Adiós maestro, descanse en paz.

  Antonio Sánchez García

Conocí a Simón Alberto Consalvi en los furores del deslumbramiento que me provocara Venezuela, un país que venía a desmentir la afirmación de Jorge Luis Borges, según el cual – genio y figura del pesimismo ancestral de la inteligencia -, los únicos paraísos reales eran los paraísos perdidos. Recibir el estruendo escandaloso de la luz, de la calidez, del verdor selvático y exuberante de Venezuela sólo podía ser superado por la generosidad asombrosa de sus gentes. Desenfadadas, alegres, desinteresadas, sensuales, desprejuiciadas y talentosas. Para quien llevaba en la sangre la tristeza y el pesar oceánicos de los chilenos y acababa de vivir una larga pasantía por las graves y solemnes universidades alemanas, aterrizar en Caracas resultaba una aventura prodigiosa.

Todavía ultraizquierdista, maniqueo ilustrado en la filosofía alemana del materialismo dialéctico, tuve que rendirme a la evidencia de que Venezuela no calzaba en los moldes del materialismo histórico. Un gobierno democrático dirigido por líderes de extracción popular se ocupaba de los pobres como miembros de una misma familia, apurando la alfabetización y premiando con becas en las mejores universidades del mundo – otorgadas sin más miramientos también y sobre todo al extremismo marxista – una movilidad social que no había visto en mi vida. Era, sin duda, una tierra de gracia. De la que con todos sus humanos errores y sus inevitables defectos con absoluta razón el gran Almirante podía presumir encontrarse al Este del Paraíso.

Fueron los años más felices de mi vida. Acuciado por la filosofía escolástica, la carrera académica y los prejuicios sacerdotales de la congregación marxista, recibí en unas muy azarosas circunstancias una propuesta que venía a coronar la impresión de la infinita generosidad de los venezolanos, de la que tuviera la primera prueba cuando el Profesor José Rafael Núñez Tenorio, la noche misma de mi llegada y debut como ponente en el XX Congreso Latinoamericano de Filosofía y cuando aún no desempacaba mi modesto equipaje me ofreció una cátedra en el posgrado de la Escuela de Filosofía de la UCV, que él dirigía.

Tiempo después un ministro del Interior afable y sonriente, culto, amante de las artes y de un saber multifacético, inimaginable en uno cualquiera de sus congéneres en gobierno alguno del mundo, divertido por mi fascinación por el país cuyo orden y policía estaba obligado a coordinar, me espetó a bocajarro: ¿por qué no te venezolanizas? A la semana siguiente, en un acto protocolar en uno de los salones de Miraflores, me hacía entrega del decreto de nacionalización. Ese hombre que me regaló una segunda Patria era Simón Alberto Consalvi. ¿Cómo no amarlo?

Fue Simón Alberto en gran medida el culpable de mi compromiso existencial con Venezuela. Me permitió, a mí, un ex mirista chileno de Magnum Parabellum, volver a valorar en todo su esplendor el significado incalculable de la libertad, permitiéndome entrar, salir y pasearme por los pasillos del Ministerio de Relaciones Interiores como por mi casa. Algo para mí inimaginable en mi país de origen. Admirando esas maravillosa telas de Zapata, su entrañable amigo, del chino Hung y de tantos grandes pintores y dibujantes venezolanos, mexicanos, colombianos. Bajo su sabia coordinación, el Ministerio de Relaciones Interiores se había convertido en un museo. Años después, en su quinta de El Alto Hatillo, un grabado de Piranese, comprado en sus tiempos de embajador en Washington, fue tema de largas conversaciones. Entre tazones de café andino y el humo de sus habanos, de los que no se separaba desde sus tiempos de destierro en Cuba.

Pero además del polígrafo y amante de las artes, de la pintura, de la literatura, de la escultura: EL POLÍTICO. Estuve en sus cercanías cuando manejó de manera admirable el sórdido episodio de Cararabo. Respetado por tirios y troyanos: tolerante, flexible, con un inmenso savoir faire y una elegancia dignas de un gran estadista. Lo vi en su calidad de presidente encargado haciéndose cargo de la provocación del tanquetazo con el que el golpismo castrochavista, ya a fines del gobierno de su amigo Jaime Lusinchi, lanzaba su primer globo de ensayo en su propósito de destruir las instituciones, sembrar el odio y sobre la sangre de la discordia hacerse con el legado de siglo y medio de República.

Luego que abandonara el terreno inmediato de la acción desde los más altos sitiales de la política venezolana, verlo dirigiendo junto a Miguel Henrique Otero esta magna obra de la civilidad que es EL NACIONAL fue como un bálsamo en estos tiempos de oscuridad. Me sentí honrado cuando me pidió escribiera la biografía de Madariaga para esa extraordinaria obra editorial que es la Colección Biográfica que llevara a cabo junto a su leal y entrañable amigo Carlos Hernández Delfino y la colaboración de un grupo de intelectuales de primera línea, bajo los auspicios del Banco de El Caribe y la Editora El Nacional.

Era posiblemente el pensador político de más fuste del reservorio democrático del país. Un hombre que hubiera merecido los más altos designios para el bien de una Patria desangelada, hoy a la deriva, poseída por sus peores demonios. Desde el Movimiento 2 de Diciembre, Democracia y Libertad, M2D, que fundara junto a un grupo de personalidades democráticas llevó el pulso diario del quehacer político nacional con las más profundas, sensibles y acertadas reflexiones, publicadas dominicalmente en EL NACIONAL

¿Cómo no sentirse anonadado por su inesperada desaparición? Uno de los más destacados intelectuales, académicos, diplomáticos, políticos, historiadores y periodistas de nuestra Patria se nos ha ido cuando más lo necesitábamos. Su muerte acongoja a un país que anhela ver cumplidos sus anhelos de paz, de concordia, de reconciliación.

Adiós, Maestro. Descanse en Paz.

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