Una aparente contradicción – Fernando Egaña

 Fernando Luis Egaña

Mientras el país se sigue desbaratando y desangrando, la hegemonía está sobreviviendo la perdida de su hegemón y Maduro parece ir estabilizando su poder. ¿No es esto una contradicción? ¿No luce contradictorio que si el país va tan mal, el régimen causante de ese mal le vaya bien en términos de su control sobre el estado y la nación?

En realidad se trata de un fenómeno antiguo y eficaz, pues ya los romanos de hace dos milenios sostenían aquello de “paupera et impera” o empobrece e impera. Lo que adaptado a la tragedia venezolana del siglo XXI, debe entenderse como somete y controla, haz dependiente y domina, burocratiza e impone.

Tal cual ha sido la ejecutoria de la hegemonía roja con la constante asesoría y aprovechamiento de la satrapía castrista. Y también con cierta incapacidad para comprender la naturaleza de la hegemonía imperante, por parte de importantes sectores políticos y opináticos de oposición.

El pueblo venezolano se encuentra, en su conjunto, encadenado al estado hegemónico, mal llamado “revolucionario”. Y no es cuestión de un grado mayor o superlativo de dependencia, en relación con otras experiencias históricas, sino de una realidad diferente en carácter y alcance, más propia de los regímenes de vocación totalitaria.

Éstos se especializan en corroer la viabilidad de alternativas políticas. No es que no existan alternativas. Existen. Pero no son apreciadas como viables por una parte considerable de la población. Y el trecho de la incertidumbre a la sujeción no suele ser amplio… El meollo de las “neo-dictaduras”, además, es que el despotismo logra disfrazarse con los ropajes formales de la democracia, lo que se usa y abusa para la auto-legitimación.

El férreo control sobre las denominadas “instituciones”, comenzando por el sistema electoral, el judicial y el comunicacional, contribuyen a fomentar la percepción de que no hay alternativas sólidas o seguras, al menos en los plazos cercanos. Y el montaje progresivo de un socialismo económico también fortalece la dependencia ciudadana a la gestión estatal. En Cuba, por ejemplo, a la tarjeta de racionamiento se la denomina oficialmente como “oferta subsidiada estatal”.

Mientras las personas, las familias y las comunidades se le cierran opciones y posibilidades, más se ven forzadas a depender para sobrevivir. Eso se nota con especial notoriedad en las regiones o periferias más remotas y pobres, donde el estado hegemónico se ha impuesto con más facilidad. Tan es así que en muchos lugares del país, hoy por hoy, no hay espacio para el pluralismo.

Y el fenómeno de la dependencia llega a tal extremo, que muchos voceros y representantes de la oposición política se sienten obligados a participar en las escenificaciones de diálogo que monta la hegemonía, a fin de no parecer intolerantes o contrarios al consenso democrático. El mundo al revés.

Una manera de entender todo esto es como lo plantea Juráte Rosales, cuando se refiere al síndrome de Estocolmo, o más precisamente a un “síndrome social” de Estocolmo, en virtud del cual las hegemonías no sólo se las arreglan para dominar despóticamente sino para que el sometimiento social hasta se transmute en una especie de gratitud.

La contradicción entre un país cayéndose a pedazos y un régimen imperando sobre el desastre, es sólo aparente. En una democracia abierta y plural eso no es posible. Pero en una neo-dictadura sí. De hecho suele ser así. Y tenemos que entender esta nociva realidad para poder enfrentarla y superarla.

flegana@gmail.com

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