de ellos trató sobre la no-proliferación de armas nucleares. Otro, muy discutido, fue el quimérico discurso dirigido al mundo islámico, pieza oratoria que con la perspectiva del tiempo pareciera haber sido pronunciada por Obama en la luna, ya que en la tierra no es concebible que haya sido dicha. Tanta ingenuidad, tanta inocencia, tanta insensata incomprensión de las realidades del mundo musulmán en general y del Medio Oriente en particular no son terrícolas, son lunáticas.

Obama se embolsilló el cheque (o quizás lo donó a alguna obra caritativa, no logré precisarlo) y siguió su camino. No le culpo por ello. Yo hubiese hecho lo mismo en las circunstancias. Los verdaderos culpables de la impostura, de la confusión, del sentimentalismo idiotizante que contamina hasta la médula al Occidente actual, no fue en ese momento Obama; fueron los ilusos que creen que la paz en el plano internacional es un asunto de intenciones y no de resultados, de peroratas en la ONU y sonrisas en reuniones elegantes, y no el producto de la seguridad sustentada a su vez en valores que deben siempre ser defendidos con firmeza.

El Premio Nobel de la Paz otorgado a Obama simbolizó toda una desatinada y finalmente trágica perspectiva, que ha llevado a Estados Unidos y Europa a doblegarse frente a la gaseosa “corrección política”, a claudicar en su deber de responder con contundencia y eficacia ante el creciente desafío del radicalismo islámico, y a permitir el surgimiento de una amenaza mucho más grave en el Medio Oriente, que extiende sus tentáculos hacia Occidente como un todo.

Cabe recordar las promesas absurdas y fantasiosas que por buen tiempo hizo Obama: cerrar la prisión de Guantánamo (ahora supongo que más bien tendrán que ampliarla); dejar de lado los protocolos anti-terroristas de la era de Bush (siguen vigentes en su casi totalidad); reducir los ataques con aviones no-tripulados (han crecido exponencialmente bajo el mandato de Obama)…y paremos de contar. Y es que el mundo real no es el que llevan en sus cabezas los despistados miembros del Comité Nobel. El mundo real de la política internacional es duro, exigente, complejo, impermeable a los buenos deseos que no estén respaldados de la fuerza necesaria para hacerse respetar.

Todas las utopías sobre el “poder blando”, la “guerra asimétrica” y demás inventos de la imperante corrección política se derrumban cuando son enfrentados por una decisión inequívoca. El más reciente ejemplo de ello es lo ocurrido en Gaza. Hamas se jactaba de su guerra asimétrica contra Israel, pero la contraofensiva del Estado judío ha demostrado claramente a la población de Gaza que Hamas no es capaz de protejerla. Y repito lo que otras veces he comentado: lamento como todo ser humano con algún criterio moral las muertes inocentes en Gaza y otros lugares. Mas ese no es mi punto ahora. El punto es destacar que la debilidad mostrada por Washington bajo Obama y sus nefastas consecuencias, contrastan de manera patente con lo que demandan sus responsabilidades a la cabeza de un gran poder.

Obama quiso ser el anti-Bush; se encargó por ello de avisar a los enconados e implacables enemigos de Estados Unidos y Occidente que él llevaría a cabo una retirada estratégica de Washington alrededor del mundo. Los enemigos de Occidente lo escucharon, celebraron sus palabras y sacaron sus conclusiones.

La horrible pesadilla que escenificaron los verdugos de James Foley es el elocuente símbolo del fin de la ilusión llamada Obama. Ciertamente, antes habían ocurrido horrores semejantes, pero el cruel asesinato de Foley tuvo la singularidad de su amplia y atroz promoción por parte de quienes vilmente le asesinaron, así como la de haber sido ejecutado por representantes de un todavía más feroz radicalismo organizado, nutrido básicamente durante estos años de retirada estratégica estadounidense.

La decapitación de James Foley ha sido el espectáculo más dramático y revelador de una etapa en que Estados Unidos ha andado a la deriva, dando tumbos y padeciendo humillaciones a través de sucesos tan terribles, tan patéticos, tan expresivos de una Casa Blanca cuya brújula se quedó en Oslo y Estocolmo, como el asesinato del Embajador estadounidense en Libia, evento que tuvo lugar cuando Hillary Clinton todavía se desempeñaba como Secretaria de Estado, y cuyas verdaderas causas y curso de desarrollo el gobierno de Obama, y Clinton sobre todo, se han esforzado por ocultar.

Hillary Clinton, otra figura emblemática de la época de Obama, reverenciada también por esa izquierda globalizada que cambió el marxismo por la gelatinosa corrección política y el llamado “buenismo”, se ocupa estos días de promover un nuevo libro, que aparentemente recuenta su errático y desangelado desempeño en la conducción de la diplomacia estadounidense. Desde luego que no invertiré ni un céntimo ni un segundo en semejante obra, generada por la pluma de algún escribidor a sueldo. Entiendo que el libro ha sido un fracaso de ventas, lo cual a decir verdad no me sorprende.

Presumo que ahora Hillary Clinton quiere emular a su esposo y alcanzar la Presidencia. Esta vez, posiblemente, un electorado tan confundido y sentimentaloide como sus dirigentes votará por la “primera mujer Presidente”, así como lo hizo dos veces por “el primer afro-americano Presidente”. Después le tocará el turno al “primer latino Presidente” y luego al “primer asiático Presidente”. Y aclaro: nada tengo en contra de que un afroamericano, una mujer, un asiático o un latino, por citar estos casos, lleguen a la Presidencia de Estados Unidos; lo que cuestiono es que se vote por ellos por esa razón y no porque su trayectoria y cualidades les hagan merecedores de la confianza de la gente. Millones de estadounidenses ya no juzgan a las personas por su carácter, formación y aptitudes sino exclusivamente por el color de su piel y su género. No es una buena idea.

Todo lo antes referido me recuerda una frase estupenda que alguna vez leí (no tengo memoria exacta de su posible autor), según la cual los seres humanos solo aprendemos de la historia lo necesario para cometer los mismos errores otra vez.

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Lumpensocialismo, lumpendictadura – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

He tratado el tema de los distintos tipos de dictaduras modernas, sin lograr convencer de la necesidad de una exacta caracterización estratégica para un apropiado tratamiento táctico de las mismas en el sentido de su superación histórica. Y para ello he analizado los dos grandes tipos de dictaduras estudiadas por el constitucionalismo, particularmente Carl Schmitt en su gran obra: LA DICTADURA. Y para quien, a muy grandes rasgos,  sólo existen dos tipos de dictaduras: las comisariales que, como lo dice su denominación, obedecerían a un encargo, a una “comisión” de las fuerzas e instituciones políticas dominantes – de allí su nombre – con el objeto de enfrentar y resolver una crisis de excepción. Con dos características básicas: la concentración del poder total en una persona o institución, por una parte, y la delimitación en el tiempo de su vigencia, por la otra. De allí su naturaleza transitoria y la exacta definición de sus tareas: en esencia, la restauración plena del estado de cosas alterado por la crisis de excepción que las invocara. Sin importar las causales de dicha crisis, ya fueran de orden interno o externo.

El modelo originario de dicha dictadura se encuentra en la institución senatorial de la dictadura romana, cuyo primer dictador fuera Lucio Quincio Cincinato (519-439 A.C.), el ya por entonces retirado senador romano encargado de asumir los plenos poderes por delegación del Senado romano en dos oportunidades. Los dos casos fueron emblemáticos: en el primero de ellos, Cincinato fue llamado por el Senado, en 460 a. C., en calidad de cónsul suffectus, a la muerte del cónsul en ejercicio, Publio Valerio Publícola, para mediar en un contencioso entre los tribunos y los plebeyos a propósito de la Ley Terentilia Arsa, resuelto lo cual regresó a su ocupación agrícola. Se trató pues de responder a una amenaza de orden intestino. Dos años después, en 458 a. C., de nuevo fue llamado por el Senado, pero esta vez para salvar al ejército romano y a Roma de la invasión por los ecuos y volscos, para lo cual le otorgó poderes absolutos y lo nombró dictador. Una vez que los derrotara militarmente en una campaña relámpago de seis días, Cincinato les permitió marchar libres a condición de rendir las armas y entregar sus jefes a los romanos. Transcurridos apenas esos seis días y satisfecha su misión, el dictador se despojó de la toga orlada de púrpura, signo exterior de su poder pleno y total, y aunque aún podía prolongar el poder durante seis meses, como lo establecía la ley, se reintegró al cultivo de su granja, la ocupación en que se encontraba al ser requerido por el Senado romano para salvación de la República. No le interesaba el Poder: le interesaba la supervivencia de la República.

En el otro extremo, la forma dictatorial analizada por Carl Schmitt recibe el nombre de “dictadura constituyente”. No sería producto de comisión o encargo institucional alguno sino producto final de una crisis de excepción resuelta por quien alcanzaría el poder y la fuerza para imponerse sobre los bandos en pugna en representación de uno de ellos o según sus propios intereses: es el llamado soberano. Siguiendo la quebrantada institucionalidad la conocida fórmula del mismo Carl Schmitt, según el cual “soberano es quien resuelve el estado de excepción”. No para restaurar el orden en crisis, sino para hacer tabula rasa del mismo imponiendo en su lugar un nuevo sistema de dominación, otra forma de Estado absoluta y completamente inédito. Invirtiendo los términos del constitucionalismo clásico: no es la ley la que determina la autoridad, sino la autoridad la que determina la ley. O, según la clásica fórmula del derecho romano: Auctoritas Non Veritas Facit Legem. Dando nacimiento, de ese modo, a un nuevo derecho, a una nueva institucionalidad, a una nueva cosmovisión. Ejemplos clásicos: la dictadura de los soviets impuesta tras del asalto al Poder por Lenin y el partido bolchevique en la Rusia zarista, la de los comunistas en China tras Mao Tse Tung luego de la victoria de la Guerra Larga, la de Cuba tras del asalto al poder por Fidel Castro y el movimiento 26 de julio.

Vistas sobre el fondo del modo de producción capitalista y el Estado de Derecho que fundamenta, a partir de la propiedad privada de los medios de producción como esencia fundante, ambas formas dictatoriales han sido analizadas y valoradas en función del proyecto estratégico esencial que comportan: la comisarial se libra en un nivel estrictamente político, para resguardar precisamente la estructura socioeconómica y la superestructura político ideológica puestos en peligro por el asalto revolucionario. Poco importa su nivel de participación en las reformas estructurales que puedan acometer en la esfera económica. Inversamente, la constituyente pretende subvertir el orden político con el fin de subvertir el orden socioeconómico. Y dar paso a una nueva forma de sociedad, civilización y cultura: el socialismo y la propiedad colectiva de los medios de producción. Bajo la promesa de resolver la utopía mesiánica y ponerle fin al Estado y a la historia, en tanto motorizada por la lucha de clases.

Desde esta promesa utópica, la historia ha venido a demostrar que mientras las dictaduras comisariales están objetivamente en capacidad de cumplir su cometido y devolver la soberanía a la ciudadanía, bajo el imperativo del Estado de Derecho que encuentra resueltas sus contradicciones, las dictaduras constituyentes autonomizan el ámbito político del económico e, incluso, pueden llegar a dominarlo, invirtiendo los términos estructurales de las tesis marxistas fundamentales que le confirieran su marco teórico y según las cuales la superestructura política e ideológica es expresión de la infraestructura económica.

Es en este punto y ante el fracaso del llamado “modo de producción socialista” en su pretensión de alcanzar el comunismo que surge una suerte de forma de producción intermedia, inicialmente rebatida por los pensadores marxistas, como Bujarin: el llamado “Capitalismo de Estado”.  Al respecto escribiría el mismo Bujarin: “una estructura económica de este tipo, más que nada, se parecería a una economía esclavista, donde el mercado de esclavos estaría ausente”. (Bujarin, Imperialismo y Economía Mundial). Muy a su pesar: la realidad demostraría que, en efecto, el capitalismo socialista de Estado, valga el oxímoron, sería una economía esclavista, aunque con esclavos politizados bajo una suerte de auto convencimiento o la feroz amenaza de muerte del aparato represivo del Estado. El Archipiélago Gulag.

Aún siendo un tema para un debate crucial acerca de la comprensión de fenómenos inéditos en la historia, como el de la sociedad china, que vive una fenomenal expansión del capitalismo más salvaje sin desplazar el modelo dictatorial de dominación política de partido único, mostrando una aparente autonomía de los ámbitos económicos y políticos según las teorías clásicas, el tema verdaderamente importante para nuestro análisis y la definición de una correcta y adecuada estrategia de acción pública en la concreta situación venezolana, tiene que ver con un subproducto de estos procesos de transformación sociopolítica y que se hiciera evidente, convirtiéndose en una preocupación existencial de los pensadores antifascistas alemanes en el exilio: ¿qué forma de producción imperaba en la Alemania hitleriana, el capitalismo monopolista en su fase final, como sostenían algunos de los analistas, o un capitalismo de Estado, como replicaban sus detractores? ¿Qué papel habían comenzado a jugar las clases sociales en una sociedad homogeneizada bajo la ideología del nacional socialismo? ¿Se habían extinguido las clases y, consiguientemente, se había apagado el motor de la historia?

Para Theodor Adorno y Max Horkheimer, los fundadores de la llamada Teoría Crítica y la Escuela de Frankfurt, el fenómeno revestía una importancia crucial y definitoria. Constatan en el caso del nacionalsocialismo dos fenómenos interrelacionados: la autonomía de la política respecto de la economía y el control y el dominio de la política por sobre las determinaciones económico estructurales. Más aún, que la dominación era ejercida de manera directa y sin mediaciones por las bandas delictivas que se habían apoderado del control político, aniquilando los partidos y las instituciones contraloras del Estado. Franz Neumann escribe entonces Behemot: Pensamiento y acción en el nacional- socialismo, cuya tesis central sostiene “que el nacionalsocialismo es un estado aberrante, o se está desarrollando en ese sentido” y “que aquí tenemos que habérnosla con una forma social en la cual los grupos dominantes controlan al resto de la población; sin la mediación del aparato coercitivo, por lo menos racional, conocido hasta ahora como el Estado.”  (Neumann, Behemot, pág. 16 y 543 ). Estamos ante el dominio absoluto y gansteril de la política por sobre toda otra realidad social. Es el momento en que, en medio de la escritura de la Dialéctica de la Ilustración (Dialektik der Aufklärung, 1943) Adorno pretende un análisis sociológico del sistema de dominación implementado por el nacional-socialismo que establece y desplaza el centro del análisis de las clases sociales a lo que él llama “las bandas delictivas”. Horkheimer comienza a referirse concretamente al “capitalismo de Estado” y posteriormente al “Estado autoritario”. “Ahora Hokheimer hablaba explícitamente de capitalismo de Estado como una fase que seguía al capitalismo monopolista, con la cual se había alcanzado un nuevo orden, y en el cual ‘la burocracia vuelve a adueñarse del mecanismo económico que se le había escapado de las manos durante el dominio del principio burgués puro de la ganancia’ ( Rolf Wiggershaus, La Escuela de Frankfurt, 353).

De la misma forma en que Ander Gunder Frank describía la naturaleza subordinada del llamado “capitalismo dependiente latinoamericano”, catalogando a nuestras clases dominantes de “lumpenburguesía” y culpándola por este “lumpendesarrollo”, ¿no llegó la hora de terminar por desnudar la naturaleza bastarda, espuria, fraudulenta y subordinada del régimen caudillesco, autocrático y militarista venezolano al castrofascismo y al peronismo de toda laya bajo la denominación esclarecedora de “lumpenfascismo”? ¿Un lumpenfascismo que, absolutamente al margen de cualquier lucha de clases y proyecto estratégico de desarrollo, de cualquier proyecto nacional o nacionalista se expresa en la feroz lucha de bandas delictivas que se disputan el control del narcotráfico y del comercio petrolero, el saqueo de las divisas, el disfrute de los cargos públicos, ministerios, embajadas y consulados, pensadas más como estaciones de ilícito comercio o protección ante controles indeseados?

La cuestión es de trascendental importancia: hay dictaduras y dictaduras. Y de la exacta y correcta caracterización de sus métodos de dominio, propósitos históricos, ámbitos de competencias y alcances delictivos dependen las correctas formas de enfrentarlas.

@sangarccs

Maduro y el orden mundial – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

Fue tan sorpresiva y aplastante, la manera en que culminó la guerra fría que no solamente tomó fuera de base a los Estados Unidos y a Europa; sino que aún hoy las piezas de lo que parecía un nuevo orden mundial, no terminan de encajar. Lo vemos en muchos conflictos y más particularmente en la actual crisis en Ucrania, pero previo a ello, los sucesos del 11 de septiembre, representaron la entrada en escena de ese flagelo del terrorismo multinacional que representaba Ben Laden.

Los Estados Unidos cual romanos improvisados, cual imperio sin doctrina que domina el mundo sin ejercer la diplomacia, se vieron desbordados. Al punto de, enemistarse en un primer tiempo con la potencia civil y aliada que es Europa.

En consecuencia, la opinión internacional, dejó de un lado la vital lucha antiterrorista, y le cedió terreno el antiamericanismo; sin querer ver que los EE.UU. no son un bloque homogéneo, ni cultural, ni político ¿cómo odiar a una nación compuesta por lo básico de los pobres de Europa y más recientemente por los de América Latina?

Ese antiamericanismo fatuo es pasional, no es producto de un razonamiento estratégico, no se trata de una ideología, sino de un discurso y es allí donde, irresponsablemente, se inscribe la política exterior venezolana desde 1999. Poco le importó a Caracas, ponerse en paralelo con la demagogia terrorista. En esa lógica absurda, la diplomacia del castrochavismo encontró empatía con aquéllas naciones nostálgicas de la guerra fría. Un escenario donde la Cuba de Fidel Castro, se desenvolvía con mucha agilidad. Así, Teherán, Damasco y Moscú se convirtieron en los destinos recurrentes de los cuadros de la diplomacia chavista.

Odian lo mismo, y admiran los mismos métodos.

La Venezuela de éste 2014, es una nación siniestrada, pero la miseria estructural de los venezolanos, se debe mucho más a razones políticas que económicas. El antiamericanismo bajo la forma actual, no es otra cosa que una mezcla de viejos sueños aplastados por la caída del muro de Berlín y que ha encontrando un equivalente explosivo con ese fascismo musulmán que propagan los islamistas. En cuanto a la nostalgia por la guerra fría, Rusia, cual potencia promotora y protectora le otorga cobijo a las naciones que más añoran esos tiempos. De bloques, de disuasión, de divisiones, de muros, de destierros, de censura, de gulags.

Maduro luce convencido que los argumentos de los tiempos de Vietnam, hoy se siguen aplicando. No es precisamente viajando a La Habana que le van a hacer cambiar de parecer.

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@LDeLion

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