Proceso de paz. ¿Un mito que se derrumba? – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Si le creemos a Juan Manuel Santos, él es el presidente-candidato de la paz y del proceso de paz. Sobre todo del proceso de paz. Pues como no tenemos paz, tenemos, al menos, un proceso de paz. Y ese “proceso” debe ser apoyado pues no habría otra salida. Conclusión: hay que reelegir a Santos para que Colombia alcance la paz con las bandas narco-terroristas.

Si examinamos esa proposición veremos que estamos ante un enorme sofisma.

¿Qué es un “proceso”? Es la sucesión de acciones cuya intención es conseguir un resultado. Es una serie ordenada de operaciones destinadas a alcanzar un objetivo. En un proceso se parte de un punto para llegar a otro, de una situación dada para llegar a otra diferente. En un proceso de paz se parte de una situación de guerra para llegar a una situación de paz.

Lo que tenemos hoy no es un proceso de paz. No avanzamos siquiera de una fase de confrontación hacia una fase de apaciguamiento. Estamos viviendo lo contrario: pasamos de una situación de repliegue de los agresores y avanzamos hacia una agravación de la guerra y del potencial político de los agresores.

Sí hubo un proceso de paz durante los ocho años de gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010). De una guerra asimétrica, con miles de asaltos y con tres mil secuestros al año, incluyendo la entrega a las Farc, durante el gobierno anterior, de un territorio desmilitarizado de 42 mil kilometros² para montar, en noviembre de 1998, una negociación de paz que las Farc transformaron en parodia, se llegó, en 2010, a una marginalización de las Farc, a la desmovilización de los paramilitares, a la reconquista del territorio y a una destrucción parcial de la dirección terrorista. Todo eso sin dialogar un minuto con la fuerza depredadora marxista. Ese sí fue un proceso de paz. Pues se partió de un punto de guerra y devastación social gravísimo y se logró una derrota importante de los violentos.

En ese estado encontró el país Juan Manuel Santos, en agosto de 2010. Desde ese momento, él ha hecho un camino inverso: avanzó hacia el fortalecimiento de los violentos y de sus planes de conquista del poder, punto culminante de la guerra.

Lo que hay hoy no es un proceso de paz. Hemos ido de una situación de repliegue de las guerrillas, en 2010, a una situación de ofensiva de éstas en todos los terrenos. Ellas aumentaron sus asesinatos horribles – lo que ellos llaman “lucha incorruptible” cuyo más reciente ejemplo fue recurrir al uso de niños-bomba contra uniformados–, y pudieron implementar, con la ayuda de Santos, una ofensiva política-diplomática cuyo objetivo es la toma del poder, haciéndole creer al país que eso desembocará en “la paz”. Lo que vivimos, en realidad, es un proceso de agudización de la guerra.

Santos, por eso, es el candidato de la guerra y de la ruina de una civilización, la nuestra. Jamás un presidente colombiano se había empeñado en alcanzar un objetivo tan innoble como ese.

El proceso de guerra va en aumento, se dirige hacia su apogeo. La nueva etapa adopta una forma política más que militar. La forma política es mil veces más peligrosa que la guerra.

Santos quiere ser reelegido para entronizar a las Farc en el Estado y en la sociedad. La negociación secreta de hoy busca que los colombianos aceptemos que las Farc tengan un nicho de impunidad y de actuación “normal” en las ciudades y en el campo, nicho que será ampliado a medida que la intimidación y la desprotección de la gente aumente. Por eso hay que desorganizar la fuerza pública.  Hasta quedarse con todo el país. Esa transición hacia el socialismo del siglo XXI –pues esa es la meta de los terroristas–, que se está experimentando en Colombia, donde lo primero es acabar con el disentimiento y la libertad de expresión, servirá de guía para hacer lo mismo en los países que no han caído aún en el abismo: Chile, Perú, Brasil, México, Centroamérica. Aquí en Colombia se podría estar  jugando la suerte de las sociedades abiertas latinoamericanas.

Ese plan macro exige que Santos sea reelegido. Pero el papel de Santos será provisorio. El será arrojado como un limón exprimido, como hicieron siempre los comunistas con los liberales que los ayudaron a tomar el poder. Ocurrió en Cuba (con los señores Urrutia y Miró Cardona), como ocurrió en España durante la guerra civil, como ocurrió en Checoslovaquia antes del Golpe de Praga. Pero Santos podrá irse a vivir a Londres. Los colombianos se quedarán en sus hogares para vivir la pesadilla.

Cuando creemos ver que hay un “proceso de paz” en Colombia estamos adoptando el lenguaje de las Farc y su visión enfermiza. Stalin hablaba de paz mientras aplastaba con el Ejército Rojo los pueblos de Europa del Este. Lo que planean las Farc, con ayuda de las dictaduras de Cuba, Venezuela, Ecuador y Nicaragua, es la ocupación durable de Colombia. Lo acaba de decir Timochenko. Lo dice enmascarando su pensamiento y empleando frases de falso lirismo. Quien se tome la molestia de traducir sus palabras, de sacarlas de su ganga marxista, verá eso sin dificultad.

El mayor éxito de las Farc en estos últimos cuatro años es haber hecho creer al país que estábamos avanzando hacia la paz. Y que el auge de las atrocidades y de las ambiciones políticas de las Farc no eran sino un “daño colateral” del magnífico proceso de paz. Los miles de civiles, militares y policías muertos, heridos y mutilados en estos años de diálogos en La Habana es, para ellas, una sangría sin importancia. Nos exigen que la comparemos con el futuro luminoso que ofrecerá el socialismo del siglo XXI.

A ese subterfugio, a esa inversión de realidad, Santos contribuye a fondo.

¿Cómo fue posible, entonces, que cinco millones 760 mil electores, de los 12 millones que votaron el 25 de mayo pasado, lo hicieran por dos candidatos que no validan el proceso de paz santista? ¿Todos son “fascistas”? Los que votaron por Oscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez mostraron que se habían liberado de esa gran mentira. El acuerdo que firmaron esos dos líderes ayer, donde anuncian que respetarán un proceso de paz que no se haga “a espaldas del país”, y que ofrezca “avances tangibles”, es la confirmación del fracaso del modelo santista de negociar el destino del país a espaldas del pueblo. De esa forma Oscar Iván Zuluaga y sus aliados podrían hacer que ese proceso marche sobre los pies y no sobre la cabeza.

Hay que lograr que los abstencionistas y los votantes de los otros partidos vean esa importante diferencia, exijan un proceso de paz ante el pueblo, “de cara al país”, como dicen Oscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez, con cese de las acciones criminales y verificable y voten en consecuencia. El verdadero campo de la paz es el de Oscar Iván Zuluaga.

Los intelectuales que apoyan el actual proceso de paz deberían leer, antes de que caiga el telón, lo que escribieron Soljénitsyne, Grossman, Koestler, Yakovlev y otros sobre lo que hacen los comunistas con la inteligencia y con el pueblo en general. Los que creen que Timochenko será un perfecto demócrata mañana, y que los intelectuales jugarán un papel en la “construcción de la utopía”, que lean lo que escribió Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Armando Valladares, Zoe Valdés y Jacobo Machover, sobre la suerte que el castrismo les reserva a sus pares.

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La tragedia de los 13 magnicidios – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

A primera vista, pudiera parecer una mera comedia el que el desgobierno de Maduro haya denunciado 13 intentos de magnicidio en los 13 meses que lleva en Miraflores. Una comedia, desde luego, no inventada en este tiempo sino continuada desde los tiempos del predecesor.

Pero no, no se trata de una mera comedia. Tiene todo de tragedia, y lo tiene porque si un régimen es capaz de despreciar la verdad de una manera tan violenta –así a veces parezca cómica–, también es capaz de depreciar los derechos y garantías de las personas, o la propiedad ajena, comenzando por la pública; o cualquier tipo de regla o norma legal, o el sentido más elemental de convivencia democrática.

Y un régimen que es capaz de despreciarlo todo con tal de continuar imperando, es mucho más que una mera comedia, es una verdadera tragedia. Tal cual lo que viene aconteciendo en Venezuela a lo largo del siglo XXI, aunque a estas alturas todavía haya mucha gente que se empeñe en negarlo o en disimularlo.

Volviendo a las denuncias de magnicidio, la trigésima tercera, en pleno tapete público, formaría parte de un golpe de estado que estaría siendo  orquestado por María Corina Machado y un pequeño grupo de civiles –sobre todo analistas de opinión y académicos–, algunos de los cuales viven fuera del país. Una genuina primicia nacional y mundial, porque los golpes de estado los dan los militares, y al menos en la presente denuncia, estos no figuran.

De allí que la tentación a la burla o al escarnio sea lo primero que se produzca. Pero si se atiende el asunto con más cuidado, entonces se podrá observar no sólo la reiteración del tema del desprecio por la verdad, sino también que la referida denuncia es una maniobra para seguir persiguiendo a factores políticos de oposición, e incluso tenerlos de rehenes ante la cercana probabilidad de sanciones a funcionarios específicos de la hegemonía, por parte de Estados Unidos.

Una técnica muy utilizada por el castrismo, como bien lo está recordando el periodista y luchador social Jesús (Chúo) Torrealba. Y eso no es comedia política, como tampoco lo es la barbárica represión contra las protestas, con cerca de 50 asesinados, centenares de lesionados, más de 2 mil detenciones arbitrarias y más de 100 casos documentados de tortura, siendo que gran parte de las víctimas son estudiantes o jóvenes trabajadores y profesionales.

Cierto que la gastada hegemonía roja ha transmutado su retórica en caricatura. Cierto que muchos de sus jerarcas parecen figurones de un sainete. Cierto que sus truculentas explicaciones y pomposos anuncios tienen el crédito de un folletín de tercera. Todo eso es cierto. Pero nada de eso significa que esa hegemonía roja sea una mera comedia.

Esa hegemonía tiene a Venezuela es una espiral de violencia que se acelera cada día. Tiene a la economía en ruinas y con el barril de petróleo en 100 dólares. Tiene al conjunto de la población sufriendo carestía, escasez y penuria. Tiene a la nación enjaulada por un despotismo, o por una neo-dictadura, que es una dictadura disfrazada de democracia. Y eso no es comedia, es tragedia.

Las ruidosas denuncias de los 13 magnicidios en 13 meses son parte de esta tragedia. Que parece comedia, que incluso podría ser tragicomedia, pero que en realidad es tragedia.

flegana@gmail.com

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Poleo en mayo – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

No es mi intención polemizar con Rafael Poleo a propósito de su respuesta a mi artículo Poleo en Diciembre, publicados ambos en Zeta, el 23 de mayo pasado. Polemizar proviene del griego polemikós, adjetivo sustantivado que significa referente a la guerra, derivado de polemos, guerra. ¿Y a qué vendría querer guerrear con quien no se tiene asuntos pendientes, salvo los que atañen a la caracterización del régimen, la auto conciencia de los adversarios y su talante voluntarioso y decisionista puesto en acción para llevar o no llevar ese enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias? Único asunto sobre el que, en verdad, vale la pena polemizar, no sólo con Rafael Poleo, a quien respeto, sino con la dirigencia política, si fuera el caso: polemizar sobre la política en serio, de verdad, en sentido schmittiano, vale decir: discutir sobre la relación amigo/enemigo entre demócratas y totalitarios, como la entendía, por cierto, Rómulo Betancourt. Quien puesto en la circunstancia devolvió a Castro a La Habana refunfuñando y con los bolsillos vacíos para luego sacarlo a patadas de nuestra tierra sin pedirle permiso a nadie. No platicar sobre la política como regateo de mercachifles, de la que en su momento se burlaba Lenin refiriéndose con escarnio a los mencheviques. Hablo de polemizar con los nuestros, si es que lo son, sobre la comprensión del escenario histórico en el que como pueblo nos encontramos inmersos, aclarar la apreciación de tácticas y estrategias adecuadas a su combate – esa sí, polémica, guerrera, de enfrentamiento mortal, dadas sus características. Todo lo demás me parece subalterno, chascarro, menudeo. Justificación de lo injustificable. Indigencia. Subdesarrollo.

Hablo, pues, de poner en juego nuestras convicciones, esas ideas irrenunciables que se requieren si se es un político que piensa en el futuro y no uno de aquellos que antes de dar un paso husmean en las encuestas, para saber si salen con paraguas. Y así fijar, en medio de la guerra, un rumbo fijo para enfrentar tempestades – particularmente si son perfectas, como las que avizoré para Venezuela en meses pasados. Vale decir: no hablo de trapisondas prêt-à-porter para satisfacer a tirios y troyanos. A pesar de mis profundas diferencias con Gramsci, reivindico una maravillosa frase suya: “Sólo la verdad es revolucionaria”. A la que antepuso otra de gran calado, digna de Einstein: “sólo tú, estupidez, eres eterna”.

De modo que lo que dije en enero lo sostengo con tanta mayor razón en mayo, luego de que todo lo entonces predicho – “La Tormenta Perfecta” – se cumpliera tan al pie de la letra, que la represión anunciada se ha saldado con 43 asesinatos, cientos de heridos y miles de presos políticos. Que el diálogo propuesto por los castristas de la UNASUR y asomado ya en marzo/abril del 2013 por Henry Ramos y Eduardo Fernández se llevara a cabo con el único y descarnado propósito de atar la rebelión popular de pies y manos, luego de pretender inútilmente aplastarla con tanquetas, gases, fusiles y perdigones. Y teniendo en cuenta, al escribirlo, que un dirigente de AD, Edgar Zambrano, nos anticipara antes de los Idus de Febrero como para estar preparados, que la única alternativa que le quedaba a la oposición venezolana era “diálogo o balas” (http://www.el-nacional.com/opinion/ANTONIO_SANCHEZ-CALLE-COHABITACION-DEMOCRACIA-DICTADURA-UNIDAD_0_351565011.html). Apareció en este mismo periódico 4 días antes del 12F, como para prevenir a Leopoldo López de lo que le esperaba si no acataba el fallo de la conciencia bien pensante de la MUD: bajar la cerviz y sentarse a dialogar con el dictador o abrir el pecho para recibir las balas. Que todas las alternativas opcionales establecidas en la Constitución había que tratarlas como a un perro muerto. En términos tan elocuentes y propios de la dictadura, que cabía pensar si no era una frase pergeñada en la sala situacional de Miraflores. Lo que por cierto escribí para dejar constancia del hecho, dado que no fui ni seré, para mi inmensa fortuna, un político nato en las salas de parto de la IV República sino un simple corresponsal de guerra de esta inmundicia de asesinatos, escaramuzas y traiciones.

De la argumentación ad hominem con que mi amigo Rafael Poleo pretende descalificar el hecho de que yo haya creído en sus convicciones de diciembre – y sigo creyendo en ellas, a pesar de los pesares -, asumo la acusación que me endilga de ingenuidad propia de intelectuales delirantes ajenos a los tejemanejes del comercio político. Gracias a Dios. No poseo las habilidades traga burros que le exigía Rómulo Betancourt a los políticos profesionales. Sólo esa ingenuidad me hizo creer que lo sostenido con tanta fundamentación por un periodista sabio y experimentado como él en diciembre sobre la MUD – poco menos que un parque jurásico de “sobrevivencia de la debilidad moral de los políticos de la Cuarta República en cuyas manos se perdió la Democracia”, constituida por unos “bellacos que irán pasando y sentándose a la mesa, que hace hambre.”- era expresión de una crítica sustentada en un caudal irreprochable de información de causa, como debe ser en un hombre de principios, y que, por lo mismo, podrían considerarse vigentes para todo un ciclo histórico, y no un retrato fotomatón en blanco y negro destinado a convertirse en cenizas nada más ser leído. Misión imposible. Pues bien sabe el país que a cargo de la MUD están los mismos “bellacos” que estaban en diciembre y han ido pasando a sentarse en la larga mesa para saciarse, “que hacía hambre”: Henry Ramos, Julio Borges, Omar Barboza, Ramón Guillermo Aveledo. Y unos figurantes de segundo y tercer orden que trocaron el pescueceo de la Coordinadora Democrática por sentarse en Miraflores. No lo dije yo en diciembre. Pero lo digo en mayo.

El que Leopoldo López esté preso y el que María Corina Machado y Antonio Ledezma, además de llevar sobre sus cabezas la amenaza a seguir su vía crucis, mantengan las profundas diferencias con lo que suponemos es la política de la MUD – si tiene otra que no sea acurrucarse en la sombra de la cohabitación para vadear el temporal – , se debe precisamente al talante POLÍTICO, con mayúsculas, de estos tres líderes. Diametralmente opuesto al de muchos de los nuevos que hacen vida en la MUD, que parecen haber sido paridos retroactivamente y a velocidad retardada. Para ellos, imagino, no hay unas convicciones en diciembre y otras en mayo, porque la situación impone compromisos existenciales a futuro y largo plazo, no acomodos de bellaco oportunismo a cobro revertido.

Pues para ellos, los líderes in pectore de la Resistencia, supongo por el conocimiento que de ellos poseo, lo que está en juego no es la existencia de un gobierno y unas candidaturas extemporáneas que conducen a convicciones a gusto del consumidor: es la existencia de otra Patria que la purulenta de la democracia puntofijista que criara sus cuervos civiles y uniformados a la sombra de Miraflores y bajo el brillo especular del Banco Central, Recadi y Cadivi. Una Venezuela verdaderamente renacida de sus cenizas y no un espantajo cuartoquintosexto republicano. Puede que ellos y muchos de nosotros con ellos nos equivoquemos y que el maderamen del sustrato de nuestra Patria esté tan podrido, que a pesar de tanta sangre, tanto sudor y tantas lágrimas haya que refocilarse en el mismo pantanal por los siglos de los siglos. Un pantanal militarista, caudillesco, castrista, adeco, chavista, copeyano o justiciero. Populista y estatólatra. Clientelar y mercantil. Tanto peor para el pantanal. Tanto peor para los pantanosos. Los principios no se negocian.

No obstante, y a pesar de todos los pesares, estoy seguro de que mi amigo Rafael Poleo mantiene en su corazón las convicciones de diciembre. Si bien apuesta, y yo con él, por un entendimiento postrero entre todas las fuerzas democráticas del país, aun cuando por mi parte siguiendo una PAUTA DE ACCIÓN POLÍTICA UNITARIA, con mayúsculas. Tras un CONGRESO DEMOCRÁTICO Y POPULAR que se proponga la refundación de la REPÚBLICA, también con mayúsculas. En el que quepamos todos. Pero sin reacomodos de corte gatopardiano entre bellacos, acordados a espaldas de las mayorías: aparentar que se cambia todo en perfecta paz, para no cambiar absolutamente nada. Lo que significaría nadar durante 14 años en el peor naufragio de nuestra historia para venir a ahogarnos a las orillas de un gobierno de concertación nacional. Cuyo rabito’e cochino ya se asoma en la ignominiosa propuesta de Eduardo Fernández. Y al que el mismo Rafael Poleo hace mención en su editorial de este 28 de mayo en el Nuevo País, donde afirma que “los políticos del esperpento y la oposición negocian un arreglo que puede terminar echándole a ellos la culpa por los 41 muertos”.

Enterrar nuestros muertos, apagar la luz y cerrar la puerta, pasando al cuarto de al lado, como si nada hubiera pasado. Borrón y cuenta nueva. Como sucediera el 4 de febrero de 1992 y el 6 de diciembre de 1998, por culpa de una sociedad consumida por la estulticia, la corrupción y la inmoralidad colectivas. Como corren a proponernos los administradores del Foro de Sao Paulo, que lo hacen no por mor de la Paz y el amor que nos tienen, sino porque quisieran saldar todas las cuentas pendientes y temen que el despertar de la poderosa esencia libertaria venezolana – que no tiene absolutamente nada que ver con la MUD, hablemos claro – arrastre consigo toda la inmundicia castrochavista, forolulista y comunistoide que contagia desde hace 15 años a la región. Para su desgracia. Como parece anticiparlo la sorprendente y esperanzadora victoria del candidato uribista Óscar Iván Zuluaga en las Primarias colombianas.

Es una magnifica aventura, en la que Rafael Poleo tiene un lugar tan destacado como la experiencia y el conocimiento de que dispone. En la que personajes de la indiscutible honestidad y savoir faire de Ramón Guillermo Aveledo, por equivocado que se encuentre, podrían ocupar un lugar de honor, y en la que todos los venezolanos, sin distingo de raza, sexo, partido, color ni distinción social serán necesarios para abreviar las dificultades y disminuir los sufrimientos que hoy nos agobian y que para mañana ya están al acecho. Si logramos ese consenso, esa Unanimidad Nacional, podremos unirnos en un cálido abrazo con nuestros hijos y entregarles la antorcha de esta maravillosa carrera de obstáculos que es la vida en Venezuela. Ya es hora, se lo merecen, se ganaron el derecho con su sangre. Y nosotros, los mayores, a la asesoría y el retiro que nos merecemos. A la necesaria vigilancia que nuestros mayores traicionaron.

Suena a utopía. Lo sé. Es mi última esperanza. No soy el único.

@sangarccs

San Diego y San Cristóbal: protesta y voto – Trino Márquez

Trino Márquez

El triunfo cómodo y categórico de Patricia Ceballos, en San Cristóbal, y Rosa de Scarano, en San Diego, han inducido a pensar a algunas personas de la oposición que conviene plantearse desde ya la organización del referendo revocatorio del mandato de Nicolás Maduro. Formalmente esa consulta podría realizarse en 2016. Creo que no conveniente estar dando brincos con garrochas, sobre todo si está trabajándose en una estrategia electoral. Para llegar al revocatorio hay que pasar previamente por una estación ubicada en las elecciones legislativas, previstas para finales del año 2015.

Me anticipo a los radicales que desechan el “electoralismo”, señalándoles que todas las salidas a la colosal crisis que vive Venezuela pasan, en algún momento, por la instancia electoral, desde las alternativas pacíficas, democráticas y constitucionales previstas en la Carta del 99 –por ejemplo, la renuncia o inhabilitación de Maduro- hasta la violenta: asonada militar. Cualquiera sea el desenlace, habrá que realizar votaciones en el corto o mediano plazo para elegir las autoridades de los poderes públicos. Ningún militar, por gorila de derecha o izquierda que sea, se aventurará a dar un golpe de Estado sin prometer que, tan pronto como sea posible, se convocará a elecciones libres, transparentes, justas y bla,bla,bla. La reacción internacional sería implacable. Así es que para los comicios de 2015 hay que prepararse, y lo más conveniente es llegar a ellos en las mejores condiciones posibles.

Para las elecciones parlamentarias del año próximo hay que comenzar a trabajar ya. Las citas de San Diego y San Cristóbal evidencian el gigantesco peso que la gente le asigna a la Unidad. Esta es una verdad axiomática, pero algunos díscolos tienden a olvidarla. La Unidad no tiene sustitutos. Una organización o un candidato pueden lucir excepcionales por su inteligencia, mística y eficiencia, pero si pretenden desprenderse por un costado de la cancha para realizar un juego individualista que los ponga al margen del equipo, será castigado.

Otro valor que se manifestó es el de la protesta popular. El pueblo se solidarizó con la lucha y el heroísmo de los estudiantes y jóvenes que salieron a protestar en esos municipios tan combativos. Los venezolanos no quieren la violencia, pero no aceptan la sumisión ni la resignación frente al comunismo. Reivindican la importancia del voto como instrumento de combate, protesta y reclamo, y lo asumen como una prolongación de la lucha por rescatar la democracia. Al pueblo le gusta elegir a través del sufragio universal,  popular y secreto sus alcaldes y gobernadores. No acepta el Estado Comunal, donde los “representantes” populares son electos en asambleas en las cuales la gente “vota” con la mano levantada para que el comisario del partido sepa por quién se pronunció cada quien. La descentralización política constituye una conquista que el pueblo no dejará arrebatarse por un quimérico Estado Comunal, utilizado por el régimen como pantalla en su intento por controlar la vida de todos los ciudadanos.

La vocación de lucha de los venezolanos y sus deseos de que los conflictos se diriman dentro de la Constitución, hay que convertirlos en una fuerza para comenzar a organizar a partir de ahora las elecciones legislativas. El método para seleccionar los mejores candidatos hay que definirlo lo más pronto posible. Existe el antecedente de 2010. Sin embargo, en aquella ocasión se venía de la desacertada abstención. Fue relativamente sencillo seleccionar los candidatos unitarios. Ahora habrá aspirantes parlamentarios con una pasantía de cinco años por la Asamblea. Algunos de ellos han realizado un trabajo meritorio. Con legitimidad, podrán aspirar a la reelección. Otros han brillado por  su ausencia, pero igualmente querrán volver a calentar sus sillas. Por estos laberintos tendrá que transitar la MUD tratando de que la Unidad prevalezca. Que no haya fracturas, ni dislocaciones que desaten divisiones suicidas. El régimen aprovechará cualquier fisura de la alternativa democrática para intentar demolerla.

La propuesta opositora no se reduce a los candidatos. Incluye toda la maquinaria que permita garantizar el triunfo electoral, tal como ocurrió en San Cristóbal y en San Diego. Esa plataforma cuesta tiempo y recursos construirla y habrá que levantarla combinándola con las protestas que sean necesarias. 2015 es ya.

@trinomarquezc

Santos y su visión de la paz – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

Aunque pasa a la segunda, el gran perdedor de esta primera vuelta fue el presidente Juan Manuel Santos. Por dos razones: su pedido de reelección no entusiasma y, al mismo tiempo –y esto es quizás lo principal–, la idea que él impulsa de la paz con las Farc es igualmente rechazada por el electorado.

Su idea fue rechazada pues es una idea de paz no explicada. Es una idea que él mantiene artificialmente, desde hace más de  dos años, en una zona gris, lejana y secreta, que les impide a los ciudadanos no sólo ver lo que esa paz contiene, sino que bloquea toda reflexión seria sobre el futuro del país a mediano y largo plazo.

Durante su gobierno, Santos no explicó esa idea de la paz que él tiene. Tampoco lo hizo durante su campaña por la reelección. Y no la explicó pues su idea de paz no es potable, no es sana.

Esa paz no es la que aplica la sociedad y el Estado democráticos a una organización violenta y vencida que  admite el fin de su agresión totalitaria contra un pueblo libre. Es, por el contrario, una paz que las Farc pretenden imponerle al país de manera  altanera y triunfalista.  ¿Qué tipo de paz  preparan en La Habana? Timochenko y Márquez acaban de decirlo: ellos preparan “la democratización real”. Traducción: la ausencia total de libertades de todas las dictaduras comunistas.

Eso el electorado lo está comprendiendo y por eso votó a favor de una alternativa diferente a la política suicida que encarna Juan Manuel Santos. Votó por Oscar Iván Zuluaga y volverá a votar por él en la segunda vuelta, y lo llevará al poder, a condición de que Zuluaga siga defendiendo  de manera serena pero firme una idea correcta de paz y siga denunciando la impostura de paz que proponen Santos, las Farc y la galaxia internacional del castro-chavismo.

La idea de una paz correcta es fundamental. No hay nada que reemplace a esa idea correcta de la paz. Hablamos de una paz que preservará, realmente,  las libertades, la seguridad de los ciudadanos y el Estado de derecho que, imperfecto y con defectos, la nación ha ido construyendo.  Una paz que incluya la sanción desacomplejada para los criminales, que resarza a las víctimas, que nos permita prosperar mediante una economía liberal y responsable y que nos garantice unas relaciones diplomáticas y comerciales coherentes con el mundo libre. Ese será el tema que definirá el ganador de la segunda vuelta.

La falsa idea de la paz es una paz interferida por una estructura político-militar que se niega a entregar las armas, y que quiere quedar impune. Será una paz con la economía obstruida por comités colectivistas en todos los sectores claves. Será una paz con una justicia politizada, con una vida agraria y agrícola con inmensas zonas de “reserva campesina” bajo el imperio del narco terrorismo.

Los ciudadanos que acudieron a las urnas el pasado domingo, de todos los partidos, de derecha y de izquierda, son quizás la parte de la población que más se siente concernida por la gravedad del momento político. Es quizás la fracción más lúcida pues vislumbra los desafíos que está enfrentando la patria. Por eso rechazaron la posición abstencionista. Ellos comprenden que abstenerse no es un acto de rebeldía sino de conformismo con lo que va peor en el país. La fracción que votó el domingo por los cinco candidatos podría ayudar a salir de su inmovilismo a algunos abstencionistas.

En cualquier caso, la exigencia de todos, de los electores y de los abstencionistas, será disponer de más y más  claridad ante el problema de la paz. Pues la vida de todos está en juego. La paz santista, en su versión actual,  esa paz borrosa y amenazante –que la mesa de La Habana nos arroja cada cuatro semanas con desprecio y por migajas, para que nadie vea sus verdaderos contornos y alcances–,  volverá a ser rechazada por los  electores.

El gran debate en Colombia no es entre los que “quieren la paz” y los “guerreristas”. Santos insiste en esa equivocación. Vuelve a servir ese plato en su mensaje del domingo donde insultó a quienes no votaron por él.  El divide el mundo de manera malévola: entre los supuestos partidarios del “fin de la guerra” y los supuestos adictos de la “guerra sin fin”. Nadie es partidario de la guerra. De una guerra  que nos impusieron a los colombianos desde otro continente. El análisis de Santos es grotesco y ahistórico. Peor, no es un análisis, es una cabriola.

El debate es entre dos exigencias diferentes. Unos aceptan un fin barato de la guerra, aventurero, mediante la capitulación ante los violentos, y los otros quieren la paz que protege y que refuerza los valores democráticos.

Oscar Iván Zuluaga resumió en una frase excelente lo que buscan los colombianos: “una paz que beneficie solamente al pueblo colombiano”.  Una paz maltrecha, que se imponga sin consenso y que nos obligue a aceptar la historia falsa de lo que las bandas comunistas le hicieron al país durante más de 50 años, no es la paz que llevará al país a un nivel superior de desarrollo espiritual, económico y político. Lo que ocurrió el pasado 25 de mayo muestra que la lucidez y el patriotismo se abren paso, a pesar de los inmensos obstáculos que existen.

Addenda. Bueno es decirles a los jóvenes que, en el pasado, el día electoral y post electoral solía estar salpicado de desórdenes. Esta vez no hubo violencias y hubo resultados a tiempo pero la jornada electoral sigue teniendo defectos. Muchos no votaron por amenazas, o por estar muy lejos de las mesas, o porque sus nombres no aparecieron en los registros. Hay que mejorar el dispositivo.

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Violenciagotamiento – Agustín Blanco Muñoz

  Agustín Blanco Muñoz 

Mire profesor,  de verdad que hoy no tengo ánimo para hablar de eso que llaman política y que aquí nunca pasa de un gran desbarajuste. Cada quien dice lo que le da la gana, atropellando a quien sea, sin importarle para nada aquello del respeto, la verdad o lo que llaman ética. Cada quien se limita a arrimar la olla pa su candela.

Dígame con eso del diálogo. Ese es un pin pong de insultos, groserías y maltratos que retrata por completo a los dos bandos. Ahora los señores de la revolución, que nada tienen que ver con democracia, sino con imposición, las cosas a juro, violentas, se ponen y que a conversar para distraerlos y seguir ellos llevando la cochina al río. Cada día la revolución avanza más hacia lo radical y le gana el tiempo a todos los pitcher de la MUD.

Y entonces usted ve a la gente de esa supuesta unidad pidiendo diálogo como los chamitos la teta. Y nada que les da el régimen. Y ahora salen con la cómica de las  tostadas vacías. Por eso  decía Aveledo que no van a seguir  esa comiquita porque Nicolás se come todo el queso y no deja nada para la MUD.

Usted tiene razón Don Antero. Lo  que usted dice da el nivel exacto de esta politiquería. Aquí aún rigen los códigos romanos, franceses y las leyes de Indias insertas hasta en la moderna legislación venezolana. Y esto se junta a romanticismo, positivismo, liberalismo, marxismo, neoliberalismo socialdemocracia y socialismo.

Profe ¿pero qué es lo nuevo? Nada. Hay quienes juegan al mantenimiento y usufructo del poder con base en las antiguas-nuevas leyes y quienes sobre las mismas procuran idéntico resultado desde la posición opositora.  La lucha por el mando-poder sigue presidida por el acto de tomar, poseer, disfrutar.

Esto forja la maquinaria del mando-poder, los partidos, la burocracia, las instituciones de seguridad  por y para el mantenimiento de los dominios. En el tiempo son las mismas negociaciones y acuerdos.

De allí el marasmo y  el inevitable agotamiento de  quienes pregonan, desde bandos supuestamente opuestos, la misma carga, el mismo sometimiento, la misma violencia.

Y en el caso de este expaís, con un socialismo-revolución impuesto a punta de inversión petrolera y fraude-trampa electoral, todo configura una historia de violenciagotamiento difícil de superar. Sancho, En la próxima  historia, el  porvenir estará por encima del agotamiento!

@ablancomunoz / abm333@gmail.com

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Pensamiento y acción. No hay otro camino – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Revisando viejas lecturas me encuentro con una de las obras más importantes escritas por el gran sociólogo Karl Mannheim, Libertad y Planificación Social, publicada por primera vez en Holanda en 1935, en Londres en 1940 y en México, por Fondo de Cultura Económica, en 1942. Los datos son relevantes: Mannheim nace en Budapest, como Georg Lukács, en el año de 1893, estudia en París y Berlín, se establece en Alemania, donde desarrolla su principal actividad docente e intelectual entre 1920 y 1933, primero en Berlín y  luego en Fráncfort, centro del pensamiento neo marxista de cuyo desarrollo forma parte. Como todos los intelectuales marxistas o vinculados al movimiento obrero se ve compelido a emigrar a Inglaterra perseguido por el nacionalsocialismo, en donde desarrolla su vasta obra científica y muere en 1947. Dejando tras suyo algunas de las obras imperecederas de la sociología contemporánea: Libertad y Planificación Social, Diagnóstico de nuestro tiempo, Ideología y Utopía y muchas otras dedicadas a la ciencia sociológica.

Todas esas obras fueron escritas en el destierro, marcadas a sangre y fuego por la angustia existencial de comprender el sórdido, tenebroso y aparentemente irresoluble mundo totalitario que le tocara vivir en carne propia y decidido a comprender las razones de la grave crisis sufrida por la democracia de Weimar y las causas socioeconómicas estructurales del cambio social que desembocara en la explosión del horror nazi fascista. Lo que nos resulta cercano y familiar, dada la vivencia del horror de un régimen que, en sus coordenadas fundamentales, reproduce como en un espejo deformante de las ferias de nuestra infancia los peores y más notorios y resaltantes rasgos del dominio y manipulación dictatorial de masas. Una suerte de fascismo tropical acomodado a una sociedad clientelar, estatólatra y populista. Así lo sea promiscuamente acoplado a las características del Estado petrolero y formalmente institucionalizado. Una diferencia sustancial respecto de nuestras experiencias dictatoriales anteriores: en ninguna de ellas tomaron parte, fueron su sustrato movilizador y constituyeron su fundamento amplios sectores de la sociedad venezolana. Particularmente los marginales de nuestra periferia capitalista, aún en el filo entre la Venezuela rural y la Venezuela urbanizada, sin pertenencia al proceso productivo y carente, en dicho sentido, de lo que Marx considerara el motor de la historia: el proletariado y la lucha de clases. En nuestro caso, más que proletariado, lumpen proletariado. Todas  ellas, sin excepción – y las hubo en cantidad – fueron manifestaciones caudillescas, autoritarias, militaristas,  pero con un claro sesgo personalista, grupal, rural y ajeno a las masas urbanas como levadura constituyente. La chavista, en cambio, es, en Venezuela, la primera forma de dictadura que apela al respaldo de masas, así se haya fraguado en los cuarteles y tuviera en su estructura fundante un fuerte componente militar y militarista. Y un profundo trasfondo autoritario, patriarcal, demoledor en  una sociedad fracturada, con grandes desajustes de la estructura familiar y una corrosión moral de larga data.

La crisis que constituye el telón de fondo de las preocupaciones científicas de Mannheim tiene que ver con el colapso del liberalismo y de la democracia en plena sociedad industrial monopolista y es, por lo mismo, así lo considera él, un mal general que puede haberse manifestado puntualmente en ciertas sociedades, pero es indicativa de cambios profundos en las estructuras socioeconómicas y en las mentalidades de la época, de las que posiblemente no se salvaran ni siquiera aquellas que se sentían por entonces – en pleno despliegue del fascismo y el nacionalsocialismo – más a resguardo: “para los países occidentales, el colapso del liberalismo y de la democracia y la adopción de un sistema totalitario parecen ser síntomas pasajeros de una crisis por la cual sólo pocas naciones pasan, mientras que quienes viven dentro de la zona de peligro consideran esta transición como un cambio en la estructura misma de la sociedad moderna.” Y continúa Mannheim: “A quienes no han pasado por esas convulsiones les tranquiliza el pensar que el mundo está padeciendo todavía los efectos de la guerra (La primera guerra mundial, ASG). Se satisfacen y consuelan pensando que en el curso de la historia las dictaduras han sido establecidas con frecuencia como soluciones temporales a una dificultad de momento. En cambio, quienes tienen conocimiento directo de la crisis coinciden en creer, aún si son decididamente contrarios a la dictadura, que tanto el orden social como la psicología de los hombres están sufriendo un cambio completo, y que si esto es un mal, es un mal llamado a extenderse más pronto o más tarde. Están además convencidos de que no debemos dejarnos engañar por esta calma momentánea, sino que debemos aprovecharla para aprender las técnicas nuevas, sin lo cual es imposible hacer frente a la nueva situación.”

Era un desesperado llamado de alerta ante el espanto que se escondía tras la calma aparente de mediados de los treinta, cuando ya se avizoraba la tendencia irrefrenable a la explosión de los dos monstruos totalitarios y el encontronazo de la Segunda Guerra Mundial, que pusiera al planeta al borde del colapso definitivo y final. Un llamado tanto más angustioso, cuanto más inconsciente de las grandes mayorías: “todos vivimos sobre un volcán, y quienes han pasado por la experiencia de la erupción conocen mejor la naturaleza y profundidad del cráter bajo nuestra sociedad occidental”.

De allí la respuesta de un pensador de gran calado como Mannheim, cuyas graves advertencias, a ochenta años de distancia, bien podríamos hacer nuestras para dirigírselas a nuestros vecinos en esta hora crucial: “nuestra sociedad se enfrenta, no con un malestar pasajero, sino con un cambio radical de estructura. Darse cuenta de esto es lo único que puede garantizarnos medidas preventivas. Sólo si sabemos que la sociedad está pasando por una zona de crisis, por una fase de desintegración, puede caber alguna esperanza de que las naciones que todavía gozan  de una paz relativa aprenderán a dirigir  el curso futuro de los hechos mediante una planificación democrática, evitando así los aspectos negativos de la transformación: la dictadura, el conformismo, la barbarie…No debemos olvidar nunca que las soluciones totalitarias frecuentemente fueron sólo intentos precipitados para solucionar dificultades concretas ante las cuales se hallaron de pronto esas naciones.”

Aprender del pasado y comprender que “el organismo social no puede curarse solo con entusiasmo, sino mediante una investigación serena de las causas de la enfermedad”. Es el consejo de Karl Mannheim a 80 años de distancia. Vale la pena considerarlo con atención y hacerse a la tarea.

@sangarccs