La revolución traicionada

  Antonio Sánchez García

 

“Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?”

 Trotsky desde el exilio, refiriéndose a Stalin (1938).

 

 

 

1

 

                León Davidovich Bronstein, Trotsky, usó por primera vez en 1936 y en el contexto del marxismo leninismo, el concepto de traición para titular una de sus obras y referirse no a un hecho o acontecimiento cualquiera, sino al más importante proceso histórico del siglo XX, la revolución bolchevique, esa que sacudiera al mundo en los diez días más fulgurantes de 1917. Un acontecimiento apenas advertido mientras tenía lugar en una Europa que vivía los estertores de la Primera Guerra Mundial y aún no despertaba de las carnicerías que hundieran en el fango, la nieve, el lodo y la sangre a millones de europeos.

 

                La acusación revestía tal gravedad y representaba un desprestigio de tales dimensiones al régimen soviético, dada la estatura política e intelectual del acusador, segundo hombre más importante de la revolución bolchevique después de Lenin, sometida por esos años a la barbarie totalitaria de Joseph Stalin, que éste no cejó en su empeño por asesinarlo, sin descansar hasta asestarle un espolonazo mortal en la nuca usando a uno de sus más despreciables esbirros, el catalán Ramón Mercader.

 

                Era una acusación de trascendencia universal. Pues para Trotsky, siguiendo al pie de la letra el impulso ecuménico del comunismo postulado por Marx y Engels en su manifiesto de 1848, la revolución debía involucrar a la humanidad en su conjunto, asumir a plenitud la totalidad de los logros civilizatorios de la cultura europea sintetizados en el sistema capitalista burgués, apuntar a la superación radical de su esquema de dominación sociopolítico, hacer absolutamente innecesarios el Estado y su naturaleza discriminatoria y represiva y dar paso a la materialización de la utopía perseguida desde tiempos bíblicos por el hombre, recién universalizados por el lema de la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad.

 

                Una sociedad libre de toda alienación, sin atisbos de la explotación del hombre por el hombre y en la que, de acuerdo a la máxima del creador de la doctrina, de cada cual se obtendrían los frutos de su capacidad creadora y a cada cual se le entregarían los frutos necesarios para una vida libre de penurias y estrecheces. De cada cual según sus capacidades. A cada cual según sus necesidades.

 

                Tras veinte años de implacable y aterrador dominio bolchevique, Trotsky no advertía ni sombras de tales postulados. La Unión Soviética era un campo de exterminio, una cárcel de dimensiones continentales, una aterradora dictadura poseída por el afán de dominio de un autócrata feroz, sin otro objetivo que asentar su dominio, el imperio soviético. La traición desvirtuaba un propósito universal. Hacía, de la utopía revolucionaria, un escarnio. De su humanismo, una carnicería. De la libertad, la igualdad y la solidaridad un sueño imposible.

 

 

 

2

 

                A punto de cumplirse un siglo de esa insólita y devastadora aventura, ninguna de las revoluciones realizadas bajo los auspicios del marxismo leninismo – la china, la vietnamita, la coreana, la cubana, ni ninguno de los regímenes impuestos a la fuerza por la hegemonía soviética sobre los países del este europeo – alcanzó ni atisbos de esos propósitos humanitarios. Todas ellas, sin excepción ninguna, terminaron empobreciendo a sus pueblos, sembrando el odio y la destrucción entre hermanos, contribuyendo al caos y la disgregación de las naciones, empujando a la guerra. Ni paz, ni justicia, ni igualdad ni solidaridad. Ruina, miseria, desolación y devastación. Muy a pesar del propio Trotsky, y de algunos de sus seguidores que aún hoy, después de setenta y siete años de su feroz crítica, consideran que la revolución bolchevique fracasó por no ser suficientemente revolucionaria, el problema ha demostrado ser infinitamente más profundo: la idea misma de revolución, como la plantearan Marx, Engels y  Lenin, la del propio Trotsky, era un fracaso inmanente a su propio concepto, a su propia naturaleza, un insuperable error de principio: toda revolución desconocía y desconoce que no existe otra forma de avance y progreso y, por lo tanto, de satisfacer las necesidades del hombre en tanto ser social que el que la humanidad ha desarrollado por su propia cuenta y sin la ayuda de genios y cerebros iluminados, poseídos por la feroz ambición de convertirse en dioses: resolver el día a día gracias a las fuerzas materiales que el hombre ha ido construyendo al paso de su evolución histórica: el mercado, la propiedad privada, el libre intercambio de bienes. 

 

                Así, tras siglo y medio de gigantescos desafueros y un desvío equinoccial por sus cotidianas certidumbres, dejando cientos de millones de cadáveres y océanos de sangre, sudor y lágrimas a su vertiginoso paso, el hombre vuelve a amanecer en donde se durmiera en 1848: yendo a trabajar para ganarse el pan y luchando por hacer progresar a los suyos con su esfuerzo, en un intercambio permanente de trabajo y creatividad con sus contemporáneos.

 

                Lo hace, además, allí donde se le permite porque imperan la sensatez, la cordura y la inteligencia, dentro del mejor de los sistemas de dominación política inventadas tras milenios de historia y sufrimientos humanos: democráticamente. Acordando por consenso y bajo el mayor número de libertades públicas posibles quién de entre los suyos asume la dirección de los asuntos públicos. Velando siempre por limitar mediante el uso de la ley y la racionalidad la natural tendencia del hombre hacia el abuso, la imposición, la fuerza, la ley de la selva. Pues contrariamente a los predicados trotskistas, infinita más razón tiene el inglés Thomas Hobbes que su atolondrado discípulo alemán Karl Marx: el hombre es el mayor peligro para el hombre, pues en estado natural la vida es la guerra de todos contra todos: bellum omnia contra omnem. De donde, según Hobbes y todos los pensadores posteriores, surge la necesidad de acordar la existencia de una entidad de suficiente poder de acción y consenso: el Estado.

 

                El grave e insuperable error del marxismo fue creer que era posible apoderárselo para usarlo en un sentido contrario a la naturaleza misma que determinará su sentido originario: para imponer la guerra y fracturar los consensos. El resultado está la vista. Todas las revoluciones han sido traicionadas, porque todas ellas fueron, son y serán la traición. Por mal que nos pese.

 

3

 

                Que tras 54 años de poder absoluto, pudiendo sus promotores haber hecho los experimentos que a bien tuvieran – desde vacas súper lecheras hasta cultivos genéticos prodigiosos y desde calles, barrios pueblos y ciudades acuarteladas a ciudadanos policías en que niños y padres se vigilan los unos a los otros con el ojo del verdugo – la llamada “revolución cubana” tenga que apoderarse de un país capitalista para mantener con vida a sus habitantes, y ello usando las males artes de la prostitución, la seducción y el contubernio con militares y políticos mafiosos venezolanos, lo dice todo. La cubana no es una revolución traicionada: es la traición inherente a toda revolución.  Agravada en este caso por un mal congénito de la tropical isla de Cuba: el prostíbulo de cuatro siglos que fuera para la marinería imperial española, y de un siglo para el turismo yanqui y la invasión soviética. Su jinetería congénita.

 

                Vista en la perspectiva de un siglo de revoluciones marxistas – fuera de ellas no ha habido otras, salvo que involucremos en el caso al fascismo mussoliniano y al nazismo hitleriano – la venezolana, evidentemente, no es ni revolucionaria ni marxista. Es la clásica expresión de un ex abrupto caudillesco, tercermundista, autocrático y militarista sin orden ni concierto. La irrupción del barbarismo bochinchero que denunciara con horror Francisco de Miranda, carente del más elemental sentido de la nacionalidad, que en el siglo XIX y la mitad del XX se mantuviera en vereda gracias a los llamados gendarmes necesarios, que durante cuarenta años se sometiera a la racionalidad democrática de gobernantes cultos y sensatos y que lleva ya tres lustros de indómito degüello ante la fatiga del esfuerzo civilizatorio, el oportunismo de una sociedad pervertida por el hedonismo y las apetencias y la ambición desmedida de unas fuerzas armadas que se dejaron arrollar por la corrupción y el dinero.

 

                Ni imaginan los únicos beneficiados temporarios de este desastre, los aprovechadores tiranos tropicales, del fin que les espera en un plazo perfectamente previsible. De la épica iniciática no quedan ni huellas. Son un mini universo geriátrico de ancianos decrépitos y torturadores, chulos y gansteriles, que se ven obligados a secuestrar a un pobre infeliz con ínfulas mesiánicas y a sus miserables esbirros para no verse hundidos en la más espantosa miseria. En eso terminó la heroica revolución cubana de los sesenta: en un establecimiento hospitalario donde vegeta un moribundo del que pende la bolsa de comida de sus infelices ocho millones de sobrevivientes.

 

                A eso se redujo la revolución cubana, “al final de este viaje”. A eso se redujo “la prehistoria que tendrá el futuro”. A eso se redujo la revolución traicionada: a dos desdentados que, como en las imágenes del Goya de las pinturas grises, sopean ávidos del cuenco petrolero de un teniente coronel caído en desgracia. Que les aproveche. Viven el final de su viaje.

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