Jimmy Carter en Colombia

   Eduardo Mackenzie

 

 

Los esfuerzos para legitimar a las Farc avanzan a pesar de las atrocidades que la banda narco-terrorista sigue cometiendo cada día contra los colombianos y de los anuncios de que ella intensificará sus atentados  desde el próximo 20 de enero.

 

La visita a Colombia del ex presidente Jimmy Carter, y de sus cinco acompañantes, miembros todos, al parecer, de la Ong Centro Carter, se inscribe dentro de una coyuntura muy curiosa. Obviamente, tales esfuerzos son disfrazados de algún modo. El presidente Santos asegura que Carter fue a Colombia a “hablar de paz” y a “respaldar el proceso” que él sostiene con las Farc, el cual será reanudado este 14 de enero en Cuba. Pero Carter rehusó pronunciar en Bogotá la menor palabra que pudiera ser interpretada como una condena de la campaña criminal de las Farc.

 

Llama la atención  la nula curiosidad de la prensa colombiana ante los contenidos reales de la visita de Carter. Nadie dice quien la propuso, si ésta fue solicitada por Santos o si fueron los asesores de las Farc en Cuba quienes lanzaron ese libreto.  Mejor informada que la colombiana, la prensa venezolana cree saber que el vicepresidente  Nicolás Maduro, en ausencia del agonizante Hugo Chávez, fue quien  propuso ese viaje “para ayudar a su homólogo Santos”. Nadie sabe tampoco en  qué consistirán las “iniciativas” que anunció Carter para “consolidar el proceso de paz”, ni cuánto tendrá que pagar el erario público colombiano al Centro Carter por  la “investigación académica” que éste quiere realizar.  Igual silencio guardan el Palacio de Nariño y los medios sobre el contenido real de los “programas de liderazgo para la paz” que Carter evocó rápidamente. Nadie se pregunta qué diablos es eso de la “ciudadanía social” que Carter le propuso al ministro del Interior colombiano, Fernando Carrillo.

 

En todo caso, la visita de Carter anuncia a apertura de un nutrido desfile de “personalidades” que llegarán en 2013 a Bogotá para tratar de lavarle la cara a las Farc para que sus víctimas, el pueblo colombiano, termine por aceptarlas como elemento central de la democracia limitada (bolivariana) que algunas oficinas están preparando.

 

Hace años que Jimmy Carter dejó de ser visto como un defensor de la democracia en los países y territorios donde ésta ha sido abolida o se halla el grave peligro.  El ex presidente norteamericano y su Ong, a fuerza de jugarse por la carta equivocada,  se convirtieron en una de las piezas fundamentales de la expansión, en América Latina, del socialismo del siglo XXI.

 

En 2004, cuando la oposición a Chávez denunció los fraudes masivos cometidos durante el referendo, Carter descartó con gran displicencia ese asunto y apuntaló así a Chávez en el poder. Igual actitud adoptó ante las elecciones que entronizaron a los clientes de Chávez en Bolivia, Nicaragua y Ecuador. Ante el referendo constitucional de 2008, y ante los escrutinios presidenciales de 2009, ambos en Ecuador, cuyos resultados fueron controvertidos por la oposición durante meses, Carter siguió esa misma línea.

 

El Centro Carter se jacta de haber “monitoreado” 81 elecciones en 33 países (sobre todo de África y el Tercer Mundo) y de haber contribuido a “resolver  conflictos” en Haití, Bosnia, Etiopía, Sudán y Corea del Norte. Cuando se ve el estado de postración y tiranía en que siguen esos países puede uno darse cuenta de la calidad del trabajo que hace allí el CC.

 

Nadie ignora que, entre Fidel Castro y los cubanos de Miami,  Carter escogió al primero, contra los segundos, y que ante cada nueva elección de presidente de Estados Unidos, Carter pide el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con La Habana. Carter pide, sobre todo, que Cuba sea retirada de la lista  del Departamento de Estado de los Estados que patrocinan el terrorismo. Cuba está en esa lista desde 1982.

 

Carter ostenta el dudoso privilegio de haber sido el único ex presidente norteamericano que ha entrado oficialmente a Cuba desde la toma del poder de los hermanos Castro en 1959.  Su visita de 2002  suscitó la cólera de la comunidad cubana de Florida. En abril de 2011, en vísperas de un  congreso del partido comunista cubano, Carter fue de nuevo a Cuba.

 

En cuanto a Israel, la trayectoria del premio Nobel de la Paz no es menos sulfúrica. El acusa al gobierno israelí de no buscar la paz con los palestinos y de haber “abandonado” la política de los dos Estados (israelí y palestino). Carter  no tiene en cuenta que Mahmmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina (AP), se niega a aceptar una solución de dos Estados que no incluya a Jerusalén como capital de la AP, punto no negociable para Israel. Abbas ha sido incapaz de ponerse de acuerdo con el movimiento terrorista Hamas, la entidad palestina que ocupa y dirige con mano de hierro la franja de Gaza y que expulsó, en golpe sangriento, hace más de cinco años, a los partidarios y representantes de Abbas.

 

Carter no critica las declaraciones de Hamas de querer la destrucción de Israel por cualquier medio. Hamas, cuyo centro político se halla en Gaza y Damasco, rechaza el derecho de Israel a existir como Estado.

 

En abril de 2008, Carter visitó al palestino Jaled Mishal, organizador de numerosos ataques suicidas, sobre todo contra civiles israelíes y norteamericanos.  Mishal es dirigente de Hamas y está refugiado en Siria, como huésped de Bachir al-Assad, el sangriento dictador que recibe apoyo militar en esos días de Irán y Rusia.

 

Esa actitud ciega ante el terrorismo no fue un dislate. En 2010, Carter aceptó reunirse, en un local de la Cruz Roja de Jerusalén Este, con tres militantes de Hamas que estaban acusados por Israel de haber participado en el secuestro, en 2006, del soldado Gilad Shalit. En uno de sus escritos, Carter valoró ese secuestro como una “captura”.

 

Israel le reprocha a Carter ignorar los ataques con misiles lanzados por Hamas desde Gaza contra la población civil israelí. Carter le pide a Israel que abra sus fronteras con Gaza para que Hamas pueda importar y exportar lo que quiera, y tener acceso a las aguas internacionales, lo que le permitiría adquirir misiles aún más sofisticados y otras armas.

 

El periodista Clifford D. May, ex corresponsal del New York Times, dice que durante el mandato de Carter como presidente, “el ayatola Khomeini capturó el poder en Irán, asaltó la embajada americana en Irán, tomó a nuestros diplomáticos como rehenes y se cruzó de brazos para constatar que como respuesta, Carter no hizo nada efectivo”. “Pero seamos justos”, agrega May. “Carter no es responsable del ascenso del islamismo en todas sus malévolas variaciones. No obstante, es responsable de interpretar de forma profundamente equivocada lo que ha estado sucediendo en el mundo durante tantos años”.

 

En su libro Peace Not Apartheid, Carter insulta y lanza falsas informaciones sobre Israel. Insinúa que Israel se parece al extinto régimen de Apartheid de Sudáfrica. “En lugar de ser un defensor de los derechos humanos Carter malogra la causa de los derechos humanos, en especial sobre la guerra permanente de los árabes contra Israel”, dice Michael Goldblatt, un líder de la comunidad judía de Estados Unidos.

 

¿Cuál será el impacto a corto y largo plazo de la visita de Carter a Colombia? ¿Las relaciones entre Colombia e Israel van a sufrir descalabros?  ¿La tecnología electoral del chavismo va a ser introducida a Colombia por la vía del Centro Carter?  Que los lectores juzguen por ellos mismos a la luz de estos hechos.

 

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