La guerra roja

   Fernando Luis Egaña

La lucha intestina por la sucesión del señor Chávez empezó hace mucho tiempo y sin duda se recrudeció con los avatares de su mal oncológico, pero hace pocos días tuvo un hito especial en el propio anuncio presidencial sobre el nombre de su eventual sucesor: Nicolás Maduro Moros.

Fue tan llamativo el énfasis del asunto, que pareció menos a favor de éste que en contra de otros, y particularmente delcolocado a su diestra, o Diosdado Cabello, el otrora delfín ahora devenido en aspirante al acecho.

Esa lucha interna no parece haberse despejado con el anuncio sobre Maduro. Y ello, entre otras razones, porque la credibilidad del señor Chávez en materia de “consagraciones” de terceros no es muy alta. ¡Si lo sabrán los interfectos!

Pero el factor principal para que continúe el conflicto, a pesar de la escogencia “total, definitiva e irrevocable”, es que la misma no satisface sino enardece a buena parte del ensamble oficialista. Consenso hay en la obediencia a Chávez, así sea a regañadientas. Pero hasta allí. Después la fuerza dominante es la centrífuga.

Quizá sea demasiado simplista la división del oficialismo entre corrientes militaristas y “civilistas” (para llamarla de alguna manera), pero no lo es tanto apreciar que en la estructura militar del chavismo, Maduro sea tan exógeno como lo sería Cabello para los ñangaras de largo kilometraje.

Por eso el empeño de organizar una sucesión que sea en vida del sucedido. Así, éste puede conducirla y hacer posible que las costuras internas no se desbaraten en el proceso. Una sucesión más o menos a-la-cubana.

Y el papel de Cuba, bien se intuye, no sería referencial sino capital. Al fin y al cabo, los asuntos gruesos de Venezuela se dejaron de decidir en Caracas hace muchos años. La Habana es la sede efectiva de la “revolución bolivarista” desde antes que se presentara la variable oncológica.

Así mismo, es difícil salir bien librado en el terreno de las especulaciones sobre lapsos y cronogramas. Después de todo, a estas alturas todavía no se tiene información veraz sobre el tipo específico de la dolencia médica. Pero lo que no es difícil suponer, es que el “control de los tiempos” tiende a estar en las manos del poder establecido.

En la eventualidad incluso adelantada por el propio señor Chávez, de tener que convocarse a unas nuevas elecciones presidenciales, ya los rojos tendrían su candidato formal, mientras que en el campo tricolor el tema ni siquiera puede plantearse públicamente sin que se suscite una densa polvareda.

Si en Venezuela imperara un Estado de derecho, el orden de las cosas estaría garantizado y la población sabría a qué atenerse. Pero como lo que impera es una satrapía habilidosa, existe la convicción de que se tratará de “arreglar” las cosas para favorecer al máximo posible el interés del oficialismo que, desde luego, nunca ha sido otro que continuar en el mando.

Pero claro, esa continuidad siempre estuvo en cabeza del señor Chávez, y lo dramático del presente es que ahora se plantea para después de él. Y en ese campo ya no funciona el consenso rojo. Al contrario, lo que ya se manifiesta es la guerra roja. Y mientras tanto, Venezuela sigue cayéndose a pedazos.

flegana@gmail.com

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