A punta de represión – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Lo único que en verdad hace el régimen que formalmente encabeza Maduro es reprimir. De lo demás ni se habla. Y si se habla no tiene credibilidad. Y es irónico porque después de tanta retórica “redentora”, después de tantos billones despilfarrados, después de tantos inventos burocráticos, después de tantos planes y replanes de toda índole, resulta que la llamada revolución bolivarista terminó siendo, básicamente, una maquinaria de represión.

O mejor dicho, terminó siendo percibida como lo que ya era desde hace añales: un aparataje oficial y oficioso para cercenar la protesta ciudadana. Una estructura de intimidación con base a bandas armadas, hamponiles y para-militares, comandadas desde el núcleo mismo del poder estatal. Un entramado seudo-institucional para reprimir judicialmente a la oposición política, sean alcaldes, diputados, dirigentes de partido, líderes estudiantiles, gremiales, profesionales, vecinales, lo que sea.

En pocas palabras, la propia satrapía del siglo XXI. Tanto nadar para terminar en la orilla, y por cierto en la orilla del mar de la felicidad… Porque la transmutación del Estado en un aparato represivo es obra principal del castrismo cubano que, se sabe de sobra, ejerce el control primario sobre el poder público nacional. Ello no ha surgido de la dinámica natural de los venezolanos, sino que se tiene factura exógena. Y ello forma parte del “legado” del predecesor que el sucesor se ha empeñado en reforzar.

Y con mucho menos disimulo y mucha menos habilidad. Ya consta que el rojo de la “revolución” también es por la sangre de la represión. La predica manifiestamente fascista que divide a los venezolanos entre patriotas-oficialistas y apátridas-opositores, también ha hecho de las suyas. No se debe subestimar su alcance en los grupos fanatizados, especialmente lo que se despliegan dentro y en los linderos de la delincuencia organizada.

Por eso el diálogo sincero y efectivo es tarea imposible. Marino Alvarado, directivo de Provea, señala que el diálogo es la única alternativa. Y tendría toda la razón si en Venezuela no imperara una hegemonía que es enemiga convicta y confesa del diálogo. Por desgracia para el conjunto de la nación, el diálogo que tanto se ansía no pasará de ser disimulo, mientras Maduro y sus jefes cubanos sigan empeñados en mantenerse en el poder a punta de represión.

De represión política, económica, social, comunicacional y sobre todo de represión violenta y barbárica de los derechos constitucionales. Lo que acontece en Venezuela es contrario a la más elemental noción de progreso. Es contrario a las corrientes generales de América Latina, salvo Cuba y otros contados países que orbitan sobre el fisco venezolano.

Nuestro país se ha convertido en el trágico símbolo de la represión latinoamericana y hasta mundial de estos tiempos. La represión se ha vuelto la marca de Venezuela. Y no sólo fuera de nuestras fronteras sino sobre todo en la realidad cotidiana de la nación, asolada por un régimen que tiene que ser superado para que pueda reconstruirse la convivencia, la democracia y hasta la república.

flegana@gmail.com

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