Un premio Nobel a las órdenes del Comandante – Jacobo Machover

Jacobo Machover *
febrero de 2012

Fidel Castro, quien soñaba con ser escritor, conservó permanentemente a su lado a un escritor que antepuso su amistad con el líder revolucionario a cualquier otra consideración.

Para la recepción del premio Nobel en Estocolmo, en diciembre de 1982, García Márquez se vistió con guayabera blanca, marcando así su diferencia y su identidad tropical, colombiana y también cubana, con el resto de los laureados, todos vestidos de traje y corbata. Su discurso empezaba con varias referencias al fenómeno, común en América latina, de dictadores originales y medio locos: el general mexicano Santa Anna, el vencedor de la batalla del Álamo, quien había hecho enterrar con todos los honores su pierna arrancada en el transcurso de un combate anterior, y otros dos generales, quienes se habían ilustrado durante el siglo XX, el ecuatoriano García Moreno, que había gobernado su país durante dieciséis años (un período bastante común en el subcontinente) y el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, responsable de una terrible masacre en su país, en donde, desgraciadamente, se producirían otras matanzas en el transcurso de las décadas siguientes.

El escritor detallaba las extravagancias de unos y de otros. Fidel Castro, naturalmente, no figuraba en aquella enumeración. Sin embargo, dirigía Cuba con mano de hierro desde hacía ya más de dos décadas. Lo haría durante cerca de medio siglo, antes de traspasar el poder a su hermano Raúl. En cuanto a sus extravagancias (intervenciones públicas de más de ocho horas, la adoración a “Ubre Blanca”, vaca capaz de dar hasta 110 litros de leche, cuya foto aparecía casi diariamente, hasta su muerte, en primera plana del Granma, y tantas locuras más), no podían, por supuesto, ser mencionadas en ese discurso, que retomaba cifras fantasiosas e imposibles de averiguar sobre la mortandad infantil o sobre las víctimas de las guerras civiles en América Central; cifras que Castro citaba constantemente, a menudo inventándolas.

Como el escritor cubano Alejo Carpentier había fallecido en 1982, el año en que probablemente el prestigioso galardón le iba a ser concedido, Fidel Castro hizo del colombiano García Márquez su candidato predilecto: un escritor que no había dudado en elogiar la intervención cubana en Angola, confiriéndole un carácter épico en nada acorde con la realidad de esa guerra, en su relato “Operación Carlota”, un artículo publicado en distintas revistas en 1977, que constituyó durante mucho tiempo la versión oficial de la expedición militar castrista.

En ese texto, García Márquez celebraba la expedición cubana, en la que decenas de miles de hombres habían sido enviados a luchar sobre un territorio lejano, del que la mayoría jamás había oído hablar anteriormente, ubicado en un continente situado a años luz de las preocupaciones de los habitantes de la isla. Poco importaba. El novelista se transformó en cronista, como aquellos que contaron el descubrimiento y la conquista de América y que tanto admiraba, de una aventura épica pero extraordinariamente dolorosa a la vez para los cubanos y para el pueblo africano: en efecto, el Ejército castrista masacró aldeas enteras por medio de armas químicas. El relato de García Márquez era la crónica periodística, escrita bajo el dictado de Castro, de una guerra absurda llevada a cabo por un país pequeño sobre una tierra extraña, una caricatura de guerra colonial, comenzada en 1975, que se prolongó durante quince años, hasta 1989, y que dejó secuelas irreversibles en el seno de la población civil.

La “Operación Carlota”, cuya denominación provenía, al parecer, del nombre de una esclava que se había rebelado contra sus amos, sirvió para justificar el enfrentamiento del FNLA y la UNITA, dos de los bandos en pugna en una guerra civil que no quería ser considerada como tal, contra el MPLA, el movimiento que formaba el gobierno central. El primer bando estaba apoyado por China, Estados Unidos y África del Sur, el segundo por la Unión Soviética y los países del Este. Cuba había elegido explícitamente en qué campo quería figurar durante el transcurso de la guerra fría. Los terrenos de operaciones de esa guerra se encontraban en cualquier parte del mundo. Las razones esgrimidas por Castro para esa intervención eran determinadas por la lucha de los negros contra el apartheid. Pero las partes en pugna estaban todas compuestas por negros.

El que fuera periodista, Gabriel García Márquez le rendía pleitesía, con ese “reportaje”, a su jefe, Fidel Castro. No fue ésa la última vez que se hizo el propagandista de las hazañas de la Revolución cubana. Hubiera podido limitarse a contar las expediciones guerreras emprendidas por el castrismo en todas partes del mundo, desde América latina, prácticamente en su conjunto, hasta África, en casi todos los países del continente, y también en Asia o en el Medio Oriente, sin olvidar el apoyo brindado a ciertos movimientos independentistas y/o terroristas en Europa, como la ETA. Pero, para la propaganda, todo, incluyendo la vida cotidiana en la isla, era considerado como un combate heroico. De esa forma, “Gabo” ha tenido que glorificar las penurias provocadas por el embargo en los años 1980 o a defender la posición de Fidel Castro en el “caso Elián”; el niño salvado de las aguas en el estrecho de la Florida. En todos esos casos, el premio Nobel de literatura no era nada más que un soldadito disciplinado al servicio del Comandante en jefe.

No siempre había sido así, sin embargo. Cuando ejercía su carrera periodística, a mediados de los años 1950, García Márquez había efectuado un viaje por los países comunistas, de los que había regresado con una visión extremadamente crítica. Más tarde, en enero de 1959, fue a Cuba, con su compatriota y colega Plinio Apuleyo Mendoza (quien se volvió más tarde un crítico importante del castrismo), para observar de cerca la Revolución cubana en sus inicios. El acto más espectacular en aquel momento fue el “juicio” celebrado contra Jesús Sosa Blanco, uno de los responsables del Ejército de Batista. El acusado era juzgado en las instalaciones de la Ciudad Deportiva de La Habana ante una multitud enardecida gritando “¡Paredón!”, mientras los fiscales, todos ex guerrilleros, le achacaban innumerables crímenes ante los jueces, ex guerrilleros también. La televisión transmitía en vivo aquella mascarada, en la que numerosos testigos, entre ellos varios niños, se contradecían sistemáticamente, confundiendo a veces al acusado con otros militares del antiguo régimen.

Condenado a muerte, Sosa Blanco definió su propio juicio de la manera más lúcida, calificándolo de “circo romano”. Era tan evidente el montaje judicial que el Gobierno revolucionario tuvo que dar marcha atrás. Una petición reclamando la revisión del juicio empezó entonces a circular. García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza figuraban entre los firmantes. Sosa Blanco fue juzgado nuevamente, en un lugar más discreto esta vez. Fue condenado a muerte otra vez y fusilado esa misma noche. Los dos periodistas colombianos olvidaron rápidamente aquel incidente. García Márquez fue reclutado por Prensa Latina, la agencia de prensa oficial del castrismo. Su misión consistía en abrir un despacho en Canadá pero en realidad permaneció varios meses en Estados Unidos. Allí participó en la “Operación Verdad”, organizada por Carlos Franqui, para explicar y justificar los juicios y las ejecuciones. Y, sobre todo, se dedicó a observar y a criticar las reacciones de los anticastristas, a quienes trataba con desprecio de “gusanos”. De hecho, su adhesión al castrismo fue efectiva desde los inicios de la Revolución, a pesar de algunas dudas rápidamente disipadas.

Volvió a expresar ciertas reservas en 1971, durante el “caso Padilla”. Su firma, en efecto, aparecía al pie de una primera carta que pedía explicaciones sobre las razones que habían conducido a encarcelar al poeta, carta publicada en el diario Le Monde y suscrita por gran parte de los intelectuales europeos simpatizantes de la Revolución castrista en aquel entonces, entre ellos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y, también, por algunos de los principales integrantes del boom literario latinoamericano. Más tarde, García Márquez pretendió, curiosamente, no haber leído el texto. Su firma, así como la del novelista argentino Julio Cortázar, quien había sido uno de los redactores de la primera misiva, no figuraba más en una segunda carta, publicada esta vez en el diario Madrid, que condenaba los métodos estalinistas utilizados para conseguir la autocrítica forzada del poeta. Cortázar se arrepintió públicamente mientras García Márquez prefirió mantener la ambigüedad y la confusión, una posición que siguió adoptando a menudo hasta nuestros días.

Sin embargo, cuando Heberto Padilla logró finalmente abandonar la isla en 1980 para exiliarse a los Estados Unidos, García Márquez dio a conocer que había mediado personalmente ante Fidel Castro para permitir su salida. Tal vez intuyera que había renunciado a su deber de intelectual crítico para someterse totalmente a un poder totalitario en el momento en que el poeta fue encarcelado y sometido a aquella infamante autocrítica. Con su silencio, en 1971, había empezado a dar los pasos hacia un acercamiento, que pronto se convirtió en una fusión total con Castro. Así había vuelto, vergonzoso, al redil revolucionario. Pero el personaje central de El otoño del patriarca, concebido durante su larga estancia en la España de Franco, contenía también rasgos característicos no sólo del Generalísimo sino también de otro caudillo: Fidel Castro. García Márquez nunca aceptó reconocerlo. Al contrario: para él, Castro no formaba parte de esa familia que ha inspirado tanto a los novelistas españoles y latinoamericanos, desde el guatemalteco Miguel Ángel Asturias hasta el peruano Mario Vargas Llosa, pasando por el cubano Alejo Carpentier o el paraguayo Augusto Roa Bastos, sin olvidar al español Ramón del Valle Inclán. El Máximo Líder parecía ser un animal político sui generis. Cabe preguntarse si García Márquez deseaba estar cerca del primer círculo del poder para observarlo con mayor libertad o si el escritor fue utilizado por sus protectores en el poder como a ellos mejor les convenía.

Raúl Castro, siempre a la sombra de su hermano mayor durante todas esas largas décadas antes de aparecer finalmente en un primer plano, se inclinaba sin duda por la segunda hipótesis. Eso fue lo que le dijo un día a su protector y homólogo de antaño, un ministro soviético de Defensa, burlándose abiertamente del escritor: “Le presento al escritor cubano Gabriel García Márquez, nacido en Colombia, quien por fortuna no es comunista, porque si lo fuera, no nos sería tan útil .” Gabriel García Márquez consiguió el premio Nobel en 1982 en gran parte gracias a su apoyo a la Revolución cubana. Para su candidatura beneficiaba del apoyo de tres países: Colombia, su tierra de origen, Cuba, por haberse vuelto su portavoz casi oficial, y Francia, la de la pareja Mitterrand, de la que fue, a partir de 1981, uno de los confidentes más íntimos. A la cena que precedió la entrega del galardón en Estocolmo, que tuvo lugar en la casa de campo del Primer ministro Olof Palme (asesinado años después) asistieron el vice-ministro de Asuntos exteriores Pierre Schori (lo que no es sorprendente) pero también (lo que resulta mucho más extraño) el filósofo francés Régis Debray, quien también fue consejero de varios príncipes: Fidel Castro, Salvador Allende y François Mitterrand, y Danielle Mitterrand, la esposa del presidente francés, admiradora indefectible de “Gabo” y, más aún, de Fidel. El Nobel de literatura de aquel año no fue en absoluto literario.

García Márquez recibió también otra recompensa: el Gobierno cubano le otorgó la dirección de una prestigiosa Escuela de Cine (un arte del que nunca ha sido considerado como un gran experto), en San Antonio de los Baños, una institución especialmente creada por él y para él (donde pronunciaron conferencias, entre otros muchos, Robert Redford y Steven Spielberg). Y, aparte de los más de 150 000 dólares otorgados por la Academia sueca, tuvo el privilegio de tener a su disposición de por vida una lujosa mansión en el reparto Siboney, barrio exclusivo de La Habana, donde recibía, prácticamente cada noche, a su vecino y amigo Fidel, así como un Mercedes Benz (¿homenaje a su esposa Mercedes?), un regalo reservado a los más altos dignatarios del régimen. Todo ello como premio a una indefectible fidelidad al régimen o, mejor dicho, a su servilismo a toda prueba.

Para intentar demostrar su independencia respecto a su protector y amigo, el premio Nobel colombiano corrió la bola según la cual él habría conseguido de parte de Fidel la liberación de 3200 presos políticos, cifra avanzada por Plinio Apuleyo Mendoza. Entre ellos figuraba, según insinuaba, el poeta Armando Valladares, quien pasó veintidós años preso, antes de ser excarcelado y enviado a Francia, antes de asilarse en los Estados Unidos, por gestiones directas de Régis Debray con el presidente Mitterrand. Según Jorge Semprún, la aseveración de “Gabo” en relación con la liberación de Valladares “da la medida de la vanidad desmesurada del gran escritor”. “Lo que pasa es que me gusta actuar sin que nadie se entere”.

Los ex prisioneros cubanos, por su parte, también ignoraban en su mayoría las gestiones emprendidas a su favor por el escritor colombiano, a quien no le profesaban el más mínimo reconocimiento. ¡Cuánta ingratitud de su parte! “La Revolución es generosa”, suele afirmar Fidel Castro. Esa “generosidad” se expresa de dos maneras: liberando a algunos presos que, en general, han cumplido ya una sentencia de cerca de veinte años y permitiéndoles a otros atribuirse la paternidad de esas liberaciones. La supuesta influencia de García Márquez se vio cuestionada, no obstante, durante el verano de 1989, cuando su amigo Tony de la Guardia, un alto responsable de la Seguridad del Estado, autor, con su hermano gemelo Patricio, de buena parte de las exacciones más bajas e inconfesables de la Revolución cubana, fue acusado de “tráfico de drogas” y fusilado junto con el general Arnaldo Ochoa y otros dos oficiales superiores. Pero, entre sus dos amigos, Tony y Fidel, la elección fue rápida y contundente.

El 13 de julio, fecha en que fueron ejecutados los cuatro oficiales implicados tanto en un cuestionamiento del poder castrista como en una serie de operaciones ocultas, cogió el avión hacia París con el objetivo de convencer a los esposos Mitterrand de no retirarle a Fideaquella invitación a participar en las ceremonias conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, a las que hubiera deseado tanto poder asistir. En el transcurso de una escala en el aeropuerto de Madrid-Barajas, le contestó en forma diplomática y algo “ingenua” a un periodista que lo interrogaba sobre la ejecución de Ochoa y de sus compañeros de armas: “Estoy contra la muerte en general”.
Su misión con los Mitterrand se reveló infructuosa, ya que la presencia de Fidel Castro fue considerada inoportuna en aquella ocasión. Era sólo una cuestión de tiempo: en 1995 fue recibido en París por un moribundo presidente y su esposa a bombo y platillo. El emisario colombiano de la Revolución cubana pudo llevar a cabo, sin embargo, muchos otros encargos de su mentor. Tuvo así el privilegio de frecuentar a varios grandes de este mundo, tanto a dictadores latinoamericanos, el general panameño Omar Torrijos con quien trabó una profunda amistad, como al presidente americano Bill Clinton, quien lo recibió en la Casa Blanca junto con dos de sus colegas escritores, el mexicano Carlos Fuentes y el americano William Styron. El contenido de sus misiones ha sido amparado siempre por el mayor secreto. Pero también apareció públicamente en múltiples ocasiones al lado de Fidel Castro, para la celebración del Primero de Mayo o, incluso, durante la misa celebrada por el Papa
Juan Pablo II en enero de 1998

*Jacobo Machover nació en La Habana en 1954. Exiliado en Francia desde 1963, es escritor, periodista y traductor y profesor de universidades franceses. Milita por el restablecimiento de la libertad y de la democracia en Cuba. Este texto es un extracto de su ensayo “El sueño de la barbarie. La complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista” (Madrid, Atmósfera literaria, 2012).

 

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