Esta Venezuela de la decadencia

  Antonio Sánchez García

 No se requiere ser hombre de leyes para comprender que vivimos una situación de absoluta anomia. Que la gravedad de la enfermad que sufre el presidente de la República y que sin lugar a dudas lo condena a no poder cumplir a cabalidad sus obligaciones e incluso a un desenlace fatal en el corto o mediano plazo hubiera obligado a declarar su ausencia absoluta y a cumplir los pasos que en tales casos pauta la Constitución Nacional. Todo lo cual, siendo un imperativo constitucional y una elemental obligación política, no tiene absolutamente nada que ver con querer sacárselo de encima resolviendo un problema crucial mediante el gratuito recurso a la biología. Y evitando enfrentar políticamente y sin ambigúedades ni alchueterías la crisis excepcional que estamos sufriendo.  Sin duda, la más grave de cuantas ha vivido la República, pues afecta a nuestra médula existencial.

Se trata de preservar lo poco que aún resta de constitucionalidad, de insistir en la defensa de nuestras tradiciones jurídicas, de no permitir la burla y el escarnio al más sagrado de los compromisos nacionales. Se trata de ponerle fin al desprecio dictatorial con que desde el 4 de febrero se atenta contra la nacionalidad. Se trata de reparar el grave daño que toleraron, en un inolvidable acto de sometimiento y bajeza moral,  nuestros parlamentarios y autoridades de Estado el aciago día en que el electo presidente de la República se mofara del ex presidente Rafael Caldera y escupiera sobre nuestra Constitución, calificada de moribunda. ¿Cómo no habría de hacerlo quien tomaba el Poder con la inquebrantable decisión de instaurar un régimen totalitario, autocrático y militarista, para quién el asalto al Poder que entonces se legitimaba suponía convertirlo en el amo y señor de la ley, la justicia y el orden? Y quien bien pudo habernos dicho, sin provocar la menor vergüenza en los asistentes a tan ominoso acto de Estado, “l’Etat c’est moi”.

Hoy ya no está en capacidad de decirlo. Más allá de los balbuceos de sus amanuenses, esbirros y encargados, no sólo carece de la más elemental fortaleza como para representar al Estado: ha logrado con la tolerancia, la alcahuetería, la apatía o el desinterés de 28 millones de venezolanos, entregarle la jefatura y administración del Estado venezolano, incluidas todas sus instituciones – desde los órganos de justicia hasta el comando de las Fuerzas Armadas – al gobierno cubano. Del que se encuentra secuestrado por voluntad propia, y  el que maneja y controla a nuestro país como a bien le conviene,  disponiendo de sus recursos para su propia sobrevivencia.

En pocas palabras: Chávez está condenado a muerte. Si es que políticamente ya no lo está. Ha entregado su suerte  de manera expresa y voluntaria al arbitrio de Fidel y Raúl Castro, quienes deciden incluso de su sobrevivencia. Y en el colmo del entreguismo más obsceno y repugnante, les ha confiado el control de nuestros recursos financieros y el manejo de los tiempos y el ritmo al que se mueve políticamente nuestra Nación.

No se conoce caso de traición a la Patria de tamaña envergadura en la historia de América Latina. Ni absurdo mayor que ver a una Nación otrora soberana y todopoderosa arrodillada voluntariamente ante una tiranía de orden menor.

Nada de todo esto es desconocido por la dirigencia de los partidos que no participan del gobierno imperante. Ni del ex candidato Capriles ni de todos los secretarios generales de dichos partidos. Todos ellos, sin excepción ninguna, a la espera de las decisiones que tomen los hermanos Castro para continuar gerenciando lo que ya es, a todas luces, una satrapía. Que Venezuela vive la más grave crisis de su historia, que su soberanía ha sido prácticamente anulada, que se encuentra a la deriva manejada a control remoto desde La Habana y que nadie, ni Nicolás Maduro ni Diosdado Cabello, los principales aspirantes a la administración de la satrapía, tienen el poder decisorio sobre lo que aquí suceda o deje de suceder, lo que sin lugar a la menor duda se encuentra en manos de Raúl Castro, es materia ignorada por la llamada oposición venezolana.  Lo verdaderamente aterrante es su inopia, su apatía, su claudicación a representar los intereses de la Venezuela auténtica y verdadera, nacional y patriótica. Patéticamente sometida a las iniciativas que se digne imponerles a Maduro y al PSUV la tiranía cubana.

Insistir en que esta monstruosa anomalía es inédita en la historia de Venezuela y de América Latina,  no sirve de consuelo. Por el contrario: agrava su monstruosidad. Toda vez que nos encontramos en pleno siglo XXI, cuando los colonialismos han sido superados, los bloques de países títeres se han derrumbado y Cuba boquea en la agonía, incapaz de auto alimentarse, sumida como se encuentra en sus graves y ancestrales carencias. Desesperada por encontrar salida al callejón terminal en que se encuentra. Más monstruoso aún es que este entreguismo vergonzante se cumpla por órdenes de un ex oficial y comandante supremo de nuestras fuerzas armadas y con la complacencia de quienes hace apenas unas décadas derrotaran a tropas de élite enviadas por el tirano cubano a invadirnos con el objetivo de asaltar el poder. Lo que no logró por medio de las armas, lo ha obtenido sin disparar un solo tiro por la traición de un caudillo carente de todo sentido nacionalista y la inopia de una clase política gangrenada en su médula viril.

La pérdida del instinto propio del político: la lucha irrenunciable por el Poder, es la más dolorosa expresión de la decadencia de la democracia venezolana. Habérselo entregado con luz verde para que cometiera todas sus extravagancias hasta traernos a ese abismo es el más grave delito cometido por quienes tenían la obligación de enfrentársele con sus vidas. Ello ha sido posible por la generalización de la decadencia en una sociedad civil que dio lo mejor de sí en los años más nobles del enfrentamiento con el caudillo – desde 1999 hasta 2005 -y que fuera despojada de sus legítimos derechos a luchar por el Poder con todas las armas que le estuvieran disponibles por una minoría política dispuesta a negociar su sobrevivencia aceptando cumplir el rol de segundones y extras en la farsa electorera que llevamos presenciando ante el asombro de nuestras mejores conciencias.

Es tal la gravedad alcanzada por la crisis, que ya ni siquiera la eventualidad de tener que cumplir con el mandamiento electoral fijado por la Constitución parece entusiasmar a quien se ha ganado el derecho a asumir nuestras derrotas. En lugar de exigir se realicen tales elecciones, prefiere darle carta blanca al despotismo para que siga haciendo de las suyas. Que Dios nos pille confesados.

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A la entrada y a la salida

   Fernando Luis Egaña

La masacre constitucional es una característica connatural del ejercicio del poder del señor Chávez. Así fue a su entrada en 1999. Y así también lo sería en una eventual salida en 2013. Y me refiero, claro está, al supuesto de su falta absoluta. Y lo más difícil de asimilar es que a muy pocos parece importarle el asunto, es decir la matanza de la “ley suprema”.

En efecto, la Constitución de 1961 fue masacrada por el Estado venezolano en 1999 con el aplauso entusiasta de la mayor parte del país. Esa venerable Constitución, la más longeva de nuestra historia y la que sirvió de fundamento normativo a la República Civil, fue desechada por medios distintos a los en ella previstos. O sea, masacrada.

Y todo se justificó con base a la teoría del “poder constituyente originario”, que le dio “juridicidad” al proceso de una Asamblea Constituyente “entubada”, y que continúa sirviendo como guarimba teórica para los desmanes del poder rojo. Sin ir muy lejos, la presidenta del TSJ acaba de recordar el tema en referencia al enredo de la toma de posesión.

Catorce años después, el patrón continúa pero con mucho más desparpajo. Así tenemos que la procuradora Cilia Flores, nadie menos, asegura que eso de la fecha constitucional del 10 de enero es un “formalismo”, queriendo decir, una necedad; y el viceplus, Nicolás Maduro, complementa al declarar que la toma de posesión será cuando los médicos presidenciales (por cierto que desconocidos) así lo dispongan.

Y claro, no les interesa un bledo que el artículo 231 de la Constitución de 1999 sea preciso al respecto de cuándo deba tomar posesión un presidente electo. Para la satrapía en funciones, la llamada Carta Magna es un documento que puede cumplirse…cuando conviene, y cuando no, pues no. O sea, más o menos en la tónica de la vieja y mala historia del autoritarismo venezolano.

Porque de eso se tratan estas líneas: el problema de fondo no son los intríngulis jurídicos de la toma de posesión. No. Es la disposición permanente a saltarse a la torera cualquier norma con tal de satisfacer un interés político. En pocas palabras, el desprecio por el Estado de derecho, por la idea misma del respeto a la ley, por siquiera la silueta de una conciencia institucional. Y ello ha sido una constante desde el primero gobierno del señor Chávez hasta las vísperas de este incierto cuarto.

Y claro, no faltarán quienes sostengan que todas esas cosas son abstracciones que nada tienen que ver con la vida ordinaria de la gente. Pero se equivocan, porque si en algo nos hemos llegado a diferenciar los seres humanos de estas épocas a nuestros ancestros de la prehistoria es, precisamente, por haber creado instituciones que nos han permitido pasar de la cueva a la estación espacial.

Y la institución por excelencia en el dominio del derecho es la Constitución. Por eso el tratarla como si fuera un coleto o peor, un polígono de tiro, hace que la sociedad se desordene hasta límites trágicos de anarquía. Los más de 20 mil asesinatos al año en Venezuela están, por ello, estrechamente vinculados con el abatimiento constitucional de estos tiempos de mengua.

Son caras distintas de una misma masacre. La masacre del potencial venezolano en lo que va del siglo XXI.

flegana@gmail.com

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Allende y el castrocomunismo en Chile

  Antonio Sánchez García

               

El 10 de noviembre de 1971, a un año y seis días de cumplirse el primer aniversario de la asunción de mando por parte del viejo parlamentario y tribuno chileno, doctor Salvador Allende, al frente de la Unidad Popular, histórica alianza conformada por todos los partidos de izquierda y centro izquierda, llegaba a Chile a cumplir una breve visita de Estado el jefe de la revolución cubana Fidel Castro Ruz.

 

                Su visita, que se extendió por 25 días que parecieron una eternidad, pues agudizó al extremo las contradicciones no sólo entre el gobierno y la oposición, profundamente anticastrista, sino entre los factores moderados y los sectores radicalizados de la alianza, provocó las mayores tensiones y un no disimulado desencanto en quienes no veían con buenos ojos la injerencia del castro comunismo en los asuntos internos de Chile. Desplegado durante esa tormentosa estadía con violencia y desparpajo, al extremo de que personal de seguridad cubana que acompañaba al Jefe de Estado caribeño protagonizó incluso enfrentamientos armados con sectores de la oposición democrática.

 

                Luis Corbalán, Secretario General del poderoso Partido Comunista chileno, hizo saber su desagrado e instó a que la visita se mantuviera dentro de los estrictos límites protocolares. El mismo planteamiento fue efectuado por los sectores socialdemócratas del Partido Socialista chileno y sus aliados del Partido Radical. En apoyo irrestricto a la presencia del comandante cubano se expresaron exclusivamente los sectores más radicalizados de la izquierda chilena: el sector del PS presidido por el senador Carlos Altamirano y la Izquierda Cristiana, y, fuera de la Unidad Popular, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR, aliado privilegiado del castrismo en Chile. Todos ellos mucho más próximos a la lucha armada y a la rebelión popular que al intento por imponer el socialismo mediante la vía electoral y pacífica. Como lo predicara en cambio el Partido Comunista, fiel a Moscú y claramente alineado en la estrategia de la coexistencia pacífica predicada por la Unión Soviética.

 

                Lo cierto es que las relaciones entre el Partido Comunista cubano y el chileno jamás habían sido afectuosas. Contrario a la estrategia de la guerra de guerrillas, uno de sus máximos dirigentes, el escritor Volodia Teitelboim, se había visto censurado y rechazado públicamente por la dirigencia cubana cuando se efectuara en La Habana el primer congreso de la OSPAAL (Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina) con el que Fidel Castro aspiraba a coordinar y dirigir las luchas revolucionarias del Tercer Mundo.

 

                Proclives a una estrategia escalonada y progresiva, estrictamente pacífica y parlamentarista, privilegiando incluso una alianza antes con la Democracia Cristiana chilena que con los sectores radicales de su tradicional y feroz competidor, el Partido Socialista – anti moscovista por tradición y profundamente nacionalista y latinoamericanista, en la onda del APRA peruano.

 

                De modo que aún contando con el respaldo de los sectores radicales, tan cercanos a la familia presidencial que una de sus hijas, la doctora Tati Allende, se había casado con el encargado de negocios de Cuba en Chile, una barrera aparentemente insalvable impediría que el gobierno de la Unidad Popular terminara en brazos de la tiranía cubana.

 

2

 

                Si en el seno del propio gobierno el castrismo encontraba poderosos e insalvables antagonismos, en el seno de la oposición de derecha y centro derecha el antagonismo era absoluto. Ni los partidos que cubrían el amplio espectro de conservadores, liberales y democristianos, ni las organizaciones empresariales, ni los profesionales y técnicos que alimentaban la fuerza principal de la poderosa clase media chilena estuvieron dispuestos a transar en la aceptación de la influencia cubana en Chile. Vale decir: en la tolerancia frente al intento por imponer el comunismo y desfigurar la fisonomía de la identidad nacional mediante una política de sistemática entrega al predominio castro comunista. Y lo que terminó siendo definitorio a la hora crucial de las decisiones históricas: ni el Parlamento ni la Corte Suprema de Justicia aceptaron la sistemática violación a los preceptos constitucionales que la imposición del castro comunismo  terminó condicionando en el comportamiento del gobierno de la Unidad Popular.

 

                El otro factor que hizo imposible que ese condicionamiento estratégico, político e ideológico, tomara el obsceno rumbo que ha asumido la penetración castrocomunista en Venezuela, hoy prácticamente en manos del gobierno cubano, fueron las Fuerzas Armadas chilenas. Desde el comienzo mismo del gobierno de Salvador Allende y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, hasta entonces interrumpidas, Fidel Castro desplegó toda su parafernalia seductora con el propósito de atraerse a la alta oficialidad chilena. Invitaciones oficiales, intercambio, regalos y un trato privilegiado no consiguieron distraer a la oficialidad chilena de su acendrado nacionalismo y su respeto irrestricto a la institucionalidad de su país.

 

                Durante los mil días de la Unidad Popular no hubo un solo momento en que algún oficial de las Fuerzas Armadas chilenas cayera seducido por los lazos de la intriga y la corrupción alimentadas desde La Habana. Es más: aquellos oficiales que como el general Carlos Prats estuvieron tan cerca de Salvador Allende en ningún momento mostraron la menor inclinación o simpatía por el castro comunismo. Su cercanía y lealtad al presidente de la República no tenía nada que ver con afinidades políticas o ideológicas: era la expresión de un institucionalismo a toda prueba. El cumplimiento irrestricto de la obligación hondamente profesional e institucionalista del elemento clave del estado chileno en sus 160 años de historia. La sola idea de dejarse corromper por un gobernante extranjero hubiera repugnado a hombres de la integridad y entereza moral de un Carlos Prats. Y se debe dejar constancia de que aún, enfrentado a la felonía de quienes eran sus subordinados, Salvador Allende impidió que se cometiera el menor acto de violencia contra sus cuatro edecanes, todos ellos obviamente leales a sus respectivas instituciones.

 

3

 

                Un último elemento que cabe destacar en la sólida e infranqueable impermeabilidad de la sociedad chilena ante la injerencia del castro comunismo durante el gobierno de Salvador Allende – así se tratara de un gobierno que agotó los esfuerzos por construir una sociedad socialista según el modelo soviético, lo que terminó por lanzarlo a la catástrofe – tiene que ver con el profundo nacionalismo patriótico de la sociedad chilena.

 

                Contrasta la ausencia de un santoral heroico del tipo impuesto en Venezuela con la figura de Simón Bolívar y otros próceres de la Independencia venezolana,  con el sentimiento profundamente nacionalista y patriótico que constituye la identidad chilena. Poco importan las diferencias de clase: el respeto a la institucionalidad y a todos sus símbolos, desde el escudo y la bandera al himno nacional y las glorias patrias, se observa y cumple de manera sacrosanta en cada familia y en cada individuo, fortalecidos por el sistema educativo chileno. Puedo dar fe del amor entrañable que un chileno siente por su bandera y la emoción inevitable que lo embarga al entonar el himno nacional. Nada ama más un chileno, que su Patria, así ese amor duerma en la inconsciencia. Por ello resulta absolutamente inimaginable una situación como la que hoy vivimos en Venezuela.

 

                Hay constancia de la oferta hecha a Salvador Allende por sus cuatro edecanes de parte de los miembros de la Junta de Gobierno para que aceptara viajar al exterior en un avión puesto a su disposición en el entonces cercano aeropuerto de Cerrillos, al sur de la capital. Bien pudo haber reunido a su familia y a los miembros más cercanos de su entorno y viajar a la Argentina y de allí a México, a Cuba, o adonde hubiera deseado. Hubiera sido recibido como un héroe, no como un traidor. Sabiendo que escogía la muerte, prefirió rechazar de plano tal ofrecimiento como prueba de la carencia de hombría y honorabilidad de quienes no se atrevían a ofrecerle esa vía personalmente. Tenía 65 años, amaba la vida, de la que disfrutaba en todos sus aspectos, y nada indicaba que estuviese enfermo o sufriera de algún impedimento. Prefirió quedarse en el que consideró su puesto de combate, luchar por su honor hasta el último momento y suicidarse cuando ya la toma del palacio de gobierno era inminente.

 

                Toda comparación es odiosa. Pero en ciertos casos, inevitable. Resulta extremadamente complejo y difícil imaginarse a un Salvador Allende convertido en dócil y obsecuente funcionario de una satrapía, entregando las escasas riquezas de su Patria para mantener un miserable gobierno extranjero, así se hubiera tratado de un régimen socialista, como el que él soñaba establecer en su país. Pero aún más difícil es imaginarse a una sociedad como la chilena, tolerando tal despropósito. Una sociedad profundamente orgullosa de sus ancestros, de sus tradiciones, de su cultura. Una sociedad que ha guerreado para defender y conquistar territorios, orgullosa de ver flamear su bandera desde el tórrido desierto de Atacama hasta en los inhóspitos confines de la Antártica. Una sociedad que sigue vibrando con los valores de su historia. Una historia, para ella, inolvidable, que conformó la Patria que la cobija.

 

                Cuba jamás, ni la castrocomunista ni ninguna otra, hubiera osado hollar suelo chileno. Tanto como ha hollado, humillado y despreciado nuestro suelo venezolano. Es la peor, la más dolorosa y trágica realidad de nuestro tiempo.

 

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Maduro o Capriles: ¿tan poquito valemos?

FedericoBoccaneraLaPatilla

 Federico Boccanera

Al parecer y por un imponderable del destino, podríamos ir a una elección presidencial anticipada en cuestión de semanas o meses. La herencia que nos dejará este último caudillo será tan pesada y comprometida que, ante una situación como ésta, lo menos que debería planteársele al país es un nuevo torneo irresponsable de ilusiones y altisonancias. Trágicamente, el enanismo que singulariza a gran parte de la dirigencia política nacional, por lo visto, no puede o sabe ofrecer nada mejor.

Una vez superada la etapa luctuosa que se han empeñado en hacernos tragar, cuando sin hipocresía se debería asumir que casi la mitad del país celebra no tanto la muerte del sujeto sino el fin de su poder, estaremos entrando en un vacío que debería superarse haciendo un corte neto con lo vivido en estos 14 años, y así poder abrir una etapa de reencuentro entre los venezolanos; partiendo de la urgente reconstrucción institucional, si es que este país realmente está interesado en darse algún futuro vivible, sin pasar por un conflicto de duración y proporciones inconmensurables.

Pero el despropósito de una elección y más aún de una encarada con apuro, con graves deficiencias en ambos bandos, nos podría poner frente a una perspectiva que ya ni sería la de elegir el mal menor, sino la de la equivocación garantizada.

El chavismo no puede plantearse su continuidad sino supera su fragmentación intrínseca, la cual siempre ha existido, y que sólo con el liderazgo de un Chávez repartiendo sin límites y arbitrando en forma incansable, pudo mantenerse con algo de coherencia y estabilidad.

Ni hablar de un chavismo pretendiendo seguir siendo el basamento -el eje- de un estado igualmente fragmentado (casi a imagen y semejanza) y en donde también pululan mil facciones, muchas de ellas esencialmente opuestas e incompatibles, que supieron mantenerse federadas gracias al oportunismo, el verdadero gran “hermanador” por estas comarcas.

Pero ese oportunismo que obró tanto milagro de cohesión, porque lo esencialmente motivador en los estamentos gobernantes fue y seguirá siendo la depredación, tenía un promotor y garante de solidez inigualable, que ahora vendrá a faltar…

Sobre la oposición, también persisten serias dudas y aunque sería impertinente hablar de fragmentación, porque no puede entendérsele como una “unidad política”, se observan algunos comportamientos que francamente preocupan, porque, al parecer, una parte importante de la misma seguirá insistiendo en cierta infatuación exclusivamente electoral, determinada por esa incapacidad agobiante para elevar la mirada más allá de ambiciones que penosamente siguen siendo solo cálculos, cálculos sobre el poder como objeto y no como objetivo; de hecho, el certamen por la próxima candidatura presidencial ya se desató desde hace días sin el menor pudor, con los opinadores quince y último de ciertos comandos, emprendiendo, o mejor dicho, continuando con renovados bríos su cotidiana procesión por los medios consagrados, celebrando la manguangua de que la chamba no se les acabó el 16…

El candidato opositor no podrá ser la emanación última y actualizada de la anti-política, ahora hábilmente maquillada en laboratorios de mercadeo político como la “nueva política”, la cual precisamente tiene enorme responsabilidad en habernos llevado hasta esta situación, tan peligrosamente cercana al despeñadero, en posición de clara minusvalía.

Como nación, estamos corriendo el grave riesgo de plantearnos como única solución esta imprudencia necia de una nueva cita electoral, en donde los candidatos, sin importar sin son del chavismo o de la oposición, pudieran resultar candidatos “perfectos”, pero para sucumbir en cuestión de meses ante un país en estallido social, en implosión económica y con otras amenazas siniestras aguardando en la oscuridad.

En un país donde se están acumulando tensiones internas más que suficientes para desatar la tormenta perfecta, el flamante candidato vencedor de una elección insensatamente celebrada y peor ejecutada, podría ser masticado y escupido en cuestión de meses, sea este un Maduro poniéndose particularmente “cómico”, sea este el candidato opositor, y ni hablar si elegimos uno enclenque…

Como no podremos evitar el concurso electoral, que pareciera perversamente preparado por la fatalidad, para promover al “sacrificable requerido”, el que, con previsible insuficiencia, cumplirá el trámite de abrirle las puertas de par en par a una muy probable solución de transición, cuidado si pendular, entonces, como oposición respetable que deberíamos tratar de ser, al menos hagamos el esfuerzo último de lanzar un personaje con la estatura requerida, un verdadero político con visión de estado, que en todo momento sepa mostrarse por encima de la inevitable y banal circunstancia electorera, sobrepase la trampa tendida, y proponga, con claridad irrebatible y voluntad irreductible -y sea cual sea el resultado de los comicios- la unidad nacional para llevar al país hacia nuevos derroteros.

Se trata de un líder político real que cumpla una función específica en el escenario electoral y mantenga su liderazgo porque, más allá de la cuantificación de los votos, su cualificación lo faculta para esgrimir una opción en el escenario nacional.

Aquí lo que se debe afrontar es la posibilidad real de que la próxima elección pudiera perfectamente no resolver nada y resultar la farsa más inútil de la historia venezolana, el acto conclusivo de un espectáculo ya degenerado, a no ser que se logre manifestar una visión que insista con desesperación de hora cumplida, en sobrevolar todo este tremedal de la pseudopolítica  nacional, y anticiparse al generalato verdaderamente amenazante, el encabezado por el trisoleado bochinche y el cuatrisoleado caos.

Sobre todo porque ya nadie puede esconder, que, en un juego que incluso va más allá del electoral, se promueve con gran construcción de puentes, incluso de la más contrahecha arquitectura, a un posible gran “componedor” que aguarda como la carta bajo la manga más extravagante de la historia: pues todos saben ya cuál es, en cuál manga está, en qué mano aparecerá y todos quieren apostarle…

Porque podría ser que efectivamente, y ya bordeando el abismo, no nos quede más remedio que apostarle a ese único “as”, aún con las cartas cubiertas, porque, más allá del juego, el lance o el cálculo, no habrá mañana para ninguna apuesta, ni para ningún proyecto, si no negociamos con el que sea que nos pueda garantizar lo que para ese entonces se habrá vuelto vital: la unidad de las fuerzas armadas. Lo último que nos quedaría como recurso eficaz frente a lo inimaginable…

Me refiero desde luego a unas fuerzas armadas retomando netamente la senda institucional y nacionalista, y arrancando de cuajo, todo estamento en sumisión repugnante a Cuba y su dirigencia decrépita, o a cualquier otra dirigencia política internacional con ínfulas imperialistas o franquiciatarias.

La verdad es que no deberíamos ir a una elección, que lo que nos concede como oferta previa a la tempestad, es a dos nulidades que ni siquiera en circunstancias normales deberían presentarse. A no ser que lo que se esté buscando precisamente, es ir hacia esa decepción y hacia la constatación consiguiente, de que esto deberá resolverse de otra forma.

Porque aquí la oposición, si algo de responsabilidad histórica aún le queda, no podrá despachar la cuestión siguiendo, por ejemplo, lo que desde hace unos días proponen algunos portavoces esclarecidos de conveniencias inconfesables: que un candidato claramente perdedor en comicios presidenciales recientes -perdedor en justa lid por admisión propia y categórica- sea otra vez el escogido; pues la situación no está para candidatos recalentados en conciliábulos de oligarquías y burguesías de viejo y nuevo cuño con plutócratas de codicia apaleada, y menos aún, para aupados por comparsas mediáticas inefables constituidas por una legión de ensalzadores a sueldo y a destajo, y comunicadores de encefalograma plano que se babearon por una bota en el 98 y ahora se deshacen por un “flaco”…

Así como tampoco el país debería permitir que Maduro llegue al poder con la investidura de “sucesor” designado por una línea directa de dominación neo-colonial, emanada como Diktat desde esa cripta revolucionaria, ese mausoleo de la emancipación que es una Cuba empeñada en batir récords planetarios de decadencia, obsolescencia e insostenibilidad; en fin, un personaje que ya en exhibición inquietante mostró que, entre “dólares y dolores” así de buenas a primera, opta por seguir con el delirio.

Especialmente porque este Nicolás Maduro bordeando la discapacidad, derrochada públicamente en los últimos días, le haría muy flaco servicio a cualquier post-chavismo SERIO, o movimiento genuinamente progresista, que desee plantearse más allá del horizonte mortal de su fundador, como el portador de una visión y de un proyecto para un país que aún espera por una propuesta de verdadera avanzada en lo social, de igualdad de oportunidades en igualdad de condiciones, de un país capaz de auto determinarse efectivamente y surgir de la tinieblas, sin comprometerse con esa maldición de panteón montonero, de tener que seguir siempre a un libertador, profeta, comandante o redentor…

“Adelante por encima de las tumbas” dijo alguna vez uno de los venezolanos más claros, un tal Rómulo Betancourt, en proclama lanzada al futuro, quien sabe con cuantas primaveras de anticipación, y que aún aguarda el momento de germinar…

@FBoccanera

Unidad nacional o un brazo torcido

 Teódulo López Meléndez 

El presidente podrá venir o no venir el 10 de enero a tomar posesión de su nuevo mandato. Es algo que no podemos saber ni tiene ya relevancia política. Con un lápiz corrector blanco han eliminado esa fecha del almanaque, aunque veremos la puesta en escena.

Diosdado Cabello ha resultado un político de esos que le callan la boca a sus detractores haciendo uso de una habilidad nata. Lanzó una tesis que más que interpretación constitucional parecía de entrada una “boutade” o un juego peligroso que podría aislarlo o una simple ratificación de lealtad por encima de todo, pero que llevó a ejecución con grandes conversaciones con la oposición y poniendo a Nicolás Maduro ante la disyuntiva de aparecer como un ambicioso que por encima de todo pensaba en la conveniencia de cumplir con la Constitución que llevaría a nuevas elecciones.

La tesis –absolutamente válida- de que al PSUV convenía la pronta realización de elecciones presidenciales para aprovechar el impacto de las regionales fue desmontada hacia el interior del partido de gobierno, pero no hacia la oposición. Esta última sabía perfectamente que esa eventual elección la llevaría a otra derrota y vio la mano de Diosdado casi con la religiosidad de ese dedo de Dios que se admira en la Capilla Sixtina.

Una elección inmediata conllevaba a la inevitable candidatura de Nicolás Maduro, con muy buenas posibilidades de victoria. Había que ganar tiempo y el tiempo había que ganarlo haciendo uso de un lápiz corrector blanco, uno milagroso de alteración del calendario, más que de la Constitución,  para esperar lo que todos consideran inevitable. Había que ganar tiempo y en ello los intereses de Diosdado y de la MUD coincidían a la perfección.

Por su parte, Maduro quedó atrapado en las redes. Mostrarse como un cerrado y ortodoxo intérprete constitucional lo hubiese comprobado como un apresurado, como un deleznable ambicioso que quería elecciones ya para hacerse de la presidencia. Por lo demás, Maduro no ha mostrado una especial habilidad política y fue incapaz de encontrar el tridente de Neptuno para romper la red que le caía encima. Lentamente todos fueron entrando en ella, una de manifestación de solidaridad absoluta con el comandante-presidente que seguía siendo ambas cosas, uno reelecto para el cual el cumplimiento del mandato constitucional del 10 de enero no era más que un mero trámite que bien podría obviarse.

He aquí el milagro del Espíritu de la Navidad. Como un vaporoso manto una especie de unidad nacional impensable ha venido a sustituir la polarización encarnizada y el odio irredento. Los intereses comunes han privado. Lo que se diga en la Asamblea Nacional el 10 de enero carece de importancia. Sea cual sea la vía que aprueben, hablen de lo que hablen (ausencia temporal, juramentación ante TSJ o la tesis de porqué las ranas no echan pelo) el Derecho es absolutamente irrelevante frente al gran acuerdo político.

Habrá disidencias ese día. Alguno de la oposición puede que se rasgue las vestiduras o que toda en ella en conjunto lo haga, por aquello de guardar las apariencias o de hacer lo políticamente correcto. Puede también manifestarse alguna disidencia seria. Ya carece de importancia porque el resultado está escrito. Lo que no está escrito es lo que se hará con el tiempo ganado.

Estamos ante un hecho impreciso: la salud del presidente Chávez. No somos médicos en busca de fama o “periodistas estrellas” para especular al respecto y cuando la imprecisión es la norma no es mucho lo que se pueda determinar de antemano para un comportamiento estratégico y táctico planificado. Para la MUD será un mero aplazamiento, no más. Las mediciones son de Diosdado, pero ya hemos visto es un político habilidoso. A quién más le conviene que el comandante-presidente haga su entrada el 10 de enero en el recinto de la Asamblea Nacional y se juramente hasta su fin es a Nicolás, pues estaría protegido en el lapso. En el mientras tanto Nicolás sigue con el brazo torcido y a punto de no poder lanzar en el play off del beisbol venezolano.

En el lapso, Diosdado seguirá explicando a sus interlocutores de la oposición las ventajas que han podido ver de colocar al país en la calma y en la paz. No voy a usar la expresión de Izarrita “eso es lo que hay”. Prefiero recordar a ese personaje llamado Óscar Yánez y asegurar con él “así son las cosas”.

tlopezmelendez@cantv.net

P’allá va esto, sin anestesia

 Alberto Franceschi

Aunque en política lo menos aconsejable es esperar que los partidos, las instituciones y las personas cambien de naturaleza, también es cierto que descubrirles a cada cual la potencialidad para sufrir esos hipotéticos cambios  es lo que se llama hilar fino, irse a lo concreto y visible, a lo eminentemente táctico y muy circunscrito en el  tiempo y en el espacio. Oportunismo lo llaman las mentes esquemáticas.

Entramos entonces  en un terreno minado, donde la incomprensión  se hermana  con los sectarismos  y el fanatismo  y  ay  de quien  no acierte en pronosticar la evolución de los hechos,  de acuerdo a lo que espera la mayoría.

Es bueno empezar a plantearse hipótesis, hasta ayer imposibles  de concebir ante fenómenos como el liderazgo de Chávez de apariencia  inmarcesible.

Si uno plantea por ejemplo: HAY QUE SACAR  DEL PODER AL CHAVISMO DE RAIZ,  más le valdría contar  a sus proponentes con una fuerza militar invasora, operando con absoluto desprendimiento de interés alguno, lo cual es ridículo suponer y que además  fuera  recibida con cohetones por la población, que pasearía  sobre sus hombros a líderes mercenarios.

De no ser  con ese estrambótico escenario,  habría que  plantearse otros decorados autóctonos y contar al menos con un recurso menos dramático,  como por ejemplo  con unas Fuerzas Armadas que VOLVIENDO a su naturaleza democrática,  generaran  un pronunciamiento, cuando fuese requerido su concurso,  ante la evidencia de la llamada  FALTA ABSOLUTA, que pretende irracionalmente ser sobrellevada  como si no existiera, por una clase política que genera, mientras dura el velorio eterno, el desgobierno que fomenta el caos y el vacío de poder.

Eso de devolverse  a  su naturaleza y herencia democrática,  solo es apelable si consideramos que esas FFAA solo  estaban en un proceso degenerativo,  aun no conclusivo y que  pueden aún generar, ante el clamor nacional,  un gran impulso interno de sus mejores reservas y de su entorno social de clase media ya obstinada del régimen.

Pero aun en ese caso, yéndose  una ruptura radical  contra esa  ESENCIA del chavismo,  que se plasma en  la dominación política colonial del Estado comunista cubano sobre nuestra nación, debe  entenderse que quedará el rezago,  por un tiempo,  de ritos y fórmulas  de avenencia  con la ideología  chavista dominante  y  que por efecto de inercia  aun contaminaría el ambiente.  Recuperar la soberanía no es un pequeño asunto de una declaración solemne, es un proceso por definición desgarrante  para todo tipo de agentes, cultores,  dependientes, beneficiarios y parásitos

Se dice que Diosdado Cabello,  un lugarteniente de Chávez,  sería el seguro adalid de esta última propuesta,  que a fecha cierta se abriría paso ante  el caos que generaría el continuismo de Maduro,  aferrado a la idiotez que Chávez puede mandar después de muerto.  Supongamos  que sea cierta esta hipótesis del manotazo militar  y  no  como el mismo Diosdado  la desmiente,  pareciendo muy conforme con quedarse en un seguro segundo plano por ahora, ¿puede entonces Diosdado cambiar de naturaleza y convertirse  en  el proponente de causas opuestas por su vértice a su mentor Chávez?

La respuesta para caracterizar la naturaleza y reacciones de un hombre  conocido por su innegable pasión por el poder absoluto, debería contemplar mínimo tres etapas: mientras Chávez aun este vivo o por lo menos dure la sensibilidad de su desaparición,  que perturba a la mayoría de sus conmilitones, Diosdado fingirá respetar el testamento y  buscar el acuerdo y  la unión de los huérfanos.  Seguidamente cuando el heredero Maduro comience a querer ser en serio  el nuevo jefe  y  Cilia  le sople a  la oreja que hay que deshacerse de Diosdado,  el teniente experto en sobrevivencias,  les sorprenderá moviendo  sus cuatro grandes fichas: poder militar, poder económico, poder político organizacional del PSUV y poder mediático.  Este último iría ablandando una aquiescencia geopolítica  hasta ahora saturada de las medias tintas, entre ellas  las del Presidente Santos,  ante el castrismo moribundo  que les ha seducidos, por haber manejado la diplomacia chavista. Las rupturas de incluso el hilo institucional, aparecerán en el horizonte político como deseables  o por lo menos comprensibles.

Por supuesto que la personalidad,  siendo plástica por definición, más aun en gente dedicada a vivir en las alturas del poder económico y político, es  aún más factible que cambie  si el entorno así lo exige.

Por eso es que en cuestión de meses  veremos a las cúpulas chavistas degollándose unos a otros, acusándose de  manejados por la CIA, de lacayos cubanos castristas, de agentes de FEDECAMARAS,  etc.

Por primera vez en años será divertido e interesante  ver “La Hojilla”  si  es que ese fusible de alguno de los dos bandos, me imagino que de Maduro, no salta de primero.

La naturaleza de instituciones y personas, es  lo más interesante de aprender en política,  porque hay incompatibilidades y avenencias, hay rupturas y cohabitaciones,  hay cambio  de cantidad convertida en calidad como se admite entre materialistas históricos así sean de pacotilla.

Nuestra oposición, por ejemplo,  de tanto administrar migajas de estados y municipios,  bajo el régimen chavista,  terminó con los sesos  trepanados y como el perro de Pavlov responden solo  al estímulo  de si  mejoran sus carreras y sus haberes.

Su naturaleza es colaboracionista, por eso tenderán a entenderse  con Maduro,  para arreglar unas elecciones  con segundón garantizado, me imagino que a cambio siempre de reconocerles su CNE y dejando colar para este lado algunas canonjías  y contraprestaciones que serán típicas en la era post Chávez.

Si esta vez se trata de volverle a poner el trasero al CNE en una competencia frente Maduro, es pronosticable la abstención  más impresionante  de nuestra historia.  Otra  cosa muy distinta cabe imaginar si por fin plantamos a  alguien que imponga, a nombre de la inmensa mayoría del país movilizada,  otra institucionalidad electoral, para empezar a desmantelar este régimen fraudulento.

Si no es por esa vía  de insurgencia cívica y pacifista,  sobrevendrá  otro tinglado político-militar, forjado con Diosdado  o  con los enemigos de Diosdado,  pero más a su derecha,  y  empezará  otro Valse en el Valle del Guaire y ese muchos no saben bailarlo. Es la música del Tocuyo.

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No puede ser

   Luis DE LION

No puede ser que la derrota se convierta en una franquicia del movimiento opositor venezolano.

Las derrotas del 7O y el 16D por solo nombrar las más recientes, ofrecen una imagen lamentable de la oposición. El clima se ha vuelto desagradable. Una real oposición al régimen y las victorias políticas de los demócratas venezolanos, ¿se están volviendo leyendas?

Como quiera que sea, en el pasado reciente de alternabilidad democrática los espacios y lo actores se intercambiaban si que hubiera drama alguno. Hoy, la intolerancia, la agresividad, la falta de civilidad parecen haber secuestrado a la relación social. El duro día a día, agravado por la crisis económica y la violencia incontrolable tienen mucho que ver. Pero eso no lo explica todo. Los venezolanos están actualmente viviendo la política con una pasión malsana, con un espíritu revanchista, que se parece mucho al de una sociedad prisionera de sus complejos, de sus añoranzas guerreras de un pasado poco glorioso, en lugar de mostrarse inquieta por su futuro.

El liderazgo político tiene mucho que ver con dicho fenómeno. La opinión pública se acostumbró a reprocharles todo a los gobiernos de AD y COPEI. Sin duda con algo de culpa, pero dichas agrupaciones políticas siempre actuaron llevando al país hacia delante y nunca promoviendo el letargo, la inactividad y la somnolencia actual en que están sumidos los demócratas venezolanos.

¿La derrota un privilegio opositor? Al punto de injuriar al elector.

Ni la cultura política, ni el coraje. Se puede tener la cultura y las ganas, pero eso no es un arte. La unidad, pero la unidad por sí sola, no fabrica la habilidad política necesaria. Se sigue sin evaluar los efectos de las derrotas anunciadas. No puede ser una constante opositora, con el tiempo, la derrota, se ha vuelto casi un símbolo.

La dirigencia de la MUD, sabía mejor que muchos, han tenido ocho largos años para aprenderlo. Lo necesario y esencial del sistema electoral, es la confianza en el voto, es un asunto cualitativo y no cuantitativo. El pensamiento político del liderazgo opositor no se puede reducir a la estigmatización caricatural del elector, del votante, del ciudadano.

Todos los electores tienen sus méritos. Ninguno de ellos merece ser injuriado y menos aún por parte de personajes públicos. Es lo más antidemocrático que pueda ocurrir.

Las causas de las múltiples derrotas, no están siendo distribuidas de manera justa. De seguir así, vamos camino del absurdo. La arrogancia del liderazgo opositor, el desprecio por la reflexión, la negación del necesario y tardío análisis con sus respectivas consecuencias se ha vuelto un gesto vulgar. Es una situación muy lamentable.

luisdelion@gmail.com

@LDeLion

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