El agotamiento hacia la ausencia – Teódulo López Meléndez

 Teódulo López Meléndez 

Los apagones suelen suceder por la falta de innovación. Quien se mueve en lo social-político tiene el deber de apelar constantemente a la inteligencia para encontrar planteamientos novedosos, de modificación de los caminos. Las prácticas que muestran ausencia de resultados se dejan por otras.

Podemos admitir la inexistencia de un país alerta, con criterio suficiente para moverse con sagacidad en este cuadro absurdo de las maniobras cuasi infantiles y de la repetición de los mensajes desgastados. Aún así, podrían haberse instrumentado innovaciones, pero la falta de una voz con capacidad de remover los óxidos se encuentra con un cuerpo social incapaz de remover los óxidos.

Uno puede admitir la inexperiencia, pero también constatar los oídos sordos. Como se constatan los lugares comunes que exigen aumento salarial o se arquean con las apelaciones repetitivas y repetidas. Agreguemos siempre la referencia a “restituir” y a “rescatar” sin que exista la percepción de que el mensaje que puede calar en amplios sectores del país pasa por otro lenguaje, uno donde las palabras “futuro” o “democracia de este siglo” tengan preeminencia.

Lo que se constata es un país sin la fuerza interna para sacudirse la camisa de fuerza y alzarse cual Prometeo liberado. Lo que se percibe es un país debilucho apenas con una fuerza de vanguardia retratada en esos muchachos de valor inmedible. El país se solaza con la información represiva y no con las posibilidades de modificaciones tácticas. El país se detiene más en la anécdota que en su obligación de corregir entuertos o en la circunstancia por encima del fondo o en la minucia por encima de la conciencia de que el país está derruido.

En un Primero de Mayo ya no hay respuestas. Un movimiento sindical anquilosado que apenas encuentra expresión en alguna empresa del Estado arruinada no indica nada, menos que nada en relación a una fuerza concomitante con una voluntad de salida. Los tradicionales aumentos ya han sido engullidos por la inflación desbordada o los planteamientos de contratación colectiva se hacen sin que asome una apertura hacia los intereses de otros grupos sociales.

La repetición del mensaje oficialista poniendo parches en una economía en ruinas sin que asome la menor rectificación de fondo y el desgaste obvio de los figurones públicos hundidos en un lenguaje de apariencias configuran un cuadro de agotamiento final que puede tener los escapes más impensados, sin que ello excluya la resignación de la ausencia. En cadena nacional fue anunciado que el Estado compraría toda la producción nacional, estableciendo así un monopolio de Estado similar al de la Unión Soviética y aún en contraste con los tímidos anuncios cubanos de apertura, pasando literalmente desapercibido tal anuncio.

La gente admite la necesidad de organizarse y algunos pequeños sectores lo hacen, pero son la excepción a la regla, dado que, si bien comprenden las severas amenazas que penden sobre toda posibilidad de comunicación, algo los inmoviliza en el refugio privado. Mientras, la inteligencia nacional parece centrada en el egoísmo, parcela que no le es excluyente, pero que en ella adquiere dimensiones de suicidio.

Los conceptos se vacían o se deforman. Se habla de “reconquistar o rescatar la democracia” olvidando que ello implica volver atrás, a los tiempos de una representativa que se agotó sobre sí misma y originó el presente y que el siglo exige nuevas formas de ejercicio político, amén de hacer de tal aserto una especie de advertencia a los sectores populares de que cambiar lo actual equivaldría a un regreso al pasado. Por lo demás, se apela a formas deformadas como el señalamiento de “antipolítica”, uno manejado alegremente para señalar y devaluar cualquier crítica a los cogollos dirigentes, unos que día a día muestran una degeneración total  de la política como concepto y praxis. No es la antipolítica lo que aflora, lo que se señala es la necesidad de reaparición de la política.

El país se desgaja. Aparecen cadáveres en los ríos y en las avenidas. Lo dicho: no hay concentración de energía que no busque su salida ni espacio abandonado que no busque ser llenado. Es tal la anomia que ya lo más lamentable sería el agotamiento hacia la ausencia.

tlopezmelendez@cantv.net

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Los sibilinos – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

Tengo sobre mi escritorio: Los jefes, la Casa Verde, la Ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral, La Guerra del fin del mundo y otras obras del Nobel peruano Vargas Llosa. Que precisamente por haberle declarado su amor incombustible al Perú de Los ríos profundos y a la América sideral de nuestros desvelos, con marchas y contramarchas, afectos y desafectos frente a todos sus avatares políticos desde la Universidad de San Marcos de los años cincuenta, ha dedicado su vida al Arequipa de su entrañas y a esa Lima la horrible que contaba Salazar Bondy. Sin duda el peruano más universal, como sería indiscutible negar que Borges no lo fuera de Argentina, Neruda de Chile y Lezama Lima de Cuba. Así las circunstancias los hubieran obligado a nacionalizarse imaginariamente uno en Suiza, otro en la Unión Soviética y el de más allá en los Estados Unidos.

Pues los caprichos de la globalización mediática y mi pésima costumbre de leer todas las mañanas la prensa española, entre otras,  me obliga a enfrentarme a un reportaje de su maravilloso paso por Caracas de estas últimas horas en las que el corresponsal venezolano de uno de los más importantes medios impresos en nuestra lengua se sienta en la obligación de definir al más peruanos de los peruanos como “Nacido en Perú y de nacionalidad española”, cosa que, la primera, pudo suceder a meses de haber sido parido y la segunda cuando a su capricho le vino en ganas. Sibilinamente, como para dejar en suspenso la definición axiológica sobre los compromisos existenciales del Nobel y sembrar la duda sobre su vinculación con su patria de nacimiento y su patria de adopción. Sibilinamente pero tan irresponsablemente pergeñado, como para que un par de frases después dejara colar, en el clásico entrecomillado de la cita textual, vale decir en palabras del propio nacido en el Perú y nacionalizado español: “Vengo a decir lo mismo que digo en mi país o en España”. Por lo visto, al corresponsal de marras no le bastó la aclaratoria del reseñado, de modo que se vio en la obligación de decir que él nació en el Perú, pero tiene la nacionalidad española. Albricias: una mosca en la leche. Digno de Aporrea (http://www.aporrea.org/ideologia/a187032.html).

Si la izquierda castrista no se hubiera dedicado a tratar, inútilmente, por cierto, de sembrar cizaña con lo de la nacionalización de Vargas Llosa, cuya nacionalidad a estas alturas es un grano de arena en un desierto, como que él mismo a estas alturas se declara poco menos que venezolano – “he recibido la bandera de Venezuela con más emoción que el Nobel de literatura” – no le hubiera prestado mayor atención al sibilino comentario. Con lo que tampoco vengo a decir, sibilinamente, que el corresponsal de marras debe pasar por caja de El País los quince y últimos con la misión cumplida de haberle dado un tirito al régimen y otro tirito a la oposición. Que cada empresa es dueña de cuidar sus intereses crematísticos y empresariales como mejor le convenga.

No es la primera vez que encontramos estas perlas en el pajar venezolano de El País: ya me referí críticamente en un artículo anterior a otro envío de su corresponsalía caraqueña en el que a la regenta del prostíbulo judicial del chavismo, la señora Ortega Díaz, reconocida y fichada policialmente como dura y extrema militante de la ultraizquierda desde los tiempos del castrismo universitario en que era llamada “la China” y de los subterráneos de cuya Fiscalía General de la República salieran los asesinos de los tres muertos del 12 de febrero, súbita y sibilinamente atemperada ante la opinión pública española y latinoamericana que consideran a El País la biblia del periodismo hispanoamericano como mera y poco menos que casual, discreta y azarosa “simpatizante del gobierno”.

Si, como dijera Esquilo en la antigüedad clásica y se le citara hasta la saciedad en estos siglos de mortíferos enfrentamientos bélicos, la verdad es la primera víctima fatal de las guerras, las medias verdades son su quinta columna. En estos tiempos en que entre la dictadura y la resistencia cruza una difusa línea de sombra – como la que le da título a la excepcional novela de Joseph Conrad que describe las angustias y adversidades existenciales del ingreso al definitorio mundo de la madurez – sobran los sibilinos que en sus columnas, sus programas de opinión o sus horas de radio y televisión cruzan las talanqueras como los contrabandistas que van de un lado al otro de la frontera entre Venezuela y Colombia: cada tantos minutos y  varias veces al día.

Contrabandean mentiras o medias verdades, que son peores. Los escucho o veo sobándoles el lomo a los capitostes de la dictadura y tratando de poner en aprietos a los líderes estudiantiles y a los políticos opositores que asumen sus responsabilidades en las filas de la resistencia. “Si, claro, desde luego, el gobierno debiera autorizar la protesta, pero ¿no crees tú que las guarimbas propician el caos, el terror y la violencia? ¿Tú estás de acuerdo con las guarimbas? ¿Apruebas que haya habido muertos por guayas puestas por los guarimberos?” Ante lo cual el entrevistado se ve de pronto entre la espada de decir lo que realmente piensa – “SÍ, COÑO, ESTOY DE ACUERDO. ESE MUERTO BIEN MUERTO ESTÁ!” – o caer en la celada del sibilino y buscar excusas, rastrojear legitimaciones, pedir disculpas y responder con un patético, “bueno, es lamentable, en realidad, etc., etc., etc.” O esta otra: “todos los procesos de tal polarización causada por los extremismos de lado y lado” – Capriles ama la fórmula, porque mata dos pájaros de un tiro: descalifica a todos sus competidores y se auto eleva al altar de la santidad supra espacial – “han sido resueltos mediante el diálogo, pero vemos que tú te has mostrado en desacuerdo con el diálogo… Tu ¿estás de acuerdo con una salida violenta que podría conducirnos a la guerra civil? ¿No crees que debemos aplaudir el esfuerzo del gobierno y de la MUD por convocar a una mesa de diálogo?”.  Recuerdo a una vecina que detestaba ver aparecer visitas a la hora de la merienda y recibía con un “¿Usted no quiere servirse un cafecito, no es cierto?”. ¿Quién se atrevería a contrariarla?

Nunca en Venezuela se había refinado tanto el arte de la mentira en bruto o la aviesa tecnología de lo sibilino. Navegar en el piélago de la mentira, el engaño, las medias verdades se ha hecho tan propio del régimen, que proclama que llueve de la tierra al cielo, sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. De un lado, la mentira en bruto. Con todos los medios a disposición o en vías de ser adquiridos o saqueados por sus administradores. TV, prensa y radio gritan a voz en cuello: “Capriles asesino…” y Capriles, sin arrugarse, responde: “mentir no es propio de una auténtica izquierda. Este gobierno es de extrema derecha”. Mentiras tan colosales y afirmaciones acomodaticias tan absurdas,  que ni siquiera el piadoso espíritu que las anima puede quitarle su fetidez de coprofagias. Al extremo de preguntarnos si las piadosas mentiras del candidato obedecen a una maquiavélica maña de sus asesores de izquierda, que le compran a Lula la idea de ir a cogobierno con la dictadura y repartirse las ganancias, o si se debe a una cierta debilidad intelectual suya y de su más íntimo entorno. Comprobada la sabiduría gallega del “piensa mal y acertarás” no dudo un segundo en pensar en la granuja pillería de la primera de las opciones y su perfecto complemento: la bobalicona y menguada ambición intelectual de la segunda.

Pero de que estamos cercados por pillos, granujas, gestores y candidatos, no me cabe la menor duda. Alimentan a sus sibilinos. Merecen buenos salarios.

@sangarccs

Identidad del Diálogo con el Proyecto Varela – Elizabeth Burgos

 Elizabeth Burgos

Con el diálogo iniciado entre el gobierno y la MUD, se repite con pasmosa precisión el que inició con Fidel Castro el entonces poderoso en la isla, el Proyecto Varela. Hasta la puesta en escena en cadena nacional es idéntica en ambos casos y sólo faltan ahora los segundos y últimos actos de esta comedia, cuyo director y guionista y autor fue, como de costumbre, el propio Fidel Castro, pero la memoria es corta y nadie se da cuenta del remake.

Pese a la indiferencia de un sector importante de la oposición institucionalizada, ante el hecho innegable del dominio cubano sobre el destino actual de Venezuela, quienes observamos el desarrollo de las protestas de los dos últimos meses, vemos que las jóvenes generaciones y la sociedad civil, libres de complicidades, y movidas por el sano sentimiento de continuar siendo dueñas de los cambios y continuidades que van conformando toda nación, sí han tomado como bandera fundamental de lucha el rechazo al imperialismo cubano.

Significa que una oposición que cumpla a cabalidad con su misión, – según la opinión de un muy caro amigo quien lo dice con toda razón -, debe erigir como imperativo la lucha por una segunda independencia nacional. El no hacerlo, y aceptar negociar sin condición con la administración impuesta por La Habana, soslayando crímenes, represión brutal, humillación de la nación, abuso de poder, destrucción de las instituciones, significa que se está, cuando menos, usurpando, el calificativo de oposición. No se trata de negar la prioridad de establecer un diálogo, pero dadas las circunstancias, éste debería haberse dado bajo condiciones muy específicas que en primer lugar hubiesen tenido presente el precio que pagó la población para que la administración cubana se viera sobrepasada y recurriera a sus gerentes asociados de UNASUR.

No creo que la ingente cantidad de protestas, los asesinatos ocasionados por el balazo en el cráneo, el duelo de las familias, las secuelas graves en la salud debido a la inhalación de gases, las torturas, se hayan realizado para que se obtenga como un logro excepcional, la reunión de una junta médica para contemplar la posibilidad de otorgarle la libertad a un preso, la cual, es evidente, se le ha debido haber concedido hace años. No solamente el desarme de los paramilitares ha sido obviado como condición por la MUD, sino la aceptación de compartir la mesa de diálogo con un representante de ellos, le quita toda legitimidad a futuras denuncias de violaciones de los derechos humanos de las bandas armadas que intente la oposición. Ahora podrán actuar con la legitimidad que le otorgan los cancilleres de UNASUR y de hecho, la MUD por lo de que el que calla otorga.

Dada su condición de protectorado, los acontecimientos que ocurran en Venezuela deben percibirse bajo el prisma de la analogía.  Es por ello, que el diálogo entablado entre la MUD y el gobierno, me ha recordado el Proyecto Varela, que el disidente cubano Oswaldo Payá ideó y dirigió en 1998, apoyándose en la propia constitución del régimen castrista. El artículo 88 de la constitución cubana de 1976, permite a los cubanos proponer leyes si 10.000 electores presentan sus firmas a favor de la propuesta y la celebración de un referendo como lo estipula la mencionada Constitución. Payá presentó 11.200 firmas y por supuesto, la Asamblea Nacional rechazó el pedido. Las reformas propuestas por el Proyecto Varela, se centraban sobre cinco puntos: los derechos a la libre expresión y calibre asociación, garantizar el pluralismo y abrirse al debate. Las amnistías para los presos políticos. El derecho de los cubanos a formar empresas. Una nueva ley electoral que modificara la nominación de los candidatos. (Cabe recordar que Oswaldo Payá murió en un controvertido accidente de tránsito en Cuba el 22 de julio 2012)

El gobierno cubano organizó una puesta en escena, si recurrimos al procedimiento de la analogía, correspondería a la que se está celebrando en estos momentos en Venezuela con los cancilleres de UNASUR. El gobierno cubano recurrió en aquel entonces a su acólito principal en EE.UU. como ya lo hiciera en su momento en Venezuela: el ex presidente estadounidense y Premio Nóbel de la Paz 2002 Jimmy Carter, durante una visita a Cuba, saludó esa iniciativa en un discurso en la Universidad de La Habana que fue televisado en directo por las emisoras oficiales cubanas. Por primera vez en la historia de la « revolución » un extranjero y para colmo, ex-presidente del « imperio », se dirigía a la nación cubana sobre un tema propuesto por la disidencia, y lo  que era aún más insólito, sobre un tema relativo a las libertades ciudadanas, sistemáticamente negadas al pueblo cubano.

La admiración que ha despertado entre disidentes cubanos la puesta en escena del diálogo entre la MUD y el gobierno, la libertad de palabra a la que tuvo derecho el bando opositor, significa que la memoria es corta y eso lo sabe el régimen. Los analistas de siempre cantaron victoria, incluso, otorgaron score de ganancia de puntos. ¿Quién ganó? Por supuesto la MUD porque más cultos, mejor preparados. Todo el mundo sabe que el gobierno está integrado por personajes si nivel intelectual, que apenas saben hilvanar una frase con otra, pero se olvidan de que detentan el poder de las armas, de las leyes, de las instituciones. No necesitan hacer alardes de conocimiento.

¿Cuál fue la respuesta de Fidel Castro tras el discurso de J. Carter?

Un mes después, Fidel Castro respondió con una movilización popular masiva y un llamamiento a defender la revolución, que culminó con una recolección de firmas que sumó al 98,97 por ciento de la ciudadanía -según cifras oficiales- en demanda de incluir en la Constitución una cláusula que declaró “irrevocable” al sistema socialista cubano.

Castro había calificado de “tontería” la iniciativa del Proyecto Varela y denunció que había sido una maniobra de los diplomáticos estadounidenses acreditados en la Sección de Intereses norteamericanos que opera en la isla.

Veremos en poco tiempo, tras haber alcanzado el objetivo de calmar el clamor de la calle, cuál será la fórmula que le dictarán a los gerentes venezolanos del poder castrista, secundados por Unasur, y seguramente por una oportuna declaración del señor Insulza desde su “ministerio de colonias”, como llamaba Fidel Castro a la OEA antes de que La Habana se hubiese hecho con el manejo de la misma.

Lo más seguro es que los más brillantes expositores en el primer acto del dialogo, sean enviados a sus oficinas respectivas y tras haber sido bien amaestrados, se ocupen de preservar el estatus alcanzado.

La historia dirá, hasta cuando dure la calma popular.

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La educación bajo supervisión cubana – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

El adoctrinamiento a la cubana a través de los textos escolares, es un plan que comenzó a desarrollar el régimen castrochavista desde el año 2005. Para la época se encendieron múltiples alarmas, otros, porfiaban en señalar que no somos Cuba.

Así llegamos al 2014 y los llamados de alerta resurgen, con la polémica Resolución 058, en la que se establece la normativa y procedimiento de los Consejos Educativos. Normativa ésta abiertamenteinconstitucional.

Más allá de los objetivos que en materia educativa el régimen castrochavista adelanta desde el 2005, las luces de alarma que se encienden y que debieron siempre alimentar la polémica tenían que ver con la implícita inspiración cubana contenida en la integralidad de las reformas educativas.

A partir del 2005, se modificó el contenido de los programas educativos, el sistema de evaluación, el calendario escolar y la formación de docentes.

Primero fue el proyecto #15: “Supervisión en planteles y servicios educativos” el cual forma parte del convenio de cooperación Cuba-Venezuela. El 27 enero 2005 en Gaceta Oficial, el decreto 3444, procedía a la “Reforma Parcial del Reglamento Orgánico del Ministerio d Educación Superior”

A finales del 2005, el Ministerio de Educación elaboró y publicó una lista con los textos obligatorios adaptados al nuevo currículo. Es más, el Calendario escolar castrochavista, ya festejaba rebeliones militares y durante las vacaciones del 2005, fueron capacitados 50.000 educadores bolivarianos, completamente comprometidos con el proyecto castrochavista.

Uno de los grandes logros que permite el desarrollo de la investigación y el conocimiento científico a partir del siglo XVI es la progresiva separación entre religión y educación, por una parte, y entre educación y Estado, por la otra. Dicha característica secular de la educación, presente en Venezuela incluso durante el período de Gómez, pretende erradicarla el castrochavismo.

De tal manera que, calendario y textos escolares, son para convertir la “pedagogía social” del Gobierno en “pedagogía escolar”. La tarea es lograr interiorizar la “nueva historia nacional” en niños y jóvenes y el mejor vehículo para tal fin es la enseñanza.

En educación el propósito básico es desacreditar todo lo que se hizo entre 1958 y 1998, señaló Laura C. de Gurfinkel y sustituirlo por ideologías, principios pedagógicos y estrategias metodológicas inspirados fundamentalmente en el sistema cubano.

Fidel Castro sabe por experiencia, que un lavado de cerebro a corta edad conforma “robots” revolucionarios.

En definitiva, el sistema de educación venezolano, ha quedado bajo supervisión cubana.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

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El disfraz de la palabrería – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Una neo-dictadura impera en Venezuela desde hace muchos años. Y una neo-dictadura es una dictadura disfrazada de democracia. Y disfrazada habilidosamente porque a estas alturas muchos porfían que la llamada “revolución” no es propiamente despótica y tiene una sustancia democrática que sólo hace falta desarrollar a través de esquemas de diálogo miraflorino.

Ese ha sido el secreto del proyecto de dominación que impulsó Chávez: aprovechar las formas o los ropajes de la democracia para montar una jaula institucional, y no de artificios sino de férreo control de los poderes públicos y de diversos ámbitos socio-económicos. Así ha sido el ejercicio del poder hegemónico, casi sin excepciones, sobre todo a partir de que se le “pasara la pierna al caballo”, luego del manipulado referendo revocatorio del 2004.

Una de las mascaras preferidas de la neo-dictadura es la palabrería. Esa incesante verborrea que adorna todos los desmanes, y hasta los presenta ante la opinión pública de forma exactamente contraria a lo que son. Y la palabrería se proyecta a través de variados y masivos instrumentos de propaganda que la hacen, al menos, avasallante. Con el predecesor, sin duda, la palabrería lucía más persuasiva que con el sucesor. Pero el patrón es el mismo.

La palabrería de última moda en el discurso de Maduro, por ejemplo, es la relativa al fin del rentismo y la adopción de un modelo económico productivo. ¡Por favor! Si precisamente en estos tiempos de “revolución” es que ha tenido lugar la apoteosis del rentismo petrolero. Si precisamente en esta época es que ha sido desmantelado el aparato productivo venezolano. Entonces, ¿cómo es eso del fin del rentismo, cuando la hegemonía es expresión del más destilado y craso rentismo?

Pura palabrería, obviamente. Aunque para algunos no sea tan obvio y todavía se hagan ilusiones con las promesas oficialistas. En todo y para todo resuena una palabrería similar. El ministerio de la represión es el ministerio de la justicia y la paz… El terrorismo de Estado –verificado en las últimas semanas con más de 41 asesinatos políticos, cientos de lesionados, más de 100 casos documentados de tortura y más de 2.000 detenciones arbitrarias—es el “gobierno del diálogo y la pacificación”. La catástrofe económica que padece el país se transmuta, en la palabrería, como el rumbo seguro hacia convertirnos en una potencia.

La explosión de violencia criminal es la “construcción de una cultura de paz”. Las masacres carcelarias son la “humanización penitenciaria”. La destrucción de la producción nacional y el auge de la importación foránea es el “desarrollo endógeno”. El desmantelamiento de Pdvsa es la “siembra petrolera”. La decadencia del sistema eléctrico es, no faltaba más, la “revolución eléctrica”.

Y el delirio de la palabrería acaso sea que en medio de la escasez, la carestía, la penuria, la violencia social y la represión política,  se decrete un organismo burocrático para “asegurar la máxima felicidad social del pueblo”. Los regímenes despóticos, sean del signo ideológico que sean, necesitan de la palabrería para falsificarse. Para proyectarse de manera tendenciosa y entallada a sus intereses de dominio.

El disfraz de la palabrería está muy presente en la esencia de la neo-dictadura que impera en Venezuela. Tanto es así que muchos insisten en matizar esa realidad, cuando no en negarla.

flegana@gmail.com

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Un premio Nobel a las órdenes del Comandante – Jacobo Machover

Jacobo Machover *
febrero de 2012

Fidel Castro, quien soñaba con ser escritor, conservó permanentemente a su lado a un escritor que antepuso su amistad con el líder revolucionario a cualquier otra consideración.

Para la recepción del premio Nobel en Estocolmo, en diciembre de 1982, García Márquez se vistió con guayabera blanca, marcando así su diferencia y su identidad tropical, colombiana y también cubana, con el resto de los laureados, todos vestidos de traje y corbata. Su discurso empezaba con varias referencias al fenómeno, común en América latina, de dictadores originales y medio locos: el general mexicano Santa Anna, el vencedor de la batalla del Álamo, quien había hecho enterrar con todos los honores su pierna arrancada en el transcurso de un combate anterior, y otros dos generales, quienes se habían ilustrado durante el siglo XX, el ecuatoriano García Moreno, que había gobernado su país durante dieciséis años (un período bastante común en el subcontinente) y el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, responsable de una terrible masacre en su país, en donde, desgraciadamente, se producirían otras matanzas en el transcurso de las décadas siguientes.

El escritor detallaba las extravagancias de unos y de otros. Fidel Castro, naturalmente, no figuraba en aquella enumeración. Sin embargo, dirigía Cuba con mano de hierro desde hacía ya más de dos décadas. Lo haría durante cerca de medio siglo, antes de traspasar el poder a su hermano Raúl. En cuanto a sus extravagancias (intervenciones públicas de más de ocho horas, la adoración a “Ubre Blanca”, vaca capaz de dar hasta 110 litros de leche, cuya foto aparecía casi diariamente, hasta su muerte, en primera plana del Granma, y tantas locuras más), no podían, por supuesto, ser mencionadas en ese discurso, que retomaba cifras fantasiosas e imposibles de averiguar sobre la mortandad infantil o sobre las víctimas de las guerras civiles en América Central; cifras que Castro citaba constantemente, a menudo inventándolas.

Como el escritor cubano Alejo Carpentier había fallecido en 1982, el año en que probablemente el prestigioso galardón le iba a ser concedido, Fidel Castro hizo del colombiano García Márquez su candidato predilecto: un escritor que no había dudado en elogiar la intervención cubana en Angola, confiriéndole un carácter épico en nada acorde con la realidad de esa guerra, en su relato “Operación Carlota”, un artículo publicado en distintas revistas en 1977, que constituyó durante mucho tiempo la versión oficial de la expedición militar castrista.

En ese texto, García Márquez celebraba la expedición cubana, en la que decenas de miles de hombres habían sido enviados a luchar sobre un territorio lejano, del que la mayoría jamás había oído hablar anteriormente, ubicado en un continente situado a años luz de las preocupaciones de los habitantes de la isla. Poco importaba. El novelista se transformó en cronista, como aquellos que contaron el descubrimiento y la conquista de América y que tanto admiraba, de una aventura épica pero extraordinariamente dolorosa a la vez para los cubanos y para el pueblo africano: en efecto, el Ejército castrista masacró aldeas enteras por medio de armas químicas. El relato de García Márquez era la crónica periodística, escrita bajo el dictado de Castro, de una guerra absurda llevada a cabo por un país pequeño sobre una tierra extraña, una caricatura de guerra colonial, comenzada en 1975, que se prolongó durante quince años, hasta 1989, y que dejó secuelas irreversibles en el seno de la población civil.

La “Operación Carlota”, cuya denominación provenía, al parecer, del nombre de una esclava que se había rebelado contra sus amos, sirvió para justificar el enfrentamiento del FNLA y la UNITA, dos de los bandos en pugna en una guerra civil que no quería ser considerada como tal, contra el MPLA, el movimiento que formaba el gobierno central. El primer bando estaba apoyado por China, Estados Unidos y África del Sur, el segundo por la Unión Soviética y los países del Este. Cuba había elegido explícitamente en qué campo quería figurar durante el transcurso de la guerra fría. Los terrenos de operaciones de esa guerra se encontraban en cualquier parte del mundo. Las razones esgrimidas por Castro para esa intervención eran determinadas por la lucha de los negros contra el apartheid. Pero las partes en pugna estaban todas compuestas por negros.

El que fuera periodista, Gabriel García Márquez le rendía pleitesía, con ese “reportaje”, a su jefe, Fidel Castro. No fue ésa la última vez que se hizo el propagandista de las hazañas de la Revolución cubana. Hubiera podido limitarse a contar las expediciones guerreras emprendidas por el castrismo en todas partes del mundo, desde América latina, prácticamente en su conjunto, hasta África, en casi todos los países del continente, y también en Asia o en el Medio Oriente, sin olvidar el apoyo brindado a ciertos movimientos independentistas y/o terroristas en Europa, como la ETA. Pero, para la propaganda, todo, incluyendo la vida cotidiana en la isla, era considerado como un combate heroico. De esa forma, “Gabo” ha tenido que glorificar las penurias provocadas por el embargo en los años 1980 o a defender la posición de Fidel Castro en el “caso Elián”; el niño salvado de las aguas en el estrecho de la Florida. En todos esos casos, el premio Nobel de literatura no era nada más que un soldadito disciplinado al servicio del Comandante en jefe.

No siempre había sido así, sin embargo. Cuando ejercía su carrera periodística, a mediados de los años 1950, García Márquez había efectuado un viaje por los países comunistas, de los que había regresado con una visión extremadamente crítica. Más tarde, en enero de 1959, fue a Cuba, con su compatriota y colega Plinio Apuleyo Mendoza (quien se volvió más tarde un crítico importante del castrismo), para observar de cerca la Revolución cubana en sus inicios. El acto más espectacular en aquel momento fue el “juicio” celebrado contra Jesús Sosa Blanco, uno de los responsables del Ejército de Batista. El acusado era juzgado en las instalaciones de la Ciudad Deportiva de La Habana ante una multitud enardecida gritando “¡Paredón!”, mientras los fiscales, todos ex guerrilleros, le achacaban innumerables crímenes ante los jueces, ex guerrilleros también. La televisión transmitía en vivo aquella mascarada, en la que numerosos testigos, entre ellos varios niños, se contradecían sistemáticamente, confundiendo a veces al acusado con otros militares del antiguo régimen.

Condenado a muerte, Sosa Blanco definió su propio juicio de la manera más lúcida, calificándolo de “circo romano”. Era tan evidente el montaje judicial que el Gobierno revolucionario tuvo que dar marcha atrás. Una petición reclamando la revisión del juicio empezó entonces a circular. García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza figuraban entre los firmantes. Sosa Blanco fue juzgado nuevamente, en un lugar más discreto esta vez. Fue condenado a muerte otra vez y fusilado esa misma noche. Los dos periodistas colombianos olvidaron rápidamente aquel incidente. García Márquez fue reclutado por Prensa Latina, la agencia de prensa oficial del castrismo. Su misión consistía en abrir un despacho en Canadá pero en realidad permaneció varios meses en Estados Unidos. Allí participó en la “Operación Verdad”, organizada por Carlos Franqui, para explicar y justificar los juicios y las ejecuciones. Y, sobre todo, se dedicó a observar y a criticar las reacciones de los anticastristas, a quienes trataba con desprecio de “gusanos”. De hecho, su adhesión al castrismo fue efectiva desde los inicios de la Revolución, a pesar de algunas dudas rápidamente disipadas.

Volvió a expresar ciertas reservas en 1971, durante el “caso Padilla”. Su firma, en efecto, aparecía al pie de una primera carta que pedía explicaciones sobre las razones que habían conducido a encarcelar al poeta, carta publicada en el diario Le Monde y suscrita por gran parte de los intelectuales europeos simpatizantes de la Revolución castrista en aquel entonces, entre ellos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir y, también, por algunos de los principales integrantes del boom literario latinoamericano. Más tarde, García Márquez pretendió, curiosamente, no haber leído el texto. Su firma, así como la del novelista argentino Julio Cortázar, quien había sido uno de los redactores de la primera misiva, no figuraba más en una segunda carta, publicada esta vez en el diario Madrid, que condenaba los métodos estalinistas utilizados para conseguir la autocrítica forzada del poeta. Cortázar se arrepintió públicamente mientras García Márquez prefirió mantener la ambigüedad y la confusión, una posición que siguió adoptando a menudo hasta nuestros días.

Sin embargo, cuando Heberto Padilla logró finalmente abandonar la isla en 1980 para exiliarse a los Estados Unidos, García Márquez dio a conocer que había mediado personalmente ante Fidel Castro para permitir su salida. Tal vez intuyera que había renunciado a su deber de intelectual crítico para someterse totalmente a un poder totalitario en el momento en que el poeta fue encarcelado y sometido a aquella infamante autocrítica. Con su silencio, en 1971, había empezado a dar los pasos hacia un acercamiento, que pronto se convirtió en una fusión total con Castro. Así había vuelto, vergonzoso, al redil revolucionario. Pero el personaje central de El otoño del patriarca, concebido durante su larga estancia en la España de Franco, contenía también rasgos característicos no sólo del Generalísimo sino también de otro caudillo: Fidel Castro. García Márquez nunca aceptó reconocerlo. Al contrario: para él, Castro no formaba parte de esa familia que ha inspirado tanto a los novelistas españoles y latinoamericanos, desde el guatemalteco Miguel Ángel Asturias hasta el peruano Mario Vargas Llosa, pasando por el cubano Alejo Carpentier o el paraguayo Augusto Roa Bastos, sin olvidar al español Ramón del Valle Inclán. El Máximo Líder parecía ser un animal político sui generis. Cabe preguntarse si García Márquez deseaba estar cerca del primer círculo del poder para observarlo con mayor libertad o si el escritor fue utilizado por sus protectores en el poder como a ellos mejor les convenía.

Raúl Castro, siempre a la sombra de su hermano mayor durante todas esas largas décadas antes de aparecer finalmente en un primer plano, se inclinaba sin duda por la segunda hipótesis. Eso fue lo que le dijo un día a su protector y homólogo de antaño, un ministro soviético de Defensa, burlándose abiertamente del escritor: “Le presento al escritor cubano Gabriel García Márquez, nacido en Colombia, quien por fortuna no es comunista, porque si lo fuera, no nos sería tan útil .” Gabriel García Márquez consiguió el premio Nobel en 1982 en gran parte gracias a su apoyo a la Revolución cubana. Para su candidatura beneficiaba del apoyo de tres países: Colombia, su tierra de origen, Cuba, por haberse vuelto su portavoz casi oficial, y Francia, la de la pareja Mitterrand, de la que fue, a partir de 1981, uno de los confidentes más íntimos. A la cena que precedió la entrega del galardón en Estocolmo, que tuvo lugar en la casa de campo del Primer ministro Olof Palme (asesinado años después) asistieron el vice-ministro de Asuntos exteriores Pierre Schori (lo que no es sorprendente) pero también (lo que resulta mucho más extraño) el filósofo francés Régis Debray, quien también fue consejero de varios príncipes: Fidel Castro, Salvador Allende y François Mitterrand, y Danielle Mitterrand, la esposa del presidente francés, admiradora indefectible de “Gabo” y, más aún, de Fidel. El Nobel de literatura de aquel año no fue en absoluto literario.

García Márquez recibió también otra recompensa: el Gobierno cubano le otorgó la dirección de una prestigiosa Escuela de Cine (un arte del que nunca ha sido considerado como un gran experto), en San Antonio de los Baños, una institución especialmente creada por él y para él (donde pronunciaron conferencias, entre otros muchos, Robert Redford y Steven Spielberg). Y, aparte de los más de 150 000 dólares otorgados por la Academia sueca, tuvo el privilegio de tener a su disposición de por vida una lujosa mansión en el reparto Siboney, barrio exclusivo de La Habana, donde recibía, prácticamente cada noche, a su vecino y amigo Fidel, así como un Mercedes Benz (¿homenaje a su esposa Mercedes?), un regalo reservado a los más altos dignatarios del régimen. Todo ello como premio a una indefectible fidelidad al régimen o, mejor dicho, a su servilismo a toda prueba.

Para intentar demostrar su independencia respecto a su protector y amigo, el premio Nobel colombiano corrió la bola según la cual él habría conseguido de parte de Fidel la liberación de 3200 presos políticos, cifra avanzada por Plinio Apuleyo Mendoza. Entre ellos figuraba, según insinuaba, el poeta Armando Valladares, quien pasó veintidós años preso, antes de ser excarcelado y enviado a Francia, antes de asilarse en los Estados Unidos, por gestiones directas de Régis Debray con el presidente Mitterrand. Según Jorge Semprún, la aseveración de “Gabo” en relación con la liberación de Valladares “da la medida de la vanidad desmesurada del gran escritor”. “Lo que pasa es que me gusta actuar sin que nadie se entere”.

Los ex prisioneros cubanos, por su parte, también ignoraban en su mayoría las gestiones emprendidas a su favor por el escritor colombiano, a quien no le profesaban el más mínimo reconocimiento. ¡Cuánta ingratitud de su parte! “La Revolución es generosa”, suele afirmar Fidel Castro. Esa “generosidad” se expresa de dos maneras: liberando a algunos presos que, en general, han cumplido ya una sentencia de cerca de veinte años y permitiéndoles a otros atribuirse la paternidad de esas liberaciones. La supuesta influencia de García Márquez se vio cuestionada, no obstante, durante el verano de 1989, cuando su amigo Tony de la Guardia, un alto responsable de la Seguridad del Estado, autor, con su hermano gemelo Patricio, de buena parte de las exacciones más bajas e inconfesables de la Revolución cubana, fue acusado de “tráfico de drogas” y fusilado junto con el general Arnaldo Ochoa y otros dos oficiales superiores. Pero, entre sus dos amigos, Tony y Fidel, la elección fue rápida y contundente.

El 13 de julio, fecha en que fueron ejecutados los cuatro oficiales implicados tanto en un cuestionamiento del poder castrista como en una serie de operaciones ocultas, cogió el avión hacia París con el objetivo de convencer a los esposos Mitterrand de no retirarle a Fideaquella invitación a participar en las ceremonias conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, a las que hubiera deseado tanto poder asistir. En el transcurso de una escala en el aeropuerto de Madrid-Barajas, le contestó en forma diplomática y algo “ingenua” a un periodista que lo interrogaba sobre la ejecución de Ochoa y de sus compañeros de armas: “Estoy contra la muerte en general”.
Su misión con los Mitterrand se reveló infructuosa, ya que la presencia de Fidel Castro fue considerada inoportuna en aquella ocasión. Era sólo una cuestión de tiempo: en 1995 fue recibido en París por un moribundo presidente y su esposa a bombo y platillo. El emisario colombiano de la Revolución cubana pudo llevar a cabo, sin embargo, muchos otros encargos de su mentor. Tuvo así el privilegio de frecuentar a varios grandes de este mundo, tanto a dictadores latinoamericanos, el general panameño Omar Torrijos con quien trabó una profunda amistad, como al presidente americano Bill Clinton, quien lo recibió en la Casa Blanca junto con dos de sus colegas escritores, el mexicano Carlos Fuentes y el americano William Styron. El contenido de sus misiones ha sido amparado siempre por el mayor secreto. Pero también apareció públicamente en múltiples ocasiones al lado de Fidel Castro, para la celebración del Primero de Mayo o, incluso, durante la misa celebrada por el Papa
Juan Pablo II en enero de 1998

*Jacobo Machover nació en La Habana en 1954. Exiliado en Francia desde 1963, es escritor, periodista y traductor y profesor de universidades franceses. Milita por el restablecimiento de la libertad y de la democracia en Cuba. Este texto es un extracto de su ensayo “El sueño de la barbarie. La complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista” (Madrid, Atmósfera literaria, 2012).

 

Los treinta años de CEDICE – Trino Márquez

Trino Márquez

El Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, que varios años después de su creación incorpora el concepto de libertad a sus siglas representativas, y pasa a llamarse CEDICE Libertad, está cumpliendo tres décadas de existencia. Es una fecha especial,  no tanto porque esa cifra representa para cualquier organización civil un período prolongado, sino porque la mitad de ese lapso ha transcurrido en un ambiente signado por una acentuada estatización de la vida social.

Desde el 2 de febrero de 1999, cuando Hugo Chávez asume la Presidencia de la República, comienza a instrumentarse un plan fríamente calculado de destrucción de la autonomía de todas las instituciones públicas y de las organizaciones independientes de la sociedad civil. Este programa arranca con un ataque sostenido a los partidos políticos opositores, a los sindicatos y a la CTV, para entonces poderosa y vital. Luego va extendiéndose al resto de las agrupaciones: gremios profesionales, federaciones empresariales, movimiento estudiantil, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles de diferentes  categorías. El objetivo consiste en pulverizar la trama social   construida durante el período que arranca el 23 de enero de 1958, con el fin de sustituirla por organizaciones muy gubernamentales, tal cual había sido la experiencia de los países comunistas. El autoritarismo, en cualquiera de las formas que asuma –comunismo, fascismo, nazismo, militarismo de derecha, populismo o teocracia- no se aviene con las instituciones autónomas del Estado, ni con las agrupaciones independientes de la sociedad. La libertad, en cualquiera de sus esferas, se ve como seria amenaza.

En este contexto, que no ha hecho más que acentuarse con Nicolás Maduro, le ha tocado sobrevivir a CEDICE Libertad. Asumir la defensa irrestricta de la propiedad privada, la libre empresa y la libre iniciativa, el Gobierno limitado, la responsabilidad individual, la confianza basada en el estricto cumplimiento del Estado de Derecho y la igualdad ante la Ley, ha tenido un alto costo. Esas banderas las ha levantado dentro de una atmósfera cargada de autoritarismo burocrático y distorsionada por los espejismos creados por el Estado hipertrofiado. CEDICE -a través del Observatorio Legislativo, coordinado por la economista Alicia Sepúlveda- ha radiografiado hasta las entrañas ese monstruo formado de leyes, reglamentos y disposiciones con los cuales el régimen neocomunista ha tratado de asfixiar la economía privada para abrirle espacio a la “economía estatizada”, a la “propiedad pública y colectiva”, propuestas en los distintos planes socialistas; el último, el inconstitucional Plan de la Patria. No hay norma o instrumento legal que no haya sido analizado con detenimiento por los expertos en esas materias que han atendido el llamado de CEDICE para que expongan, ad honorem, sus argumentos y reflexiones. Este trabajo ha sido un valioso apoyo para los parlamentarios de la bancada opositora en los debates con el oficialismo.

En el Comité Académico se analiza la coyuntura y la dinámica nacional en todos los órdenes. A esta instancia asisten importantes especialistas, igual ad honorem, a presentar sus puntos de  vista en torno de la situación del país. Sin prejuicios  ni dogmas, se evalúa el curso de la realidad nacional con el fin de inscribir el estudio de los fenómenos económicos en el contexto global que les da significado.

El propósito de todos los órganos de CEDICE –como CEDICE Joven- reside en apoyar  la construcción de una sociedad con un rasgo civilista claramente predominante, en la cual la Libertad sea un valor esencial en todos los campos, no solamente el económico, y donde se respete la creación de riqueza y su reparto equitativo a partir de la libre empresa y la libre iniciativa. Para CEDICE la libertad económica no puede perdurar si la democracia no se extiende a las demás dimensiones y si no se  le asume de forma integral.

Para celebrar sus treinta años, la Junta Directiva de CEDICE, presidida por Rafael Alfonzo, organizó un evento internacional -cuya diseñadora y bujía ha sido Rocío Guijarro- en el que el tema central se ubica en el futuro de la Libertad en América Latina. El gran atractivo será la presencia de Mario Vargas Llosa, probablemente el intelectual más importante e influyente de Hispanoamérica. Vargas Llosa ha sido vertical ante las dictaduras y un firme aliado de los demócratas  venezolanos. Volverá a demostrarlo.

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