Propaganda envenenada

   Fernando Luis Egaña

Nunca se debe subestimar la capacidad persuasiva de la propaganda de corte totalitario, en particular después de muchos años de incesante bombardeo comunicacional a los sectores sociales y opináticos a los cuales va dirigida de modo preferente. Nunca.

Y el caso venezolano del siglo XXI no debe ser la excepción. Una de las razones por las cuales es un craso error la identificación interesada de la llamada “revolución bolivarista” con otras épocas de la trayectoria política del país, y sobre todo con la República Civil, es precisamente por la presencia omnímoda de la propaganda totalitaria.

Cuando algunos afirman que el régimen imperante no es más que una “versión empeorada” de otras etapas históricas y en particular del período democrático de finales del siglo XX, acaso no se dan cuenta que ya han caído en una de las trampas de la propaganda totalitaria: la dificultad para discernir su naturaleza despótica, esto es su vocación totalitaria, su condición de proyecto de dominación del conjunto nacional.

Toda propaganda, es bien sabido, tiende a exaltar las condiciones y características del producto en cuestión, sea éste de naturaleza comercial, política o cultural. Pero lo propaganda de índole totalitaria, o la que se deriva de un régimen despótico –así se adorne con ciertos ropajes del armario democrático—va mucho pero mucho más allá.

El objeto de esta propaganda es la manipulación generalizada y despiadada de la realidad misma en sus más diversas dimensiones, a fin de satisfacer la prioridad continuista del régimen que la genera e impone. No se satisface con la proyección de un determinado propósito político, sino que busca subordinar la realidad al poder.

Todo se pretende envolver por la propaganda. Nada escapa al ámbito de la propaganda. La ideología, el discurso, los recursos materiales, el proceder concreto, todo se articula con las necesidades y objetivos de la propaganda. De hecho, el conjunto del Estado se transmuta en una gran maquinaria de propaganda.

Y todos los hechos o acontecimientos de la dinámica política, económica y social se procesan con los códigos y matrices de la propaganda, para tratar de convertirlos en abono para la retórica, es decir en evidencia de la propaganda. Y la valoración del entorno pasa a ser una especie de laboratorio para probar su eficacia.

El notorio ministro de propaganda del nazismo, Joseph Goebbels, sistematizó su deshumanizada experiencia y los conocimientos correspondientes en los no menos notorios “11 Principios de Propaganda”, cada uno más despreciativo de la dignidad humana que el otro. En los largos años del oficialismo rojo, la propaganda goebbeliana ha sido y es el alfa y omega de la propaganda estatal.

Muchas veces por estar tan inmersos en esa situación, no nos damos cuenta de sus efectos tan opresivos. Y ello le ocurre a aquella parte de la dirigencia o vocería opositora que pareciera situarse en un ambiente de criticable pero tolerable normalidad democrática, en los que la libre voluntad popular expresada en las urnas es más que suficiente para destrancar los cerros de la jaula despótica.

Como recuerda Francisco Plaza, cuya obra “El Silencio de la democracia” retrata magistralmente el panorama presente de Venezuela, la verdadera esencia de los totalitarismos no es otra cosa que una inmensa y perversa manipulación de la verdad…

De allí la propaganda envenenada y de allí, también, su fragilidad, si se les combate, no desde el relativismo de la mercadotencia mal entendida o las triangulaciones peor aplicadas, sino desde las razones y testimonios de lo verdadero y afirmativo venezolano.

flegana@gmail.com

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