Los sibilinos – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Tengo sobre mi escritorio: Los jefes, la Casa Verde, la Ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral, La Guerra del fin del mundo y otras obras del Nobel peruano Vargas Llosa. Que precisamente por haberle declarado su amor incombustible al Perú de Los ríos profundos y a la América sideral de nuestros desvelos, con marchas y contramarchas, afectos y desafectos frente a todos sus avatares políticos desde la Universidad de San Marcos de los años cincuenta, ha dedicado su vida al Arequipa de su entrañas y a esa Lima la horrible que contaba Salazar Bondy. Sin duda el peruano más universal, como sería indiscutible negar que Borges no lo fuera de Argentina, Neruda de Chile y Lezama Lima de Cuba. Así las circunstancias los hubieran obligado a nacionalizarse imaginariamente uno en Suiza, otro en la Unión Soviética y el de más allá en los Estados Unidos.

Pues los caprichos de la globalización mediática y mi pésima costumbre de leer todas las mañanas la prensa española, entre otras,  me obliga a enfrentarme a un reportaje de su maravilloso paso por Caracas de estas últimas horas en las que el corresponsal venezolano de uno de los más importantes medios impresos en nuestra lengua se sienta en la obligación de definir al más peruanos de los peruanos como “Nacido en Perú y de nacionalidad española”, cosa que, la primera, pudo suceder a meses de haber sido parido y la segunda cuando a su capricho le vino en ganas. Sibilinamente, como para dejar en suspenso la definición axiológica sobre los compromisos existenciales del Nobel y sembrar la duda sobre su vinculación con su patria de nacimiento y su patria de adopción. Sibilinamente pero tan irresponsablemente pergeñado, como para que un par de frases después dejara colar, en el clásico entrecomillado de la cita textual, vale decir en palabras del propio nacido en el Perú y nacionalizado español: “Vengo a decir lo mismo que digo en mi país o en España”. Por lo visto, al corresponsal de marras no le bastó la aclaratoria del reseñado, de modo que se vio en la obligación de decir que él nació en el Perú, pero tiene la nacionalidad española. Albricias: una mosca en la leche. Digno de Aporrea (http://www.aporrea.org/ideologia/a187032.html).

Si la izquierda castrista no se hubiera dedicado a tratar, inútilmente, por cierto, de sembrar cizaña con lo de la nacionalización de Vargas Llosa, cuya nacionalidad a estas alturas es un grano de arena en un desierto, como que él mismo a estas alturas se declara poco menos que venezolano – “he recibido la bandera de Venezuela con más emoción que el Nobel de literatura” – no le hubiera prestado mayor atención al sibilino comentario. Con lo que tampoco vengo a decir, sibilinamente, que el corresponsal de marras debe pasar por caja de El País los quince y últimos con la misión cumplida de haberle dado un tirito al régimen y otro tirito a la oposición. Que cada empresa es dueña de cuidar sus intereses crematísticos y empresariales como mejor le convenga.

No es la primera vez que encontramos estas perlas en el pajar venezolano de El País: ya me referí críticamente en un artículo anterior a otro envío de su corresponsalía caraqueña en el que a la regenta del prostíbulo judicial del chavismo, la señora Ortega Díaz, reconocida y fichada policialmente como dura y extrema militante de la ultraizquierda desde los tiempos del castrismo universitario en que era llamada “la China” y de los subterráneos de cuya Fiscalía General de la República salieran los asesinos de los tres muertos del 12 de febrero, súbita y sibilinamente atemperada ante la opinión pública española y latinoamericana que consideran a El País la biblia del periodismo hispanoamericano como mera y poco menos que casual, discreta y azarosa “simpatizante del gobierno”.

Si, como dijera Esquilo en la antigüedad clásica y se le citara hasta la saciedad en estos siglos de mortíferos enfrentamientos bélicos, la verdad es la primera víctima fatal de las guerras, las medias verdades son su quinta columna. En estos tiempos en que entre la dictadura y la resistencia cruza una difusa línea de sombra – como la que le da título a la excepcional novela de Joseph Conrad que describe las angustias y adversidades existenciales del ingreso al definitorio mundo de la madurez – sobran los sibilinos que en sus columnas, sus programas de opinión o sus horas de radio y televisión cruzan las talanqueras como los contrabandistas que van de un lado al otro de la frontera entre Venezuela y Colombia: cada tantos minutos y  varias veces al día.

Contrabandean mentiras o medias verdades, que son peores. Los escucho o veo sobándoles el lomo a los capitostes de la dictadura y tratando de poner en aprietos a los líderes estudiantiles y a los políticos opositores que asumen sus responsabilidades en las filas de la resistencia. “Si, claro, desde luego, el gobierno debiera autorizar la protesta, pero ¿no crees tú que las guarimbas propician el caos, el terror y la violencia? ¿Tú estás de acuerdo con las guarimbas? ¿Apruebas que haya habido muertos por guayas puestas por los guarimberos?” Ante lo cual el entrevistado se ve de pronto entre la espada de decir lo que realmente piensa – “SÍ, COÑO, ESTOY DE ACUERDO. ESE MUERTO BIEN MUERTO ESTÁ!” – o caer en la celada del sibilino y buscar excusas, rastrojear legitimaciones, pedir disculpas y responder con un patético, “bueno, es lamentable, en realidad, etc., etc., etc.” O esta otra: “todos los procesos de tal polarización causada por los extremismos de lado y lado” – Capriles ama la fórmula, porque mata dos pájaros de un tiro: descalifica a todos sus competidores y se auto eleva al altar de la santidad supra espacial – “han sido resueltos mediante el diálogo, pero vemos que tú te has mostrado en desacuerdo con el diálogo… Tu ¿estás de acuerdo con una salida violenta que podría conducirnos a la guerra civil? ¿No crees que debemos aplaudir el esfuerzo del gobierno y de la MUD por convocar a una mesa de diálogo?”.  Recuerdo a una vecina que detestaba ver aparecer visitas a la hora de la merienda y recibía con un “¿Usted no quiere servirse un cafecito, no es cierto?”. ¿Quién se atrevería a contrariarla?

Nunca en Venezuela se había refinado tanto el arte de la mentira en bruto o la aviesa tecnología de lo sibilino. Navegar en el piélago de la mentira, el engaño, las medias verdades se ha hecho tan propio del régimen, que proclama que llueve de la tierra al cielo, sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. De un lado, la mentira en bruto. Con todos los medios a disposición o en vías de ser adquiridos o saqueados por sus administradores. TV, prensa y radio gritan a voz en cuello: “Capriles asesino…” y Capriles, sin arrugarse, responde: “mentir no es propio de una auténtica izquierda. Este gobierno es de extrema derecha”. Mentiras tan colosales y afirmaciones acomodaticias tan absurdas,  que ni siquiera el piadoso espíritu que las anima puede quitarle su fetidez de coprofagias. Al extremo de preguntarnos si las piadosas mentiras del candidato obedecen a una maquiavélica maña de sus asesores de izquierda, que le compran a Lula la idea de ir a cogobierno con la dictadura y repartirse las ganancias, o si se debe a una cierta debilidad intelectual suya y de su más íntimo entorno. Comprobada la sabiduría gallega del “piensa mal y acertarás” no dudo un segundo en pensar en la granuja pillería de la primera de las opciones y su perfecto complemento: la bobalicona y menguada ambición intelectual de la segunda.

Pero de que estamos cercados por pillos, granujas, gestores y candidatos, no me cabe la menor duda. Alimentan a sus sibilinos. Merecen buenos salarios.

@sangarccs

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