Timochenko y Márquez enterraron los diálogos de La Habana – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

El discurso del señor Timochenko se equivocó de público. Es una pieza oratoria que tiene un objetivo: levantar la moral de las maltrechas bases guerrilleras y reafirmar la versión que las Farc han tenido siempre de ellas mismas.  No es, aunque él lo pretenda, un discurso para hacerse oír de los colombianos. Muy pocos colombianos tomarán ese discurso del 25 de mayo de 2014 en serio o, al menos, como un resumen razonable de lo que esa organización subversiva hizo en Colombia todos estos años. Fuera de las filas de esa banda y de sus propagandistas de periferia, pocos pueden creerle al jefe de las Farc cuando afirma sin sonrojarse: “Somos gentes de paz”.

El mismo Timochenko no parece estar convencido de eso. Por eso reitera con algo de ansiedad que las Farc  son “defensoras de la paz” y que él y sus subordinados “sueñan con la paz efectiva”, como si él mismo hubiera constatado que el peso abrumador de los hechos y de la historia invalidó hace tiempo todo intento de lavarle la cara a esa horripilante organización terrorista.

No, el ejercicio de Timoleón Jiménez, su deseo de enviar un mensaje a los colombianos –filmado posiblemente fuera de Colombia (la escena montada para la ocasión tuvo algunas fallas técnicas que muestran su artificialidad)–,  es vano y el espectáculo que  ofrece lo que hace es traernos a la memoria una frase de Dostoievski, quien conocía muy bien ese tipo de situaciones: “Es difícil imaginar hasta qué punto la naturaleza humana puede ser deformada”.

Los colombianos repudian esos discursos belicosos de Timochenko e Iván Márquez. No es sino ver lo que dicen miles de personas en las redes sociales. Lo otro es que las peroratas de esos dos personajes mostraron plenamente el fracaso de las negociaciones entre Santos y las Farc. ¿De qué han servido esos dos y más años de conversaciones secretas en La Habana? De nada. ¿En que han cambiado esas conversaciones la mentalidad y el programa sanguinario de las Farc? En nada. Timochenko y Márquez ratificaron lo que las Farc han dicho desde los años 60: que ellas no dejarán las armas (dicen que eso sería una “entrega humillante”), que exigen el cambio de la doctrina y de la estructura militar colombiana, que ellas están para derrumbar la democracia e instalar, por la fuerza y la mentira, un régimen comunista, como si el mundo (exceptuando Cuba, Corea del Norte y en parte China) no se hubiera desembarazado de ese cáncer desde 1991.

¿Y cuál ha sido la respuesta del presidente-candidato Santos a esos dos discursos?  ¿Tiene él algo que objetar o modificar? Santos no ha objetado nada. ¿Santos cree que las Farc en el poder nos llevarán hacia “un país mejor”, como pretende Timochenko?  Es posible que si crea eso. En caso contrario lo habría dicho al día siguiente. Pero no, Santos no abrió la boca. Sólo la abre para burlarse de los militares, policías y de sus familias. Santos y sus “plenipotenciarios” callan ante la embestida retórica de Timochenko y Márquez. Con razón Timochenko estima que las negociaciones en La Habana son “la oportunidad más favorable para impulsar y concretar la formación de [un] torrente popular” que los llevará al poder. Por lo pronto, esos diálogos han logrado neutralizar a todo un gobierno quien no sabe qué responderles a los jefes de las Farc. Frente a semejantes situación no se entiende cómo el general Mora Rangel sigue callado. ¿No es hora de que al menos él diga qué es lo que ha pasado en La Habana?

Al extraño silencio de Santos se agrega el episodio que tiene escandalizado y en cólera al país entero: el del video en el que Santos juega con el honor y la abnegación de los militares y policías del país y con sus familias. A eso se le suma el anuncio de que si él, Santos, firma la paz eliminará el servicio militar obligatorio. Esa medida, que Jacques Chirac tomó en Francia tras el derrumbe de la URSS y del Pacto de Varsovia, sería un error adicional en Colombia, donde las cosas son a otro precio.  Sería ese el comienzo del desmonte de la fuerza pública que exigen las Farc. Todos sabemos que Colombia necesita, por el contrario, unas excelentes Fuerzas Armadas para defender al país de los planes dementes de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Ecuador, todos ahora peones de Putin y actores que ya se robaron parte de nuestro mar Caribe. ¿Es muy difícil deducir que tales apetitos se multiplicarán si las Farc son incrustadas por Santos al poder?

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