Marchas

 

 Antonio Sánchez García

Atrás, muy atrás la marchita desangelada y aterida de unas docenas de madres reclamando contra la ley 1011 que pretendía estatizar la educación, a poco andar el intento del chavismo por atropellar a la sociedad venezolana. Eran los tiempos en que el monstruo callejero se echaba a los pies del caudillo y no gruñía ni sacudía la cola sino por orden suyo. El delirio se había apoderado de los espíritus y como los endemoniados de la parábola de la montaña, se adentraban en la piara y corrían alborozados a lanzarse a los abismos. Los que no nos dejamos atropellar y mantuvimos el nombre de la libertad en alto, la bandera en la mano, contra viento y marea y ante la incomprensión de los medios, de las instituciones y de nuestros propios compatriotas,  éramos tan pocos, que a veces desfilábamos por la Francisco de Miranda en puñados de diez, de quince, de veinte enfervorizados. ¿Te acuerdas Oscar, te acuerdas, Richard, te acuerdas, Helen, te acuerdas, Antonio?

 

                Luego vino la indignación, luego vino la ira. Chávez estaba firme como una roca, respaldado en esas columnas de Hércules que eran don Luis Miquilena y José Vicente Rangel. Con juristas y leguleyos, con jueces y fiscales, con generales y almirantes flanqueando su marcha triunfal hacia el Poder Total. Nüremberg en Caracas. Y súbitamente despertó el monstruo libertario y lo que todavía no estaba asentado se fracturó en mil pedazos. Fue el zarpazo a PDVSA, el corazón más sensible de nuestra democracia, y el circo, la humillación y el desprecio. Hasta provocar la rebelión popular más descomunal que jamás se viera en Venezuela y ay si no en toda América Latina. Más de un millón de manifestantes convocados espontáneamente. La sociedad civil que nacía en gloria y majestad. Para ser aplastada en un suspiro con el aleteo de un dragón.

 

                Duró la luz lo que la traición de Baduel y la camarilla del 4F. Ya sin Miquilena, pero con Rangel como condotiero de la empresa de entrega y donación de nuestra soberanía al oprobio castrista. Los revigorizados fantasmas de la izquierda guerrillera corrieron rengueando a abrirle las puertas del Poder, de PDVSA y del Banco Central a Fidel Castro, tras 34 años de derrota. Se apoderaban por fin de la joya de la corona, su anhelo de vida. Denme el petróleo venezolano, y moveré al mundo, dijo el Arquímedes habanero. ¿Cómo olvidar al golpismo de toda laya y condición que construyó el caballo de Troya y montó los pontones que le permitieron al G2 atravesar el Caribe y hacerse con las llaves de nuestra caja de caudales sin disparar un solo tiro?

 

                Aún así: subimos cuestas, remontamos hondonadas, volvimos a caernos. Para librar dos batallas: una, extraordinaria, la del 15 de agosto del 2004, abortada en la mediocridad y la pusilanimidad de un liderazgo demasiado quebradizo, y la del 2006, de la que aún no sabemos si fue una celada, una mascarada o un secreto compromiso sellado a futuro, del que hoy recogemos los frutos.

 

                La historia no está escrita. Pero no podré olvidar jamás los esfuerzos de esos pequeños grupos que no cejaban, de marchita en marchita, de enfrentamiento en enfrentamiento, de celada en celada. Recibiendo golpes, visitando hospitales, cayendo a la cárcel. Tragando grueso ante las certezas de quienes no dudan, no extreman, no cometen errores. Sin esos esfuerzos, la inexorable cadena de la continuidad histórica jamás hubiera permitido llegar a esa cumbre maravillosa que avistáramos ayer. Sobre la tarima, un joven que sufrió la dureza de la prisión y el silencio. Detrás de ese millón de manifestantes millones de lágrimas, de sufrimientos, de renuncias, de pérdidas, de olvido. Y no lo olvidemos jamás: 200 mil asesinados.

 

                Porque en el núcleo de esa marcha extraordinaria que llenó de alegría, de entusiasmo, de vitalidad y promesas al mundo, motor de nuestra historia que impulsará el futuro, late el corazón de quienes jamás dejaron de decir lo que pensaban, de escribir lo que era preciso, de hacer lo que debían, de arriesgar sus bienes, de arriesgar sus carreras, de arriesgar sus cuerdas por arriesgar sus vidas.  

 

                Ha pasado lo peor. Quienes teníamos el compromiso moral y el imperativo ético de enfrentar la tempestad para salvarguardar lo poco que nos quedaba, podremos estar extenuados. Pues la lucha ha sido ardua. Pero el esfuerzo valió la pena. Como dice el maravilloso poema de Blas de Otero: “he levantado el rostro, eso me basta. Otros ahecharán.”

 

                Ahora viene la magna prueba, la gran apuesta, el todo por el todo. Toda nuestra vida al 7 de octubre. El futuro espera por nosotros.

 

Consultar el archivo de artículos del autor

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