Estudiantes y clase media – Luis DE LION

IMG_2425 Luis DE LION

Prácticamente en todas las capitales del país se ha manifestado desde el 12 de febrero. Es una organización horizontal, sin etiquetas políticas, ni sindicales, ni líderes claramente visibles. Facebook, Twitter, Instagram y YouTube los motores de las protestas. Agruparse y expresarse. Las redes sociales le otorgan a los jóvenes algo que los partidos políticos se niegan a darles. Fenómeno que en paralelo, afectó a Leopoldo López y a María Corina Machado, cuando impulsaron la protesta, #12F #LaSalida, lo hicieron fuera de una MUD, empeñada en negarles el espacio.

Al igual que ocurrió en Turquía, Brasil y Ucrania, no son los pobres los que protestan en Venezuela. Son los jóvenes de clase media instruida, la cual no forma parte de la base electoral del PSUV. Aún viviendo en un país que organiza elecciones con exagerada frecuencia, estos jóvenes, no sienten conexión con la élite política en el poder.

Estamos ante una generación que nació después del fallido golpe del 4 febrero 1992, jóvenes apolíticos en su mayoría, que nunca habían protestado. Frustrados por no encontrar un partido que los represente. Su principal reivindicación, denunciar la inseguridad y la falta de libertades en el país del castrochavismo.

Algunos comentaristas, al desestimar la protesta, han quedando en evidencia, porque al igual que el régimen, muestran cuan desconectados están de la juventud del país.

El talante sui generis de la protesta, mientras la represión se hacía violenta, hizo que se adhiriera a ella, de manera abrumadora la clase media. Hoy en las barricadas, vemos esa clase media urbana, conscientes que la lucha será dura y larga. Esa clase media, es la primera en llevar el golpe de la inflación, de la corrupción y de la excesiva intrusión del Estado en sus vidas.

Juntos le quitaron la careta democrática que lucía el régimen de Maduro, mientras exigen, el fin de la injerencia cubana.

Quizá sea la razón de la virulenta reacción de Maduro ante las protestas. Puede que haya comprendido que estudiantes, y clase media, buscan acabar con el modelo político y económico de la oligarquía cívico-militar antillana, fundado entre los miembros de la nomenclatura, el narcotráfico y un poder absolutamente corrompido, que ha lanzado al país entero por el precipicio de una crisis sin precedentes.

Es temprano para hablar de revolución de la clase media, primero tendrá que salir victoriosa de su lucha mortal con el régimen de Maduro, sostenido por La Habana. De lograr el objetivo, se le ofrecerá al país la posibilidad de reconstruirse según los principios sociopolíticos venezolanos.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

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Un caos en llamas – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

El sucesor recibió un país básicamente demolido –entre otros, por él mismo, pero que no se notaba tanto por el efecto de la habilidosa propaganda y del endeudamiento sideral de los últimos tiempos del predecesor. El espejo de la mentira todavía contaba con reflejos efectivos. Sin embargo, un año después se han hecho notorias las costuras de la descomposición política, económica y social, potenciada a lo largo del siglo XXI, y ante todo ello la hegemonía roja responde con represión y más represión. Pareciera que ya no saben, no pueden, o no quieren hacer más nada sino reprimir.

Pero no se trata de un autoritarismo ordenado, si cabe la expresión, tipo los regímenes de fuerza convencionales de variado signo que se han conocido en América Latina y en la Venezuela anterior a la República Civil. No.  Se trata de una mandonería  descuajada por los conflictos internos y por el despliegue del hamponato armado del oficialismo, lo que le agrega arremetidas anárquicas a la violencia de Estado. O más precisamente, al terrorismo del Estado. Al Estado que queda prácticamente reducido a intimidar, cercar, aterrorizar a la nación.

Lo peor de lo peor. O lo más peligroso de lo peligroso. A la pregunta obvia de quién manda en Venezuela, la respuesta no lo es tanto. Se sabe que el régimen es teledirigido desde La Habana por los hermanos Castro Ruz y su entramado de poder despótico, pero el “funcionamiento” de la estructura interna del bolivarismo se encuentra muy afectado por el desmadre económico-financiero, la presión popular, la debilitada imagen de Maduro y compañía, y las sombrías perspectivas de la situación venezolana, incluso a corto plazo. Y no se trata de especulaciones interesadas, porque hasta encuestas encargadas por el poder lo están señalando claramente.

La bonanza petrolera ya no alcanza para mantener los niveles de depredación y la masiva publicidad ha perdido la eficacia persuasiva de otros tiempos. La mega-botija de la corrupción chavista no tiene la misma dimensión ni los mismos fondos. En el 2012 la bolioligarquía se embolsilló 25 mil millones de dólares –nada más que estafando a Cadivi–, y en consecuencia esas ollas raspadas ya no logran preservar el ensamble de respaldos y lealtades de otrora. Ante semejante panorama, todo lo se intenta hacer para parapetear el tinglado, no pasa de pañitos calientes. Verbigracia, Sicad II.

La realidad de que Venezuela se cae a pedazos, es cada vez más agobiante y más claramente percibida por la generalidad de la población, incluso más allá de las fronteras de las preferencias político-electorales de cierta data. Y en esa realidad y percepción, Maduro tiene una responsabilidad mayúscula, pues ha logrado superar a su predecesor en las embestidas demoledoras de la democracia y del potencial socio-económico del país.

Venezuela no es que acerca al caos, es que ya está inmersa en él. El caos de la explosión de violencia criminal, de la parálisis económica (¡con el barril de petróleo en 100 dólares!), de la anomia social y en gran medida, también, política, porque la satrapía se está descomponiendo en tribus de violencia represiva, en una especie de regresión primitiva y barbárica. Por eso el caos va camino de un caos en llamas.

flegana@gmail.com

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Crucigrama – Teódulo López Meléndez

 Teódulo López Meléndez 

Me parece haberlo visto entre las ruinas de Pompeya, vecino a las figuras petrificadas por la lava del volcán iracundo, en alguna calle desolada apenas incidida por algún turista errabundo. Sí, me parece haberlo visto entre los restos de comida solidificada e inclusive vecino a la fundida estatua de una pareja que hacía el amor. Era un crucigrama, que gracias a una guía espontánea y voluntariosa supe se llamaba “cuadrado sator”, uno que, sin embargo, no indicaba nada de concesión de poder por traspuesto, nada de la designación de una hermana como ministra para aliviar la pesada carga de alcalde olvidado entre los indeseables a los que no se les puede permitir salir de la pobreza pues pueden derivar en oposición.

Un simple pasatiempo, una plantilla para cruzar palabras verticales y horizontales, uno para el cual, no obstante, se requiere habilidad y conocimiento del lenguaje. Tal como un scrabble sobre un tablero de 15 x 15 casillas donde gana el que acumule más puntos. Algo así como capturar tres generales en uno de los países que casi alcanza más trisoleados que el ejército norteamericano o jugar sudoku para romperse la cabeza con una lógica inexistente ingresando los números del 1 al 9 como pueden ingresarse conspiraciones e intentos de magnicidio, tratando de no repetirse, aunque cada día se juegue a fecha en que una “memorable hazaña” fue cometida por el desaparecido sin que hubiese ocurrido la sorpresiva erupción y un escándalo de corrupción perturbase los baños del imperio.

No hay palabras a cruzar en esta Pompeya recalentada por protestas, a no ser por los que luchan denodadamente por recobrar protagonismo y marchan bajo la erupción con un pliego de peticiones que recuerdan a Gustavo Cisneros como gran figura en la autopista frente a la multitud, acompañado de Miss Venezuela de traje típico y de brazos de Osmel Sousa, mientras en el balcón se veía al Secretario General de la OEA junto a Roy Chaderton matando las horas y a un denodado Centro Carter vigilando que el papel se firmaría no se conviertese en algo realizable como un crucigrama. Los tiempos son otros: nuestras mujeres bellas caen muertas o se les ve iracundas en un desafío que no tiene nada de sudoku.

La diplomacia carcomida gusta de empezar los crucigramas con la palabra “diálogo” y procurar derivaciones. La palabra en cuestión permite degenerar la palabra a nivel de una pimpina desde la cual Poncio Pilatos vertió el agua en una ponchera. Es cómoda la palabra, especialmente si ya ha sido utilizada como argucia por el régimen al cual se llega con entrañable simpatía. Siempre hay gente dispuesta a jugar al crucigrama. Lo está, porque siempre ha jugado a realizar el crucigrama y el sudoku termina en 9, sólo que representando el final de la segunda década del siglo.

El derecho se hace palabreja y la conjunción vertical, de arriba hacia abajo, como una daga rasga cualquier posibilidad de idioma, porque en el arriba del hemiciclo sólo hay orden de silencio, de gritos sobre “fascistas” y, por ende, se levanta la inmunidad parlamentaria a gusto, a voluntad, a decisión unipersonal del co-dictador. Uno recuerda nadie se entrega a una dictadura, uno recuerda lo que dijeron los perseguidos del ayer sobre el deber de mantenerse libre o de imponerse el pensamiento, 24 horas sobre 24, de tratar de fugarse. Uno recuerda dónde el perseguido o la perseguida puede rendir mayor utilidad, por ejemplo viajando, sin pedir aún el asilo, hablando allí y acullá.

No hay crucigrama repetido. Las palabras con acento venezolano que cruzan el mundo son otras. La mirada del mundo, por encima de la diplomacia ramplona, habla de un deterioro irreversible, como tampoco es la misma dentro, dónde se nota una caída vertiginosa en el apoyo popular que espera tarjetas de racionamiento, precios inimaginables de los productos básicos y cansancio de llevar silla y sombrilla a la espera del acto normal de comprar comida. En las colas no se hacen crucigramas, más bien se cocina la ira.

El precio ha sido alto, altísimo, aún con letras de cambio por pagar, pero este país, donde una clase dirigente agotada hace crucigramas, las palabras que surgen son para indicar el peor de los temores: una clase dirigente nueva se asoma no a jugar.

tlopezmelendez@cantv.net

El comunismo: parto con violencia – Trino Márquez

Trino Márquez

La violencia que ha sacudido al país durante mes y medio ha sido para aplastar la resistencia que distintos sectores de la vida nacional han levantado frente al modelo comunista que trata de imponer el tándem cubano-venezolano  instalado en Miraflores desde 1999. A lo largo de este ciclo en la vanguardia se han alternado distintos sectores.

Hoy la línea más avanzada del enfrentamiento al totalitarismo  la ocupan  los estudiantes universitarios. En la etapa que comienza el 10 de diciembre de 2001 y concluye con los sucesos del 11 de abril de 2002 y los días posteriores, las fuerzas motrices del cambio  estuvieron encarnadas por los sindicatos, los gremios empresariales y amplias capas de las clases medias, movilizadas en gran escala para conjurar las amenazas comunistas que aparecieron cuando Hugo Chávez pretendió apoderarse de la educación  primaria y aprobó aquellas 49 leyes que exacerbaban el morbo del estatismo. Más tarde, con la Coordinadora Democrática y la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) reaparecieron en rol protagónico  los partidos políticos, quienes impulsaron la lucha contra los delirios comunistas que se agudizaron en la fase final  del caudillo.

La trayectoria durante toda esta etapa podría resumirse señalando que, por un lado, la élite gobernante trata de imponer el comunismo, mientras, por el otro, existe una sociedad que aguanta  el embate. Ha habido una lucha desigual, asimétrica, en la cual  los rojos, a pesar de su  poderío,  no han podido aplastar a los ciudadanos; mientras la sociedad  no ha acumulado la energía suficiente para derrotar al régimen, ni lograr cambios sustantivos orientados a restablecer  la democracia y recuperar la economía.

En Venezuela se repite la historia: el comunismo nace luego de un parto violento. En su alumbramiento no hay nada natural, ni espontáneo. Todo es forzado y compulsivo. Esa fue la experiencia de Rusia, Europa Oriental, China, Cuba, Vietnam. Ese esquema centralista, autoritario, vertical y burocrático, únicamente logra implantarse mediante la coacción de un grupo arrogante y déspota. En esa forma de organizar la economía, la sociedad y el Estado, no existe espacio para el consentimiento, la adhesión voluntaria, la persuasión y el consenso. Tampoco para la oposición o la simple disidencia. Los regímenes comunistas poseen un rasgo autocrático y militarista acentuado. Exaltan  el armamentismo, aunque en la neolengua que construyen hablen de paz.

El fracaso del comunismo no es como el de cualquier otro sistema. En una República democrática, los errores de un gobierno pueden corregirse en el siguiente mandato. Los comunistas, además de que dejan a las naciones en la ruina, no permiten la rotación en el Gobierno. Son enemigos de la alternabilidad. Son fanáticos  del poder total, absoluto y eterno. No creen en la democracia, ni en la alternancia. No organizan gobiernos, sino regímenes. No necesitan la aprobación ni la legitimación popular, aunque de vez en cuando la usan para darse un baño de legitimidad. Los comunistas se autojustifican. Les basta hablar de la “revolución”, de los “ideales del pueblo” y del “hombre nuevo” que ellos edificarán a partir de la redención social. En nombre de estos “principios” asumen el control de todas las instituciones que permiten asegurar su continuidad en el poder: el Parlamento,el Poder Judicial,  los órganos electorales, las Fuerzas Armadas, el Banco Central, las dependencias que elaboran las estadísticas nacionales. No hay institución pública  que escape a su control absoluto.

Los jóvenes han decidido asumir con heroísmo y abnegación la resistencia al comunismo. En esta particular batalla que libran no piden reivindicaciones  específicas, como el aumento de las dotaciones estudiantiles, de las becas o el mejoramiento del subsidio al transporte. En esta oportunidad se dirigen a combatir un adversario que los ha dejado sin futuro. Que los condena a la miseria Que los empuja a irse del país porque no les garantiza la seguridad personal, ni la posibilidad de conseguir un empleo estable y bien remunerado o emprender una actividad económica que los independice.

La juventud venezolana no quiere vivir en la frustración en la que ven pasar sus días los cubanos, aplastados durante 55 años por una tiranía petrificada que acabó con tres generaciones. Ese es el espejo en el que se ven nuestros jóvenes, quienes se niegan a ser víctimas sumisas de los gamonales que se entronizaron en el poder.

@trinomarquezc

Santos y el malestar militar en Colombia – Eduardo Mackenzie

   Eduardo Mackenzie

El 17 de marzo pasado, dos días después de que el presidente-candidato Juan Manuel Santos, 62 años, declarara que pretender derrotar a las Farc es una “utopía”, el general Jorge Segura, comandante de la Tercera División del Ejército de Colombia, que realiza en estos momentos una ofensiva contra esa guerrilla comunista en el sur del país, objetó: “Las Fuerzas Militares le están ganando la guerra a las Farc”. El no dijo que esa era su réplica a lo dicho por Santos. Empero, el tono y la cercanía de los dos enunciados sí permite pensarlo.

Aunque la prensa de Bogotá guarda silencio absoluto sobre las tensiones que existen entre JM Santos y las Fuerzas Armadas, ese fenómeno ya es inocultable. La bronca surge desde que Santos decidió abrir unas negociaciones “de paz” muy opacas con las Farc en La Habana, en octubre de 2012, bajo el patrocinio de las dictaduras de Cuba y Venezuela.  Nadie le había pedido a Santos que abriera diálogos con el narcoterrorismo, pues su mandato era para que continuara, por el contrario, la obra de aniquilamiento de éste y de restauración de la seguridad, iniciada con gran éxito por su antecesor, el presidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010).

Empero, Santos tomó otro camino. Prometió que esos diálogos le traerían la “paz definitiva” al país al cabo de seis meses. En realidad,  esos contactos ya llevan más de un año y medio sin que se vea el final del túnel. La temática, precisa y limitada al comienzo, se transformó en un abanico de cuestiones que no se sabe hasta dónde irán. Pues todo es secreto.  Por lo que logra saber la prensa, Santos está negociando cambios estratégicos, es decir el sistema económico, político, social y militar del país.

Las Farc  dicen que no entregarán las armas, que no repararán a sus víctimas, ni pagarán un día de cárcel por sus crímenes. En cambio, entre otras cosas, piden millones de hectáreas de tierra con sus poblaciones (es lo que llaman “zonas de reserva campesina”) para continuar sus negocios, y disponer en las ciudades de una infraestructura política y mediática descomunal (curules en el Congreso, un periódico, una radio y una televisión) para difundir su ideología y su retórica totalitaria. Así, la negociación “de paz” no sería para que la subversión adhiera al sistema democrático sino para que Colombia acepte las ambiciones de las Farc. Tal manipulación del sentimiento de paz hace que los altos mandos, y gran parte de la ciudadanía, vean con horror la perspectiva que se está perfilando en Cuba.

Ese malestar se agravó a comienzos de febrero. Un semanario pro santista acusó a la inteligencia militar de estar “espiando” a los negociadores de Santos  en el “proceso de paz” de La Habana. La revista decía haber “hallado” en Bogotá la oficina clandestina desde donde los militares hacían esas intercepciones “ilegales”.  Antes de que la investigación judicial terminara, Santos ordenó la destitución y el traslado de varios generales, entre ellos del general Leonardo Barrero, comandante de las Fuerzas Militares. Después se supo que la acusación de la revista era inexacta y que no había nada de “ilegal” en esas  actuaciones. No obstante, Santos desorganizó  el grupo militar que monitoreaba a las Farc en Cuba, y cambió el alto mando militar y policial del país. Tal medida fue percibida como una concesión a los enemigos del Ejército, y así lo hizo saber Acore, la principal asociación de militares retirados.  El General Barrero había hecho saber a Santos que no se podía negociar la “reducción” del Ejército de Colombia en La Habana, como quieren las Farc.

Incluso un miembro de la negociación en Cuba, el general (r.) Jorge Enrique Mora Rangel, se molestó con la campaña estigmatizadora contra las Fuerzas Militares y con la llegada de conocidos narcotraficantes a la “mesa de diálogo”. El general Mora llegó a sugerir que se retiraría del diálogo pero Juan Manuel Santos evitó su salida. Poco después se supo que el general Mora le había confesado al general Barrero que los dos principales negociadores de Santos, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, “se reunían con las Farc a tratar ciertos asuntos, reuniones a las que Mora no era invitado o, mejor, de las que era excluido”.

En esos mismos días, el vocero de uno de los partidos que colabora con el gobierno de Santos, propuso algo que alertó de nuevo a los militares: que una vez se firme la paz los guerrilleros de las Farc conformen una “guardia nacional” para descargar al Ejército de la tarea de vigilar las fronteras y las carreteras del país. De hecho, en esas regiones fronterizas, las Farc están proponiendo a las poblaciones de los dos países erigir “comités antiimperialistas” de lucha contra los acuerdos militares firmados entre Colombia y Estados Unidos.

La fuerza pública colombiana  vive una cruel paradoja. Desde hace más de cinco décadas ella ha tenido que hacerle frente y derrotar a varias guerrillas marxistas, organizadas por la URSS, la China maoísta y Cuba. Hoy le queda por vencer a dos de ellas: las Farc y el Eln, las bandas criminales  más sangrientas y depredadoras que haya conocido el continente americano. No obstante, el respaldo moral y jurídico que le debería dar el Estado colombiano a sus fuerzas armadas es deficiente. Los miembros de la fuerza pública no pueden votar en elecciones y el presupuesto de Defensa, durante 40 años,  fue paupérrimo. Sólo desde 2002 éste comenzó a ser reajustado para alcanzar un nivel aceptable. Y lo peor de todo: el Estado colombiano sigue negando hoy a las Fuerzas Militares el principal derecho que los regímenes democráticos le otorgan a sus fuerzas de defensa: el fuero o justicia militar.

Esa grave falla jurídica le facilita la tarea al narco-terrorismo. Este organiza montajes y procesos penales de hostigamiento, basados casi siempre en falsos testigos, cinco y diez años después de los hechos, contra miles de militares que son llevados así a cárcel y a la miseria. Todo ello debilita la moral de las tropas y paraliza las mejores unidades de combate, sin que esto preocupe especialmente a los poderes públicos.

Los tres procesos más absurdos, tramitados por jueces  civiles fanatizados  que violaron todas las reglas de derecho, afectan al general  Jesús Armando Arias Cabrales y al Coronel Alfonso Plazas Vega, condenados a 35 y 30 años de cárcel respectivamente. Ellos son los dos grandes héroes de las fuerzas que derrotaron el ataque del M-19 contra el Palacio de Justicia de Bogotá, el 6 de noviembre de 1985,  en el que los asaltantes secuestraron a 350 magistrados, funcionarios y empleados, matando a 42 de ellos y a 11 militares y policías. Ningún jefe de esa banda terrorista fue a dar a la cárcel, pero sí los jefes militares que rescataron ese día a 260 rehenes. El tercero, el general José Jaime Uscátegui, fue acusado de no haber impedido la masacre de Mapiripan, cometida por una banda criminal en 1997, aunque desconocía los planes de ésta ni tenía mando sobre las tropas de ese lugar. Todo eso está probado y aún así, el general fue condenado a 40 años de prisión, en 2009, aunque había sido absuelto en 2007.

Precisamente, al momento de escribir esta nota, Acore y otras asociaciones de la Reserva Activa lanzaban una campaña, ante la sede de la OEA en Bogotá, para protestar por la “falta de garantías judiciales contra el General Uscátegui y demás miembros de la fuerza pública injustamente procesados”.

El 16 de marzo de 2014, una radio de Bogotá informó que el Ejército, a través de un comunicado, había rechazado las acusaciones de la prensa y pedido “que se respete el debido proceso”, de los oficiales que son investigados judicialmente.

En ese turbio contexto psicológico-judicial, otro hecho de sangre aumentó el sentimiento de fastidio de los militares contra el gobierno de Juan Manuel Santos.

El 16 de marzo, las Farc capturaron, torturaron y degollaron en Tumaco a dos policías desarmados. El Mayor  Germán Mendez y el patrullero Edilmer Muñoz fueron atados a un árbol y ultimados con garrotes y cuchillos. El Presidente se contentó con criticar lo ocurrido y no suspendió los diálogos de La Habana como muchos le exigieron. El ministro de Defensa y un agente de la ONU pidieron a las Farc entregar los asesinos de los policías. Estas justificaron su nuevo acto de barbarie y culparon al Estado.

Ante la actitud de Santos, Oscar Iván Zuluaga, candidato presidencial del Centro Democrático, el principal partido de oposición, anunció que enviará una comunicación a la Fiscal General de la Corte Penal Internacional de La Haya sobre el “macabro asesinato” de los dos policías y reiteró la exigencia de suspender las negociaciones. Si el presidente quiere unos diálogos “debe exigir el cese de toda acción criminal”, recalcó.

Hay pruebas de que las Farc, al mismo tiempo que dialogan con Santos en Cuba, dirigen desde allá la guerra contra Colombia. Este 6 de marzo, el periodista Ricardo Puentes difundió una conversación telefónica en la que Iván Márquez, el jefe negociador de las Farc, ordena explotar la bomba que mató a un civil en Pradera, Valle, el 16 de enero de 2014, y dejó gravemente heridas más de 60 personas. Otro “negociador” de las Farc en La Habana, Rodrigo Granda, había mentido al negar que las Farc hubieran cometido ese crimen. El gobierno de Santos guardó silencio sobre la revelación de Puentes.

“¿Qué pensarán los miles de soldados, suboficiales y oficiales que todos los días arriesgan sus vidas para protegernos de las Farc?”, se preguntó otro periodista, Ricardo Galán, al saber que el presidente Santos estimaba que “pretender acabar totalmente con el último guerrillero es una utopía y nos tomaría otros 50 años”. Galán concluyó: “A juzgar por sus propias palabras, el presidente Juan Manuel Santos no confía en las Fuerzas Militares que comanda”.

No confía aunque éstas ya han desbaratado varias guerrillas y anti guerrillas en el pasado y lo estaban haciendo con las Farc cuyos jefes fueron obligados a esconderse en los países vecinos. Ese mal trato  se debe quizás a que las Fuerzas militares de Colombia son legalistas y profesionales (ellas sólo dieron un golpe militar en el siglo XX que duró cuatro años) y respetan el poder civil a pesar de la incuria y abusos de éste. Nadie dice que hay de nuevo un ruido de sables en Colombia. Sin embargo, Santos podría estar jugando con fuego al prolongar un juego ambiguo de golpes y elogios a los militares sin responder seriamente a sus demandas de protección judicial y de transparencia en sus negociaciones con las Farc y en sus relaciones con la tiranía de Caracas.

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La recomendación de Rómulo a AD: Enfrentar la dictadura o callar para siempre – Antonio Sánchez García

  Antonio Sánchez García

A los compañeros de Acción Democrática

                Si caben paralelismos entre las coordenadas de las grandes crisis históricas, uno de ellos que podríamos reivindicar quienes nos ocupamos del oficio de la memoria para compararlo con las tribulaciones del presente, sería sin duda el que confrontase las tribulaciones y desesperanzas del año que precediera a la gran insurgencia popular que diera al traste con la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez en enero de 1958 con la que súbitamente ha eclosionado en este estío al acecho rico en siembra de brutal violencia y en cosecha de homicidios. La misma acumulación de lava interior aumentando de temperatura sin que su densidad y su eventual potencia explosiva pudiera ser medida desde la aparente quietud de las superficies: la indignación y la protesta contenidas. El mismo protagonista central de los eventos: la generosa y patriótica juventud venezolana. El mismo aparataje policiaco militarista. Con una diferencia abisal: la presencia criminal, ofensiva y humillante de las fuerzas represoras cubanas y la abyecta obsecuencia de la camarilla de uniformados ladrones, narcotraficantes y mercachifles que medran a escala planetaria de los ya exangües recursos de la vaca petrolera. En ese, entre otros muchos aspectos, la dictadura castrista que se intenta imponernos por la fuerza de las armas es infinitamente más perversa, más cruel y más devastadora que la de Pérez Jiménez. Así sobren las conciencias menguadas del hemisferios que se niegan a reconocerle ese su carácter genéricamente dictatorial.

Como hoy, muy pocos hubieran sospechado que la dictadura siempre triunfante de la mano de monumentales fraudes electorales, perfecta o torpemente implementados, exactamente como la que hoy no encuentra otros atajos que la violencia, traspasaría la raya amarilla de la brutalidad y agotaría su capacidad adquisitiva de conciencias para verse atropellada por un gigantesco oleaje de indignación y rechazo. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que el almirante que celebraba la cena navideña con el tirano, uno de sus altos oficiales de confianza, exactamente a un mes de distancia estaría presidiendo una Junta de Gobierno. Ni que el todopoderoso de hacía unas horas escaparía arrastrando sus valijas cargadas de dólares ante la sarcástica advertencia de su segundo de a bordo, que le susurraría en medio del atronador rugido de las multitudes que asaltaban la Seguridad Nacional en búsqueda de esbirros y torturados: “vámonos, general, que el pescuezo no retoña…”.

Toda historia es, por definición, inédita y sus desenlaces sorprendentes. Pero sus expresiones suelen ser menos idiosincráticas de lo que parecen. Lo que ha permitido establecer una suerte de anatomía de las tiranías y sus fracasos, derrumbes y agonías. Buceando a la pesca de paralelismos se han escritos las grandes obras de la historia de las civilizaciones, desde Tucidides a Flavio Josefo y desde Spengler a Arnold Toynbee. Detrás de la caída y decadencia del Imperio Romano late el ascenso y derrumbe del Tercer Reich. Así fuera, como bien lo señalara Max en el 18 Brumario, como farsa o comedia de la tragedia originaria.

De allí la tentación de ver en este fin de ciclo y derrumbe arrasador de las viejas certidumbres – se hunden la IV y la V Repúblicas abrazadas en la impotencia de su renovación – un reflejo especular de esa década tenebrosa de muerte y desolación en que la inmundicia militarista asesinara a grandes líderes populares y encadenara en sus cárceles a la flor y nata de nuestra juventud política y universitaria. ¿Cómo olvidar a Leonardo Ruiz Pineda, a Alfredo Carnevali, a Pinto Salinas? ¿Cómo olvidar al medio centenar de mártires cuyas vidas fueran sesgadas de manera brutal y asesina por el hamponato de la criminalidad y las Fuerzas Armadas en este turbio período de nuestra historia?

Pero a desmedro de la calma chicha y la soberbia arrogante y desfachatada del poder de las armas se incubaba entonces, exactamente como ahora, el gigantesco despertar de una generación que llegado el momento – ni un día antes ni un día después – derribaría las falsas columnas del templo y volvería, una vez más, a rescatar a Venezuela de sus abismos. Exactamente como entonces, pero ahora con la ira no de unos millones de venezolanos, sino con la indignación de un pueblo entero que los arrasará sin remedio, empujándolos al lugar del que jamás debían haber escapado: el basurero de la historia.

En muchos aspectos, esta dictadura es muchísimo más destructiva y servil. Aquella tenía obras y tareas cumplidas que aún resisten las miserias del tiempo y pueden ser exhibidas como ejemplo de progreso y modernidad. Mientras ésta no exhibe más que derroche, despilfarro, saqueos, asesinatos, crímenes y prostitución a destajo. De estos tres lustros de infamia no habrá un solo hecho, ni un solo gesto, ni una sola institución u obra que rescatar de la inmundicia. Serán barridos de la historia sin dejar tras su paso más que la podredumbre y la incuria. La muestra de que en lo profundo de nuestra sociedad acechaba la escoria dejada por el paso de la modernidad.

Aún así: a ocho meses del desenlace de aquella dictadura represora y asesina la máxima conciencia posible de la oposición democrática no dudaba ni un instante en calificar a aquel régimen de dictatorial ni en arrepentirse de no haber asumido las armas y enfrentarla exactamente como lo estaba haciendo Fidel Castro con Fulgencio Batista desde la Sierra Maestra. Incluso – como lo confiesa sin presunciones ni soberbias el 21 de mayo de 1957 a sus por entonces más cercanos y fieles compañeros de partido Luis Augusto Dubuc y Carlos Andrés Pérez -, con muchísimo mayor éxito: “Lo que está haciendo Fidel Castro, y con mucho más éxito, debí hacerlo yo en 1950.” Es la voz amarga de un hombre que desde el exilio rumia su desesperación ante la pasividad que observa entre sus camaradas dirigentes inculpándose a sí mismo incluso de complicidad  por haberse dejado arrinconar por las presiones de quienes refrenaban sus pulsiones revolucionarias: “He tenido algún trabajo en estos años y rumiado mucho desagrado; sobre todo, ando con el reconcomio de haber sido víctima,  o cómplice, de una serie de presiones, desde el interior del país, y desde el exterior, para haber dejado de cumplir con el deber de hacerle la revolución a esa gente.” “Esa gente”, los Pérez Jiménez, Los Vallenilla Lanz, los Luis Felipe Llovera Páez y su corte de paniaguados equivalían a los Diosdado Cabello, a los Nicolás Maduro, a las Luisa Ortega Díaz, a los Rafael Ramírez, a los generales del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, a los asesinos de la Guardia Nacional, a los empresarios ladrones, a los bufones de la corte, a los invasores cubanos, a Fidel y Raúl Castro, a los que en su momento sacara a patadas de esta miserable OEA y venciera con coraje, virilidad y hombría en los campos de batalla.

La amargura y arrechera de Rómulo Betancourt lo lleva al extremo de insistir en que, si de esa fecha – 21 de mayo de 1957 – a principios de 1958 no se le ha dado un parao a la dictadura de manera “evolutiva o a la brava” – son sus palabras textuales – , vale decir: legal, constitucional, pacíficamente, o insurreccional, violenta, revolucionariamente” lo decente sería cerrar la boca y callar para siempre: “Es más: si en el 57 o comienzos del 58 no hay solución al problema venezolano – evolutiva o a la brava – no nos quedaría otro camino sino el de ponernos un bozal, y no hablar más en el exilio de los atropellos, etc., de aquella gente. Por propio respeto, tendríamos que callarnos definitivamente.”

@sangarccs

La pesadilla de cierta oposición (y del poder) – Federico Boccanera

FedericoBoccaneraLaPatilla

 Federico Boccanera

La oposición oficialista y su cortesanos, aquella que niega la dictadura y la dominación cubana, y nos pide darle seis años más de “paz y diálogo” a la opresión para consolidarse aún más, porque no otra cosa puede ofrecer desde su espantosa limitación histórica, ha venido dando muestras ocasionales de cierto temor, aunque sin exponerlo abiertamente (precisamente porque es algo que realmente teme).

La verdad es que la oposición, sí se ha dividido: por una parte tenemos a una oposición prácticamente institucional, que reconoce a Maduro como presidente legítimo, no considera relevante el asunto de su nacionalidad, desdeña la colonización cubana en el poder, el avance totalitario a todas luces, y además, le reconoce validez e idoneidad a instituciones como el CNE, hasta el punto de contar con ella para basar enteramente su eventual proyecto de conquista del poder por la vía electoral, porque al fin y al cabo para esta oposición del establishment, el de Maduro tan sólo es un “mal gobierno”.

Una oposición comensalista, que se ha mostrado muy insistente en condenar la “protesta violenta” y proponer debate y diálogo con la tiranía, sin importar que con eso arrastraría a toda una colectividad hacia una trampa tenebrosa… certeza esta que no parece incomodarla (le incomodan las guarimbas, pero esto no, y asesores que viven calculando porcentajes y timings, ese “cálculo” de preservación de la dignidad y de respeto hacia quienes representan, se abstienen de hacerlo).

Una oposición que no sabe cómo dejar de ser cogollera y mediática, una oposición de redacción, sala de conferencia y comando, que aun sufriendo por la privación de su vida televisiva de sol a sol, se mantiene hostil y contraria a la calle, a la protesta, y a cualquier forma de movilización ciudadana que no sea la de procesiones estandarizadas y rutinizadas, campañas electorales y elecciones del sistema.

Pero existe otra oposición política que se ha comenzado a diferenciar, la de líderes perseguidos como los de Voluntad Popular y María Corina Machado, y otros de proscripción pendiente como Antonio Ledezma y Alberto Franceschi, que llevan un buen tiempo hablando con claridad, o han comenzado por fin a hacerlo, una oposición que no subestima la inteligencia de la gente, que no menosprecia el drama que vive, que no reduce sus exigencias a una categoría mercadotécnica de “calidad de vida” (o peor aun, de puro estómago) y sobre todo, que se ha tomado el trabajo de explicar la importancia absoluta de la libertad, como el criterio imperativo para validar la lucha política y ciudadana contra el régimen madurista.

Esta oposición disidente, en trámite de ser declarada “enemiga del pueblo” (o sea, del estado), ha logrado sintonía con todo un sector de la sociedad en creciente y heroica insurgencia: con la resistencia a la opresión que se ha manifestado en el movimiento estudiantil y vecinal a nivel nacional, y con la desobediencia civil que se ha manifestado con el pronunciamiento cívico del Táchira y Mérida.

Ahora bien: ¿Cuál es la pesadilla?

La pesadilla es esta: si las protestas de todo tipo y modalidad no cesaran, y llegásemos al cabo de un tiempo a una situación de ingobernabilidad creciente, y de conflicto abierto e irreversible de una buena porción de la sociedad con el régimen, en esas circunstancias, una verdadera alternativa de poder pudiera aflorar o terminar de surgir, incluso súbitamente, e imponerse con velocidad de fuego e intensidad viral. Para lograr eso le bastaría con descifrar el mar de fondo y encontrar las palabras que aún esperan por brotar del inconsciente colectivo; la proclama inspiradora que logre captar y proyectar el desafío de los alzados.

Esto no es fantasía, esto podría pasar, sería desde luego un evento excepcional, pero no tendría nada de misterioso o rocambolesco: mucha gente, demasiada gente no se siente comprendida ni apoyada, mucho menos representada, incluso se siente abandonada… estos no son sentimientos “tibios” o antojos temporales, y la persistencia ya de siete semanas, de esta sublevación muy próxima a la rebelión, lo demuestra. Por lo tanto, una oposición de laboratorio, negada a la acción, de discurso agotado y retórica extenuada, podría verse rebasada, incluso quedar totalmente superada, por su “electorado”…

Esta es la pesadilla de la oposición oficialista, y su corte de beatas.

Y desde luego también lo es, para el centro del poder en La Habana y su consulado madurista.

¿Inverosímil? Ellos saben que no es así. Saben incluso que esto ya ha estado a punto de ocurrir, y sólo por una insuficiencia coyuntural se han salvado. Por eso la campaña apaciguadora, de criminalización de guarimbas y barricadas, y de llamado al debate y al diálogo que ya comenzaron, se intensificará notablemente.

Además, existe una posibilidad aún peor.

Porque si se llegara en algún momento a un estado de conmoción interna insostenible, al “estado de necesidad” en pocas palabras, el poder alterno que podría salir a poner orden, y salvar lo poco que queda de estado (y de república), podría ser otro, muy distinto…

Otra pesadilla, y esta con fantasmas.

@FBoccanera