¿Cuarto desgobierno?

   Fernando Luis Egaña

 El señor Chávez quiere embarcar a los venezolanos en un cuarto desgobierno suyo. Ningún país merece tanto ensañamiento y por eso las perspectivas del cambio democrático se han acuerpado con mucha fuerza ante la hegemonía continuista.

Nunca como ahora se habían reunido tantas condiciones favorables de cara a una contienda presidencial, a pesar, desde luego, del brutal ventajismo electoral, sin duda que inaceptable en cualquier sistema político que en verdad garantice elecciones limpias, justas y libres.

La mera pretensión de quedarse 6 años más para tratar de completar la bicoca de 20 años en el poder, es una señal dramática del barranco político por donde ha ido rodando Venezuela en los últimos años. El régimen bolivarista, hay que reconocerlo, ha sido eficaz para desvirtuar conceptos esenciales de la cultura democrática, y uno de ellos es la alternancia de los gobernantes.

El señor Chávez lleva ya tres desgobiernos seguidos: el primero, de 1999 al 2001, el segundo de 2001 al 2007, el tercero de 2007 hacia el 2013, y el ansiado cuarto sería a partir de entonces. En esos largos años por Colombia han pasado 3 presidentes: Pastrana, Uribe y Santos. Por Brasil otros 3: Cardoso, Da Silva y Rousseff. México tendría 4: Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto que se posesionará este año. Y hasta Cuba ha tenido 2 hermanados jefes de Estado: Fidel y Raúl.

Pero nada, los fanáticos del mandonero rojo, y en especial los “intelectuales” que le rinden culto, tienen por consigna: “hasta el 2000 siempre”. Es decir, la muy “democrática” noción de que se debe mandar hasta que el cuerpo aguante. La Venezuela de la decadencia que memoriara José Rafael Pocaterra, se quedaría pasmada ante las realidades de la satrapía imperante en el siglo XXI.

Pero la saña que supone aspirar a un cuarto desgobierno, no sólo se deriva del prolongado continuismo, sino sobre todo de sus resultados destructivos para el Estado y la nación venezolana. Baste constatar nuestra adquirida condición de país con los mayores índices de violencia criminal del mundo, para rendir suficiente cuenta al respecto.

Ahora somos más dependientes del petróleo y más dependientes del estatismo, lo que significa que lejos de empoderarnos nos hemos debilitado de forma acelerada.

Y ni hablar de la devastación productiva, o de la sacralización del clientelismo generalizado –tan denunciada desde la izquierda ortodoxa y honrada, por el indomable Domingo Alberto Rangel–, o de la “narco-institucionalidad”, o del deterioro creciente de los servicios públicos, o del agravamiento de casi todos los males tradicionales y el advenimiento de numerosos males endógenos a la llamada “revolución”.

Y lo más gravoso no sería todo eso. No. Sería lo que vendría en un cuarto desgobierno consecutivo del señor Chávez. En verdad, la crisis que asolaría a Venezuela tendría de una dimensión existencial. No ya únicamente política, o económica, o de inseguridad o de cualquier otro ámbito específico, sino frontalmente corrosiva de la viabilidad de Venezuela como nación capaz de ofrecer un futuro humano a su pueblo.

Esa es la encrucijada que tenemos por delante el 7-0. O que el triunfo de Capriles Radonski sea el paso primario y también fundamental para superar la hegemonía, o que ésta se imponga y termine de malbaratar el potencial venezolano, y de paso conlleve a más violencia y despotismo. No puede haber indecisión que valga ante semejante responsabilidad.

flegana@gmail.com

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