El tesoro de Hugo Chávez

 

 Antonio Sánchez García

 

                La sacrílega voracidad por el oro es vieja como la historia del hombre. Ha causado asesinatos, fratricidios, genocidios, guerras mundiales. Inspirado poemas, sagas, novelas, películas, telenovelas. Nada ni nadie parece resistirse a la fatal atracción que ejerce sobre las primarias ambiciones del hombre. El tesoro oculto y su búsqueda forman parte de la educación imaginaria de la humanidad. Enriquecerse sin pasar por home. De una y para siempre. Ejércitos, filibusteros, piratas, conquistadores, facinerosos de toda laya y condición han dejado sus esqueletos en las cavernas en donde monstruos de mil cabezas resguardaban los lingotes del poderoso. La historia de la conquista es impensable sin el trono de oro del rey del Perú ni el cuarto lleno hasta su techumbre de máscaras, joyas, vasijas, animalitos y toda suerte de orfebrería de oro de Moctezuma, el taciturno. Al verlo, Cortés enloqueció. Carlos V terminaría finalmente por reconocer su talento y su audacia al recibir presente tan magnífico, con el que seguir financiando sus ambiciones imperiales.

 

                Venezuela y Colombia quedarían grabados en el imaginario europeo a través de la leyenda de El Dorado. No pasó de leyenda. Los conquistadores tendrían que esperar cinco siglos para venir a descubrir que el dorado era negro y bituminoso y antes de ponerle la mano tuvieron que aceptar el cambio de los tiempos. Llamado con razón “el oro negro”, el petróleo vino a dar razón de la leyenda. Sería la fuente de un reparto tan arbitrario y fastuoso como el de Cortés entre sus mesnadas y haría posible la resurrección del mito de Salomón en un deshilachado teniente coronel que los trocó en dólares y lingotes, repartiéndolo a manos llenas. Entre sus amigotes castristas, la pandilla de asaltantes que han comido durante 14 años de la mano del barinés generoso. Y del sistemático empobrecimiento de sus legítimos propietarios, nosotros, los venezolanos.

 

                Indignado por el espíritu previsor de sus antecesores, que lo dejaron quieto en las arcas de Inglaterra, impuso su regreso. Salvo algún opositor, ninguno de los diputados de su partido se inquietó. Muchísimo menos un tal Chávez, el santón que resguarda la moral opositora desde la AN. Tampoco han dicho palabra ahora, cuando siguiendo el mal ejemplo de los republicanos, que a punto de perder la guerra civil enviaron el oro español a Moscú, el tirano ha hecho desaparecer seis toneladas de oro de nuestras reservas internacionales. ¿Dónde fueron a parar? ¿Quién cargó los lingotes? ¿Lo hicieron desparecer en las tinieblas de la noche o a plena luz del día? ¿Está en La Habana, en Pekín, en Rusia o en algún banco especializado en negocios turbios? ¿Ha servido al financiamiento de la campaña más ilusoria e inútil de la historia, filtrada con gordas comisiones en los voraces bolsillos de los izarritas, maduros y rodríguez de la banda?

 

                Saqueo de tamaña magnitud, ¿pasará por debajo de la mesa? ¿Puede Hugo Chávez rasparse seis toneladas de oro sin que nadie diga esta boca es mía? ¿Permitiremos ese robo descomunal, que viene a ponerle un colofón a los billones de dólares devorados por las fauces de la corrupción y el despilfarro del régimen? Se entiende que un hambriento se robe una gallina, Chávez dixit. ¿Pero chorearse seis toneladas de oro puede ser justificada por alguna hambruna sideral que no sea la de la ambición de Poder y dinero de este régimen escabroso?

 

                Justicia. Es lo que los venezolanos decentes – que no son todos, según veremos el próximo 7 de octubre – reclaman. Llegó la hora de satisfacer la única hambruna que nos devora: el hambre y la sed de justicia.

 

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