Tocando fondo

  Antonio Sánchez García

Exactamente como sucediera la medianoche de aquel aciago domingo 15 de agosto de 2004, cuando todas las esperanzas de revocarlo se derrumbaran súbitamente y despertáramos sin ninguna información confiable sobre la verdad de lo acontecido, pasarán muchos años antes de que sepamos lo que realmente ocurrió este 7 de octubre, cuando ocho años después de esa ominosa y jamás esclarecida derrota se repite la misma pesadilla. Determinar si en ambos casos el súbito volteo de las expectativas fue el producto de un inesperado suceso que la ceguera política de una oposición ilusa se negó a avizorar o si fue el resultado de la aviesa y dolosa intromisión del complejo, laberíntico y turbio sistema electoral venezolano manipulado a discreción por un régimen inescrupuloso, autocrático y proto totalitario. ¿Fuimos vencidos en buena lid o caímos ingenuamente en la celada de una inescrutable “maquinaria”?¿Nos trampearon, nos naricearon, nos engañaron, nos estafaron? ¿O caímos entre los implacables engranajes de un sistema capaz de triturar procesos electorales y convertirlos en moliendas de incautos gracias al descomunal abuso de todos sus poderes?

Dos oscuras derrotas precedidas de los sucesos que abrieron las puertas de par en par a la invasión castrista: los hechos luctuosos del 11 de abril de 2002. Tan oscuros como los golpes militares del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992. Y tanto como los volcánicos del 27 de febrero de 1989, punto de partida para 23 años sembrados de dudas, misterios, conspiraciones y revueltas. Motivados todos ellos por un solo propósito: asaltar el poder y liquidar la democracia venezolana. ¿Sufrimos la perversa consumación de una conspiración con la que llevamos durmiendo desde hace 30, 40 años? ¿O debemos someternos al arbitrio de aquella izquierda marxista y simultáneamente democrática – la propia contradictio in adjecto – que nos recomienda aceptar de bulto que fuimos, somos y seremos minoritarios por designio del Dios Padre Todopoderoso del caudillismo nacional y que lo que nos sucede es resultado de normales avatares de mediciones electorales?

Tampoco estos 23 años de crisis existencial nacen en los luctuosos sucesos del alzamiento popular del 27 de febrero de 1989, del que tampoco sabemos absolutamente nada. Son precedidos por un grave resquebrajamiento del pacto de unidad nacional firmado en 1958 y a duras penas mantenido gracias a la solidez del acuerdo social que lo fundamentaba. Dramáticamente expuesto a la orfandad desde el 18 de febrero de 1983 cuando revienta la crisis económica y financiera y se vive la liquidación de la admirable solidez monetaria mantenida desde los años 30, auténtica piedra de toque de su estabilidad económica y clave del acuerdo interclasista que sorprendía a los latinoamericanos y al mundo entero, que se preguntaban: ¿cómo hace un país del tercer mundo para exhibir un entendimiento nacional supra clasista, parlamentario y presidencialista y permanecer marginado de las crisis socio políticas que han hundido a la región en las guerrillas, los cuartelazos, los golpes militares y las dictaduras militares? ¿Era Venezuela la excepción que justificaba la regla?

La historia nos juega una mala pasada. Hasta hoy, nadie ha logrado desentrañar la grave sucesión de incógnitas que nos trajeron a estos berenjenales. Ni las razones de la incapacidad de los factores democráticos para enfrentarlos. Lo cual sería comprensible, dada la inmediatez de los sucesos y su entretejimiento con la actualidad de todos sus protagonistas. No sólo las élites, sino la población entera. Pero a ello se suma cierta laxitud en la relación de los venezolanos con el tiempo y sus determinaciones. El inmediatismo lleva a desgajar las hojas del calendario con una velocidad frenética y brincar de una salida a la otra sin exigir balances ni demandar perspectivas. Como vayamos viniendo, vamos viendo. Así nos va. Felices, mientras chapoteamos, los pies fuera de la balsa de piedra con la que sorteamos el naufragio. Mientras tomamos sol, Venezuela flota a la deriva.

Ello se traduce en una trágica disparidad estratégica de los bloques enfrentados: mientras los grupos encargados de asaltar el poder y entronizar el régimen autocrático lleva muy posiblemente 50 años de paciente planificación y tozuda puesta en práctica con un único objetivo: asaltar el poder, hacerse con la riqueza petrolera y destruir la democracia venezolana en sus raíces – el sueño eterno de Fidel Castro – , los factores democráticos han procedido con prolija tenacidad a devorarse las tripas, destrozarse en conflictos fratricidas, enfrentarse en una cruenta competencia de mutilación recíproca y entregarse atados de pies y manos y en una duermevela cataléptica al asalto del mortal enemigo. Todo lo cual a plena luz del día, a puertas abiertas y sin ninguna duda infiltrados hasta la médula por agentes dobles, responsables directos e indirectos de la subversión, boicoteados por cómplices conscientes o inconscientes del asalto a la razón, tolerados y hasta becados y mantenidos por el Estado democrático. Traicionados por quienes, hasta el día de hoy, jamás asumieron con sinceridad los compromisos, deberes y derechos que la convivencia democrática les impone a sus ciudadanos. Los cuervos de esa izquierda marxista y sus numerosos compañeros de ruta que no cesaron en su empeño por sacarnos los ojos. Desde fiscales a notables y desde ex senadores a hoy dueños de medios.

Asentada esa conspiración silenciosa sobre una hegemonía corrompida en su base por la renta petrolera y un pobresismo a ultranza. Para el más rico de los ricos venezolanos, ser pobre es una bendición de Dios. Y ser rico, obra de un contubernio con Satanás. De la aceptación de esa falsa verdad, responsable de la pobreza de amplias regiones del planeta, al fantasma del comunismo que ronda por América Latina no hay más que un paso. El castrismo lo sabe. Tan bien y con tanta aplicación, que lleva 14 años dándolos en Venezuela. Rafael Caldera no sólo lo sabía: como gran parte del establecimiento, simpatizaba con ello. Ha sido nuestra gran tragedia. Contrariamente a lo que predica una tontería en boga, para Venezuela el tiempo de Dios no ha sido perfecto.

Imposible rehuir, por otra parte, las consecuencias de las políticas equivocadas, de las erróneas certidumbres, de las inconsistencias morales e ideológicas, de los malos hábitos sociales fundados en esa malvada certidumbre. Tanto más en un país en que la riqueza no es el fruto del esfuerzo social, salvo en un muy limitado y estrecho campo del emprendimiento personal, y en donde el nivel de vida de amplias capas de la población no ha correspondido desde la irrupción del petróleo en nuestras vidas a ninguna capacidad productiva real del conjunto social. Todos los sectores sociales venezolanos, obviamente mucho más los pertenecientes a las clases media y alta, han vivido la ficción de un falso y muy inmerecido nivel de vida. Lo que en cualquier país latinoamericano sólo es posible mediante grandes sacrificios y esfuerzos personales, en Venezuela ha sido cogido del árbol estatal de la abundancia petrolera. Un auténtico mango bajito. Cuyo resultado ha sido el esfuerzo de todos por hacerse con el botín del Banco Central. Hasta este brutal y criminal asalto de la subversión castrista. Que sin la existencia de la actual bonanza petrolera terminaba en pocos años sumido en un estruendoso fracaso. El petróleo nos ha permitido vivir la gran farsa de una revolución de pacotilla.

Aún así: suelo escuchar en los pasillos de muy bien surtidos centros comerciales que estamos tocando fondo. No lo creo. Cuando veo esas colas interminables de grandes y lujosas camionetas último modelo atascando las calles y avenidas de Caracas y contribuyendo al caos urbano a la espera de retirar un hijito o una hijita bien criados de un costoso colegio privado me pregunto si el país, al borde del colapso económico y la ruina de sus tradiciones democráticas, puede seguir viviendo esta engañosa ilusión de primer mundo de anime. Créanme: jamás vi esas colas en Berlín, en München, en Paris o en Madrid. Tampoco en Santiago, en Montevideo o en Buenos Aires, ciudades todas en las que he vivido. Los niños van y vienen de sus colegios y liceos – los públicos de gran calidad – en transportes colectivos, públicos o privados. De cuyo desarrollo los gobiernos se han ocupado con perseverancia y dedicación.

Tampoco veo que el venezolano haya renunciado a sus placeres gastronómicos. Ni a sus espectáculos ni eventos deportivos. Tampoco a sus visitas a centros comerciales y a su compras compulsivas. Aquí o en el extranjero, que la revolución ha tenido a buen cuidado corrompernos con dólares preferenciales para pasar las fiestas navideñas en Buenos Aires, en Paris o en Ciudad de México. Dólares preferenciales que obviamente ni los argentinos, ni los franceses ni los mejicanos pueden permitirse. Por no hablar de nuestras democráticas playas. Restoranes, cines y salas de espectáculos están a rebosar. Si bien al ponerse el sol la gente se precipita a sus hogares. Que el hampa no discrimina ni clases ni colores. Sigo viendo a los pobres tan pobres y a los ricos tan ricos. Y a los medianos, tan medianos. Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, España tocaron fondo. Y reflotaron tras años y años de un esfuerzo colectivo descomunal que les costó sangre, sudor, sacrificios y lágrimas. No me lo imagino en Venezuela, que sigue siendo saudita a pesar de los pesares.

Una noche fría, desangelada y lluviosa como suelen serlo las del invierno santiaguino, a la salida de una venta de comida rápida, se me acercó un hombre pobremente vestido y tras golpear el vidrio del automóvil me preguntó si necesitaba un jardinero. Sin poder explicarle que era un turista de paso y ante mi porfiada negación, insistió en su intento por encontrar un trabajo conmigo, enumerándome todos los oficios imaginables. Bajé el vidrio y le dije con las más afectuosas palabras que me creyera: no necesitaba a nadie. Me respondió: “Señor, me voy a vivir a su casa y trabajo en lo que sea, sólo por techo y comida”. Le entregué la bolsa de la comida que acababa de comprar, al borde de las lágrimas. Era la primera oferta de esclavitud que escuchaba en mi vida. Dios me libre de volver a oírla.

Chile sí había tocado fondo. Venezuela, ¿tendrá fondo?

Consultar el archivo de artículos del autor

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s