Negociar bien la paz: el ejemplo de la Unión Europea

   Eduardo Mackenzie

No se puede negociar la paz entregándole la casa al agresor. Sobre todo si éste ha sido vencido política y militarmente. En el campo internacional contemporáneo no hay un sólo proceso de paz durable que indique lo contrario.

Veamos el caso más importante que existe hoy en el mundo en materia de negociación y acuerdos de paz. Hablo de la construcción de la Unión Europea. Gracias a ese proceso, las naciones europeas han evitado entrar en guerra con ellas mismas desde 1948. Sin embargo, el Viejo Continente era, en forma recurrente, el teatro de numerosos y devastadores  conflictos y mucho antes de la primera guerra mundial.

La Unión Europea (27 países)  es una construcción de paz por las vías pacíficas, no por la fuerza. La UE son diez tratados que han sido negociados concienzudamente y después suscritos y ratificados por los parlamentos de esos países.

La gestación de esa zona de paz y de prosperidad, que hoy hace de Europa la primera potencia comercial mundial,  no cayó del cielo, ni fue un regalo de la Guerra Fría,  ni de la llamada coexistencia pacífica, ni de la política de bloques. La paz vino de la decisión del grupo occidental de preservar la democracia representativa y la economía de mercado, y de proyectar sus valores hacia el universo entero, sin permitir que las ideas totalitarias comunistas tomaran el mando y desnaturalizaran ese horizonte.

Tras el  aplastamiento del Tercer Reich y de la condena mundial de la ideología nazi,  las potencias europeas decidieron superar sus rivalidades, deponer sus nacionalismos belicosos, liberar sus colonias, unir sus esfuerzos y crear, finalmente,  en 1951, una zona de cooperación económica entre dos países, Francia y Alemania, la Comunidad Europea del carbón y del acero (CECA), que se abrió enseguida a otros países. En 1957, con el Tratado de Roma, seis Estados deciden crear el mercado común europeo. La voluntad de construir una Europa de paz siguió su camino y avanzó (tratados de Roma, París, Maastricht, Lisboa y Ámsterdam, entre otros) hacia una fase de integración y cooperación económica, política, diplomática y militar con los otros países del continente, pero únicamente con aquellos que cumplían los requisitos políticos fundadores.

La base de esa construcción de paz fue la derrota del agresor, de la fuerza, de la Alemania de Hitler y de la Italia de Mussolini, primero, y la firmeza ante los desafíos de la URSS durante la Guerra Fría. La paz en ese gran espacio geográfico  no fue el resultado de negociar el futuro con los nazi-fascistas derrotados, ni con los soviéticos en pleno auge expansionista. Por el contrario, fue el resultado de perseverar en una línea de resistencia firme durante la Guerra Fría contra las pretensiones del totalitarismo soviético y de renuncia voluntaria, por otra parte, a las viejas prácticas colonialistas de los principales países de Europa Occidental.

Los anzuelos del sovietismo fueron muchos y muy hábiles. La URSS exigía el abandono de los Acuerdos de París de 1954,  que establecieron la plena soberanía de Alemania Occidental y la adhesión de ésta a la OTAN. Si los países libres europeos hubieran cedido, si hubieran aceptado “negociar la paz” del continente con los agresores, la posibilidad de una Unión Europea defensora de ciertos valores, habría muerto.

En 1954, Moscú  propuso a las potencias occidentales un “tratado europeo de seguridad colectiva” que consistía en hacer entrar el bloque soviético al bloque atlántico. Moscú quería  sacar  así a los Estados Unidos de los asuntos europeos.  Mediante la  propuesta envenenada de una falsa seguridad colectiva, el Kremlin quería paralizar  la OTAN  para dejarle libre juego a las ambiciones del Pacto de Varsovia. Pero la Europa democrática rechazó esa propuesta.  Rehusó abrirle la casa al enemigo. ¿Colombia será capaz de sacar las buenas conclusiones  de esos ejemplos históricos?

La otra estructura que encuadra hoy a Europa es, precisamente, la OTAN. Esta organización militar es sin duda el resultado de la paz americana. Pues la paz en Europa no fue hecha sólo por los europeos. La hicieron éstos con la ayuda formidable de los norteamericanos y de otros países democráticos del mundo anglosajón.  Gracias a la OTAN la paz y el equilibrio inter partes persiste.  Ninguna nación europea puede tener ahora una vocación imperial.  Francia es la gran potencia nuclear europea y pese a ello no se impone sobre las otras naciones, ni sobre los otros ejércitos. El armamentismo incontrolado, la fuerza y las pretensiones imperialistas de los países europeos, fueron eliminados por el proceso de la construcción europea.

La UE es un bloque de paz, pero no es un bloque angelista, ni ofuscado, ni desarmado. Un cierto realismo prima: la suma de los presupuestos de defensa de los países que integran la UE, constituye  el segundo renglón de los gastos militares en el mundo. La OTAN es la organización de la seguridad de la UE, pero la OTAN no habría podido subsistir, tras el fin de la Guerra Fría,  sin la UE.

La paz estuvo siempre amenazada por el bloque soviético. El hecho de haber sido parte del campo vencedor de la segunda guerra mundial explica la duración de ese sistema inviable. Pero con el derrumbe de la URSS, el 25 de diciembre de 1991, desapareció el gran obstáculo para la expansión de la libertad y de la democracia. En 2004 ingresaron a la UE diez nuevos Estados. Ocho de ellos salían del bloque soviético y escapaban a la tutela rusa: Polonia, Hungría, Letonia, Lituania, Estonia,  República Checa, Eslovaquia y Eslovenia. Tres años después ingresaron Bulgaria y Rumania. Ucrania no la podido zafarse de la presión rusa. Hoy el Parlamento Europeo representa 500 millones de personas. El 1 de julio de 2013, la UE se convirtió un espacio integrado por 28 países, tras el ingreso de Croacia.

Si la UE, en algún momento de su construcción,  hubiera entrado en compromisos con sus adversarios ideológicos, la miseria, la guerra y la opresión política habrían regresado al Viejo Continente. Y el mundo habría sido incendiado de nuevo. No se negocia la paz dejando entrar el enemigo a casa.

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