Esta Venezuela de la decadencia

  Antonio Sánchez García

 No se requiere ser hombre de leyes para comprender que vivimos una situación de absoluta anomia. Que la gravedad de la enfermad que sufre el presidente de la República y que sin lugar a dudas lo condena a no poder cumplir a cabalidad sus obligaciones e incluso a un desenlace fatal en el corto o mediano plazo hubiera obligado a declarar su ausencia absoluta y a cumplir los pasos que en tales casos pauta la Constitución Nacional. Todo lo cual, siendo un imperativo constitucional y una elemental obligación política, no tiene absolutamente nada que ver con querer sacárselo de encima resolviendo un problema crucial mediante el gratuito recurso a la biología. Y evitando enfrentar políticamente y sin ambigúedades ni alchueterías la crisis excepcional que estamos sufriendo.  Sin duda, la más grave de cuantas ha vivido la República, pues afecta a nuestra médula existencial.

Se trata de preservar lo poco que aún resta de constitucionalidad, de insistir en la defensa de nuestras tradiciones jurídicas, de no permitir la burla y el escarnio al más sagrado de los compromisos nacionales. Se trata de ponerle fin al desprecio dictatorial con que desde el 4 de febrero se atenta contra la nacionalidad. Se trata de reparar el grave daño que toleraron, en un inolvidable acto de sometimiento y bajeza moral,  nuestros parlamentarios y autoridades de Estado el aciago día en que el electo presidente de la República se mofara del ex presidente Rafael Caldera y escupiera sobre nuestra Constitución, calificada de moribunda. ¿Cómo no habría de hacerlo quien tomaba el Poder con la inquebrantable decisión de instaurar un régimen totalitario, autocrático y militarista, para quién el asalto al Poder que entonces se legitimaba suponía convertirlo en el amo y señor de la ley, la justicia y el orden? Y quien bien pudo habernos dicho, sin provocar la menor vergüenza en los asistentes a tan ominoso acto de Estado, “l’Etat c’est moi”.

Hoy ya no está en capacidad de decirlo. Más allá de los balbuceos de sus amanuenses, esbirros y encargados, no sólo carece de la más elemental fortaleza como para representar al Estado: ha logrado con la tolerancia, la alcahuetería, la apatía o el desinterés de 28 millones de venezolanos, entregarle la jefatura y administración del Estado venezolano, incluidas todas sus instituciones – desde los órganos de justicia hasta el comando de las Fuerzas Armadas – al gobierno cubano. Del que se encuentra secuestrado por voluntad propia, y  el que maneja y controla a nuestro país como a bien le conviene,  disponiendo de sus recursos para su propia sobrevivencia.

En pocas palabras: Chávez está condenado a muerte. Si es que políticamente ya no lo está. Ha entregado su suerte  de manera expresa y voluntaria al arbitrio de Fidel y Raúl Castro, quienes deciden incluso de su sobrevivencia. Y en el colmo del entreguismo más obsceno y repugnante, les ha confiado el control de nuestros recursos financieros y el manejo de los tiempos y el ritmo al que se mueve políticamente nuestra Nación.

No se conoce caso de traición a la Patria de tamaña envergadura en la historia de América Latina. Ni absurdo mayor que ver a una Nación otrora soberana y todopoderosa arrodillada voluntariamente ante una tiranía de orden menor.

Nada de todo esto es desconocido por la dirigencia de los partidos que no participan del gobierno imperante. Ni del ex candidato Capriles ni de todos los secretarios generales de dichos partidos. Todos ellos, sin excepción ninguna, a la espera de las decisiones que tomen los hermanos Castro para continuar gerenciando lo que ya es, a todas luces, una satrapía. Que Venezuela vive la más grave crisis de su historia, que su soberanía ha sido prácticamente anulada, que se encuentra a la deriva manejada a control remoto desde La Habana y que nadie, ni Nicolás Maduro ni Diosdado Cabello, los principales aspirantes a la administración de la satrapía, tienen el poder decisorio sobre lo que aquí suceda o deje de suceder, lo que sin lugar a la menor duda se encuentra en manos de Raúl Castro, es materia ignorada por la llamada oposición venezolana.  Lo verdaderamente aterrante es su inopia, su apatía, su claudicación a representar los intereses de la Venezuela auténtica y verdadera, nacional y patriótica. Patéticamente sometida a las iniciativas que se digne imponerles a Maduro y al PSUV la tiranía cubana.

Insistir en que esta monstruosa anomalía es inédita en la historia de Venezuela y de América Latina,  no sirve de consuelo. Por el contrario: agrava su monstruosidad. Toda vez que nos encontramos en pleno siglo XXI, cuando los colonialismos han sido superados, los bloques de países títeres se han derrumbado y Cuba boquea en la agonía, incapaz de auto alimentarse, sumida como se encuentra en sus graves y ancestrales carencias. Desesperada por encontrar salida al callejón terminal en que se encuentra. Más monstruoso aún es que este entreguismo vergonzante se cumpla por órdenes de un ex oficial y comandante supremo de nuestras fuerzas armadas y con la complacencia de quienes hace apenas unas décadas derrotaran a tropas de élite enviadas por el tirano cubano a invadirnos con el objetivo de asaltar el poder. Lo que no logró por medio de las armas, lo ha obtenido sin disparar un solo tiro por la traición de un caudillo carente de todo sentido nacionalista y la inopia de una clase política gangrenada en su médula viril.

La pérdida del instinto propio del político: la lucha irrenunciable por el Poder, es la más dolorosa expresión de la decadencia de la democracia venezolana. Habérselo entregado con luz verde para que cometiera todas sus extravagancias hasta traernos a ese abismo es el más grave delito cometido por quienes tenían la obligación de enfrentársele con sus vidas. Ello ha sido posible por la generalización de la decadencia en una sociedad civil que dio lo mejor de sí en los años más nobles del enfrentamiento con el caudillo – desde 1999 hasta 2005 -y que fuera despojada de sus legítimos derechos a luchar por el Poder con todas las armas que le estuvieran disponibles por una minoría política dispuesta a negociar su sobrevivencia aceptando cumplir el rol de segundones y extras en la farsa electorera que llevamos presenciando ante el asombro de nuestras mejores conciencias.

Es tal la gravedad alcanzada por la crisis, que ya ni siquiera la eventualidad de tener que cumplir con el mandamiento electoral fijado por la Constitución parece entusiasmar a quien se ha ganado el derecho a asumir nuestras derrotas. En lugar de exigir se realicen tales elecciones, prefiere darle carta blanca al despotismo para que siga haciendo de las suyas. Que Dios nos pille confesados.

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