El Espectáculo Debe Continuar

Amuay no fue un espectáculo. Debiera ser la gota que colma el vaso. Para cerrar de una vez por todas el ciclo más luctuoso, más humillante y más degradado de nuestra historia.

Antonio Sánchez García

1

                Pecado y penitencia. Hace más de 10 años, en los albores de esta pesadilla, escribí un ensayo llamado LA POLÍTICA COMO ESPECTÁCULO. Lo incluí en el libro que entonces publicara, sin pena ni gloria – el país no tenía ni interés ni deseos de mirarse en el espejo de sus tenebrosas verdades – y que planteaba ya en su título la encrucijada en que, ignorantes y contentos – como suele suceder con las tragedias – chapoteábamos inconscientes: DICTADURA O DEMOCRACIA, VENEZUELA EN LA ENCRUCIJADA.[i]

                Sería injusto decir que el esfuerzo fue inútil. A pesar de los pesares, amigos a los que admiro y respeto lo citan y lo mencionan cuando de llegar al fondo de nuestras desdichas se trata. Pues en cuanto al resto de la clase política en que la democracia viniera a refugiarse y en donde ni eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran,  la sola mención de la palabra dictadura asociada al teniente coronel y a sus mesnadas provocaba una indignación de vestales ofendidas.

                ¿Cómo considerar dictatorial a un teniente coronel que no sólo se medía en procesos electorales sino que arrasaba en todos ellos, pues contaba con el respaldo de la inmensa mayoría nacional? Pecado y penitencia. Pues más allá incluso de la ingenua casuística de la legitimidad de origen y la legitimidad de desempeño – los hermanos Marx de nuestras angustias – con que los burócratas de la OEA se lavan sus conciencias, lo cierto es que un elemental repaso a la filosofía política, de Sócrates a Thomas Hobbes y de Carl Schmitt a Leo Strauss ilumina la oscuridad de un hecho aterrador que ni un siglo de democratismo totalitario ha logrado desvelar: democracia y dictadura no son tan ajenos el uno del otro, como quisiera el Sr. Insulza. Suelen encontrar el perfecto maridaje cuando aparece un payaso capaz de soliviantar las glándulas reproductoras de la ciudadanía, convirtiendo la Polis en un escenario y el Estado en un circo romano. Vale decir: la vida pública en entretenimiento.

                ¿O alguien puede sostener que el régimen de Mussolini, que con su sola sonrisa provocaba delirantes orgasmos en las matronas italianas, no era democrático? ¿O que no lo era el de Hitler, que al borde del Apocalipsis convocaba con sus graznidos al 98% del respaldo alemán? ¿Dónde radicaba la clave de ese aparente quid pro quo? En ese ensayo me refería a dos elementos constitutivos de la democracia, que contradictoriamente pueden socavar su espíritu: el predominio arbitrario, absoluto e incuestionable de las mayorías – un fenómeno matemático, no cultural o civilizatorio – y el espectáculo en permanente desarrollo que puede sacárselas de la manga – la seducción de las masas por un demagogo.  Los romanos inventaron el mecanismo hegemónico y lo describieron con la sobriedad patricia de quienes fundaron el Estado, el Derecho y la Ley: ofrecer Pan y Circo. Cuando un caudillo dispone a su antojo de ambos y la mayoría se pliega al plebiscito, la democracia copula con la dictadura.

2

                Mario Vargas Llosa, posiblemente el pensador contemporáneo más importante de lengua castellana, acaba de publicar un extraordinario ensayo que tiene por tema, como lo indica su título, precisamente, La Civilización del Espectáculo.[ii] Y cuya tesis central puede ponernos los pelos de punta: «La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer». En aras, precisamente, del espectáculo, de la diversión, del circo como metafísica práctica. Del entretenimiento.

¿Qué pensar al respecto en un país que ha hecho durante dos o tres décadas de su vida social las medidas 90-60-90 colmo de virtud y deseoso arquetipo? Que si la vida social había abandonado hacía muchas décadas la cultura del arte y la creación, la educación moral y la virtud ciudadana, sólo faltaba un empujón para terminar de desbaratar la frágil y artificiosa construcción institucional de la Venezuela civilizada  para que un animador de feria, inescrupuloso y armado hasta los dientes copara la escena política y convirtiera el delicado metabolismo sociopolítico que permite la existencia de la Polis como civilidad en un matadero en pleno desarrollo.

                Que a pesar de las flagrantes evidencias de la brutalidad, la zafiedad y la ignorancia de ese animador de tropas lo más excelso de nuestra cultura – filósofos, escritores, académicos, juristas, empresarios – aplaudieran su sangrienta aparición y lo acompañaran sin el menor recato durante un buen trecho de su sistemático y planificado asalto al Poder no hace más que reafirmar la gravedad de la crisis porque hemos venido atravesando desde que sucumbiéramos a esta homérica borrachera seudo revolucionaria, echando por la borda todas las virtudes ciudadanas fundadas por nuestros mayores, conquistadas en la terrible y prolongada lucha contra la dictadura. ¿Olvidar a José Rafael Pocaterra y sus Memorias de un Venezolano de la Decadencia?

A despecho de Max Weber y todas las teorías sobre el papel del carisma en la historia, el absurdo traspiés de un país echándose en brazos de un payaso y dejándose cuartear gracias a un programa dominical y cotidianas transmisiones radiotelevisivas encadenadas, mientras simultáneamente y aprovechando la distracción – como en un juego de magia y prestidigitación – se descuartizaban las instituciones, se desmantelaban las empresas básicas, se saqueaba PDVSA, se destruían la industria y el agro y se imponía un régimen de control totalitario, es una de las experiencias más espeluznantes imaginables en un país que subraya a cada paso su origen libertario y republicano y tiene a su haber la más brillante y emancipada de las generaciones, promotora prácticamente en solitario de la Independencia de América.

Y aquí damos con la esencia del problema, el nudo gordiano del particular totalitarismo que sufrimos: al ser de naturaleza prestidigitadora y al tener resuelto por la vía de los fastuosos ingresos petroleros el lado material de la ecuación, la tiranía lleva 14 años de pan y 14 años de circo. El primero, para satisfacción de los desheredados en su condición mayoritaria – con hambre no hay quien defienda la democracia, solía decir el padre de la criatura, don Rafael Caldera. Y el segundo en la dinámica, permanente y sistemática repetición del espectáculo para quienes, posiblemente por ese estado de privación e indigencia no superan el estadio del más rapaz infantilismo político. La dialéctica del sistema impuso un imperativo práctico: el espectáculo, Chávez dixit,  debe continuar.

3

                He visto confirmado el aparente poder indestructible de esta dialéctica circense al oírle decir a un ponderado analista estadístico que la dolorosa tragedia de Amuay, en lugar de trascender al consciente colectivo bajo la forma del rechazo moral a las autoridades responsables directas de la catástrofe, todos ellos susceptibles de ser enjuiciados por homicidio culposo, y gravar en el esfuerzo por desplazarlos definitivamente del poder ante la dimensión apocalíptica de sus desafueros, podría servir muy por el contrario a sus fines electorales, al garantizarle al candidato del continuismo y principal culpable de la masacre, “mayor presencia en los medios”.

Se toca aquí un punto de trágica importancia en la configuración de la política del espectáculo: la deshumanización de la política y el desquiciante papel que juegan los medios televisivos en la perversión de la vida pública como Polis. Al que la empujan, en los medios privados, la propia dinámica del lucro que la posibilita y, en los públicos,  el totalitario control estatal que la asegura.  Con el agravante para los primeros que los medios privados están compelidos a seducir mayorías para ser verdaderamente rentables, subyugándose, así, de manera aún más tiránica al dictado del espectáculo. O conquistan el rating o se mueren de hambre.

Lo dijo con una lacerante claridad quien fuera secretario de prensa de Lyndon B. Johnson y luego presidente del Schumann Center for Media and Democracy, el veterano periodista norteamericano Bill Moyers: “Las ideas complejas son las únicas que conducen a alguna parte. Pero la tecnología de la televisión lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que se convierte en promotora de consensos, ¡y a menudo de cualquier clase de consensos!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer éste al público”.

                Reducir la tragedia de Amuay al burdo nivel de un espectáculo y deshumanizar su contexto hasta desfigurar por completo la responsabilidad moral que le cabe al presidente de la república en su desarrollo dado el poder absoluto que detenta y la índole fascistoide de su régimen, pone de relieve el más perverso atributo de su dominio. Convertir el decurso histórico de una comunidad viva en espectáculo infinito ofende la dignidad de lo humano. Posiblemente no haya vivido nuestro país un período más alienado y alienante de nuestra vida pública. Aceptar pasivamente la preponderancia de la brutal manipulación de la Polis rebajada a mercado de imágenes, constituye una perversión adicional, a la que el degradado universo de las encuestas sirve de perfecto acompañamiento.

                Pecado y penitencia. Amuay no fue un espectáculo. Debiera ser la gota que colma el vaso. Para cerrar de una vez por todas el ciclo más luctuoso, más humillante y más degradado de nuestra historia.


[i] Antonio Sánchez García, DICTADURA O DEMOCRACIA, Venezuela en la Encrucijada, Editorial Altazor, Caracas, 2003.

[ii] Mario Vargas Llosa, LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO, Alfaguara, Madrid, 2012.

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